Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 26

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible
  4. Capítulo 26 - 26 Sostener el control
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

26: Sostener el control 26: Sostener el control Vio cuando Elentari ingresó con entusiasmo al interior de la tienda y se arrodilló a su costado con aquella sonrisa que simplemente parecía incapaz de ocultar.

En su mano derecha portaba el vial con el líquido azul que se la mostró como si esperase que él la celebrara por haber hecho lo que había solicitado.

Fen’Harel jamás celebraba lo ordinario, solo lo extraordinario… – ¡Aquí está!

– la oyó exclamar, aun riendo.

– Ahora…

quiero que me muestres todo acerca de tu magia de soñador.

Elentari se acomodó a su lado.

No dejaba de sonreír, de hecho, sus ojos dorados parecían brillar con mayor intensidad que antes.

Estaba entusiasmada.

– “Todo” es una pretensión demasiado ambiciosa, Elentari.

– molestó y tomó el vial, vaciándolo de un sorbo.

Al hacerlo, una melodía sonó en algún rincón de su cabeza y bailó sobre su piel, devolviendo parte del maná que había agotado.

Elentari desaprobó su acto con un gesto sutil en los labios.

El lirio crudo era peligroso para cualquier mago de este mundo.

Incluso, a personas corrientes podía causarle locura.

No así a un Evanuri.

El cuerpo de Solas estaba adaptado para tolerar cantidades ingentes de lirio crudo, después de todo, su envase élfico había surgido de la piel de los titanes.

En este caso, el lirio que bebía era una poción modificada, suavizada, para poder ser tolerada por los seres de Thedas.

Bien podría beber varios viales y solo allí, lograría restituir las reservas de su maná.

Esto, claro, que Elentari no lo sabía, por eso se mostró muy preocupada cuando atestiguó la velocidad con la que vació el contenido azulino.

Hubiera deseado rogar por otra botellita, pero debía comenzar a actuar como el apóstata errante.

– Bien…

– la mujer volvió a su lado, se sentó sobre las piernas y se quitó la mochila para comenzar a extraer su contenido.

Por supuesto, era vendaje y paños limpios.

Antes, se había sentido incómodo ante la idea de permitir que lo ayudara a cambiar el vendaje, pero ahora…

la incomodidad del inicio se fue diluyendo y ya no estaba tan seguro de mostrarse completamente en desacuerdo con aceptar esa ayuda en cuestión.

Había algo en ella que lo intrigaba.

– ¿Crees que te dolerá mucho cuando te quite el vendaje?

Él guardó silencio.

Sabía que iba a doler, pero la peor parte había pasado cuando, con el primer vial, había sellado los tres vasos sanguíneos que sangraban y había aliviado el daño de los órganos internos abdominales.

Ahora, posiblemente, debería ocuparse de los tejidos de sostén abdominal, la musculatura y la piel.

Era algo complejo, que requería conocimientos profundos de anatomía (que él los tenía, claro) y sería mucho más sencillo si involucraba a los espíritus sanadores para un trabajo tan minucioso.

Y, como aquel había sido el trato con la dalishana, iba a tener que cumplirlo.

Solas suspiró y contrajo su musculatura abdominal para sentarse en su sitio.

– Dolerá.

Pero lo soportaré.

Elentari acomodó un cuenco a su lado y lo llenó con agua limpia, luego extendió sus manos sobre el vendaje para palpar y localizar el sitio donde se sujetaba a su cuerpo.

Cuando lo encontró, desanudó con mucha delicadeza los extremos y lo liberó.

La Buscadora había hecho un buen trabajo, la presión había sido la adecuada.

Solas no pudo intervenir en esta parte, puesto que lo había anudado casi sobre la región lumbar.

Lentamente, ella comenzó a desenrollar con paciencia.

La sangre en el vendaje se había secado por sectores, aunque los más próximos a la piel de él aún se encontraban húmedos y tan rojos como cualquier herida con sangrado activo.

– Solas…

– susurró sin quitar la atención de su tarea y continuando con delicadeza.

Para él resultaba evidente que no pocas veces había vendado y cuidado a otras personas, seguramente en el interior de su clan.

Notaba que lo hacía con suficiencia.

– Para que puedas mostrarme cómo trabajas con los espíritus, ¿te dejo sin vendaje?

– levantó su mirada y la posó sobre él.

En el brillo de sus ojos Solas reconoció curiosidad, y algo más, pero entonces Elentari desvió la mirada y se ocupó de remojar los paños limpios en el agua.

