Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Princesa élfica
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32: Princesa élfica 32: Princesa élfica Elentari estaba en el interior de una habitación de la Capilla, quitándose con fastidio los broches finos que habían sostenido su intricado peinado durante la visita al duque de Ghislain, y a la que había acudido disfrazada de princesa élfica por pedido de Leliana.
No solo eso.
También la habían maquillado, resaltado cada uno de sus rasgos faciales (que decían, eran exóticos para los shem) y confeccionado un vistoso peinado que resultó “impactante” entre los nobles.
Ella se había sentido fuera de lugar, pero había confiado en la sensatez de su maestra espía…
Tarde se había dado cuenta de que no había sido una buena idea.
Principalmente, después de ser testigo del desprecio que lady Vivienne había dibujado en su mirada al encontrarse con una representante de la raza élfica que, al parecer, jugaba a ser la sensación del momento.
Oh, claro.
Y también estaban los acontecimientos recientes en el grupo de la Inquisición.
Se habían unido nuevos miembros.
El guarda gris Blackwall, una elfa muy peculiar llamada Sera y, finalmente, lady Vivienne, primera encantadora de Montsimmard y encantadora de la corte imperial de Orlais, a quien había insultado con su atuendo.
– Heraldo…
– escuchó la voz del comandante en el interior de Capilla, llamando con tono firme.
Solas y ella ya habían entrenado un par de veces con Cullen antes de partir a las siguientes misiones.
A Elentari le caía bien.
Era recto, educado y seguro de su experiencia.
Durante los entrenamientos solía darle buenos consejos y, la última vez, incluso aceptó volver a colocarse la armadura templaria para mostrarle, desde la práctica, cómo defenderse de los ataques característicos de la orden.
Solas había pedido participar, así que el ejercicio terminó convirtiéndose en un enfrentamiento desigual, él atacaba a ambos y también se defendía de los dos.
Fue maravilloso.
Elentari nunca había entrenado de ese modo, y lo que más disfrutaba era que ni Solas ni Cullen se mostraban protectores con ella; la atacaban con ahínco y la instaban a responder con la misma intensidad.
Eso le permitió descubrir una fortaleza en su interior que hasta el momento había permanecido oculta.
También le dejó el cuerpo cubierto de hematomas, pero eso era un pequeño detalle (se negaba a mencionar el agotamiento muscular).
– Heraldo.
– una vez más la llamó.
Elentari deseó desaparecer en ese mismo instante.
Había albergado la esperanza de que nadie fuera testigo del bochornoso vestido que llevaba puesto, ni del maquillaje, ni del peinado ridículo.
Pero, bueno… ¿qué más daba?
Se trataba del comandante.
Aquel hombre la había visto sudar, sangrar y caer incontables veces en los últimos días.
Verla con un vestido de princesita élfica no podía ser peor.
Reunió la poca dignidad que le quedaba y abrió la puerta de la habitación en la Capilla.
Asomó la cabeza apenas y agitó la mano para llamar su atención.
El shem rubio la vio y respondió con un gesto breve antes de acercarse con paso firme, cargando un fajo de papeles bajo el brazo.
– Elentari… – estaba diciendo Cullen justo cuando se detuvo frente a la puerta entreabierta.
Ella seguía luchando con los broches que atrapaban su cabellera oscura.
¡Fenedhis!
¿Con qué estaban hechas esas cosas?
¿Cómo se habían enredado así en su pelo?
Alzó la vista solo un instante y notó la forma en que él había sido incapaz de disimular su mirada.
Claramente, no esperaba aquel atuendo ridículo.
Elentari frunció el ceño, molesta.
Esa misma expresión se la habían dedicado otros shemlen durante la reunión.
¿Qué significaba eso?
¿Acaso una elfa no podía vestirse de manera absurda sin que la miraran como si hubiera cometido un crimen?
– Discúlpame por el atuendo, Cullen – dijo, sin ocultar del todo el fastidio.
– Leliana consideró conveniente disfrazarme de princesita élfica para asistir a una reunión en Orlais.
No le des importancia.
Aunque intentó suavizarlo, el desdén en su tono fue evidente.
Cullen sonrió con cierta torpeza y desvió la mirada hacia su rostro, como buscando corregirse.
Elentari creyó notar un rubor apenas perceptible en sus mejillas, pero en ese momento él le extendió unos informes y ella se ocupó en tomarlos.
– Pues… no creo que haya sido una buena decisión presentarte ante un grupo de nobles orlesianos de esta forma, Elentari – bromeó, le pareció algo intimidado por la forma en que arrastró las palabras.
