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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 29

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29: …

siempre habia sido ella.

29: …

siempre habia sido ella.

Solas llamó con suavidad a la puerta de la oficina de la embajadora de la Inquisición.

La Heraldo de Andraste y su grupo habían regresado de Val Royeaux hacía apenas unas horas.

Cassandra se había adelantado para hablar con los consejeros y, poco después, se había solicitado la presencia de Elentari.

Solas, por su parte, había aprovechado el regreso para recorrer el interior de la Capilla en busca de Fuego del Velo, sin éxito, dicho fuera de paso.

Todo parecía haber vuelto a una aparente normalidad cuando, de pronto, un mensajero élfico se presentó en la casa que le habían asignado para informarle que requerían su presencia.

El elvhen aún recordaba con desdén los múltiples gestos de reverencia que el mensajero le había dedicado.

A veces, en medio del trajín cotidiano, Solas lograba olvidar en qué sombras se había convertido su pueblo… elfos demasiado dispuestos a agachar la cabeza, a reverenciar a hombres que no se habían ganado ese respeto; seres serviles, cínicos, carentes de iniciativa y de pensamiento propio.

Ese recuerdo siempre le resultaba amargo.

Porque, por mucho que existieran momentos (breves, aislados) en los que se permitía relajarse o incluso sentirse intrigado por la presencia de Elentari y su elocuencia, la realidad de su pueblo volvía a imponerse.

Aquella sombra reforzaba su convicción de que los elfos merecían algo mejor que el presente que habitaban… y de que solo él poseía el conocimiento necesario para otorgárselo.

La puerta se abrió y Josephine lo recibió con una educada sonrisa sobre sus labios.

– Oh, Solas, ¡qué gusto!

Adelante, por favor.

– invitó y él inclinó levemente la cabeza a modo de saludo.

El apóstata ingresó y sintió cuando la puerta se cerró.

Para su sorpresa, se encontró a la maestra espía cruzada de brazos a un costado del escritorio de Josephine, también haciendo alarde de una indefensa sonrisa.

Se preguntó de qué demonios iba esta reunión y se preparó para ejercer su papel del mejor modo posible: mago apóstata errante y culpable de haber asesinado a cinco templarios.

– Buenas tardes, hermana Leliana y lady Josephine…

– dijo, manteniéndose de pie mientras la embajadora rodeaba su escritorio y tomaba asiento donde habitualmente lo hacía.

– Por favor, Solas, no hace falta tanto formalismo – avisó la maestra espía.

– Puedes tomar asiento.

Yo permaneceré en pie.

– Creo que me encuentro más cómodo así.

Gracias.

– Oh, por favor, Solas.

Me harás sentir avergonzada.

– insistió Josephine, por lo cual, decidió que sería prudente ceder.

No era probable que un apóstata errante desafiara las autoridades de aquellas dos.

Así lo hizo.

Solas tomó asiento y las miró, expectante.

Por una vez, deseaba que notaran su tensión.

Estaba en conocimiento de que se había abierto una investigación donde se intentaba dilucidar si era, en efecto, un maleficarum.

No conocía el resultado final de la investigación, pero asumía que debió de haber sido negativo.

Solas no había hecho uso de magia de sangre durante el ataque a los templarios, ni en ningún momento desde que había entrado en la Inquisición.

El hecho de que sí fuera capaz de realizarla no hacía más que evidenciar las falencias del sistema de rastrillaje que tanto enorgullecía a la Capilla del Hacedor.

El silencio se extendió entre los tres durante un tiempo prolongado, obligando al mago a romperlo.

Conocía perfectamente las técnicas de interrogatorio.

Por eso, eligió fingir caer en la ratonera como una alimaña distraída.

– Bien, ustedes dirán…

¿A qué se debe mi presencia en tu oficina, lady Josephine?

– entonces el mago enlazó sus dedos, apoyando ambas manos sobre la mesa y acomodando su postura, fingiendo sentirse amenazado por las mujeres.

Estaba tenso, sí.

¿Amenazado?

Ni por un instante.

Leliana puso un informe frente a él.

– La Inquisición ha finalizado la investigación que se ha llevado adelante sobre ti, Solas.

Hemos concluido que no eres un mago de sangre.

– notó que estaba conformado por unas cuántas hojas, se preguntó qué dirían todas ellas.

