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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 25

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25: Retomar el control 25: Retomar el control – ¡Esto es inaudito!

– se oyó la voz de la Heraldo de Andraste que atravesó los sonidos habituales de la mañana cuando, hecha una furia, enfrentó al comandante de la Inquisición y la Buscadora de la Verdad.

La mirada de la mujer lo decía todo.

Estaba rabiosa y se sentía impotente.

– ¿Cómo has permitido que una cosa así suceda?

– sacudió los brazos sobre sus costados.

Elentari vio cuando Cullen se giró en su dirección, con el rostro crispado y la sombra de cansancio que lo ocupaba, aún así, el comandante no se contuvo cuando le respondió con un tono firme: – Pero ¡yo no he permitido nada!

– ¡Exacto!

– concedió ella con énfasis, sintiendo cómo la impotencia se le subía hasta el pecho.

– ¡Tus soldados no han estado aquí para evitar este desastre!

Elentari no podía quitarle la mirada de encima al shemlen rubio.

Sabía que para ellos la magia era un castigo, tanto como para su gente era una responsabilidad enorme.

Varric le había contado que para el aldeano promedio, la magia era algo peligroso y que no conocían, ni deseaban hacerlo, que algunos veían en todos los magos a los responsables de una granja quemada cuando uno de los niños del granjero mostró signos de poder arcano que no había sido capaz de controlar, o aseguraban que los magos apóstatas eran los causantes de las sequías en las plantaciones, o las ventiscas… y por eso, cometían actos tan viles como el de la noche anterior.

¡Habían atacado a Solas!

¡A SOLAS!

Elentari sintió su cuerpo temblar dominado por la furia, aunque en realidad aquella emoción simplemente escondía la tristeza (y el miedo) de entender que esos guerreros habían sido capaces de dañarlo a él… incluso a él… un mago que, ahora se daba cuenta, había empezado a admirar mucho.

No quería que algo malo le sucediera… ¿qué haría si no le explicaba todo lo que sabía acerca ese maldito Velo y todas las otras cosas?

¿Cómo se suponía que iba a ser capaz de sellar aquel agujero verde?

– ¡Heraldo, por favor!

– intervino Cassandra con tono conciliador.

– ¡Todos estábamos a resguardo!

Cullen no podría… – ¡Todos, menos Solas, aparentemente!

– interrumpió el shemlen con un tono brusco y aquellas palabras no ayudaron para nada, porque la rabia bulló otra vez en el interior de ella.

A lo mejor él no había tenido intención de insinuar algo en contra de Solas… A lo mejor la respuesta tan brusca que le dio fue solo una consecuencia debido a que su capacidad de resguardar la seguridad del pueblo de Refugio se había visto comprometida… o por el hecho de que la mañana recién asomaba y habían sido recibidos con la noticia de la muerte de cinco templarios a manos del experto en las fuerzas del Más Allá y el Velo quien, ¡a consecuencia!, se encontraba mal herido… ¡mientras que el pueblo se hundía bajo centímetros y centímetros de nieve!

A lo mejor todo eso había hecho que Cullen le levantara la voz, pero Elentari no fue capaz de tolerarlo.

– ¿Cómo te atreves a insinuar algo contra Solas?

– fue la única respuesta que floreció desde el interior, y se abalanzó sobre el comandante para apoyar el dedo índice sobre su pecho y dejarle muy claro la tensión que los atravesaba en esos momentos.

Él dio un paso hacia atrás, en su rostro se dibujó la sorpresa, pero un instante después, sus ojos ambarinos parecieron capaces de perforarle el cráneo con el fuego de la furia cuando la enfrentó.

Un escalofrío serpenteó a través de la columna vertebral de Elentari, cuando la escrutó de aquel modo.

Ella estaba rabiosa, era cierto… pero no dejaba de ser igual de cierto que él era un templario.

La idea de Cullen atacándola, de la misma forma que aquellos templarios habían atacado a Solas durante la tormenta la hizo dudar.

Su índice perdió firmeza, pero se mantuvo contra la armadura del comandante.

¿Sería capaz de golpearla?

¿Acaso él también le atravesaría una espada?

En respuesta, el shemlen rubio suspiró, y con ese gesto, su rostro cambió.

Ella dudó un instante, quiso dar un paso hacia atrás y buscar resguardo, pero no le iba a dar el gusto de verla temer.

