Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 31
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31: Vigilancia 31: Vigilancia Cullen se preguntaba cuánto había menguado la fe dentro de la orden de los templarios mientras observaba a sus soldados entrenar.
Como era habitual, el comandante se encontraba en las afueras del pueblo de Refugio, sosteniendo los interminables informes sobre el avance de las patrullas y los nuevos reclutamientos.
El volumen desmesurado de información no lo incomodaba; al contrario, lo agradecía.
Desde que había decidido luchar contra su adicción al lirio, mantener la mente ocupada hasta el agotamiento se había convertido en su mejor defensa contra la abstinencia.
Para muchos, parecía más una máquina que un comandante, pero él sabía que la realidad era más simple y más humana…
no estaba endurecido por falta de sentimientos, sino porque huía de sus propias debilidades.
Como comandante de la Inquisición, Cullen era el responsable de organizar el ejército, de diseñar la estrategia militar, asegurar la defensa del pueblo y coordinar tropas, patrullas y eventuales asedios.
Muchas de esas funciones, por el momento, existían más en la teoría que en la práctica.
Ningún asedio había sido necesario aún, y la organización del ejército resultaba relativamente sencilla porque seguía siendo pequeño, aunque crecía de forma exponencial.
El problema no era que el reclutamiento floreciera (algo esperable en tiempos de guerra), sino la composición misma de las tropas.
El grueso del ejército estaba formado por un conjunto variopinto.
Antiguos templarios, viejos soldados fereldenos que, por edad, ya no deberían seguir en servicio activo pero igual lo hacían; voluntarios a los que había que entrenar desde cero; y, los más complicados de todos, mercenarios, que llegaban con experiencia previa…
y una insubordinación casi innata.
Cullen era el jefe militar absoluto.
Todo lo relacionado con lo marcial pasaba por él.
Aunque existía un alto mando operativo con funciones específicas (pensado justamente para aliviarlo de responsabilidades inabarcables), él se entrometía con frecuencia para asegurarse de que todo se hiciera como debía hacerse.
Es decir, con un objetivo claro…
proteger a los inocentes y ejercer una maestría militar que no dejara margen para el error.
Cullen no solo quería un gran número de tropas.
Quería soldados competentes.
Lo suficientemente preparados como para entrar en combate con confianza y aumentar al máximo sus probabilidades de supervivencia.
No iba a enviar hombres inexpertos a morir.
Pero también sabía que no podía convertir a todos en veteranos, porque la experiencia la daban los años, y eso (el tiempo) era precisamente lo que no tenían.
Aun así, podía hacer algo.
Podía ahogarlos en teoría militar.
Podía exprimirlos con entrenamiento constante.
Y eso era exactamente lo que hacía.
El problema surgía cuando, además, debía lidiar con magos.
Cullen, a diferencia de la mayoría de los templarios, siempre había mostrado una consideración mayor hacia ellos.
Desde su primera función templaria en el Círculo de Magos de Ferelden, nunca había sido capaz de ver a los magos como enemigos ni como abominaciones en potencia.
Para él, siempre habían sido personas…
tan peligrosas como él mismo podía serlo empuñando una espada.
Esa mirada lo puso en situaciones extremas dentro del Círculo.
Rompió normas desde una edad demasiado temprana y, sin darse cuenta, comenzó a desviarse de un camino que creía firme.
No guardaba rencor hacia los recuerdos de Praianna ni hacia el enamoramiento que había sentido por ella.
Era cierto que le llevó años de introspección perdonarse por creer que, al haberse enamorado de una maga, había pasado por alto señales de magia de sangre en el interior del Bastión de Kinloch.
Pero el tiempo (y sobre todo su paso por Kirkwall y el desastre del Círculo) le habían enseñado algo distinto, que la corrupción no residía en una persona concreta, ni siquiera en la magia en sí, sino en todo el sistema que pretendía controlarla.
Por eso abandonó la orden antes de la escisión definitiva.
Aun así, eso no significaba que hubiera dejado atrás a sus demonios.
Seguían allí, silenciosos, influyendo en sus dudas cuando menos lo deseaba.
Por eso vacilaba más de lo que debería frente a Elentari.
No por lo que ella representaba…
sino porque la Heraldo de Andraste era una hechicera élfica.
Una vez más, el destino parecía colocar a las fuerzas arcanas en su camino y, como en el pasado, Cullen no la miraba con desprecio ni con desconfianza.
La veía por lo que era, una muchacha joven, arrastrada al centro de un desastre que la superaba, cuyas costumbres él desconocía casi por completo.
