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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 22

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22: La anestesia del deber 22: La anestesia del deber “Nadie está haciendo nada.

La Capilla es inútil y los templarios…

Andraste bendita, jamás pensé que nos abandonarían” Elentari corría hacia la voz.

¡NO!

Ella no los había abandonado.

La Inquisición iba a reparar el agujero en el cielo…

solo necesitaba tiempo.

La impotencia le quemaba por dentro.

Cada músculo ardía con el esfuerzo que vertía en la carrera, pero alguien estaba clamando por certezas y ella era la única que podía darlas, porque llevaba la palma verde, el único poder real que existía para cerrar grietas.

Gritos tronantes, incontenibles, surcaron el Vacío.

El sonido la atravesó como una cuchilla y la hizo estremecer.

Un escalofrío de terror intentó doblegar su voluntad.

Pensó en la fragilidad del Velo y la idea fue abrumadora.

Comprender que, en cualquier momento, aquella estructura podía hacerse trizas y permitir que demonios y horrores inundaran el mundo…

la enloquecía.

¿Acaso ese sería su legado?

¿La recordarían por haber fallado?

Elentari nunca había sido lo que otros esperaban de ella.

Nunca había cumplido las expectativas.

Siempre, siempre fracasaba.

– ¿Dónde estás?

– gritó a la oscuridad.

– ¡Dime dónde estás y acudiré!

¡Soy la Heraldo de Andraste!

He venido a cerrar la Brecha y poner fin a esta locura.

He venido a ayudar…

no me daré por vencida.

Pero entonces, un miedo capaz de partir espadas la descorazonó.

Elentari se detuvo en seco, como si alguien le hubiera arrancado el aliento del pecho.

La oscuridad se transformó de golpe en nubarrones de tormenta, jirones violentos que danzaban con furia, atravesados por ráfagas de viento lo bastante fuertes como para elevarla hasta los mismísimos cielos.

Y comenzó el diluvio.

Una cortina de agua cayó sobre ella con furia desatada.

Donde un instante antes corría, ahora solo existía la tormenta, ensordecedora, aplastante.

El tronar era lo único que podía oír.

Elevó las palmas al cielo y conjuró un escudo para protegerse, pero cuando intentó mirar a su alrededor, fue alcanzada por un mar de corrientes verdosas que la envolvieron…

y la engulleron.

Sumergida en aquel océano de aguas esmeralda, sintió vergüenza.

En algún rincón remoto de su mente comprendió que la divinidad no debe ser profanada por ninguna mirada mundana y, por instinto, cerró los ojos.

Iba a profanar a los dioses.

El mar se desvaneció entonces, brumoso en su memoria, y a través de la piel y hacia el valle de los sueños, Elentari tuvo una visión de todos los mundos, despertando y durmiendo, espíritu y mortales se le aparecieron.

“Contempla Mi obra”, dijo la Voz de la Creación.

“Ve lo que Mis hijos en arrogancia forjaron.” Allí vio la Ciudad Negra, con sus torres todas manchadas, puertas una vez doradas para siempre cerradas.

El cielo lleno de silencio…

Elentari dio un grito y abrió los ojos en el interior de su habitación.

Ahogada y cubierta de sudor frío, se obligó a incorporarse y llevó la mano al pecho.

Miró alrededor.

Nada.

Solo un sueño.

Otro de esos sueños extraños que la asaltaban desde que la Marca había decidido residir en su palma.

La sensación residual que le recorría el cuerpo después de esas noches de saber profético le dejaba un nudo incómodo en el estómago.

Ya sabía que no había nada que pudiera hacer cuando aquel mar esmeralda la engullía; solo sobrevivir al presagio.

Se puso de pie y caminó hasta la pequeña ventana.

La abrió con manos aún temblorosas, intentando fingir que sus piernas no amenazaban con ceder bajo el peso del terror: el miedo a arruinarlo todo, a no ser capaz de ayudar a nadie, a fracasar estrepitosamente.

Pero ya había aprendido a fingir que podía hacerlo.

Ya se había repetido mil veces que, si lo decía en voz alta, tal vez…

tal vez al final sería capaz de lograrlo.

El paisaje que la recibió fue una extensión de nieve blanca.

Otra mañana helada en el pueblo de Refugio.

No tenía sentido seguir dándole vueltas.

Eran solo sueños…

por mucho que Deshanna le hubiera enseñado a desconfiar de esa palabra.

En el interior de la Capilla encontró a la madre Giselle esperándola con serenidad.

No pudo esquivar su presencia, así que la saludó y mantuvieron una conversación cordial que pareció servir de bálsamo para la religiosa, al comprobar que la Heraldo no se sentía insultada por el debate del día anterior.

La mañana transcurrió dentro de lo que Elentari empezaba a comprender como su nueva normalidad.

