Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 24
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- Capítulo 24 - 24 Fingir control
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24: Fingir control 24: Fingir control Cuando Solas abrió sus ojos se encontró en el interior de una tienda tenuemente iluminada por la luz de una lámpara de aceite.
El sonido del viento era un recordatorio de la ventisca que lo había atacado.
Por lo demás…
este lugar era cálido.
Él estaba recostado en el borde de una cama improvisada en un rincón de la tienda, su postura relajada por efectos sedantes que no acababa de discernir, pero podía reconocer sin dificultad.
Llevaba el torso descubierto y un vendaje compresivo rodeaba su contorno, mostrando unas manchas de sangre roja…
demasiadas rutilantes para ser las de una herida sin sangrado activo.
Casi no recordaba nada.
Casi.
Primero llegó un sacudón de amargura, se quejó y su estómago se encogió.
Alguien le había apuñalado, eso sí recordaba…
No lo había sentido en su momento, pero ahora mismo, sí.
Intentó levantarse, pero solo logró hacerlo con una sacudida acompañada de agonía, que lo obligó a enroscar un brazo alrededor de él mismo y frenarse en el intento.
Entonces, algo se removió a su lado.
El mago se vio obligado a cerrar los ojos por el sufrimiento que lo había atravesado, ¡Estaba casi drenada, malditos fueran!, pero sintiéndose aún en peligro llamó las fuerzas arcanas sobre sus manos (lo poco que podía) y, aunque un sudor frío acababa de empapar su frente, se preparó para luchar.
– Solas…
– la voz de la Buscadora de la Verdad resonó a su lado.
La mano de la mujer se apoyó sobre la suya y lo invitó a soltar la magia.
– Has despertado.
Estás a salvo.
No se sentía seguro.
Ella lo había apresado.
Solas quitó su mano con algo de brusquedad.
Enfrentaron sus miradas.
Los ojos de la guerrera mostraron desconcierto.
No.
Aquellos recuerdos habían pertenecido al pasado…
Ella había apresado a la dalishana, no a él.
Y ahora la realidad era diferente…
ella era su compañera, otro miembro del grupo que lideraba Elentari.
– ¿Me has drogado?
– fue todo lo que pudo mascullar.
A él ya lo habían drogado en el pasado.
Y nunca le había gustado.
La sensación de que su mente no era suya…
o, en verdad, no estaba funcionando como solía hacerlo, le fastidiaba…
– Has bebido un sedante, estabas malherido, Solas.
Entonces no lo había drogado.
– Eso me ha permitido curar tus heridas.
Entonces lo había ayudado…
– Pero la hoja templaria te atravesó por completo.
¿Hoja templaria?
De golpe, recordó todo.
La pérdida de control, la voz de Elgar’nan, la culpa, el juicio…
la sentencia que nunca llegó ni llegaría.
Sintió mucha indefensión.
– Gracias.
– masculló, en un intento por parecer él mismo.
Por retomar el control.
¿Cómo fue posible que se dejara embargar de ese modo por sus emociones?
¿Cómo había dejado que todo aquello lo abordara?
Era inaceptable.
Él tenía que ser mejor que sus traumas.
– ¿Los maté?
– fue lo primero que quiso saber.
Hubo silencio primero.
Respuesta, después: – Sí.
– No quise hacerlo.
No había querido.
Era verdad.
– Lo sé.
Te conozco lo suficiente para saber que te han atacado primero.
No me conoces nada…
Y, entonces, por primera vez la miró.
– Gracias.
El contorno del rostro de la Buscadora era borroso, y eso le molestaba.
La dosis que le había administrado había sido demasiado potente.
Quería controlar su mente.
Quería retomar el control.
Quería que todo desapareciera.
– Quiero que me saques este sedante…
– se quejó casi como un niño caprichoso.
Sacudió la cabeza, molesto, y deseó con ahínco recuperar su lucidez mental, como si por simplemente desearlo sería capaz de obtener la victoria.
Sabía que no.
La victoria no pertenecía a los justos ni a los inocentes.
Pertenecía a aquellos dispuestos a pagar el precio.
A manchar sus manos…
y él siempre lo había estado.
– El efecto pasará con el tiempo, Solas.
El dolor no pasaría.
Oh, no.
Se había referido al efecto sedante.
Ojalá nunca pasara.
Ojalá lo arrastrara todo consigo.
– El dolor parecía agonizante cuando te encontré…
Lo había quebrado.
Y eso era inaceptable.
– No he podido llevarte con Adan porque la tormenta no ha cesado.
Cuando ceda, te llevaré con el boticario para que cure tus heridas.
– Puedo curarme solo.
No necesito a nadie.
Soy mago.
– Aún estás muy sedado.
– Tú me sedaste.
Yo no te lo pedí.
– Cassandra guardó silencio.
– ¿Qué me has dado?
– Solas se sentía alterado y aún confundido.
Cassandra guardó silencio un tiempo que a él le pareció algo prolongado, pero finalmente volvió a hablar.