Y quería asegurarse de protegerla.
El problema, para él, no era Elentari.
El problema era Solas.
El mago apóstata errante tenía algo.
Ese “no sé qué” que le erizaba la piel.
Cullen no lo consideraba malvado ni un traidor en potencia de la causa; tampoco creía que albergara intenciones ocultas contra la Inquisición.
Sin embargo, había algo en él que activaba sus antiguos instintos templarios…
y no lograba determinar qué.
Tal vez por eso había intentado establecer diálogo con el elfo en más de una ocasión.
Y tal vez por eso mismo había fracasado.
Para Cullen resultaba evidente que lo había hecho mal.
Solas se mostraba hermético, respondía a sus preguntas con corrección, pero jamás abría una conversación real.
No había intercambio, solo respuestas medidas.
Cassandra, por su parte, lo agotaba intentando convencerlo de las buenas intenciones de Solas.
Pero no se trataba de eso.
Cullen no sospechaba de intenciones oscuras ni de conspiraciones veladas.
Era algo distinto.
Algo más sutil.
Era esa sensación que ya había ignorado una vez entre magos…
y que había terminado en desastre en Kinloch.
En Kirkwall la había sentido de nuevo, y esa vez no la desoyó, en cambio, la enfrentó, se alineó con Hawke y se alzó contra su propia superior, la Caballero Comandante Meredith.
Y ahora, Solas volvía a provocarle esa misma inquietud.
Por eso, cuando Leliana se le acercó temprano aquella mañana con un dictamen que permitía que Solas actuara como mentor arcano de la Heraldo de Andraste, guiándola en el estudio de la Magia de las Grietas, Cullen reconoció de inmediato una oportunidad de acompañarlos como observador.
No con la intención de controlarlos, y mucho menos de maltratarlos, sino para asegurarse de que la potencia arcana de ambos pudiera fluir con libertad, contando con el respaldo de un antiguo templario si llegaba a ser necesario.
La propuesta de Leliana le pareció, en ese sentido, de lo más coherente.
Solas era un mago élfico, al igual que Elentari, pero además poseía una personalidad medida, centrada, y parecía tener un conocimiento profundo de la magia.
Cullen debía admitir que, en lo referente a cultura élfica, Solas probablemente sabía más que nadie en la Inquisición.
Y estaba casi seguro de que Elentari se sentiría a gusto aprendiendo de alguien así.
Por todo ello, aceptó la petición de Leliana de mantenerlos bajo su vigilancia.
Sabía que Solas se mostraría en desacuerdo, pero confiaba en que, una vez comprendida la intención protectora que guiaba su presencia, acabaría por aceptarla…
quizás incluso agradecerla.
Que, en el fondo, una parte de él también quisiera evaluar a Solas era algo que prefería no admitir.
Ni siquiera ante sí mismo.
El sonido de una risa alegre llegó a los oídos del comandante.
Reconoció la voz de inmediato, era Elentari.
Giró el rostro y divisó, a la distancia, a los dos elfos balbuciendo sobre algo que parecía divertirlos…
mientras ella no dejaba de sonreír, Solas se mostraba cómodo a su lado.
Adoptaba una postura relajada que Cullen jamás le había visto al apóstata errante, aunque ya era evidente que esa distensión no la compartía con él.
Cuando aquellos dos estuvieron lo suficientemente cerca para tener que prestarle atención, fue Elentari quien alzó una mano y, sin dejar de sonreír, se acercó con unos pasos más rápidos a él.
– Buenos días, Cullen.
Parecía muy alegre esta mañana.
– Buenos días, Elentari.
– se aseguró de llamarla por su nombre y no su título, como se lo había pedido.
Después miró a Solas, quien le inclinó apenas la cabeza.
Ese era habitualmente su saludo.
– Buen día, Solas.
– Buen día.
Ni una palabra más.
– Leliana me ha dicho que querías vernos.
– ella fue directo al grano.
– ¿Qué sucede?
¿Todo bien con las tropas?
– sin darle tiempo a responder, tomó su mochila que colgaba de sus hombros y la colocó sobre la nieve, se agachó y extrajo unos papeles del interior.
Inmediatamente, Cullen reconoció el organigrama que él había confeccionado a pedido de ella para facilitarle el reconocimiento del orden jerárquico militar que regulaba dentro de la Inquisición.
Elentari volvió en pie y buscó algo entre los papeles, donde se distinguía apuntes al pie de página con una caligrafía prolija, que él intuyó era de ella.