– Sí, será más didáctico de ese modo.

Elentari guardó silencio durante un instante tras oír su respuesta.

Poco después, un rubor sutil le subió a las mejillas y volvió a concentrarse con rapidez en la venda manchada.

Solas notó cómo se iba tensando a medida que retiraba el vendaje, capa por capa.

Vio sus ojos recorrer la forma de su cuerpo con una curiosidad que no intentaba disimular.

Ella observó sus hombros, apretó la mandíbula y continuó.

Finalmente, desvió la mirada hacia sus brazos.

Aquello le resultó…

interesante.

No había razón para mirar allí… Aun así, no intervino.

La curiosidad era mutua.

Cuando terminó de retirar el vendaje por completo, Elentari se tomó su tiempo para observarle el abdomen.

Quizás por reflejo, Solas también bajó la mirada hacia sí mismo.

Al despertar en Thedas, su cuerpo había perdido buena parte del volumen muscular tras el letargo milenario, pero durante el último año había estado lejos de la inactividad y había logrado recuperar parte de ésta.

Ahora distinguía unos abdominales definidos y músculos con mucho más tono que al salir del letargo…

aunque todavía no era el cuerpo al que estaba acostumbrado.

Solas solía portar mayor volumen, demasiados enemigos habían soñado con verlo caer, y él había necesitado una respuesta física inmediata para zafarse de cualquiera.

No solo arcana.

Cuando devolvió la atención a ella, notó el rubor intenso que la había atrapado.

Incluso las puntas de sus orejas estaban rojas.

Aquello estuvo a punto de arrancarle una sonrisa.

Con rapidez, Elentari tomó los paños limpios y los sumergió en el cuenco con agua, que le extendió con un gesto algo brusco.

Algunas gotas cayeron al suelo.

Solas, en contraste, lo tomó con parsimonia y comenzó a limpiar cada sector de su cuerpo.

Aprovechó el movimiento para mirarse una vez más.

Bien…

podía concluir que estaba en forma, pero estaría mucho más tonificado cuando todo esto terminara.

Quizás, incluso, como estaba acostumbrado.

¿Qué importancia tenía aquello?

Introdujo el paño manchado de sangre en el cuenco y volvió a pasarlo por su piel, plenamente consciente de que Elentari había dejado de mirarlo para clavar los ojos en sus propias manos.

Aquello, una vez más, casi le arrancó una sonrisa maliciosa, pero se contuvo.

¿Qué le ocurría a la muchacha?

¿De verdad se había intimidado por la desnudez de su torso?

Una sensación de deleite, tan cuestionable como conocida, lo recorrió.

Era su ego manifestándose, por supuesto.

Lo reconocía con la misma claridad con la que reconocía una corriente arcana.

Porque era imposible negar la ironía… Cuando despertó en este mundo, jamás imaginó que terminaría provocando una catástrofe con su Orbe, infiltrándose en la organización que pretendía repararla…

y, para colmo, intimidando a la actual heroína del continente con nada más que su presencia.

Claro que, tratándose de él, su presencia nunca había sido simple.

Y aun así (o precisamente por eso) no iba a permitir que ella quedara atrapada en una incomodidad innecesaria.

Solas sabía exactamente cómo suavizar un momento tenso; era, después de todo, un arte que había practicado durante eras enteras…

Así que hizo lo que mejor sabía hacer, adoptó un gesto medido, calculado, casi amable, y le facilitó el momento con una explicación arcana.

Sabía que ese tipo de conocimientos la intrigaban; sabía también que ofrecerle algo que pudiera comprender y controlar la devolvería a terreno firme.

Y, por supuesto, sabía que eso la haría sentirse cómoda otra vez a su lado.

– Habitualmente resulta didáctico mencionar al Velo como una barrera entre los dos mundos…

Elentari levantó la mirada, notó cómo sus hombros se relajaron y lo miró con el interés con el que, últimamente, solía hacerlo cuando lo escuchaba hablar.

– Sin embargo – siguió él – es, en verdad, un campo de interferencia que contiene separadas las fuerzas del Más Allá por encima de éste.

– ella asintió.

– Es un error común creer que todos los espíritus desean venir al mundo despierto, una afirmación de ese tipo no sería precisa.

– ¿No?

– No.

Muchos de los espíritus se encuentran a gusto en el interior de su reino y, de hecho, se adentran lo suficiente para evitar verse influenciados por nuestras emociones.

