Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 3
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3: Prólogo 3: Prólogo Clan Lavellan, en el interior de los bosques que rodean a la ciudad de Ventus en el Imperio de Tevinter, 9:18 del Dragón La luna velada miraba desde lo alto esta noche, testigo mudo de un pacto que iba a sellarse entre el miedo y la esperanza.
El bosque mecía sus hojas, indiferente al destino y al frío glacial que gobernaba el aire.
Un grillo solitario intentó cantar, pero ningún otro lo secundó, así que se rindió y dejó que el extraño silencio envolviera el aire.
Pocos sabían que el destino era una trama que cada uno tejía con sus propias manos…
– ¡Tómala!
– suplicó una elfa de ojos avellanas, temblando, mientras extendía una beba recién nacida a aquella extraña.
– ¡Por favor!
Te lo suplico, llévala…
sálvala.
Sálvala…
Deshanna, una joven hechicera del clan dalishano, no pensó y recibió a la niña sin cuestionamientos…
– Soy esclava.
Mi cuerpo es ceniza.
Mi nombre no le dará futuro.
Deshanna la oyó, pero no reaccionó.
Sin embargo, un sentimiento cálido floreció en el interior de su pecho mientras veía aquella beba cachetona y de mejillas rosadas.
Ahora, ya no volvería a estar sola.
Ahora…
tenía una hija.
Alguien de quién cuidar, alguien que aguardaba su presencia para sobrevivir.
Un propósito para los elfos dalishanos.
– Debes ocultarla de los dioses.
¿”De los dioses”?
Deshanna alzó la mirada, atónita, y sus ojos grises se posaron sobre aquella mujer desesperada.
¿A qué dioses temía?
¿A los suyos, los antiguos, los primeros del Pueblo?
¿O hablaba del Hacedor de los shemlen?
Porque para ella, Custodia del Clan Lavellan, los dioses no eran amenaza, sino guía.
Eran las voces antiguas que susurraban desde las raíces, desde el viento, desde el recuerdo.
Su gente era custodia del saber antiguo, de las tradiciones esculpidas en los bosques a través de los siglos.
Y esta noche había encontrado una sucesora, alguien en quien pudiese confiar la misión de transmitir aquel tesoro preciado.
Esa niña, entonces, no era solo una recién nacida.
Era también un legado.
Un fragmento de aquello que no debía olvidarse.
Una llama rescatada del abandono para convertirse en testigo de todo lo que fue…
y todo lo que volvería a ser.
– Sé que no tengo derecho a pedir nada…
pero…
– Pídeme lo que desees, mujer…
– susurró la joven elfa dalishana con piedad.
– Es lo mínimo que puedo otorgarte…
La esclava rebuscó en el interior de uno de sus bolsillos y extrajo una tira de cuero seco que enrolló alrededor del cuello de la silenciosa pequeña mientras que, a modo de paradoja, sus propias lágrimas sí que prometían romper a la mujer adulta.
– Se llama Elentari.
Entrégale la vida que yo jamás podré y hazla sentir amada.
– Elentari…
– Enleathenera.
– sentenció la esclava.
La Custodia del Clan Lavellan enmudeció al oír a una esclava pronunciar con tanta gracia el idioma élfico.
Cuando la extraña elfa acabó por colocar el collar, sin esperar respuesta, se giró y corrió hacia lo profundo del bosque.
No volvió la vista atrás.
Pero Deshanna notó que había dejado sobre el suelo…
un saquito de tela desgastada.
Lo tomó y sacó de su interior una piedra lunar, suave y pálida.
Deshanna supo, sin necesidad de palabras, que esa gema no era un adorno…
era un voto.
Un escudo.
Un lazo sagrado.
Entonces, cobijó a la recién nacida bajo su túnica y susurró el nombre elegido: Elentari.
Reina de las Estrellas.
Aquella niña acababa de nacer de nuevo, cortando el lazo con la madre que había tenido que ser sometida a la violencia para otorgarle la vida y abrazándose a la guía serena de la Luna.
– En esta piedra está el destino que vas a enfrentar, mi niña.
Yo te enseñaré a escuchar, a aprender a esperar…
Llevarás el bosque contigo y nunca volverás a estar sola, Elentari.
No sabía, entonces, lo que aquel nombre acarrearía.
Que esa niña sería el eco de una tragedia antigua.
Una paradoja de corrientes mágicas.
Una chispa encendida en las ruinas de un mundo quebrado.
Que haría temblar los cimientos de Thedas, arrancando verdades dormidas bajo la piedra…
y el Más Allá.
Que su mera existencia convocaría a los dioses perdidos y a los fantasmas del tiempo, reclamando sangre, y fuego, como precio.
Y que sería disputada por la Protectora y el Lobo.
Que su alma ardería entre la devoción y la traición.
Que su nombre, nacido de las estrellas…
sería también su condena.
Porque un día, Elentari tendría que elegir…
Y cuando ese día llegara, el mundo escribiría su juicio en piedra.
Y solo un nombre sobrevivirá a la historia.
Uno solo.
Porque esta historia va más allá del relato conocido.
Esta historia es la de un hombre a quien creyeron dios y una mujer que no se detuvo ante su presencia.
Es sobre la construcción de los relatos y el susurro de los ecos de aquello que trasciende.
Y sobre el dolor que da origen al cambio…
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