– Me he tomado la molestia de conocer algunos de los oficiales superiores que especificaste en el organigrama.
Ser Rylen, por ejemplo…
– Cullen asintió.
– Es un antiguo templario, ¿verdad?
– volvió a asentir.
– Y también el teniente…
¿cómo era el nombre?
– estaba buscando entre sus anotaciones.
– Te lo simplifico.
– intervino Cullen.
– También es un antiguo templario.
– Ella asintió y levantó la vista.
– Como la mayoría de mis hombres entre los altos mandos operativos.
– Eso mismo.
– convino.
– He notado que la jerarquía militar de la Inquisición está regida por templarios.
– Antiguos templarios, Elentari.
– le corrigió, ella se cruzó de brazos.
– Son hombres con los que he trabajado en el pasado y en quiénes confío.
Son aptos para los cargos y saben respetar el orden jerárquico.
No harán nada que yo no apruebe.
Respondo por sus actos, y lo hago con honor.
– No cuestiono tus decisiones, pero eso nos hace parecer el brazo armado de la Capilla.
¿No te parece?
– No lo somos.
Y no me interesa lo que pueda parecer a ojos extranjeros.
Esos hombres están ahí por sus aptitudes, no con fines religiosos.
– la respuesta que le dio fue cortante.
Después, un silencio denso ocupó el espacio entre los tres.
Le sorprendió que Solas no hubiera abierto la boca, por ello, lo miró y para él fue claro que el apóstata disfrutaba del debate con una sonrisita burlona.
Cullen dio un suspiro, pero aclaró de todos modos.
– Y, con todo respeto, te recuerdo que no acato órdenes tácticas de ti.
Eres la Heraldo de Andraste, pero no la autoridad suprema de la Inquisición.
Ella pareció golpeada por la respuesta.
– No te lo dije para que te molestaras…
– titubeó.
– Sino porque en mi visita al mercado de Val Royeaux nos acusaron de ser una amenaza para la sociedad y fueron los mismos templarios quiénes nos declararon herejes frente, no solo al mando religioso, sino también a los civiles.
– hizo una pausa, notablemente incómoda.
– Discúlpame si parezco abrumada, es solo que estoy buscando las palabras correctas para expresarme…
– Lamento mi tono anterior, Elentari.
– se excusó el comandante.
Para él resultó evidente que el tono tan firme en ella fue un golpe demasiado contundente.
No debía olvidar que no era militar y no estaba acostumbrada a esos modos.
Solas siguió sin abrir la boca.
Cullen lo miró, otra vez, ahora el apóstata estaba visiblemente serio.
– Solo quería preguntarte si tienes idea de qué es lo que podría estar tramando el lord Buscador Lucius, – ella aclaró – pero es evidente que no lo sabes.
Ni siquiera Cassandra pudo decir algo concreto.
– Por tu informe sé que la mayor guarnición de las fuerzas templarias de Orlais se han retirado de la Aguja Blanca a sitio desconocido con el objetivo de convertirse en una nueva fuerza militar y religiosa.
– aseguró él.
– Los templarios se han rebelado contra la Capilla en todas las órdenes de Thedas.
Hay algunos que todavía se llaman “leales”, pero son tan pocos que ni siquiera constituyen un número que les permita ser nombrados como “la Orden.” Después, Cullen dejó escapar un suspiro, arrepentido por el exabrupto anterior.
Aún le costaba separar el trauma del pasado de los magos del presente.
Las pesadillas lo asediaban cada noche, y los recuerdos de las torturas sufridas no hacían más que intensificarse ahora que ya no consumía lirio.
Ella y Solas eran magos, y eso lo incomodaba, porque las heridas seguían abiertas.
Aun así, intentaba ser mejor que sus miedos y no permitir que el dolor dictara sus juicios.
Llevó una mano sobre sus cabellos y los aplastó.
Siempre lo hacía cuando se ponía nervioso.
Eso, o patear suavemente la nieve.
El silencio se extendió entre los tres.
Él no iba a disculparse por el contenido de sus palabras, a lo mejor sí por el tono que había usado, pero cuando iba a abrir la boca, ella lo interrumpió.
– Bien, y…
– titubeó una vez más, se giró a Solas, el elfo inclinó con suavidad la cabeza, instándola a hablar y ella asintió.
Era evidente que había confianza entre los dos.
– Bueno…
tú dirás.
– lo miró.
– ¿A qué se debe nuestra presencia aquí?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
Cullen había creído que Leliana se los había comunicado.
– Eh…
– balbuceó Cullen esta vez.
– ¿Leliana no ha hablado con ustedes?
– Si la Heraldo no tiene inconveniente con mi interrupción…
– se justificó Solas antes de continuar.
Cullen notó que miró primero a Elentari.
Ella le sostuvo la mirada; hubo un entendimiento tácito entre ambos que al comandante se le escapó.
Luego, Elentari asintió, y el mago prosiguió: – Leliana se reunió conmigo para comunicarme los resultados de la investigación, comandante.
Pero no mencionó que tendría que presentarme ante ti después de eso – añadió, atravesándolo con una mirada fría.
– Si debía entregarte personalmente el informe que me pidió completar, me disculpo por no haberlo hecho.
Ella no lo advirtió.
Se lo entregué directamente a la maestra espía.
– ¿Completar la investigación?
– Cullen frunció el ceño, desorientado.
– ¿Tú?
¿El sujeto investigado completó la investigación?
Solas no pareció incómodo ni sorprendido.
Solo estoico.
– Leliana me pidió que describiera en detalle la técnica de proyección arcana que utilicé aquella noche durante el ataque perpetrado por los templarios.
– Oh…
– murmuró Cullen.
De pronto, todo empezaba a encajar.
– Entiendo.
Guardó silencio un instante, ordenando las piezas.
– Ya veo…
– balbuceó, más para él que para los dos magos.
– Después de tu explicación, comprendió que tienes un dominio notable de las corrientes arcanas vinculadas a las grietas y a la Brecha, ¿cierto?
– levantó la vista hacia el apóstata.
– ¿Magia de las Grietas?
Notó que Solas se tensaba apenas.
Él suspiró y se dio media vuelta.
Llamó a un soldado y le pidió que le alcanzara el informe que había dejado sobre la mesa.
– Supongo que Leliana estaba abrumada intentando contactar con la Corona por el asunto de la bann que te mencioné – dijo, volviendo su atención a Elentari.
– Es probable que olvidara informarles el motivo exacto de nuestro encuentro.
Era probable que toda esta situación fuera adrede.
Los tres lo sabían.
– Seguramente – aceptó ella.
Solas se cruzó de brazos.
– Leliana ha emitido un Dictamen de Aptitud Arcana y Asignación de Tutoría…
– comenzó a explicar Cullen, pero entonces el soldado llegó al trote y le entregó el documento.
Elentari arqueó las cejas al leer el encabezado y dio un paso para situarse a su lado, inclinándose para observarlo mejor.
Cullen se lo entregó.
Luego miró a Solas y continuó: – Por lo visto, el interrogatorio que mencionas implicó, Solas, también una evaluación de ella hacia ti.
– dejó correr unos segundos, y concluyó.
– El objetivo era determinar tu capacidad arcana y concluir que eres el candidato más apto para entrenar a nuestra Heraldo.
Esta vez fue el mago quien dio un paso al frente, colocándose apenas detrás del hombro de Elentari, concentrando toda su atención en el documento.
– “Informe de Evaluación Arcana” – leyó en voz alta, ella.
– “Resolución adjunta”.
– buscó entre las hojas.
– Permiso.
– Solas extendió la mano y tomó la Resolución.
Lo leyó en silencio y Cullen notó cuando entrecerró los ojos, parecía molesto.
– Al parecer…
nuestra maestra espía ya ha tomado la decisión sin consultar a nadie.
– hizo una pausa, y resultó evidente que lo estaba.
– Ha redefinido mi rol dentro de la Inquisición.
Ahora, también seré el tutor arcano de Elentari.
– Es un honor, Solas.
– espetó Cullen con voz de mando y sintiéndose insultado por el desprecio en el apóstata.
– No tienes que hacerlo si no lo deseas.
– intervino ella con rapidez.
Solas desvió la mirada hacia la Heraldo, y la dureza en sus ojos cedió cuando se encontró con los de ella, luego suspiró.
– No.
No tengo problema en instruirte – respondió al fin.
Apretó la mandíbula.
– Quizás lo que me incomoda es la forma en que se me condiciona.
– ¿Qué otra forma esperas?
– cuestionó Cullen.
– Te estamos otorgando un dictamen por escrito.
– Precisamente…
– murmuró.
– Y agradezco el honor.
No sonaba halagado en absoluto.
La manera en que apretaba los papeles lo dejaba claro.
Elentari y el apóstata se miraron, él suspiró una vez más, cediendo otra vez.
Le pasó los papeles y miró a Cullen.
– Bien, comandante…
tú dirás.
¿Cuándo comenzaremos con el entrenamiento?
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