Levantó la mirada hacia la maestra espía, fingió un poco de temor y tomó sobre sus manos los papeles.

– Me lo entregas…

¿para que lo lea?

– sonó totalmente inocente, Leliana le sonrió.

No hacía falta fingir tanto, ella sabía que inocente e ingenuo, él no era.

Bien, de acuerdo, de acuerdo…

se había dejado llevar por el recuerdo del mensajero élfico de momentos atrás.

Sonrió, socarrón, para sus adentros.

– Disculpa que me muestre desorientado, Leliana…

– decidió corregirse el elfo.

– Agradezco el informe.

Me alivia saber que la Inquisición ha llegado a una conclusión…

sensata.

Sin embargo, no me queda claro por qué me han citado a una reunión privada ni por qué me lo entregas en mano.

¿Acaso es costumbre de esta organización develar los detalles de una investigación al acusado?

– ¿Acaso no deberíamos?

– contraatacó Leliana.

– ¿Acaso un apóstata errante considera que es mejor mantener los detalles de una investigación que lo involucra a resguardo de las fuerzas que lo investigan?

Incisiva.

Solas debía ir con cuidado.

– Supongo que depende de qué consideremos un acto de transparencia…

– dijo – y qué tan profundamente deseen mostrarme su confianza.

Josephine intervino con suavidad, dispuesta a suavizar el filo de Leliana.

– La decisión de entregártelo fue mía.

– dijo.

– Consideré apropiado que lo leyeras antes de que cualquier rumor te alcanzara por otros medios.

Y….

que lo leyeras en nuestras propias palabras.

– Un gesto que valoro.

Y lo agradezco.

– Solas asintió con la cabeza.

Pero Leliana no lo dejó continuar.

– Página tres, párrafo segundo.

¿Podrías buscarlo, por favor, Solas?

– Por supuesto.

– “Durante el enfrentamiento, el sujeto generó una disrupción mágica no clasificada que causó un destello arcano verde y el desplazamiento físico de los atacantes.” – la oyó recitar.

No se le pasó por alto de que lo había hecho desde su memoria, sin mirar nada de lo escrito ¿Estaba en problemas?

Claro que no, tenía las respuestas necesarias para engañarlas.

Después de todo, ninguna de ellas era él…

Solas bajó la mirada hacia el informe.

Sus dedos acariciaron sutilmente el borde del papel, y por un instante, su mente voló a la ventisca, a la sangre en la nieve, al rugido de los espíritus.

La pérdida del control y el recuerdo de Elgar’nan.

Decidió que no era prudente volver sobre esos detalles.

Debía conservar la calma, ya había cedido frente a sus traumas…

y debido a ello, ahora mismo tenía una investigación que la Inquisición le había abierto.

Era inaceptable ese tipo de debilidades.

Solas lo sabía.

Era mejor que sus traumas del pasado.

– Una descripción colorida.

– murmuró, y levantó la vista.

Esta vez su voz sonó más controlada.

– Supongo que algunos eventos parecen más espectaculares cuando se los mira desde lejos, o sin comprender lo que sucede realmente.

– hizo una pausa.

– De hecho, no era consciente de que existió un testigo visual del momento.

– Claro.

Un testigo que permanece con vida.

– jugó Leliana.

Solas quiso sonreír.

La mujer era buena, porque acababa de obligarlo a fingir incomodidad ante la idea de haber asesinado a personas.

No había querido matarlos, naturalmente, pero no se iba a sentir culpable por defenderse.

Leliana lo observó en silencio, sin asentir ni quitarle la atención.

El silencio se alargó apenas.

Un golpe táctico.

Solas supo que era su turno de llenar el espacio.

– He usado una técnica avanzada de proyección arcana.

No está documentada por los círculos, claro…

pero tampoco es peligrosa en sí misma.

Solo requiere control.

Y previsión.

Josephine pareció más aliviada por la explicación, pero Leliana no se relajó.

– ¿Y tú posees ambas cosas, Solas?

¿Control y previsión?

Él inclinó la cabeza apenas.

– Si no fuera así, cinco hombres seguirían vivos.

– Dejó la frase caer con una mezcla medida de pesar y provocación.

Luego, continuó.

– Me he limitado a defenderme.

Cualquier otra conclusión sería…

un error de perspectiva.

– Eso no está en duda.

– intervino Leliana.

– Pero me gustaría una explicación más detallada acerca de la “proyección arcana.” – No sabía que eras docta en esos temas.