Anotó mentalmente que debía conseguir más ungüentos curativos; incluso se dijo a sí misma que quizás podía prepararlos ella, dado su amplio conocimiento en herbolistería.

También recordó que debía hablar con Threnn para tratar el tema de las provisiones, la intendente le había pedido que buscara recursos para aumentarlas.

Y luego estaba Harrit, el herrero.

Tenía que pedirle que apresurara la confección de las armaduras para los reclusos que iban llegando.

Lo que Elentari quería, en realidad, era no pensar.

Sentir la ligera anestesia que le brindaban las responsabilidades.

Continuó caminando.

Fue a buscar al boticario.

La noche anterior había buscado la guía de Solas, y él había sido claro y contundente, le advirtió que estaba inmersa en algo enorme y que su propia figura se estaba convirtiendo en el relato vivo que los shemlen deseaban contar.

Ella era la enviada de los cielos…

pero, en sus sueños, el Hacedor parecía tener la intención de ahogarla.

Absorbida por esos pensamientos, no vio por dónde caminaba.

Sin darse cuenta, se llevó por delante a alguien; chocó de lleno contra una barra de metal, perdió el equilibrio y los pocos centímetros de nieve no ayudaron cuando retrocedió, sorprendida por la pared metálica contra la que acababa de impactar.

Cuando alzó la mirada, vio al comandante de la Inquisición extendiendo las manos para sostenerla.

Ella se sintió como una niña torpe al ser atrapada por él y, quizás por el mal comienzo de la mañana, se fastidió consigo misma por no haber prestado atención al camino.

– Heraldo.

– lo oyó murmurar, mientras esperó que ella se estabilizara sobre sus brazos, antes de liberarla.

Elentari sintió que el calor inundó sus mejillas y bajó la mirada.

Lo que le faltaba era ruborizarse frente al comandante.

– Oh, Cullen.

Lo siento…

– sonrió apenada y esquivando sus ojos.

– No te preocupes, no pasa nada.

– respondió.

El comandante de la Inquisición y ella habían compartido muy poco tiempo juntos.

Elentari no sabía muy bien cómo sentirse frente a un templario.

Bueno…

antiguo templario.

En su clan, su madre siempre le había advertido sobre ellos.

Se decía que eran brutales y que, por encima de todo, odiaban a los magos, sobre todo a aquellos que no habían aprendido a controlar su don dentro de un Círculo.

Quizás por eso él la intimidaba tanto.

No sabía si Cullen deseaba verla encerrada en una torre o si desconfiaba de sus intenciones.

Ella estaba segura de sus intenciones, no así de sus capacidades.

Pero era buena fingiendo lo contrario.

– Heraldo, quisiera comentarte un par de cosas, si tienes tiempo para hablar.

Ay, no.

No quería hablar con él.

– Por supuesto.

– ¿Me acompañas a las afueras del pueblo, en la zona de entrenamiento de nuestros reclusos?

Ay, no.

Quería asesinarla.

Elentari apretó los dientes.

Se dijo a sí misma que Cullen no le haría daño, la necesitaba.

Además, ya se había mostrado cálido en más de una ocasión, y siempre que le hablaba lo hacía con un tono afable, mirándola directo a los ojos y, en ese reflejo, ella no veía maldad.

Pero eso no significaba que hubiese dejado de ser un templario en el fondo de su corazón, o que no quisiera seguir matando magos.

– Claro.

– susurró.

El comandante se giró y comenzó a guiar el camino hacia las afueras del pueblo.

En los movimientos de shemlen había resolución, autoridad y confianza.

Elentari lo observaba mientras caminaba frente a ella.

Sus movimientos eran firmes, pero en esa determinación había serenidad.

Cullen era raro, eso seguro.

– Hoy más temprano, – comenzó a decir por delante – Josephine mencionó algo acerca de una bann que está “invitando” a los aldeanos a refugiarse en la Inquisición.

– ¿No queremos más reclusos?

– preguntó, y justo cuando terminó de decirlo, cayó en la cuenta de que el comandante había mencionado “refugiados”, no reclusos.

No eran personas con potencial militar, sino personas a las que la Inquisición debía proteger.

– Oh…

– dejó escapar Elentari, él se giró a mirarla.

– Eso es peligroso…

quiero decir, si son solo refugiados.

– hizo una pausa.

– Siento que no estamos en condiciones para proteger tantas personas, ¿verdad, comandante?

Cullen asintió.

– Exactamente eso, Heraldo.

Intento armar una facción miliar, no un peregrinaje de fieles.

Vaya, el antiguo templario renegando de los creyentes.

No se lo había esperado.

– Bueno, pero ya los tenemos aquí, ¿verdad?

– él asintió.

– Bien…

entonces, ¿qué haremos para darles la protección adecuada?