– la notó arquear las cejas, como si le costara hacerse a la idea de que no todos los espíritus estaban interesados en los vivos.

Un hábito extendido por estos tiempos…

– En cuanto a la magia curativa, no es ningún secreto que los mejores magos especializados en ello invocan espíritus sanadores para obtener su fuerza y beneficio.

– ¿Tú eres un mago sanador?

– Afirmarlo sería limitar mis habilidades.

– aseguró Solas.

– Sin embargo, por mi condición de somniari soy capaz de invocar con mayor facilidad a los espíritus de la sanación y obtener los beneficios.

Elentari asintió.

Entonces Solas enderezó la espalda, adoptando una postura deliberadamente abierta.

Fue evidente que (esta vez sí) le estaba dando permiso para mirar.

La observó ruborizarse de nuevo…

y, con maestría, intervino antes de que la incomodidad creciera.

– Mira mi abdomen, Elentari.

Observa mi herida.

– indicó con calma.

Ella asintió, aunque su vergüenza era tan visible como el color en sus mejillas.

Estaba resultando más difícil de lo esperado lograr que Elentari se concentrara en sus explicaciones.

Solas decidió probar con un tono más pedagógico…

más académico.

– Ahora bien – prosiguió con el tono de un experto a punto de otorgar una lección – necesitaré la colaboración de los espíritus sanadores para cerrar estas heridas con eficacia.

El secreto está en comprender la anatomía élfica.

La miró de reojo y comprobó, con satisfacción, que lo observaba con sorpresa.

Perfecto.

Que vuelva a verme como académico y no como…

hombre.

– El objetivo del sanador es anticipar qué zonas han sufrido daño y cuáles requerirán mayor intervención.

Ella asintió, esta vez con verdadera atención.

– Aun así – continuó Solas – incluso si carecieras por completo de conocimientos anatómicos, podrías ejecutar un hechizo de sanación.

Los espíritus pueden suplir tu falta de entendimiento.

Los magos somos, en esencia, un canal que facilita el efecto.

¿De acuerdo?

Elentari volvió a asentir.

– Bien.

Ahora debo solicitar la colaboración de los espíritus para cerrar estas heridas correctamente y reincorporarme al equipo sin retrasos.

Ella lo miró con genuino asombro.

– ¿Eres tan bueno que luego no tendrás dolores?

– Por regla general, solo las heridas óseas conservan el dolor cuando la curación es impartida por un mago sanador competente – aclaró.

– En mi caso, esta vez no he sufrido ese tipo de lesión, por lo que es poco probable que queden secuelas…

si dejamos de lado el agotamiento propio de la pérdida de sangre.

La dalishana asintió en silencio.

– Para lograr la sanación – continuó – no es necesario ingresar conscientemente al Más Allá, ni mucho menos.

Basta con interactuar con el Velo y facilitar el influjo arcano adecuado.

– ¿Me explicarás cómo?

– preguntó ella.

Solas le sonrió con un afecto medido, como lo haría un maestro frente a un alumno aplicado.

Sin embargo, Elentari volvió a avergonzarse; desvió la mirada, carraspeó con incomodidad y se obligó a sostenerle los ojos una vez más.

Mmm…

no.

Ese día estaba demasiado distraída como para absorber una lección completa.

– ¿Cómo logras conectar con los espíritus, Solas?

– insistió ella.

– Del mismo modo que cualquier mago sanador – respondió con calma.

– El hecho de que sea somniari solo facilita el contacto inicial, pero no me concede una ventaja real sobre otros practicantes.

– ¿Sabes?

Antes de que compartas todo esto conmigo, pensé que ser un soñador era algo…

peligroso y poderoso…

Lo pensaba como una “maldición”, ¿entiendes?

Pero tú lo haces sonar como algo…

no sé…

como un don, un beneficio.

– Para mí lo es.

La clave está en saber interpretar a los espíritus y comprender que su naturaleza no es maligna, al contrario…

– ¿Me contarás también sobre ellos?

– Solas sonrió una vez más, pero esta vez, ella no se incomodó.

– Si estás interesada, seguramente, lo haré en el futuro.

– Pero ¿no ahora?

– rio Elentari con soltura.

– Ten un poco de piedad.

Acabo de despertar de un ataque templario.

– molestó y esta vez la sonrisa de Solas fue visiblemente burlona, eso hizo reír a su lado, otra vez.