– atacó el elfo.

Sabía que era una jugada arriesgada, pero ya se había mostrado esquivo con el comandante de la Inquisición y estaba seguro de que Cullen se lo había comentado a la maestra espía.

Escupir todo como un niño asustadizo no convencería a la mujer que lo interrogaba.

– Más de lo que crees…

Solas.

El mago hizo una mueca y dejó que los segundos ocuparan el espacio habitado por los silencios.

Estaba haciéndole creer a la pelirroja que consideraba si “confesar” aquello que, de antemano, ya había decidido comunicar a modo de defensa.

Entonces suspiró, como si hubiese sido derrotado y, finalmente, recitó.

– Bueno, en realidad se trata de la oportunidad única que he tenido en manipular nuevas formas de energías arcanas gracias a los esfuerzos y la confianza que la Inquisición ha puesto en mí…

– todo aquello lo dijo sin mirar a ninguna de las dos mujeres y jugueteando con sus dedos, mostrándole así que estaba siendo honesto y que estaba buscando fervientemente las palabras correctas para explicarse.

La respuesta fue…

silencio.

Entonces, Solas levantó la vista y primero observó a Josephine, luego a Leliana.

– Lo que sucedió la noche del ataque fue que aproveché mis conocimientos acerca de las grietas, el Velo y las alteraciones en las fluctuaciones arcanas provocadas por la aparición de la Brecha para obtener energía a través del Velo y a pesar de la disrupción de mi magia por parte de los templarios.

Inmediatamente, notó el brillo en la expresión de la maestra espía, algo había alcanzado a comprender.

La embajadora, por su parte, no había comprendido nada, para él había sido evidente.

Solas descendió la mirada como si se sintiera apenado por la defensa que había decidido usar.

– El estudio de la magia de las grietas aún no ha tenido tiempo de difundirse ni de formalizarse en textos académicos.

– explicó el mago élfico.

– La aparición de la Brecha es demasiado reciente.

Hasta ahora, solo hemos podido aprender mediante la práctica.

Volvió a mirarlas antes de continuar.

– El poder del Más Allá ha encontrado una vía de escape.

Es visible, tangible… aunque solo para aquellos magos que sabemos qué y dónde observar.

Hizo una breve pausa.

– Sé que no incluí estos detalles en mi informe – añadió.

– Francamente, no creí que se esperara de mí una disertación académica.

Pero si eso es lo que desean, puedo redactarla con gusto.

– ¿Eres capaz de sacar provecho de la Brecha?

– interrogó la pelirroja.

Solas asintió.

– ¿Y Elentari?

– Mucho más.

Ella porta la Marca…

– ¿Ya lo hace?

Negó con un gesto de cabeza.

– Aun está aprendiendo a dominar el poder de la Marca.

– ¿Podrías enseñárselo?

– Solo si ella lo desea, sería un placer.

Los ojos de la maestra espía brillaron.

– Oye, Solas…

y ¿podrías escribir un informe detallado de cómo lo haces?

– él se mostró algo incómodo, pero asintió, finalmente.

Una actuación, por supuesto.

Leliana sonrió conforme.

– Bien, supongo que con ese último detalle, deberíamos dar por finalizada la investigación.

– Pensé que ya había sido encontrado inocente.

– Oh, claro.

Pero tu descripción detallada de cómo se manifiestan y se utilizan las fluctuaciones de energía en el Más Allá, provocadas por la Brecha, formará la última parte de la investigación.

Leliana había sabido formular la oración con habilidad; a pesar de no ser maga, era docta en asuntos arcanos.

Solas asintió, preguntándose cuánto era lo que aquella mujer sabía de magia.

Esperaba que menos que el comandante, a quien no le había compartido detalle alguno precisamente por ello.

Luego, miró a las dos mujeres esperando que le permitieran retirarse, sin embargo, en el momento en el que puso su atención sobre la embajadora la vio cruzarse de piernas, rotarse levemente a un costado en su silla y sonreír…

El interrogatorio no había concluido…

aunque la paciencia de él, sí.

– ¿Cómo te encuentras, Solas?

Cassandra ha presentado un informe al volver de la capital y ha mencionado que no ha visto ningún indicio de dolor o afección en ti durante la misión.

– Me encuentro muy bien, lady Josephine.