– Estoy trabajando en ello…

– respondió.

– Le he pedido a nuestro herrero que acelere el ritmo en la confección de armas y armaduras.

Pero, Harritt es…

difícil de adular.

– ¿Tú?

¿Adulando?

– ella rio.

En el interior de su mente, Elentari se había formado la imagen de un comandante que desenvainaba la espada y amenazaba con rebanar cabezas para que siguieran sus órdenes.

Solo en este momento cayó en la cuenta que, de ser así, sería un tirano.

Él no parecía ese tipo de persona.

– Sí, lo sé, soy pésimo en ello.

– Cullen bromeó con ligereza.

Y entonces, se le ocurrió una idea, y la convirtió en palabras antes de considerar si no sería una tontería total.

– Oye, Cullen ¿crees que sería descabellado pedir a los reyes de Ferelden que soliciten participación de sus bannors con la Inquisición para facilitar la protección de los refugiados?

Así como esa bann nos manda refugiados, bien podríamos pedir nosotros tropas a los monarcas para asegurar una protección que ellos deberían otorgar a los suyos, en cualquier caso.

– Es más complicado que eso, Heraldo.

Las tropas de los bannors son para defender los arlingos…

y en última instancia a los reyes.

– Sí, pero entonces que nos faciliten provisiones…

– se quejó mientras le seguía el ritmo al shemlen rubio con largas zancadas debido a la altura del comandante.

– ¡Que colaboren con nosotros!

– Hablaré con Josephine acerca de este asunto para ver si hay algo que podamos lograr.

De seguro los reyes sabrán comprender que tenemos razón en el reclamo.

– Y dile a Leliana que se encargue de esa mujer…

la bann que mencionaste.

Que le haga saber que no puede seguir “invitando” a todos aquí.

Me preocupa no ser capaz de protegerlos.

La Inquisición no es una organización tan grande…

mira si sucede algún desastre…

Necesitamos soldados, no refugiados.

– No creo que podamos tener control sobre eso, Heraldo.

– Puedes llamarme Elentari…

– le corrigió, cansada de oírlo decir “Heraldo”.

– De acuerdo, Elentari…

– cedió el comandante.

Finalmente, Cullen se detuvo y ella quitó su atención de él.

Entonces, fue testigo inmediatamente del trabajo arduo que el comandante había estado llevando a cabo durante todo este tiempo.

Frente a ella, vislumbró a todos los reclusos.

Había un grupo selecto de soldados que parecían tener órdenes específicas con respecto al entrenamiento, porque los tenían divididos en grupos y sectores a los recién alistados, quiénes iban y venían.

Los reclusos llevaban las botas llenas de polvo y agarraban las armas con fuerzas, como si fuera lo único que pudiera consolarlos.

Rápidamente, ella comprendió que en estas personas había mucho más que solo una convicción en hacer lo correcto.

Probablemente, todos y cada uno de ellos estaba allí porque lo habían perdido todo y porque deseaban cambiar las cosas.

No entrenaban por obligación, lo hacían con determinación.

Y eso le hizo erizar los vellos de sus brazos.

¿Y si alguno de ellos eran los padres del niño que ella había dejado con el cabo Vale?

¿Y si alguno de éstos eran campesinos que habían escapado del caos por la contienda entre magos y templarios?

¿Y si ya no tenían hogar que reclamar o campos que cultivar?

¿Y si el fuego y las espadas les había arrebatado todo, excepto, la vida y las ganas de luchar por el mañana?

Elentari se giró hacia el comandante y notó cómo el shem rubio observaba de brazos cruzados a sus soldados.

Había orgullo en su mirada y respeto.

Eso la obligó a hacer una mueca.

¿En verdad podía sentirse segura de la experiencia de Cullen?

– Sus armaduras son horribles…

– susurró.

Él sonrió y la miró divertido ante el comentario inesperado.

Pero realista.

– Por eso estaba apurando al herrero.

– ahora le tocó sonreír a Elentari.

Dio un suspiro y volvió la mirada a los soldados.

Las armaduras eran horribles…

eran muy similares a los que había visto alguna vez entre mercenarios de poca monta…

y en estos tiempos, entre desertores.

Había desesperación por todos lados.

Ella quería darles algo mejor…

– La Inquisición debe tener mejores armaduras, Cullen.

Debemos protegerlos…

Ellos están dándonos sus vidas a disposición…

eso es más de lo que deberíamos ser capaces de pedir…

– La intendente se está encargando de ello.

Es una prioridad, Elentari.

Solo dame tiempo.

Tendrás lo que solicitas.

– Si veo algún sitio rico en minerales durante mis recorridos, te lo haré saber.

– No a mí, a la intendente.

– ella asintió y también se cruzó de brazos, contemplando a los soldados.

