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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 23

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23: Perder el control 23: Perder el control Solas había salido al exterior del pueblo de Refugio cerca del mediodía con la intención de conseguir unas hierbas especiales que facilitaran su acceso al Más Allá esa noche.

Demasiados pensamientos perturbaban su vigilia, y sabía que, si deseaba adentrarse en viejos recuerdos, necesitaría ayuda externa.

Sin embargo, no esperaba que la búsqueda lo obligara a desplazarse a tanta distancia para obtener resultados.

Cuando emprendió el camino de regreso, ya avanzada la tarde, se vio atrapado en medio de una ventisca.

La visibilidad se redujo tanto que apenas podía distinguir lo que tenía delante.

Se vio entonces obligado a expandir un escudo protector a su alrededor para poder avanzar y solicitó la ayuda de una voluta luminosa que conocía muy bien; aquella pequeña entidad había atravesado el Velo en numerosas ocasiones para iluminar su camino cuando él lo requería.

Solas había pasado todo el recorrido pensando en su pasado.

En él… y, una y otra vez, en ella.

Elentari.

La noche anterior, la dalishana había acudido a su habitación en busca de lucidez.

Él había comprendido de inmediato que no necesitaba consuelo vacío, no buscaba frases como “todo estará bien”, sino saber dónde estaba parada.

Así que él se lo había dicho con brutal honestidad… que estaba al borde de un abismo sombrío.

Pretendían convertirla en un relato capaz de forjar realidades.

Y Solas conocía demasiado bien el poder de un relato… El Imperio de Elvhenan había nacido, por primera vez, en la imaginación de Mythal.

Ella había soñado un mundo benevolente, sabio y justo, donde elfos y espíritus pudieran vivir en libertad absoluta.

Y bajo ese relato, algunos espíritus poderosos optaron por adoptar forma física a partir de la piel de los titanes y convertirse en los primeros elfos: los Evanuris.

Cuando eso ocurrió, los titanes atacaron.

El mundo soñado por Mythal se vio amenazado de inmediato por una realidad inesperada: la resistencia de los Pilares de la Tierra.

A partir de allí comenzaron a nacer múltiples historias que lamentaban la persecución sufrida por el joven pueblo élfico a manos de la supuesta maldad de los titanes.Esos relatos impulsaron una narrativa de urgencia, que los elfos debían defenderse, apoderarse de su destino, construir su propio poder militar.

Solas no lo sabía entonces, pero el hecho de que los Evanuris recordaran tan vívidamente su propio sufrimiento y, al mismo tiempo, ignoraran casi por completo la realidad de los titanes, contribuyó al conflicto que los desgarró a todos.

Los relatos habían inspirado a los elfos a verse como víctimas… y a los titanes como monstruos.

Pero casi nadie consideró las consecuencias catastróficas que aquello tendría para los Pilares de la Tierra.

Para el mundo… Para él.

Solas había adoptado la forma élfica porque creyó en esos relatos.

Porque creyó en mitos imperialistas que él mismo se encargó de propagar por las tierras de Elvhenan como guerrero arcano de los Ejércitos Iluminados, esgrimiendo violencia en nombre de una causa falsa.

Él sabía demasiado bien lo que era creer en un relato… y convertirse en el arma que lo volvía realidad.

Sabía lo que era ser usado.

Conocía el peso de actos aberrantes.

Conocía lo que era pararse al borde de un abismo y lanzarse, finalmente, a la profundidad de sus sombras.

Lo que no había sabido, sin embargo, era que toda acción militar es irracional si no obedece a un objetivo político dominante.

Al principio había sido incapaz de ver la verdad, que la victoria de sus batallas solo había servido para enaltecer como dioses a simples elfos ególatras, incapaces de aceptar sus limitaciones mundanas.

Él, ingenuo como había sido, aseguró la creación del Imperio de Elvhenan y el liderazgo “divino” de los falsos dioses élficos.

Bajo esa premisa, no podía evitar preguntarse estos días: ¿Qué objetivos políticos se cumplirían con el éxito militar de la Inquisición?

¿Arrastrarían a Elentari hasta el borde del abismo?

¿O, como a él, la empujarían finalmente a saltar hacia la profundidad de sus propias sombras?

La voluta y el elvhen habían caminado durante horas mientras los pensamientos sombríos de Solas lo embargaban sin tregua.

La noche comenzaba a caer, adelgazando naturalmente el Velo; a esa hora, la actividad espiritual aumentaba en su afán de conectar con los durmientes.