– Tienes razón.

– desvió la vista durante un segundo, la vio acomodar sus cabellos y volver a mirarlo.

– Bueno, ¿y cómo te curas?

Solas colocó ambas manos frente a su abdomen, esperó que ella prestara atención, liberó su aura dejando que sus palmas se rodeasen de la coloración celeste que solía caracterizarlo y, casi en un instante, su abdomen fue sellando cada tejido separado hasta mostrar una piel inmaculada y sin cicatriz.

El momento no tuvo nada alocado o novedoso, Elentari hizo una mueca y lo miró sintiéndose estafada.

– ¿Es solo eso?

– se quejó.

– ¡Pero eso lo hago yo cuando hago magia!

Ahora fue él quien rio a su lado con soltura.

– Me has preguntado cómo lo hago y te lo he mostrado.

Yo no soy responsablelave que tú formules mal las preguntas…

Ella también rio, sorprendida.

– ¿Y qué su supone que tendría que haber preguntado?

– Algo más interesante que solo pedir que te muestre lo que tú también haces…

Por ejemplo, podrías haberme preguntado acerca del maná en la sangre de los magos, el Velo, los espíritus y, por supuesto, cómo se conecta cada uno para lograr encausar la magia curativa en el plano material.

– molestó.

– Pero no tiene sentido explicarlo si no eres tú quien razona.

– entonces se giró hacia un costado para apoyarse sobre su mano izquierda y con la derecha tomar su camisa (manchada en sangre seca) y la vestimenta que había tenido durante el ataque.

Elentari vio que se colocó la camisa por encima.

– Oye, ¿qué haces?

¿En verdad no me lo vas a decir?

– Por supuesto que no.

– respondió Solas cuando terminó de cubrirse el torso.

– Aprende a hacer las preguntas adecuadas cuando tienes la oportunidad de obtener respuestas de un somniari…

– la desafió con tono burlón y una malicia no contenida.

Sobre sus labios dibujó aquella sonrisita elegante que comenzaba a permitirse compartir con ella.

– ¡Ese no fue el trato, Solas!

– se quejó con fingida ofensa, aunque también sonreía a su lado.

– Oh, ¿sí?

¿Y cuál crees que fue el trato?

– Si te traía lirio me ibas a contar cómo lo haces.

– Si no recuerdo mal…

que no lo hago…

– advirtió juguetón – Creo haberte dicho que te “mostraría” cómo contactar con espíritus sanadores.

Lo cual, he hecho.

Además, he de aclarar que “creo haberte dicho”, fue solo un modo educado de decir: estoy seguro de que te lo dije.

– ¡Eso es trampa y lo sabes!

– No.

No lo es.

Te otorgué la oportunidad de aprender más acerca de ello y tú formulaste mal las preguntas.

Yo he cumplido con mi parte del trato.

La explicación hubiese sido un aditivo en agradecimiento por tu preocupación por mi bienestar si hubieras sabido aprovecharla.

– volvió a burlarse.

– Eres un tramposo…

– ella se quejó, él le sonrió.

Solas se puso en pie y Elentari lo imitó sin ser capaz de borrar la sonrisa.

– ¿De verdad no me lo dirás?

– Me molesta tener que repetirlo tanto.

— dejó escapar un suspiro de fastidio.

– No, no lo haré.

Entonces la dalishana se cruzó de brazos.

– Eres un tramposo.

– Me lo han dicho antes…

pero no es trampa si te venzo con astucia.

– No sabía que estábamos batallando.

– Quizás deberías considerar que cualquier escenario puede ser una batalla silenciosa, Elentari…

– ¡Jah!

– refunfuñó, aunque sin duda, divertida.

– Eres un tramposo.

– No.

No lo soy.

Tú has perdido la oportunidad de conocer ciertas explicaciones por no pensar antes de hablar.

La próxima vez, quizás, deberías hacerlo…

– concluyó, una vez más, en tono irónico.

– No me lo creo.

– Empieza a creerlo.

– sentenció y así, sin más, se dispuso a ordenar un poco el interior de la tienda de la Buscadora de la Verdad, sin borrar su media sonrisita triunfante.

No le pidió a la Heraldo de Andraste que lo ayudara, pero ella lo hizo de todos modos.

Y, entre quejas ocasionales, contraataques astutos y risas cómplices, ambos pasaron buena parte de la mañana encerrados allí, favoreciendo las habladurías del pueblo y sin considerar aquel detalle.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo