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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 30

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30: La máscara correcta 30: La máscara correcta Amanecía una vez más en el interior del pueblo de Refugio, y Solas estaba de un humor particularmente agrio.

No había logrado encontrar Fuego del Velo en ningún sitio cercano.

Quizás no era solo eso; tal vez la molestia tenía más que ver con el interrogatorio del día anterior…

o, sencillamente, con la frustración de no contar con una fuente adecuada para descifrar el mensaje de su agente.

¿Qué clase de seres eran estos?

¿Incultos?

¿Acaso ninguno había descubierto la utilidad de la escritura élfica ancestral?

¡Por todos los reinos del Más Allá, qué tedio!

Desde que su Orbe había provocado la Brecha en el cielo, las corrientes arcanas se comportaban de forma tan errática que había considerado prudente evitar el contacto con sus agentes a través de los sueños.

Era peligroso.

Con tanto poder bruto filtrándose entre el mundo despierto y el de los sueños, el riesgo de atraer visitas indeseadas (o de perder el control de la información intercambiada) era demasiado alto.

Por ello, se habían visto obligados a volver a comunicarse como en la antigüedad, dejando que el tiempo hiciera su trabajo y confiando en agentes élficos leales para transportar la información.

Un método lento…

y peligrosamente expuesto.

A veces se decía a sí mismo que, tal vez, en este mundo tanta precaución podía ser exagerada.

Pero en Elvhenan, ni siquiera dentro de sus propias mentes habían sido verdaderamente libres.

Así que, sí…

quizás Solas tan solo estaba pecando de paranoico, o quizás…

ya había aprendido a no confiar.

¡Lo peor!

era que, cuando despertó, había tenido que acostumbrarse a la ausencia de los eluvians, y ahora este nuevo inconveniente…

Perfecto.

Gracias Felassan por tu efectividad y lealtad.

Hoy te lo agradezco de corazón…

– ¡Solas!

– oyó la voz de Elentari a lo lejos.

No…

Justo lo que le faltaba.

Hoy lidiar con ella era precisamente lo que había intentado evitar.

El recuerdo del interrogatorio del día anterior persistía, clavado en el fondo de su mente como una molestia que se negaba a desaparecer.

Y, pese a sí mismo, había empezado a preguntarse si la dalishana sería capaz de salir airosa de un interrogatorio con la maestra espía.

No se trataba de que hubiera algo que esconder (no entre los dos, al menos), sino de una posibilidad que no dejaba de incomodarlo…

si Leliana interrogaba a Elentari, ¿se le escaparía que él era un somniari?

Dio un suspiro suave, apretó los dientes y se obligó a recomponerse, a adoptar el habitual disfraz del apóstata errante.

Aunque, esta mañana, era un lobo terriblemente frustrado…

aún así, se giró en su sitio para mirarla.

Solas se encontraba cerca de la Capilla, a la sombra de un árbol milenario y frondoso que le había prestado refugio.

– Buen día…

– murmuró, con un siseo apenas contenido.

Ella rio con soltura.

Una risa fresca, jovial, casi radiante.

Un contraste francamente ofensivo con su estado de ánimo.

– Oye, si es un buen día, no se nota – replicó entre risas mientras se acercaba con esa naturalidad etérea en su forma de caminar.

Siempre parecía que lo hacía con un sigilo elegante.

– Pareces molesto.

– Astuta observación…

– respondió, rozando la burla.

Estuvo a punto de agregar más, pero se mordió la lengua, porque ella lo miró con renovado interés al percibir el sarcasmo, como si hubiera encontrado justo el hilo del que tirar para molestarlo.

Elentari llegó frente a él.

– ¿Te puedo ayudar en algo?

– preguntó Solas con sequedad.

– ¿Te puedo ayudar yo?

Estas molesto, Solas…

Él ladeó apenas la cabeza, evaluándola.

¿Se lo preguntaba?

¿Sería un error táctico confiar en ella (otra vez)?