Hoy no era la excepción.

Sobre él, el Velo contenía un grupo inusualmente numeroso de espíritus que se apiñaban contra la barrera metafísica que él mismo había erigido entre los mundos.

Las tierras de Refugio, testigo de incontables batallas pasadas y presentes, solían tener el telón especialmente fino… pero aun así, los espíritus rara vez se agrupaban en semejantes cantidades.

Aquella actividad era anómala.

Parecían seguirlo.

Solas sabía por qué.

Los pensamientos fatalistas los atraían, y aunque habría preferido contenerlos, simplemente no podía.

Elentari despertaba en él reflexiones demasiado profundas, demasiado viejas… y que, de haber podido elegir, habría mantenido resguardadas en un oscuro olvido.

– Vuelvan a las profundidades del Más Allá… estaré bien… – susurró con incomodidad a las entidades oníricas.

Conocía los secretos del Velo porque él lo había creado.

Sabía que era un telón metafísico cuya vibración arcana repelía las fuerzas del Más Allá y las contenía en el Reino de los Sueños.

Pero también sabía que, desde la apertura de la Brecha en lo alto del cielo, esa vibración había cambiado.

Las corrientes arcanas se movían ahora como mareas embravecidas; la barrera era más inestable, más impredecible.

Por eso, él no podía comunicarse con sus agentes y debía hacer planes colosales para tener noticias de ellos.

– Si siguen apiñándose de ese modo tan imprudente, tendré que soltar mi barrera espiritual… – advirtió el Portavoz.

Pero sabía que no lo escucharían.

Les hablaba desde el mundo despierto; solo podía comandarlos plenamente dentro del Más Allá.

Y aun así, su advertencia no era un farol.

Si continuaban acumulándose sobre él, tendría que cesar todo uso de magia para evitar una ruptura… y con la tormenta azotándolo, no podía calcular a cuánta distancia estaba de Refugio.

Estaba cerca, sí, pero no lo suficiente como para arriesgarse.

La idea de congelarse no le resultaba en absoluto atractiva.

Concentrado como estaba en proteger a los espíritus y evitar que su magia provocara un distanciamiento insalvable entre los componentes alquímicos del telón, Solas no fue consciente del peligro (ese mismo del que sus amigos le habían advertido) hasta que lo tuvo directamente frente a él.

La nieve le calaba los huesos y la tormenta rugía sin cesar; por eso le resultó imposible distinguir a los hombres que se habían refugiado a un costado de las carpas de la Inquisición.

No los vio… hasta que una mano brutal se cerró sobre su brazo y un golpe seco le estalló en el abdomen sin previo aviso.

Sintió cómo una garra lo aferraba y, un instante después, el dolor punzante sobre las costillas al recibir un impacto contuso que le arrancó el aire de los pulmones.

De inmediato cortó toda conexión con su magia, liberando a la voluta de su voluntad y permitiendo que la noche oscura lo tragara por completo.

Los espíritus chocaron furiosos contra el Velo, agitados por el inesperado ataque.

Quizás la gente de Thedas les temía… pero para el Lobo Terrible eran aliados leales, amigos dispuestos a defenderlo sin dudar.

Aun así, esta vez no deseaba su ayuda.

No quería que el arrebato emocional los desbordara, que el impulso de protegerlo los empujara a atravesar el Velo… y que, en su confusión, se trastocaran sus propósitos.

– ¡Este maleficarum vuelve de pactar con demonios!

¡Matémoslo!

– oyó la voz de un hombre que lo tomó desde el cuello y volvió a golpearlo.

Percibió la dureza del metal de un guantelete de armadura pesada, luego el rodillazo también metálico en su abdomen y después una lluvia de puñetazos, empuñaduras de espadas y patadas entre un número de personas que no pudo discernir.

No era la primera vez que Solas recibía una golpiza como aquella, de hecho, había sufrido torturas en la antigua Arlathan y sobrevivido…

aunque había existido una diferencia fundamental, pues en aquellos tiempos, no había tenido un Velo imposibilitándole explotar en magia.

Ahora, sentía a los espíritus arremolinándose sobre éste intentando romperlo.

Solas se giró sobre su cuerpo, se lanzó sobre la nieve, esprintó y se liberó de sus verdugos, logrando algo de distancia.