Hizo acopio de toda la valentía que podía fingir, se obligó a tensar sus piernas en el lugar, y justo cuando se creyó lista para mostrarse segura, Cullen se controló y, como si nada, desapareció la furia de su mirada.

– Lo siento, Heraldo.

– cedió.

– No ha sido mi intención insinuar nada en contra de Solas.

Es un mago excepcional y ha demostrado su valía y compromiso.

Tienes razón.

Elentari sintió cómo la desarmó al responder con lo que, le pareció, fue sincera empatía.

El dedo sobre el pecho de él se convirtió en una palma que se apoyó por completo, mientras ella descendía la vista, empezando a sentirse avergonzada.

– Habrá una investigación al respecto, te lo aseguro.

– lo oyó afirmar con determinación.

Las piernas le temblaron, aunque logró ocultarlo.

Solo entonces se dio cuenta de que también había sentido mucho miedo.

Ella asintió, y esa palma sobre el pecho del comandante, de pronto, fue un sostén frente al temblor.

Entendía tan poco del mundo de los shemlen… bueno, del mundo en general.

Había permanecido demasiado tiempo al resguardo de los suyos.

– Yo me ocuparé de ello, Heraldo.

– intervino Cassandra.

Elentari asintió y levantó la mirada hacia la guerrera.

– No permitiremos que nuestros habitantes vuelvan a encontrarse con un evento como este.

Y, por supuesto, no dejaremos que nuestros magos se sientan inseguros.

– Como antiguo miembro de la orden, – ahora miró al comandante – quisiera pedirte perdón por el ataque nocturno perpetuado por hombres que han sido mis hermanos juramentados en el pasado.

Elentari solo pudo asentir.

Él añadió.

– Lo que le ha sucedido a Solas es inaceptable.

No dejaremos que eventos como éste vuelvan a tener lugar.

No aquí, puedo asegurártelo.

Por favor, deja que nos encarguemos de este asunto y ve a ayudarlo.

¿En verdad ellos eran capaces de protegerlos?

¿A los magos?

¿Pero no le habían contado toda su vida historias terroríficas acerca de los templarios?

¿No había sido, precisamente por ellos, que Deshanna no la dejaba alejarse del interior del clan?

¿Porque si la encontraban dirían mentiras acerca de su magia, y la tomarían prisionera para torturarla?

– Necesita magia curativa, Heraldo…

– interrumpió Cassandra sus temores, otra vez con un tono más conciliador y se acercó hasta ella.

Elentari volvió a mirarla, incrédula.

– Su herida es profunda.

Se encuentra en el interior de mi tienda, aún dormido.

Ve con él…

Elentari oyó las palabras sensatas y se paralizó frente a aquellos dos, consciente por primera vez del arrebato inoportuno que había tenido.

Cullen y Cassandra parecían dispuestos a protegerlos… Clavó su mirada sobre la nieve que hundía sus botas, dejándose embargar con un conjunto de emociones difíciles de reconocer, pero el susurro de los espectadores comenzó a resonar en sus orejas solo ahora.

Solo entonces cayó en la cuenta de que acababa de dar un espectáculo que no debería permitir que todos vieran.

No había controlado el impulso por culpar a Cullen del desastre y sentenciar a los templarios sin siquiera haber hablado con Solas.

Una vez más, era testigo de cómo todo esto le quedaba enorme y ella erraba en sus decisiones, así como ya lo había hecho en su propio clan en el pasado.

Se sintió una completa estúpida…

– Lo siento.

– susurró avergonzada, cediendo por primera vez frente a los guerreros.

Sintió la mano del comandante apoyarse sobre su antebrazo en un gesto conciliador y entendió que no había dejado de sostener el peso de su cuerpo sobre esa mano en el pecho de él.

Elentari levantó la vista y miró casi con desesperación a Cassandra, rogándole en silencio que arreglara este desastre.

Pretendió decirle que lo sentía y que era una idiota, pero no supo si ella lo reconoció en su mirada.

En respuesta, la Buscadora de la Verdad sonrió con calidez y apoyó una mano sobre su brazo.

Elentari quitó la mano sobre Cullen, y él también la libero de su roce.

Después, Cassandra hizo una pequeña reverencia y agregó: – Ve a ver a Solas.

Se encuentra gravemente herido.

Usa tu magia para curarlo.

– Nosotros nos ocuparemos de todo este asunto, Heraldo.