En el interior de la tienda le había confesado ser somniari, y luego, en el mercado de Val Royeaux, se había escabullido del grupo frente a Elentari.

Ella había guardado el secreto las dos veces.

Ni siquiera lo había escrito en el informe.

Espera.

No lo había hecho, ¿verdad?

¿Y si sí?

Daba igual.

– A menos que tengas Fuego del Velo escondido en el interior de tu mochila, no…

No podrías ayudarme.

– ¿Para qué quieres eso?

Solas detuvo su inspección visual y bajó la mirada hacia ella.

– ¿Sabes lo que es?

– ¿No deberían conocerlo todos los magos?

– ella arqueó una ceja con descaro, como si la pregunta de él fuera la estúpida.

Solas parpadeó.

Pues, ¿sinceramente?

Él había creído que la educación arcana de los dalishanos se limitaba a pintarse la cara y adorar árboles.

Y falsos dioses, claro.

– Posiblemente.

– cedió con un suspiro aburrido.

– Entonces, ilústrame, Elentari…

¿Hay algún lugar en este hermoso pueblo que tenga Fuego del Velo?

– No tengo la más pálida idea.

Solas soltó una risa seca, carente de humor.

– ¿Lo ves?

Previsible.

No me sirves.

“Bromeó”, aunque la palabra le resultó generosa, porque la voz le salió demasiado helada.

La inutilidad ajena rara vez había sido un chiste para Fen’Harel; por lo general, era apenas una estadística.

Aunque aquí era “Solas, el apóstata errante”, solo que hoy le resultaba particularmente difícil no dejarse embargar por la legendaria frustración del Lobo.

La ironía, sobraba (si se lo preguntaban a él)…

Ella rio de todos modos.

Lejos de ofenderse, parecía divertirse con su malhumor.

– Bueno, si eso te pone así, te comento que tendré el privilegio de arruinarte aún más tu día, Solas.

O por completo.

El mago cerró los ojos un instante, pidiendo paciencia, aunque tuvo que admitir que también lo divertía su insistencia por mostrarse alegre todo el tiempo.

Sabía que aquel optimismo era uno de los mecanismos de defensa que Elentari solía emplear, ese mostrarse fuerte, vigorosa y amable con todos, siempre.

Sin embargo, también sabía (porque ya lo había aprendido hacía mucho) que ese tipo de personas eran precisamente las que lo habían ayudado a atravesar sus depresiones y tedios ancestrales, porque enfrentaban la realidad sin permitir que los aplastara.

Y entonces, una punzada le atravesó el pecho cuando llegó con una comparación inevitable…

Revas y Felassan habían sido muy similares a Elentari en ese optimismo incansable frente a las calamidades del mundo.

Y por eso habían funcionado tan bien con él.

Solas no era un pesimista.

Era, simplemente, demasiado lógico.

Analizaba el mundo hasta agotar todas sus posibilidades, y en ese ejercicio constante terminaba sofocándose a sí mismo.

Por ello fue que necesitó a Fen’Harel en primer lugar.

Allí donde Solas analizaba, el Lobo actuaba.

Personas como ella nunca le ofrecían consuelo fácil ni falsas esperanzas, sino algo mucho más útil e igual de necesario.

Equilibrio.

Un punto de apoyo frente a una mente que, sin pausa, tendía a inclinarse hacia lo fatal.

Cuando abrió los ojos, se descubrió sonriendo frente a lo descubierto.

Lo peor de todo era…

que la cercanía de la pequeña halla ya ni siquiera le molestaba.

– Que sea rápido.

– bromeó, esta vez de verdad, intentando liberar un poco la tensión en su cuerpo.

– Cullen quiere vernos.

El sarcasmo se evaporó de inmediato, reemplazado por el hastío puro.

Definitivamente, arruinado.

– ¿A los dos?

– arqueó una ceja.

Ella asintió, con una sonrisita de disculpa que no ayudaba en nada.

Que el Vacío se lo llevara.

A él, a Cullen y a este día miserable.

– Vamos.