Él guardó silencio un momento, pero después lo oyó agregar.

– ¿Sabes?

Me uní a la Inquisición por pedido de Cassandra en Kirkwall, durante el levantamiento de los magos…

– ella le dedicó una mirada atenta.

El comandante continuó.

– Leliana y yo vimos de primera mano la devastación que causó y Su Perfección, la Divina Justinia, tenía un plan de contingencia si todo salía mal…

– Restaurar la Inquisición…

– susurró a su lado.

– Así es.

– dijo Cullen.

– En verdad creo que la Inquisición podría actuar donde la Capilla se muestra incapaz.

Nuestros seguidores serían parte de ello, Elentari.

Hay tanto que podemos hacer…

– su voz sonó cargada de un sentimiento esperanzador.

El comandante realmente creía en la causa.

– No sabía que desde los eventos de Kirkwall ya estaba implícita la posibilidad de restaurar la Inquisición.

Los eventos del levantamiento de magos en la ciudad costera habían sucedido unos años atrás, si no estaba equivocada, creía que cuatro o cinco…

¿Ya desde aquellos tiempos la Divina Justinia había trazado planes para una Inquisición?

¿Por qué?

– En realidad, tengo entendido que la Inquisición siempre fue un plan de contingencia, Heraldo.

– se corrigió rápidamente.

– Elentari.

– hizo un gesto de disculpa, ella le sonrió.

Cullen retomó el diálogo.

– Su Perfección deseaba alcanzar acuerdos justos entre las facciones de magos y templarios enfrentadas, antes que restaurarla.

– Sin embargo, no habrá estado demasiado segura de esa posibilidad si ya venía trazando ese plan…

de contingencia…

con Cassandra y Leliana, ¿verdad?

Y con tanta tiempo por adelantado.

– En efecto.

– Además…

tengo entendido que la historia de la Capilla parece mostrar todo lo contrario.

– atacó ella, Cullen se mostró incómodo a su lado.

Guardó silencio durante un tiempo, pero luego hizo una pregunta que tenía una respuesta obvia.

– Tú…

no crees ser la mensajera de Andraste, ¿verdad?

No.

Elentari guardó silencio durante unos segundos.

Pensó en qué respuesta era la adecuada.

Cullen era un hombre de fe, podía notarlo, y ella no quería faltarle el respeto.

– Bueno…

sabes que creo en mis dioses élficos…

– el comandante asintió a su lado.

– Sin embargo, mis creencias no inhabilitan la existencia otros dioses.

Puedo comulgar con la idea de que existe el Hacedor y eso no modificará nada de lo que yo crea.

Pero, en cuanto a ser yo la mensajera de Andraste…

pues no sé.

– entonces Elentari lo enfrentó.

– Cullen, si lo fuera, ¿qué mensaje he recibido?

Andraste jamás ha venido a decirme qué hacer o qué no.

Y en sus sueños el Hacedor quería matarla.

– Quizás…

cuando sobreviviste a la explosión, fue bajo Su protección.

– Quizás…

supongo que eso no lo sabremos.

Pero sí sabemos que ella no me habla…

Para ser “heraldo” debo recibir mensajes, ¿no crees?

– el rubio dio una risita desganada a su lado.

Era totalmente lógico lo que planteaba.

– Sin embargo…

Sí puedo comprender la necesidad que tiene para los demás creer que yo soy la Heraldo de Andraste.

Creer en el relato que la Inquisición está formulando…

…

y justo cuando estaba diciendo aquello, el comandante de la Inquisición levantó la mirada y la enfrentó con contundencia.

– La Inquisición no impone ideas falsas sobre sus creyentes.

– No, pero no hacen nada por silenciarlas.

– ¿Cómo lo haríamos?

No podemos estar en cada sitio donde se te proclama.

– Podrían decir simplemente que yo no soy la Heraldo de la profetisa.

– Tú misma acabas de afirmar que no somos capaces de saber si el hecho de que hayas sobrevivido a la explosión en el Cónclave con esa marca en tu palma no fue, en efecto, un acto de divina protección.

Mientras no seamos capaces de saberlo…

creo que tampoco estamos en condiciones de negarlo…

Touché, el comandante había dado con un punto de vista difícil de vencer…

y una fisura que facilitaba la manipulación de las masas a través de una realidad intersubjetiva…

Elentari le sonrió al comprender que él era un hombre que necesitaba creer, y por lo que estaba observando…

creía en ella.

Y en la Inquisición.

Ahora, solo continuaba siendo necesario esparcir por todos lados la idea de que ella era heraldo de Andraste y, de eso modo, construir el relato necesario para obtener los beneficios de la fe…

El estómago de Elentari se revolvió cuando, finalmente, todo lo que había debatido el día anterior decantó sobre su entendimiento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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