– aseguró el comandante.

– Puedes estar tranquila.

Elentari se sentía avergonzada de sí misma.

Ni siquiera pudo devolverle la mirada a él, porque ese gesto resultaba demasiado en estos momentos para ella.

Se limitó a asentir y los abandonó.

Sin darse cuenta, sus pasos adquirieron una velocidad casi desesperada, mientras apretaba los puños y contenía la respiración.

De golpe, la invadió una avalancha de imágenes, recordó cada ocasión en la que Deshanna le había dicho que era demasiado apasionada para cultivar la serenidad que se esperaba de ella como Primera del Clan.

Ese viejo reproche, que siempre le había irritado, volvió con fuerza esta vez, porque ella era (realmente) ruidosa donde debía callar, rápida para hablar pero lenta para obedecer, demasiado intensa para quien debía ser “guía” de su pueblo.

Solo que ahora, después del espectáculo humillante que había dado frente a todos, empezaba a comprender lo que Deshanna había intentado explicarle…

que a ella no se le concedería nunca el derecho a temblar, o dudar…

que siempre se esperaría demasiado, como había sucedido antes en su clan, y como sucedía ahora en la Inquisición.

Y que, aparentemente, ella jamás lo haría bien… “Tanto como a mí, tú no tienes permitido temblar, hija mía.

Nosotras debemos guiar, contener, escuchar a los nuestros.

A veces, un Custodio debe ceder frente al deber, para sostener a los suyos.

Recuérdalo: siempre debes ser como la Luna, guía serena del Pueblo.

Domina mejor tus impulsos.

Debes hacerlo mejor.

Confía en la guía de los dioses.” Su madre siempre le había dicho que no tenía permitido temblar ni temer… y ella se había avergonzado en secreto porque siempre había sido demasiado propensa a hacerlo.

Allí, donde Deshanna guiaba, ella dudaba… Sumida en sus pensamientos, ni siquiera se dio cuenta cuando llegó hasta la tienda de Cassandra.

Se sentía tan abrumada que ingresó sin pensarlo, solo con la intención de protegerse de la inspección del resto y encontrar un lugar silencioso para dejar que las penas la embargaran.

Sin embargo, el golpe de realidad fue brutal.

Se encontró con un Solas desplomado sobre una cama improvisada, con el torso descubierto y un vendaje que debió de ser blanco, pero que dibujaba demasiadas manchas carmesíes.

Solas, ese mago apóstata seguro de sí mismo y distante, sabio consejero y guía, estaba envuelto en manchas rojas que contrastaban fuertemente con una palidez terrorífica sobre su piel.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal y la hizo estremecer.

¿Cómo había sido posible herirlo de este modo?

Casi en un arrebato (otro arrebato del día), Elentari se lanzó afligida de rodillas sobre el elfo y tomó su rostro, agitándole.

– ¡Solas!

Notó que él frunció el ceño y aquel gesto la alivió.

De inmediato, unas intensas ganas de llorar se adueñaron de su cuerpo, pero se contuvo.

Ya había hecho el ridículo tan solo momentos atrás, no iba a hacerlo ahora también.

– Solas…

– lo sacudió una vez más.

Entonces, los ojos del apóstata se abrieron con dificultad, el color azulino de su mirada la saludó.

Ella sintió un alivio inmediato.

– Solas…

despierta, por favor.

Lo vio hacer una mueca de dolor, luego abrir y cerrar los ojos para, finalmente, colocar la atención en ella.

Le pareció ser testigo de asombro cuando ambos enfrentaron sus miradas.

– ¿Heraldo?

El susurro de su voz hizo que quisiera llorar (una maldita vez más), pero se contuvo.

– ¿Qué ha sucedido?

¿Cómo te han dañado?

Tenemos que curarte.

Ella no era maga sanadora, sus habilidades curativas eran mediocres.

Pensó en el boticario, seguro que tenía algo que pudiera servir.

– Iré a buscar a Adan.

– con suavidad apoyó la cabeza del apóstata sobre la almohada y se dispuso a correr en búsqueda de aquel hombre, pero justo cuando pretendió retirarse, sintió el agarre débil del mago.

– Tráeme lirio.

Yo me curaré.

Elentari lo miró… tan pálido como se encontraba, sosteniendo sin firmeza su muñeca y con el ceño fruncido mientras parecía ir despejando lentamente la somnolencia en él.