– ordenó, y echó a andar sin esperarla, intentando que su propia frustración pudiera soltarlo si él caminaba.

Elentari lo alcanzó con algunos pasos largos y se colgó sobre su hombro, inclinándolo a su lado.

– Lo siento.

– a las palabras le siguió una risita.

El comandante quería verlos a los dos.

¿Para qué?

Fenedhis.

¿Otro interrogatorio?

¿Y ahora teniendo que preocuparse, además, por cuidar que Elentari no dijera nada de más?

Espera.

Espera…

Aquello podía ser interesante.

Cullen no era hábil interrogando, no como Leliana y Josephine.

Tal vez, en esta ocasión, Solas pudiera aprovechar la situación para observar cómo se desenvolvía la elfa y guiarla con cuidado, identificando los puntos débiles de la Heraldo para fortalecerlos de cara a interrogatorios futuros.

– ¿Sí?

– el tono que usó fue indiscutiblemente irónico.

– ¿Lo sientes?

– ella, aun recostada sobre su costado asintió, con ese brillo entusiasta en su mirada.

– Y…

¿quieres hacerme sentir mejor?

Elentari dejó salir una carcajada suave.

– ¡Claro!

Solas se inclinó apenas y se deslizó fuera del apoyo de su hombro.

Se irguió de frente, llevando las manos a la espalda.

– Entonces sé tú quien mantenga viva la conversación con el comandante.

Elentari lo imitó.

Se enderezó, cruzó las manos tras la espalda y no dejó de sonreír.

Era evidente que acababa de tramar algo.

Y que se estaba burlando de él.

– De acuerdo.

Tenemos un trato.

– No es un trato si la balanza se inclina solo a mi favor.

– replicó.

– No pienso darte nada a cambio.

Ella volvió a reír con soltura, negando con un movimiento de la cabeza.

– Eres rápido…

¿Cómo supiste que era una trampa para cobrarme el favor luego?

– Porque subestimas mi capacidad para detectar el oportunismo, Elentari.

– respondió con suficiencia, sin ocultar la media sonrisa irónica.

– Bueno, en ese caso, hablarás tú con él.

– Solas dejó escapar una carcajada breve, incrédulo.

– ¿Ahora me chantajeas?

– No es chantaje si tiene fines académicos – se encogió de hombros, fingiendo inocencia.

La frase evocaba, inevitablemente, el juego de palabras que él mismo había utilizado en la tienda de Cassandra, cuando se había negado a admitir haber hecho trampa, alegando que no lo era si se ganaba con astucia.

¿Lo estaba imitando?

Y entonces, intentando parecer indiferente, ella concluyó: – Solo quiero ver cuánto tardas en perder la paciencia con nuestro comandante.

– Mi paciencia es eterna.

– Ya lo veremos.

– Aprendes demasiado rápido a imitarme – dijo, y los ojos de ella brillaron al oírlo.

¿Elentari empezaba a admirarlo?

Aquello podía convertirse en una herramienta útil a futuro, aunque lo cierto era que prefería entrenarla antes que aprovecharse de la muchacha.

Ya había demasiadas personas intentándolo.

Bien.

Hora de dejarla creer que elegiría sus próximas acciones por sí misma, cuando en realidad sería él quien se encargaría de moldear la respuesta para que coincidiera con lo que esperaba.

Se dijo que lo hacía para entrenarla, aunque sabía (quizás demasiado bien) que aquello implicaba también una pizca de manipulación.

– No, en serio, por favor…

habla tú.

– pidió, y el tono de su voz delató el agotamiento.

Sabía que le costaría mantenerse firme si él parecía vulnerable.

– Una súplica más y podré empezar a considerarlo.

– respondió ella, con la sonrisa dibujada sobre los labios, pero las últimas palabras fueron invadidas por un leve temblor…

Oh, el temblor de la duda.

Solas suspiró, mostrándose derrotado, pero conservando su dignidad.

Su postura corporal dejó claro que cedería, aunque con reticencia.