– ¿Verdad?
– lo miró con una mezcla de ironía y cansancio.
– Y ni menciones el maquillaje.
– él negó con un gesto.
– ¿Por qué crees que Leliana se equivocó tanto con esta elección?
– No soy un experto en política, – admitió – pero incluso yo puedo ver que algo así puede resultar ofensivo.
Y déjame aclararte algo, Leliana rara vez se equivoca.
Seguro hubo una intención detrás de esta decisión.
Quizás deberías preguntárselo.
Tenía razón.
Y eso solo logró fastidiarla más.
Sin darse cuenta, le devolvió los papeles y volvió a concentrarse en la tarea urgente de liberar, de una vez por todas, su cabello.
– ¿Me ayudas?
Cullen dejó los papeles en el suelo y se acercó para comenzar a desabrochar los del costado.
Mientras lo hacía, aprovechó para comentarle de los informes (supuso): – A lo mejor te levante el ánimo lo que he venido a mostrarte.
– hizo una pausa y ella se giró levemente para que accediera a los que estaban en la parte trasera del cráneo.
No iba a llegar a esos.
Él lo comprendió y puso manos en el asunto.
– Recientemente, los rumores acerca de los esfuerzos de la Inquisición se han esparcido entre los campesinos y pueblos de Ferelden.
Se habla bien de todo lo que has ido logrando.
– continuó.
– Hemos recibido muchos nuevos reclusos, incluso algunos lugareños de Refugio se han acercado a hablar conmigo para formar parte del ejército.
Así como peregrinos, en lugar de solo refugiados.
– al fin, el comandante logró sacar uno de los broches.
Lo sintió suspirar con fastidio, pero continuó trabajando en su cabello, y también continuó hablando: – Y, como has solicitado, Josephine se ha comunicado con los monarcas para que faciliten provisiones al pueblo y lo han hecho.
– Oh, eso es grandioso.
– Sí.
Recientemente, hemos firmado un tratado comercial que aumentar la presencia de soldados del rey sobre las principales rutas de comercio para que los comerciantes se animen a acercarse hasta aquí.
Es una forma de asegurar la protección de las caravanas.
Eso va a estimular el mercado local.
– Vaya… no esperaba tan buenas noticias.
¡Eso es genial!, ¿no?
– exclamó Elentari.
Tres de los broches cayeron al suelo.
– Cullen, eres muy lento.
– Mis dedos son demasiado grandes para estas cosas – se defendió.
– Me estoy esforzando.
Ella rio.
– De acuerdo – bromeó, y dejó que continuara a su propio ritmo con su cabello.
– Son buenas noticias, desde luego – admitió él, aunque su voz sonó ligeramente sombría.
– Ajá… peeero… – Pero no considero que seamos todavía una fuerza militar lo bastante sólida como para defender a tantos civiles si llegaran a atacarnos – continuó.
– Eso es lo que me preocupa.
– Bueno, pero acabas de decir que están llegando muchos reclutas – replicó ella.
– ¿Y cómo te sientes con eso?
– ¿Con qué parte?
– Con la parte en la que sumas cada vez más soldados a tu causa, Cullen.
– No me molestan las responsabilidades – aclaró.
– Pero son novatos.
Jóvenes entusiastas, lo cual agradezco, desde luego.
Aun así, debo entrenarlos lo más rápido posible.
Hizo una breve pausa y sonrió.
– Y recuerda, soy muy exigente como comandante.
Para que yo vea a mis reclutas como soldados, todavía tienen que aprender muchas cosas para satisfacerme.
– Conmigo no eres exigente.
– Tu tutor es Solas.
– aclaró.
– Cierto.
– Elentari dejó caer unos cuántos broches más.
Sonrió con satisfacción.
Ya quedaban menos.
– Cuando vaya a las próximas misiones, – le dijo a Cullen que recién había logrado quitar tres broches – me aseguraré de prestar atención a comerciantes que quieran acercarse a Refugio y de acompañarlos para que puedan acceder aquí con nuestra protección.
– él no dijo nada, pero de seguro que había asentido.
– Y hablaré con Threnn por las provisiones.
Tú…
no descuides la importancia de nuestras armaduras y armas con Harritt…
y todo irá mejorando…
– Por supuesto que no.
Harritt ya ha cumplido con la primera entrega.
Ahora… en cuanto al nuevo pedido que haré… – le sintió suspirar.
– Digamos que se molestará.
Justo cuando iba a responder al comandante, oyó el taconeo de unos pasos lentos acercarse.