– ¿Recuerdas lo que sucedió, Solas?
Recordaba todo.
La tormenta, el Velo, los espíritus, los golpes de los templarios, Elgar’nan, su culpabilidad por haber asesinado a tantos en el pasado (y el presente) …
la sangre…
mucha sangre.
La explosión arcana…
la culpa.
Tanta culpa.
– Creo que me atacaron porque me vieron usando magia.
– concluyó.
– Para protegerme de la tormenta…
Era cierto…
Creía.
No lo sabía.
Solas sacudió la cabeza, molesto.
– Creo que eran cinco.
No estoy seguro.
Odiaba no estarlo.
– Lo siento, Solas.
Me entristece mucho que hayas sido testigo de la peor cara de la Capilla…
De esta injusticia tan grande.
El mago sonrió con desdén a su lado.
– El mundo nunca ha sido justo, Buscadora.
– susurró y mantuvo los ojos cerrados, como si lo estuviera diciendo más para sí mismo que para ella.
– Eso no es nuevo…
El silencio volvió a ocupar un espacio entre los dos, hasta que ella dijo: – ¿Sabes por qué esta era fue denominada “Era del Dragón”, Solas?
El apóstata sonrió y se obligó a abrir los ojos.
– ¿Por qué, Buscadora?
– oyó su voz, sonó áspera, grave…
seguramente su boca estaba seca, era un efecto más del calmante.
– Se lo eligió porque se predijo que se trataría de un tiempo de luchas políticas, bestias salvajes y magia poderosa…
– ella dio un suspiro y curvó sus labios en una media sonrisa.
– Creo que todo se está cumpliendo, ¿no te parece?
Hay una enorme Brecha sobre el Velo…
– Me parece que se te ha olvidado mencionar algo importante de estos tiempos.
– Cassandra lo miró curiosa, él se esforzó por tensar su musculatura y abandonar la postura relajada que había adoptado.
– Esta era también se caracteriza por ser una época fuertemente marcada por la fe…
Fe en la Capilla de Andraste.
Cassandra hizo una mueca con los labios, a él le costó discernir el motivo, ¿quizás disgusto?
No podía estar seguro con la visión neblinosa.
– Es cierto, Solas.
Después de todo, toda esta locura en la que te has visto envuelto comenzó por una creencia que se supone incuestionable…
– susurró la guerrera.
– La creencia de que las prácticas arcanas de las artes mágicas tienen el potencial de desatar la ruina en el mundo.
Y, por ello, los magos deben ser sometidos.
Y por ello, los templarios te atacaron.
El habló con tono burlón, a pesar de su propio dolor físico.
– Ah, pero los templarios tienen razón.
Las artes mágicas…
tienen el potencial de desatar la ruina en el mundo, Buscadora.
– ¿Estás de acuerdo con los templarios entonces?
– Me conoces lo suficiente para saber esa respuesta, Cassandra.
– Creo que esta noche te atacaron solo porque te vieron usar magia.
Nunca consideraron que lo hiciste para salvarte de la tormenta.
Solas sonrió, a pesar de que el abdomen le quemaba.
Pero disimuló.
Evidentemente, el efecto narcótico estaba pasando.
El dolor lo atestiguaba.
Pero él podía soportarlo.
– ¿Y si hubiese utilizado magia por deseo propio habría estado justificado el ataque?
– ¡Por supuesto que no!
Aunque, no puedes ir por ahí usando todo el tiempo tu magia.
– ¿Por qué no?
– Porque es peligroso.
– Ah, pero que tú uses tu espada, no lo es.
¿Verdad?
– Yo no la uso todo el tiempo.
– La portas todo el tiempo y puedes usarla cuando quieras.
– Sucede lo mismo con tu magia, Solas.
El mago sonrió.
Era cierto.
Había elegido mal las palabras.
Era evidente que aún no contaba con su lucidez habitual.
Se preguntó dónde quería llegar con este debate, ¿algún lado?
¿Ninguno?
No lo sabía…
a la verdad, probablemente.
No.
La verdad era peligrosa.
Pero podía jugar con el relato.
¿Podía?
Podía probarlo.
– La cuestión es, Buscadora, que aquí estamos hablando de otro concepto.
Estamos hablando de lo que es la “verdad”, ¿no te parece?
¿Cuál es la verdad que defienden los templarios y cuál es la de los magos?
Tú eres una “Buscadora de la Verdad”.
Dime, ¿eso qué implica, exactamente?
– Hemos sido los encargados de mantener el balance del poder dentro de la Capilla.
Nuestro objetivo ha sido arrancar de raíz la corrupción donde fuera que la encontremos, ya sea entre magos rebeldes o dentro de la mismísima Capilla.
Aunque ahora, eso parece que ha dejado de importar.
– Las ideas nunca dejan de importar, Buscadora…
– Dime, Solas, ¿qué se puede hacer para que la verdad tenga éxito por estos tiempos tan oscuros?
¿Hay algo que la Inquisición pueda otorgar allí donde la Capilla y los Buscadores de la Verdad hemos fallado?
Solas miró a la guerrera frente a él, vio el agobio surcando sus expresiones y pensó que era honorable.
Que una mujer como ella, con tantos títulos y reconocimientos externos fuera capaz de entablar este tipo de conversación con un mago apóstata sin título honorífico que ostentar, era algo encomiable.
Dejaba claro que estaba exenta de prejuicios vanos.
Y eso le daba una perspectiva que pocos tenían.
Quizás por ello, decidió compartir algo de sus verdaderos conocimientos.
– Para que la verdad tenga éxito, es necesario crear organizaciones con el poder de inclinar la balanza a favor de los hechos, Cassandra.
– dijo y apoyó sus manos a sus costados, contrajo los músculos de los brazos para acomodar mejor su torso herido y dejar descansar su espalda sobre el lateral de la tienda.
Al hacerlo, el dolor lo atravesó y le obligó a soltar un pequeño sonido de queja.
Un nudo de agonía ardió en su estómago y extendió sus zarcillos en el resto del cuerpo de Solas.
El sudor bajó por su frente y lo hizo temblar.
No importó, porque la táctica que la Buscadora había utilizado para devolverle su lucidez mental había resultado: ella había apelado a su raciocinio y había disminuido el efecto narcótico en él.
Ahora el dolor lo partía, pero su mente funcionaba mejor…
y su cuerpo era, después de todo, el de un Evanuri…
no moriría (no por una hoja templaria, al menos), no hacía falta preocuparse.
– ¿Necesitas ayuda, Solas?
– No.
No hace falta.
Gracias.
– aseguró.
– Quiero responder a tu pregunta.
Ella lo había ayudado; él, a cambio, le daría la verdad.
Le explicaría que toda institución, incluso la Capilla, necesita mecanismos que la corrijan, porque la infalibilidad no existe.
Lo único que existía era el deseo de aparentarla.
Los Buscadores de la Verdad habían surgido justamente para eso, para actuar como un freno interno.
Pero fallaron al no poner límites reales al poder de la Capilla, la misma autoridad que debían supervisar.
Aun así, Solas no creía que debieran desechar esos mecanismos.
Al contrario, entender su falla no debía desanimarlos, sino impulsarlos a reconstruirlos mejor.
Y por eso mismo, la Inquisición debía aprender a vigilarse a sí misma, reconocer sus propios errores y corregirlos.
Ahí podría residir la diferencia entre los Buscadores de la Verdad y la Inquisición.
En reconocer que una organización que acepta que puede equivocarse siempre obtiene mejores resultados que una que se proclama perfecta.
En el fondo, aceptar la posibilidad del error es mucho más sólido, y más honesto, que proclamarse infalible.
Solas se obligó a sentarse para compartir sus conocimientos con la Buscadora y cuando lo logró, inmediatamente, se sintió muy mal.
Una neblina blanca le alteró la visión.
Cerró los ojos y sintió como si sus entrañas fueran a salir de él.
– Necesito un espíritu para que cure mis heridas.
Confesó.
Se preocupó.
La herida era más peligrosa de lo que le hubiera gustado admitir.
– ¿Puedes buscar a uno?
Estás demasiado pálido, Solas.
– Por supuesto.
Lo haré cuando no tenga más efecto sedante en mí.
No quiero alterar a ninguno de ellos.
– Pero no te ves nada bien, llama a uno…
Tenía razón.
No lo estaba.
Se sentía tan inútil que era enloquecedor.
– Toma, bebe.
– la oyó decir.
– No quiero más drogas.
– Es una poción curativa.
Solas la miró ofendido, ¿por qué no se la había dado antes?
– Ya has tomado cuatro.
¿Cuatro?
Eso era vergonzoso.
– Pues creo que tomaré cinco, Buscadora.
Al poco tiempo, sintió sobre sus labios el frío vial y bebió hasta acabar el contenido.
Él no lo había sabido, pero Cassandra lo había mezclado con más narcótico.
Era evidente que el mago no iba a dejarse vencer, pero más evidente era que necesitaba descansar y un mago para curar esa herida.
La hemorragia no había cesado y Solas ya estaba más pálido de lo que a ella le hubiera gustado.
Poco a poco, Cassandra vio cómo los ojos del elfo se volvieron oscuros.
Sus pupilas se habían dilatado mucho más que cuando despertó.
Lo vio luchar contra el efecto, pero simplemente sería imposible ganar esta vez.
El apóstata apoyó una mano sobre el brazo de la guerrera y apretó con mucha suavidad.
– No quiero…
…
no quiero que se lo digas el resto…
No quiero que se preocupen…
No quiero que se lo digas a la Heraldo.
– Debes descansar, Solas.
– susurró, mientras lo tomaba por los hombros y lo obligaba a acostarse sobre la cama.
Casi le pareció que se había resistido, pero un instante después, sus ojos se cerraron.
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