Que lo hacía por conveniencia, en lugar de por voluntad propia, era algo que esperaba que ella aprendiera a discernir con el tiempo.

– De acuerdo.

Que sea un trato.

– cedió.

– Encárgate tú del comandante hoy, y yo te deberé un favor.

Ella arqueó una ceja, claramente complacida.

– Vaya…

ahora sí se puso interesante.

– molestó.

– De acuerdo.

Yo me encargo de Cullen.

– ¿Vamos?

Solas retomó la caminata y ella se situó a su lado.

Él marcó un andar tranquilo, pensaba aprovechar esos minutos para evaluar qué tan desastroso podía resultar dejarla al mando del interrogatorio.

Partía de la premisa de que no demasiado; el comandante rara vez le deparaba sorpresas.

– Oye, ¿dónde fuiste durante nuestra visita a Val Royeaux?

– preguntó Elentari a su lado.

No le sorprendió, siempre supo que ella buscaría el momento para hacerlo.

– Dado que estoy en deuda contigo y eso hiere mi orgullo…

– comenzó usando un tono irónico que la hizo reír con suavidad.

– Te hago una propuesta.

Un juego.

– notó que lo observaba totalmente intrigada.

– Yo responderé a tus preguntas solo si sabes manejar tu interrogatorio de forma correcta.

¿Lo aceptas?

– ¿Y eso?

– él se encogió de hombros.

– Siendo yo mismo el somniari apóstata errante, he tenido que aprender a evitar confrontaciones directas toda mi vida.

Además, los recuerdos que he visitado en el Más Allá siempre fueron un apoyo enorme para observar cómo lo hacían otros.

Te sorprendería saber todo lo que puede encontrarse allí…

si sabes dónde buscar.

– ¿Me enseñarás?

– Lo pensaré.

– la molestó, sonriéndole.

Eso bastó para que ella riera de nuevo.

– Bueno.

Acepto el juego.

¿Cuáles son las reglas?

– Solo una.

Hazlo de forma adecuada.

Elentari frunció los labios, disgustada.

– Pero…

yo no sé interrogar.

A mí nunca me han interrogado…

y se me nota mucho cuando estoy incómoda o nerviosa.

Si esa es la única regla, no me responderás nada…

Solas sonrió, sintiendo una pizca de ternura por lo honesta que era.

– Primer consejo.

– dijo.

– Solo durante interrogatorios.

– aclaró.

– No lo adaptes como estilo de vida.

– ella asintió prestándole toda su atención.

– Nunca niegues emociones que no podrías ocultar efectivamente.

Redirígelas.

– ¿Y eso?

– Me has confesado que no eres buena interrogando.

Bien, lo tomo.

No has negado tu nerviosismo…

ahora redirígelo.

Ella volvió a hacer una mueca mientras pensaba.

– Quizás un ejemplo ayude.

Elentari asintió y lo miró.

Solas se detuvo; ella lo imitó, y quedaron frente a frente.

– “No sé interrogar.

Se me da fatal.

Se me nota la incomodidad y el nerviosismo”…

– hizo una pausa para mostrar el punto.

– Justamente por eso, si me ves titubeando más de la cuenta, dame un momento para expresar correctamente lo que intento aclarar.

– ¿Así vuelvo a poner el mando sobre mí?

¿El interrogador tiene que ajustarse a mi ritmo?

Solas negó.

Ella bufó.

– ¿¡Ves!?

Esto se me da fatal.

– No se te da fatal.

Aprendes rápido – la corrigió.

– No se trata de ajustar el interrogatorio a tus emociones; eso sería peligroso.

Se trata de no negarlas, reconocerlas y reencuadrarlas.

Tú decides hasta dónde te muestras expuesta.

Eso te vuelve creíble.

– Incluso si miento…

– murmuró, llevándose una mano a los labios y fijando la vista en el horizonte.

Lo estaba razonando.

– Bien.

De acuerdo.

Lo entiendo – dijo al fin, bajando la mano.

– ¿Dónde fuiste durante nuestra visita al mercado?