Aun se encontraba confundido por la rapidez de los eventos acontecidos, cuando un dolor agudo lo atravesó con crudeza, haciéndole sentir el calor agobiante que empapó los costados de sus ojos por unas lágrimas.

Poco a poco, su cuerpo entero comenzó a sudar a pesar del frío y temblar de padecimiento.

Por el dolor lacerante que lo atravesaba, aquellos idiotas tenían que haberle perforado el abdomen (y algunos órganos) con alguna hoja cortante, y él ni siquiera lo había notado.

– ¡No soy un maleficarum!

– rugió cuando pudo hacer uso de su voz.

La sangre fue testigo silencioso de la herida que Solas acababa de recibir.

Un instante después, la nieve se cubrió con un manto escarlata y la ira inundó por completo a Fen’Harel.

De golpe, la voz de Elgar’nan resonó en un antiquísimo recuerdo cuando aquel había sido mentor militar del elvhen en el pasado.

“Visualiza a tu enemigo, Solas.

Y no tengas piedad.

Los titanes matan a nuestros hermanos, a nuestros amigos y a nuestras familias…

No mires la sangre en tus manos como si fuera tu pecado.

Esa sangre es la sentencia que ellos firmaron al atacarnos.

>> Ellos eligieron la guerra; nosotros solo elegimos sobrevivir.

Ellos nos han arrinconado hasta convertirnos en esto.

Convierte tu dolor en furia, Portavoz.

Deja que esa ira te queme por dentro hasta que no quede espacio para la compasión.

Hoy no eres un espíritu de la Sabiduría; hoy eres el castigo que ellos se buscaron.” De golpe, el interior de Solas sintió el calor de la furia cubrirlo.

No por sus atacantes en esta noche, sino por el recuerdo de Elgar’nan que lo había hecho creer que los titanes habían sido arquitectos de su crueldad.

El Lobo Terrible sintió su maná hervir en su interior y el Velo golpeó con más fuerza.

Los espíritus se saturaron con sus emociones y martillearon otra vez contra la barrera metafísica.

Incapaz de contener el oleaje de recuerdos funestos, el momento pareció disiparse a otra realidad, una donde él había sido un monstruo.

Esta vez ya no era una batalla contra los titanes, sino que era Fen’Harel contra el ejército Iluminado del autoproclamado dios de la Creación, Elgar’nan, el Domador del Sol.

Un chorro de sangre le había manchado la cara, él abrió la boca y la saboreó.

Luego la escupió e intentó secarla, y vio al soldado de quien procedía.

Era un elfo del Ejército Iluminado.

Le salía sangre de los ojos como agua, ¿acaso él lo había atacado?

¿Cuándo?

El soldado élfico se quedó mirándolo petrificado.

Uno de sus ojos era una cuenca roja, como si se lo hubieran arrancado, el otro sangraba, pero también brillaba…

con ese brillo tan propio de un cuerpo cuyo espíritu ha abandonado su interior.

Iba a morir…

no, ya había muerto.

Entonces, casi porque aun sus músculos no terminaban de ceder al estado anterior de bipedestación, el cuerpo se mantuvo en pie, viéndolo…

Lo miró como si lo juzgara por todos a los que había asesinado.

Lo miró reclamando justicia por sus errores del pasado y todas las vidas que Solas había arrebatado debido a éstos.

Lo miró porque aún podía, porque aún yacía en pie…

Lo miró porque Solas merecía sentencia…

Lo miró hasta que, finalmente, cayó en el suelo.

Y Solas estaba paralizado.

Los cadáveres se amontonaban uno encima de otro cerca de un matorral, cuyas hojas chorreaban sangre.

¿Había sido él quien los había matado?

Ya no recordaba…

…

Había olvidado.

Otro soldado se abalanzó sobre Fen’Harel, Solas liberó una bola de fuego.

El impacto arcano levantó del suelo a su atacante y lo lanzó sobre un tronco caído.

Agitó las piernas hasta que los gritos fueron calmándose gradualmente.

Había sangre por todas partes.

Otra vida más arrebatada.

“Visualiza a tu enemigo, Solas.

Y no tengas piedad.” – ¡¡NO!!

– rugió Solas, pero esta vez, volviendo al presente.

– YO SOY EL ÚNICO RESPONSABLE DEL DESASTRE.

Oyó el grito de un hombre…

un grito que sonó lejano: – ¡¡ES UN MAGO DE SANGRE QUE NOS TRAJO CONDENA!!

No.

No habían sido guerreros élficos…

Solas había atacado a estos hombres…

De golpe, su cabeza vibró hasta un punto que sintió que algo extraño sucedía en el interior de su cerebro.

Dejó de oír a su alrededor, fue como si su corazón se hubiera detenido y todo el mundo se volviera inmóvil.

El Velo se engrosó, los espíritus, retenidos.

– ¡Soy miembro de la Inquisición!

Frente al mago sus atacantes brillaron con una tenue luz blanquecina.

Sintió que algo o alguien tiró de él, dijo algo que no comprendió y, de pronto, una potente disrupción de su magia provocó que le dolieran los ojos.

La sensación fue extraña, anómala…

nauseabunda…

Lo que inició como un dolor en los ojos, pronto ascendió hasta su cerebro.

Las orejas se le calentaron y las lágrimas resbalaron por sus mejillas, aunque no estaba llorando, estaba sufriendo.

Solas gritó y los hombres se lanzaron sobre él.

No necesitó más información…

estos atacantes eran templarios y acababan de bloquearlo.

Sin embargo, gracias a la coloración blanquecina de cada uno de ellos, ahora el mago sabía que eran cinco y que él estaba herido.

Ahora sí, podía afirmar, se encontraba ante un verdadero peligro…

y estos idiotas no tenían ni idea de que acababan de provocar la ira del Lobo Terrible.

“Visualiza a tu enemigo, Solas.

Y no tengas piedad.” Fen’Harel cavó en las reservas del maná de su interior, más profundo de lo que había hecho nunca en Thedas.

Con un rugido rabioso, elevó sus manos y desató el caos.

El Velo se abrió, los espíritus se abalanzaron y la onda de fuerza que se expandió desde el mago mandó a volar a cada templario de espalda, como si no pesaran nada.

Las ráfagas de viento se arremolinaron alrededor del Lobo Terrible…

el poder fluía bestial por su sangre porque los espíritus estaban alimentándole.

Lo hacían sentir pleno…

Habría sido fácil hacer más…

mucho más, despedazar a aquellos imbéciles, triturarlos y convertirlos en partículas demasiado pequeñas para recibir un rito funerario adecuado, tomar a las entidades a su alrededor y cobrar su venganza…

pero sabía que no debía…

Sabía que tenía las corrientes arcanas fluyendo crudas hacia él y respondiendo a su voluntad…

y debía minimizar los daños.

Entonces se concentró.

Domó las fuerzas arcanas como lo había hecho en otra época, otro mundo y expulsó a casi todos los espíritus a las profundidades del Más Allá…

Todo alrededor comenzó a desvanecerse, había usado mucha más magia de la que debía en este mundo para domar a los espíritus y había perdido demasiada sangre.

Solas se dejó caer sobre la nieve, tosió y todo su cuerpo se sacudió en agonía.

Más sangre se acumuló sobre su boca y se atragantó.

Las arterias de su cuello latían como respirando por propia voluntad.

Ya no sentía que le apretaban la cabeza, ya no veía el destello blanquecino de los hombres ¿Acaso había matado a los templarios?

Innecesario…

Una matanza ciertamente innecesaria…

…

pero…

luego de haber oído, una vez más, la voz de Elgar’nan, sus órdenes y su entrenamiento…

de golpe, todas las masacres que Solas había presenciado desde el día en que las guerras lo habían afectado parecieron volver en tromba hacia él, como si alguien más estuviera asesinando otra vez como él mismo lo había hecho en el pasado.

Grotesco.

No quería ser ese hombre.

Pero lo era.

Algo se removió en su interior.

Era su consciencia, pero Solas no estaba dispuesto a oírla.

Aunque, esta vez, ella se iba a hacer oír…

y se lo escupió directo sobre el rostro: Él había destruido su mundo…

él era el culpable…

él había creado la Ruina, facilitado la muerte de Mythal, creado el Velo y, finalmente…

había guiado a Corifeus hacia su Orbe…

Él… era el mayor fracaso de su Pueblo.

Estaba cansado.

No, agotado…

su espíritu quebrado…

en múltiples fragmentos imposibles de volver a unir.

Solas se esforzó por respirar.

El esfuerzo hizo que su estómago se encogiera y un espasmo lo atrapó en agonía.

Un alarido contenido escapó desde su garganta, y justo cuando todo comenzó a oscurecerse frente a él…

una voz familiar pareció sonar a lo lejos…

era una mujer…

pero…

– ¡Solas!

…

todo se volvió oscuro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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