Gracias por la preocupación, pero no es necesaria.

– ¿Hay alguna petición que tengas para nosotros?

– ahora habló Leliana, Solas desvió la atención sobre la mujer.

– No.

Me encuentro a gusto.

Gracias.

– Quisiéramos asegurarnos de que no te sientes amenazado por nuestros templarios…

– ahora la que habló fue la embajadora, haciendo que Solas desviara esta vez la atención sobre ella.

Lo comprendió de inmediato, estas dos mujeres estaban utilizando sobre él una técnica de presión psicológica sutil, donde varios interrogadores alternaban preguntas en rápida sucesión, a veces incluso interrumpiéndose entre sí o sin dar espacio para que el interrogado se acomodase emocional o racionalmente.

– ¿Por los templarios?

– respondió Solas, reformulando la última frase que había escuchado.

Lo hizo a propósito, convirtiéndola en una pregunta para identificar el verdadero ángulo de interés detrás de la afirmación de Josephine.

Leliana sonrió.

Había entendido perfectamente la maniobra, Solas estaba ganando tiempo.

Nota mental: No debía mostrarse demasiado docto en estos asuntos o llamaría la atención de Ruiseñor.

Las aves silenciosas eran las que mejor cazaban…

pero aspirar un lobo como banquete era demasiado pretencioso.

– Oh, claro, permíteme explicarlo mejor.

– sonrió con una educación coqueta la embajadora.

La vio llevar sus manos sobre el escritorio y tomárselas, jugueteó con sus largos dedos y con un gesto delicado, acabó por apoyarlas en la madera pulida.

El mago se admiró por las habilidades de las mujeres, eran buenas…

solo que él, era mejor.

– No quisiéramos pensar que tu visión sobre la Inquisición se ha visto opacada por el evento lamentable que tuvo lugar días atrás.

– siguió la embajadora con su educación agraciada.

– Quisiéramos asegurarnos de que te sientes seguro entre nosotros.

Solas asintió, pero no dijo nada…

fue totalmente consciente, sin embargo, de que ambas mujeres aceptaron el giro del interrogatorio, siendo ahora ellas las que respondían a él.

Eso era una falsa cesión de poder.

Ahora mismo, el control era una ilusión compartida.

– Si se me permite responder con honestidad…

– Espero que haya sido eso lo que has estado haciendo todo este tiempo.

– “bromeó” con la frialdad de un témpano la pelirroja.

La sonrisita atrevida y seductora que le dedicó no encajó con el filo de su mirada.

Por su parte, Solas la atravesó con la suya, de esa forma que él sabía utilizar perfectamente…

ese tipo de mirada que podía generar escalofríos en sus receptores.

La vio cambiar su postura y entrecerrar con muchísima sutileza la mirada.

– Por supuesto que he respondido con honestidad, ¿o acaso mi palabra está en duda?

– ¿Debería estarlo?

Leliana había dado el nuevo giro, aunque su giro era, en realidad, una lección para él.

De modo socarrón acababa de utilizar la misma táctica de evasión que Solas…

tomar la última afirmación del interlocutor y reformularla como pregunta.

Era bueno el pajarito rojo.

– Espero que no.

Respuesta concisa y que no otorgaba matices de ningún tipo.

A continuación, silencio.

Era el turno de las mujeres de romperlo.

– No es una desconfianza hacia ti en particular, Solas.

– intervino, por supuesto, Josephine.

– Leliana aplica el mismo rigor con todos.- bromeó con soltura…

pero él sabía que todo seguía formando parte del interrogatorio.

– No lo tomes personal, te lo ruego.

El silencio se prolongó más allá de lo que podía considerarse “educado”, aunque él no se molestó por romperlo.

Entonces, la embajadora tuvo que dar ese paso.

– Nos habías preguntado si podías responder con total honestidad cuando te interrogué acerca de la Inquisición y tu seguridad.

Por favor, con toda la honestidad que poseas, puedes responder lo que realmente piensas.

Aquí, es un lugar seguro.

Sí, claro.

¿Con toda la honestidad que poseía?

Pues…

¿cómo les explicaba que era el dueño del Orbe que mató a la amada Divina y que él mismo había facilitado su localización al demente de Corifeus?

Si lo hacía, ¿realmente este sería un lugar seguro para él?

Creía que no.

– Me siento más seguro que en el interior de un círculo, si sirve de algo esa respuesta.