– Estuve recorriendo el bazar.

– Claro.

He formulado mal la pregunta, ¿verdad?

Porque es obvio que no fuiste a ningún lugar más que ese.

Solas asintió.

– Bien.

¿Y por qué?

¿Por qué te fuiste?

– Aproveché la ocasión para alejarme de los templarios.

– ¿Me dirás que lo hiciste por temor?

– Más bien, trauma – bromeó, sin ocultarlo.

– Después del ataque, tuve miedo.

– Deja de ser idiota – rió ella.

Él también.

– Bien, suponiendo que este tipo de respuesta burlona es válida…

¿qué consejo debería tomar de esto para un interrogatorio?

– Nunca respondas lo que tu interrogador quiere oír.

Responde lo que te conviene.

– Ya…

Guardó silencio otra vez, pensativa.

Solas siguió sonriendo mientras la observaba.

– O sea que decir esa tontería sobre los templarios te conviene de algún modo.

¿Por qué?

– Porque si a la respuesta le agrego una actitud corporal que la acompañe, te la habrías creído – respondió.

– Es perfectamente factible que tenga miedo después de que casi me mataran.

De ese modo, sigo sin ser sincero cuando te respondo.

– Es cierto…

sigues evitando compartir el motivo por el que te alejaste.

Él asintió.

– Siempre que respondas a las preguntas de alguien, debes recordar quién eres para esa persona.

No quién eres para ti.

Elentari volvió a mirarlo.

– ¿Quién crees que eres para mí, Solas?

– Cuando me hirieron, te mostraste preocupada como lo harías con cualquier miembro del equipo, ¿verdad?

Ella asintió.

– Bien.

Entonces, para ti, soy alguien por quien vale la pena preocuparse.

Crees que debes protegerme, aunque yo considere que no es necesario.

Aun así, ese impulso de proteger es tu debilidad.

– hizo una pausa para que lo considerase.

Luego añadió.

– Si me muestro afectado por el ataque y aludo a un trauma de forma convincente, cierro tu curiosidad.

Y, como añadido, te hago sentir culpable por haber insistido.

Ella soltó una carcajada.

– Eres bueno.

De pronto, su expresión se llenó de entusiasmo.

Sus ojos dorados brillaron, se abrieron un poco más, y lo miró con una sonrisa radiante.

– ¡Oye!

¡Se me acaba de ocurrir una gran idea!

¿Y si pongo a prueba todo esto con Cullen?

Él estuvo a punto de sonreír ante ese entusiasmo tan juvenil, precisamente porque de eso se había tratado todo desde el inicio.

Sin embargo, fiel a lo que le estaba enseñando, no mostró complacencia alguna y pareció considerarlo con seriedad.

– ¿Tú crees?

El comandante debe de ser un gran interrogador…

El entusiasmo de ella se desplomó al instante.

– Tienes razón…

fue templario.

Debe saber interrogar como nadie…

Ya lo verían…

– Soy de los que creen que un buen contrincante es mejor que uno mediocre – continuó él.

– Quizás el comandante sea implacable, pero aprenderás mucho más de alguien así que de una persona obtusa.

– ¿Qué querrá?

– No tengo idea…

pero vayamos a averiguarlo.

En el camino, sigo aconsejándote.

¿Te parece?

Ella asintió, y el entusiasmo volvió a encenderse en su rostro.

– Oh, y si en algún momento durante el interrogatorio te interrumpo, considéralo una enseñanza encubierta.

Elentari volvió a asentir, mirándolo con atención plena.

– Si intervengo, significa que lo estás haciendo bastante mal y que te estoy salvando -añadió.

Ella volvió a asentir, aunque rió.

– Y presta atención a cómo lo arreglo – continuó explicándose.

– Pero si te interrumpo por necesidad, te lo haré saber de algún modo.

– Ella asintió una vez más y, esta vez, él no pudo evitarlo y le sonrió.

– Lo harás bien de cualquier manera.

– Ya veremos – respondió ella, riendo, claramente descreída de esa posibilidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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