Ella se giró y, para su sorpresa, se encontró a lady Vivienne caminando con orgullo notorio, contoneando sus caderas y observándola con el mismo desdén que le había regalado más temprano.
– Heraldo, querida… – comenzó Vivienne.
– Quizás deberíamos tomarnos un momento para hablar de ciertos detalles.
La maga lealista se detuvo junto al comandante y se cruzó de brazos con lentitud.
Luego le echó un vistazo a ella, arqueó una ceja y, sin disimulo alguno, dirigió la misma mirada crítica hacia Cullen.
El comandante carraspeó y dio un paso atrás, interrumpiendo de inmediato su asistencia.
Se agachó para recoger los papeles del suelo.
Elentari pensó, con amargura, que su día difícilmente podía empeorar.
– Sí, dime qué tienes en mente, Vivienne – respondió, resignada.
La encantadora imperial dejó escapar una leve exhalación – Vaya… – comentó con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
– No sabía que la Inquisición fomentaba este tipo de intimidades capilares.
Debo decir, comandante, que no te imaginaba tan… versátil.
– sus ojos recorrieron a Cullen con deliberada lentitud, hasta que acabó por observar la cabellera de Elentari.
Él se tensó de inmediato, ella también, y se encontró apretando los dientes con fuerza.
La mujer la incomodaba.
– La Heraldo necesitaba ayuda, lady Vivienne – respondió, enderezándose.
– Nada más que eso.
El tono fue firme y correcto, pero un leve rubor surcó sus mejillas y Elentari se sintió culpable por haberlo metido en una situación con esta.
Vivienne sonrió un poco más.
Parecía satisfecha por molestarlos.
– Por supuesto, comandante.
– replicó.
– Qué tranquilizador saber que la diligencia militar también incluye habilidades domésticas.
– entonces giró ligeramente la cabeza y añadió.
– Ah, por cierto.
Conocí a un elfo mago hace un momento.
Solas, creo que era su nombre… – la mujer le dedicó una sonrisa cargada de desdén a Cullen.
– Debo admitir que no esperaba encontrar a un apóstata caminando libremente por la Inquisición.
– arqueó una ceja.
– Pero bueno, tampoco esperaba a un comandante ejerciendo de peluquero.
– Ya está bien con la burla, lady Vivienne.
– Cullen la enfrentó molesto.
– Y sí, Solas es un miembro valeroso del equipo, y un mago apóstata.
– ella apretó los brazos cruzados.
– Y la Inquisición no es la orden templaria.
– Yo también soy una maga que no se ha formado en el interior de los Círculos.
– intervino Elentari, intentando advertirle que cuidara las palabras con las que se refería a los magos élficos.
Aunque la encantadora no fuera consciente, Solas y ella estaban formando un dúo confidente y no iba a dejar que insinuara privarlo de su libertad.
– Espero que eso no sea una molestia para ti.
– Oh, querida, cosas tan insignificantes no llegarán a molestarme, descuida.
– respondió con altanería.
– Dime, ¿qué estabas haciendo tú en el Cónclave cuando explotó?
Elentari no recordaba nada de ese evento, y tampoco le gustaba el tono que la mujer estaba utilizando con ella.
Sin embargo, por prudencia, decidió que no iba a mostrarse molesta con una persona que voluntariamente se había unido a la causa.
– Intentando comprender el impacto que tendría para los clanes dalishanos las decisiones que se tomasen aquel día entre magos y templarios.
Ahora mismo, en la Inquisición, intentando restaurar el orden.
– los labios de la encantadora imperial se curvaron en una sutil sonrisa.
La mujer parecía ser una serpiente venenosa.
– Oh, querida, pocas veces he sido testigo de palabras tan sabias.
– aseguró, pero ella captó el tono burlón de la mujer.
Al parecer Cullen también, porque entrecerró los ojos y se cruzó de brazos, aun sosteniendo los papeles.
– La muerte de Justinia ha roto el equilibrio de poderes en Thedas.
– agregó Vivienne.
– Restaurar el orden en esta guerra indeseada debería ser la prioridad de todos.
Si tan solo los magos rebeldes fueran capaces de verlo de esa manera…
– y entonces volvió la atención sobre Cullen.
– Y ahora, el destino de magos, templarios e inocentes de todo tipo depende de la Inquisición, ¿no es así, comandante?
– No solo de nosotros.
– aseguró.
Y después soltó.
– Oh, pero ya veo.
Ese es el motivo por el que te has unido a nuestra causa…
Porque quieres tener parte en la decisión en ese “destino” y no estar lejos de los grandes eventos…
– Tú, ¿no?