– fue todo lo que agregó.

La pelirroja desvió la mirada hacia Josephine y, aún con los brazos cruzados, se giró apenas lo suficiente como para bloquear por completo el campo de visión de él… y también el de sus manos.

Solas alcanzó a notar cómo Josephine observaba a Leliana, se reacomodaba en su asiento y luego volvía a centrar la atención en él.

Algo acababa de ocurrir entre ambas, ¿una señal silenciosa, compartida?

Entonces, la embajadora le ofreció una sonrisa amable.

No tenía intención de parecer inquisitiva.

– Por cierto…

has pasado bastante tiempo con la Heraldo últimamente.

Cassandra nos comentó que ella…

parece más alterada que de costumbre.

La embajadora ladeó apenas la cabeza, como si reflexionara en voz alta.

– ¿Cómo la ves tú, Solas?

Ah…

claro.

Así que este había sido el juego.

No el informe.

No los templarios.

No su seguridad.

Había sido ella.

Siempre fue ella.

Y él…

el tonto que creyó estar jugando una partida menor.

Solas durante menos de un segundo contuvo la respiración, inmediatamente movilizó el maná de su sangre y acomodó todos sus signos vitales dentro de parámetro fisiológicos para evitar mostrar algo en su postura, cuerpo o coloración de piel.

Con parsimonia, elevó la mirada, fingiendo un control absoluto de sí mismo, a consecuencia de que la presencia de la Heraldo de Andraste en una conversación con él no le provocaba nada en absoluto.

– ¿Más alterada que de costumbre?

¿En qué sentido?

Otra vez, táctica de evasión, pero esta vez en verdad necesitaba ganar tiempo.

– Cullen nos ha hecho saber que pareció mostrarse muy afectada por el ataque que habías sufrido.

No le pasó por alto el hecho de que nombraran por primera vez al comandante, casi había esperado que pusieran a la Buscadora en esta parte del diálogo y continuaran resguardando la figura del antiguo templario.

Lo que solo podía significar una cosa…

Cassandra no había dicho absolutamente nada de la conversación en el interior de la tienda.

Bien…

porque él no estaba seguro de haber sabido mantener cerrada la boca cuando lo había drogado.

Solas suspiró y dijo.

– Quizás su afección se trató de una identificación proyectiva ante la posibilidad de que, ella misma, fuera víctima de ese ataque templario en el futuro…

Leliana dibujó una media sonrisa sobre sus labios que aseguraba que, al menos para ella, no se había tratado de ello…

en absoluto.

– Es una posibilidad…

– jugó.

– Pues, ¿sabes?

– intervino Josephine.

– Yo creo que se trató más bien de un fuerte aprecio que tiene nuestra Heraldo contigo.

¿Tú qué opinas?

– Que esas preguntas tendrías que formulárselas a ella.

¿No crees?

Leliana sonrió, Josephine se acomodó sobre su asiento fingiendo incomodidad.

– Claro, tienes razón.

Disculpa mi entrometimiento.

– Supongo que si traen este tema a colación habrá algo que quieran aclarar o aconsejarme.

– ahora él pasó la mirada azulina (y rabiosa) sobre ambas.

– Soy todo oídos.

– por primera vez, el que se cruzó de brazos fue el mago élfico y se recostó sobre su asiento, desenmascarando una postura relajada que intentaba contrastar con lo visiblemente molesto que estaba.

Leliana volvió a sonreír.

– Oh, no hay nada que pretendamos aconsejarte o aclarar, Solas.

– respondió la maestra espía.

– Solo queríamos conocer tu opinión al respecto.

Pero, es como marcas, ese tipo de preguntas conviene planteárselas a ella…

El modo en el que hizo sonar la palabra “ella” provocó la activación de las alarmas internas de Solas.

Si interrogaban a Elentari, pues diría muchísimo más que él.

La Heraldo de Andraste aun no había aprendido a ocultar ningunas de sus emociones…

y él recordaba perfectamente el modo en el que lo había mirado cuando había estado herido a su lado.

Debía admitirlo.

Las dos mujeres habían jugado demasiado bien sus cartas.

Ahora…

él debía entrenar a la dalishana en las sutilezas de los interrogatorios, antes de dejarla en las garras de estas mujeres.

– Quizás se lo pregunte.

– sentenció Ruiseñor y dio por finalizado el interrogatorio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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