– No es sensato… Estás muy débil, Solas – Por eso te he pedido lirio.

– aseguró con un dejo de terquedad en el tono, aún en el estado en el que se encontraba.

Elentari lo contempló durante unos segundos pero después, incapaz de contradecirle, buscó entre los estuches de su cinturón y extrajo el valioso vial, que lo acercó sobre sus labios.

Solas intentó sentarse y un inmenso dolor pareció atravesarlo al moverse.

Trató de contener su estómago firmemente, pero el intento murió cuando un temblor fino le atravesó el cuerpo, haciéndolo tragar un gruñido.

Su piel tan pálida, fue invadida por una coloración rojiza que se inyectó hasta las sienes.

¡Creadores!, eso tuvo que doler mucho.

– Tendrás que beber acostado.

– advirtió Elentari con tono suave al ver el estremecimiento.

Sin embargo, el mago volvió a intentar acomodarse como si ella no hubiera hablado.

Gruñó, apretándose el brazo sobre su abdomen y, ahora, una capa fina de sudor pareció cubrir su piel desnuda.

Ella lo observó aun aturdida por todos los eventos del día.

Había despertado con la noticia de que habían atacado unos templarios a Solas durante la noche.

Le habían informado que estaba gravemente herido, ella había sentido como si la injuria hubiese sido contra sí y ahora… ahora que lo encontraba con vida, él se mostraba terco como una mula intentando sentarse.

¡Era locura intentar sentarse con una herida abdominal!

Posiblemente una espada lo había atravesado o Mythal sabía qué, y él quería sentarse solo para beber de un maldito frasco de lirio.

– Si no me escuchas, no te daré el lirio, Solas.

– sentenció ella, que le retiró tan solo un poco el vial.

Solas levantó la vista desafiante, como si no fuera él quien partía con una gran desventaja y en el azul de esos ojos, notó una rabia profunda.

Pero ¿qué demonios…?

Ella no se inmutó y retiró por completo su brazo.

– Elige ahora: o bebes acostado o voy a buscar a Adan.

La batalla, claramente, estaba perdida.

Él no era contrincante.

Lo vio entrecerrar los ojos, no pudo saber qué era lo que estaba pensando, pero supuso que estaba lanzando alguna maldición mental sobre ella, porque la veía con furia.

Sin embargo, un momento después cedió frente a la lógica, porque cerró los ojos, dio un suspiro, y cuando los abrió otra vez ya no le apartó la mirada, pero extendió el brazo para agarrar el frasco y beber sin ayuda.

Aun así, pensó que sería difícil hacerlo acostado, por lo que intentó facilitarle el acto, pero él no contribuyó en absoluto.

Solas la desafió en silencio y ni siquiera atinó a separar sus labios cuando le acercó la bebida a la boca, eso le arrancó un suspiro de derrota y le ofreció el vial para que él mismo bebiera.

Solas lo tomó con mucha dificultad y lo bebió él mismo.

– ¿Mejor?

– Sí, un poco.

– contestó controlando su incomodidad.

– Pero gracias.

Notó la frustración en el rostro de él, como si hubiera sido muy poco el efecto… pero era un vial entero de lirio… eso restituía las reservas de cualquier mago.

Entonces, ahora sí, Solas llevó una mano sobre su vendaje y el ambiente vibró con la sutileza de la magia.

Era obvio que estaba tirando del maná restituido en su interior.

Elentari sintió que salió poca magia, vio cuando él cerró los ojos con un gesto claro de frustración y apretó el puño.

– ¿Qué sucede, Solas?

– murmuró a su lado.

– Necesito más lirio…

Elentari guardó silencio.

Eso era raro.

Por lo general, un frasco entero de lirio restituía mucho más de lo que ella había percibido en la magia de él… había sido como si sus reservas fueran más ¿vastas que el resto, quizás?

Él abrió sus ojos.

Con terquedad, volvió a intentar recostarse en el rincón de la tienda, aunque esta vez sí que lo logró (no sin dificultad).

– No he sentido la presencia de ningún espíritu sanador.

– confesó ella.

Solas negó con suavidad.

– No, me he curado solo…

he usado el maná que restauró el lirio.

Los efectos del narcótico podrían interferir con los espíritus y no deseo perturbarlos.

– ¿Crees que podrían desear atacarte?

– él la miró algo confuso y negó con suavidad.

– Al contrario, yo los afectaría a ellos, no ellos a mí.

– ¿De qué modo?

– Con mis emociones, Heraldo…

“Heraldo”, había vuelto a llamarla por su título cuando le había pedido que no lo hiciera.

Lo vio dar un suspiro, pero no se corrigió, quizás ni siquiera se dio cuenta del modo en el que acababa de nombrarla.

Al instante, optó por explicarse: – Si bien los espíritus sanadores son difíciles de alterar en sus propósitos, mis emociones podrían perturbarlos y, deseosos de representar su don, intensificarían los reflejos de sus ecos en el Más Allá.

Eso podría atraer a más de ellos, con otros propósitos y, éstos sí, se verían más fácilmente afectados.

Ella hizo una mueca ante su explicación y eso le robó una risita a él.

– Lo que intento decir es que no es prudente interactuar con las entidades espirituales cuando nos encontramos con efectos sedativos en nuestra consciencia.

Las emociones pueden mostrarse fácilmente descontroladas y eso los afectará.

Y menos mal que se lo aclaró, porque se había perdido con la primera explicación.

– ¿Cómo sabes todo eso?

– Porque tengo una sensibilidad aumentada para la interacción con los espíritus.

Toda mi vida he interactuado con ellos.

Los conozco y ellos a mí.

– ¿Tú eres un sanador?

¿O un médium?

– Soy un somniari.

– confesó así, como si nada.

Elentari lo miró atónita.

Ni siquiera se dio cuenta cuando sus labios se separaron por el asombro, sus ojos cobraron vida y pestañeó dos veces antes de que las palabras abandonaran su boca con un fino temblor.

¿Había dicho somniari?

– ¿Eres en verdad un soñador?

Solas, una vez más, no pudo evitar curvar sus labios en una sutil sonrisa, pero ella seguía sin poder salir de aquel estado.

Entonces, volvió a pestañear y dejó caer con brusquedad su cuerpo al costado de él, profundamente impresionada.

– Vaya, Solas…

– susurró, llevando una mano sobre sus labios y apoyándola en ellos al hablar.

– Desde hace dos eras no hemos sido testigos de uno de los tuyos…

Es decir, no se ha sabido de alguno vivo…

– dejó caer la mano sobre el suelo de la tienda y le dio impulso a su cuerpo para sentarse al lado del mago.

Solas observó con curiosidad, pero no dijo nada.

Elentari lo miró con entusiasmo vívido.

¡Más de 200 años sin un soñador y había tenido uno a su lado todo este tiempo!

Ya ni siquiera importaba que había ido hasta allí porque él estaba malherido… ¡Un soñador!

¡Con razón sabía tanto acerca del Más Allá!

– ¿Sabes?

– balbuceó ella en un arrebato.

– Ha existido un rumor, años atrás…

– sonrió, exaltada, y descendió el tono de su voz para que nadie más la oyera, inclinando el rostro hacia él – …

un rumor acerca de un soñador en el clan Sabrae, pero nosotros nunca llegamos a constatar la veracidad.

– ¿Nosotros?

– Mi clan.

Solas se mostró curioso al oírla, como si no supiera que los dalishanos compartían información entre los diferentes clanes.

Pero claro, eso era esperable, porque él era un elfo de ciudad.

– Vaya…

esto ¡es asombroso!

– exclamó con una sonrisa que no pudo ocultar y levantando ligeramente el tono.

– Solas, ¡tú eres asombroso!

Oye, y dime, ¿cómo es que sabes que eres un soñador?

¿Acaso has visitado algún clan dalishano y algún Custodio te lo ha hecho saber?

– En realidad…

me lo han hecho saber los espíritus, Elentari.

– él hizo una pausa.

– No he tenido demasiado contacto con clanes dalishanos en el pasado.

No podría decirte demasiadas cosas acerca de éstos…

Tú sabes más que yo al respecto.

Ella solo oía “bla bla bla” cuando hablaba de otra cosa que no fuera su magia de soñador.

– ¿¡Los espíritus!?

– cortó su discurso.

– ¿En serio puedes hablar sin peligro con ellos?

– Siempre tomo las precauciones necesarias cuando lo hago.

No estoy seguro si existe situación en donde el peligro sea nulo…

– ¡Ay!

¡Es que no me lo puedo creer, Solas!

¡Se dice que los soñadores pueden controlar el Más Allá!

¿Tú puedes hacerlo?

– Eso es asumir demasiado.

Ella dejó caer su cabeza hacia atrás y rio con soltura, ¡agradeciendo al mismísimo Dirthamen por haberlo puesto en su camino!

Nadie mejor que él para enseñarle todos los secretos de la magia.

Solas la miró algo confundido.

– ¿Por qué te resulta tan…

peculiar…

saber que soy un soñador?

– ¿No lo entiendes?

– Elentari volvió la mirada sobre él y sin borrar la sonrisa se lo explicó.

– Se dice que los soñadores son magos excepcionales, con mucho poder sobre el Más Allá…

y que por ello, hay una tendencia marcada a atraer demonios y acabar…

bueno…

ya sabes…

– Oh, ¿poseídos?

– ella asintió.

– Ya veo…

Solas guardó silencio por un momento.

Pareció considerar sus palabras y, lejos de mostrarse orgulloso por lo que ella acababa de contarle, su semblante se opacó bajo la sombra de la preocupación.

– Elentari…

entonces…

¿podría pedirte discreción con esto que he compartido contigo?

– ahora le tocó a ella borrar la sonrisa y lo miró atenta.

– Es que…

ya soy un mago apóstata rodeado de fuerzas de la Capilla en medio de una rebelión de magos y que…

ha…

matado unos templarios durante la noche…

entenderás por qué es necesaria la precaución.

Tenía un punto.

Pero ella jamás iba a permitir que abusaran de los esfuerzos de Solas.

Mucho menos ahora que era consciente de que se trataba de una reliquia viviente.

– Solas…

has venido aquí a ayudar.

No permitiré que usen eso en tu contra.

Sonó tan determinada que él la miró algo, ¿conmovido?, luego sonrió.

– Me pregunto cómo piensas hacerlo… Sin embargo, no hay necesidad de que me respondas.

Solo te agradezco el entusiasmo que muestras por protegerme.

Aunque no hace falta.

Un pequeño silencio pretendió instalarse entre los dos, pero Elentari lo quebró de inmediato.

– Oye, ¿y cómo está tu herida?

Solas se giró hacia ella, justo cuando Elentari desviaba la mirada sobre el vendaje de él.

La venda estaba empapada en sangre, en su mayor parte aún húmeda, como si hubiera estado sangrando hasta momentos antes de usar su magia.

Entonces, por primera vez ella cayó en la cuenta de la cantidad de sangre que había perdido y la necesidad apremiante de cambiar el vendaje.

Desvió la atención al interior de tienda.

El sitio donde había yacido acostado tenía un manchón de sangre ya coagulada, a un costado había un cuenco con agua roja y paños sucios ubicados cuidadosamente en un rincón.

Cinco frascos vacíos de pociones curativas ubicados con orden inmediatamente por delante de los paños.

– Te han atravesado con la espada, ¿verdad?

– Quizás.

Ella levantó la mirada y la dejó sobre él ante una respuesta tan… esquiva.

– Pero, ahora me siento mucho mejor.

– se apuró en aclarar.

– Deberías…

– ella dudó, pero al instante se corrigió.

No iba a darle la oportunidad de elegir, porque si lo hacía, él iba a querer hacerlo sin ayuda y estaba claro que la necesitaba.

Por eso, eligió bien sus palabras.

– Deberíamos cambiar ese vendaje, Solas.

– Si quieres ofrecerme ayuda, prefiero lirio.

Ella dejó escapar una risita casi por obligación.

¿En verdad le pedía más lirio?

– No tengo lirio encima.

Los dos se miraron.

En el brillo de los ojos de Solas se escapó la intención de algo desconocido para ella, pero que lo hizo curvar sus labios en una media sonrisa traviesa.

Elentari lo miró con atención.

Esa sonrisita malvada era una faceta distinta de él, una que no había compartido hasta ahora.

– Podríamos hacer una cosa…

– lo escuchó negociar.

– Si me traes otro vial…

te mostraré cómo contactar con espíritus sanadores…

Elentari alzó una ceja, divertida.

– Eso suena a chantaje, Solas.

¡Por Fen’Harel!

Era la única persona hecha un desastre como él lo estaba que se sentía con la autoridad suficiente para seguir dirigiendo el ritmo de la narrativa.

La idea le arrancó una carcajada.

Y, sin embargo, estaba dispuesta a hacer negocios con él… – En verdad, solo es simple oportunismo, Elentari.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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