– se burló sin disimulo esta vez.
– Por casi un millar de años el mundo creyó estar en manos del Hacedor.
Y ahora ustedes hacen creer que aquí yace un agente de su voluntad.
– pasó una mirada inquisitiva sobre Elentari.
– Una mensajera de la voz de nuestra virtuosa Andraste.
– ahora, la recorrió de pies a cabeza, y sonrió, venenosa.
Un instante después, agregó.
– Sea cual sea la verdad, eso les concede poder…
Creo que la pregunta adecuada en este asunto es ¿a qué privilegios sirves, Heraldo?
¿Al de los inocentes, o a los de tu raza?
– Pausa, deliberada.
– O a los de tu clase…
– Estás siendo más que impertinente, lady Vivienne.
– advirtió Cullen a su lado, a lo que la mujer respondió con un levantamiento de cejas.
– Para nada, comandante.
Solo creo que a menudo la historia se moldea no tanto por relaciones deterministas de poder como por errores trágicos que derivan de creer en relatos cautivadores pero dañinos.
– Habla con claridad, encantadora.
– pidió Elentari, cansándose de los jueguitos y plantándose frente a la encantadora imperial con mirada desafiante.
– Oh, sí, por supuesto querida.
Te lo traduzco.
– se burló de ella.
– Debo admitir que me resulta preocupante que nuestra “Heraldo” sea una mujer élfica que se pasea por castillos y palacios vistiendo un disfraz de los suyos.
– Elentari sintió cómo el calor subía a través de sus mejillas y, a pesar de que la maga estaba siendo una insolente, tenía que admitir que tenía razón.
– A lo que debo sumar que, además, se trata de una maga apóstata y dalishana, tanto como el que ha defendido nuestro antiguo templario y que goza de una libertad que debería ser cuestionada luego del revuelo que han armado los magos traidores de la Capilla.
– entonces volvió la mirada sobre Cullen.
– Tan solo quisiera un poco de honestidad aquí.
¿Qué es lo que estamos armando en esta Inquisición?
¿Un plan tendencioso para dar libertad cruda a la magia?
¿O una organización que pretende traer algo de orden?
– Estamos intentando otorgar orden a un mundo sumergido en el caos, lady Vivienne.
– respondió Cullen con firmeza.
– Y no permitiré que pongas en duda nuestro compromiso.
– En duda lo han puesto ustedes mismos…
– respondió, antes de hacer una reverencia fingida y retirarse.
El silencio se prolongó entre el comandante y la Heraldo.
Finalmente, Elentari arrancó el último broche con un movimiento brusco, sintiendo cómo su cabello caía libremente sobre sus hombros.
El leve tirón en el cuero cabelludo fue un recordatorio molesto de todo lo que acababa de ocurrir.
Se sentía ridícula.
Como si se hubiese disfrazado para jugar un papel que no le correspondía y no acababa de entender.
Y no era la primera vez que se sentía así…
solo que, esta vez, esa mujer se lo había escupido en la cara.
Cerró los ojos por un momento, respiró hondo y se mordió la lengua para no soltar una sarta de barbaridades sobre Vivienne.
La encantadora la había humillado.
La había reducido a una marioneta en una obra que ni siquiera entendía del todo.
– Cullen, te pido disculpas – dijo al fin, enderezándose y ocultando la ira que aún le quemaba la garganta.
– No fue mi intención incomodarte con todo esto.
Y perdón por lo del cabello.
Él pareció sorprendido por sus palabras.
– No tienes que disculparte, Elentari.
En cualquier caso, quien se ha pasado de la raya ha sido Vivienne.
Elentari apretó los labios y asintió con rigidez antes de girarse hacia la puerta.
No tenía ganas de seguir con esta conversación.
De hecho, no tenía ganas de seguir en este maldito lugar ni un minuto más.
– Si me disculpas, tengo algo que hacer.
No esperó su respuesta.
Salió de la habitación con paso firme, sintiendo la tela del vestido rozarle las piernas mientras avanzaba por los pasillos de la Capilla.
Sus pasos fueron firmes, notó la inspección que le dedicó la encantadora, quien se encontraba también en el interior de la edificación y, debido al enojo, no fue consciente de que había salido de allí descalza como una salvaje, pero Vivienne sí que lo notó.
Y aquella imagen no ayudó en absoluto al juicio que la shemlen se estaba formando de la Heraldo de Andraste…
Y, aunque Elentari no sabía hacia dónde se dirigía, su mente ya lo había decidido antes que ella.
Iba a buscar a Solas.
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