Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 33
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Capítulo 33: El apóstata errante
Solas yacía tendido sobre la cama, con la cabeza recostada en el antebrazo y la mirada fija en el techo de su habitación. Con el otro brazo extendido, hacía surgir una neblina densa, compacta, casi esférica… solo para disiparla un instante después. Repetía el gesto sin pensar, una y otra vez.
Las palabras que había extraído con Fuego del Velo de la nota de su agente seguían resonando en su mente, corrosivas. Parecían capaces de erosionarle la templanza con una lentitud cruel desde el mismo instante en el que las había conocido.
Y se sentía abrumado.
Lobo:
He estado investigando en Tevinter como has solicitado.
El mercado ilegal aumenta su influencia cada día, el mal susurra en las sombras, y los esclavos desaparecen semanalmente. A nadie le importa realmente, y los templarios imperiales han aprendido a hacer la vista gorda, aunque incluso entre ellos se puede sentir el temor… Los tiempos se agitan en el imperio y cada vez más, magos poderosos parecen interesados en oír los delirios de un grupo supremacista que se hace llamar “venatori”.
No auguro un futuro pacífico para el norte…
El Vir’abelasan ha comenzado a murmurar. Y alguien ha estado oyendo esos murmullos. No tengo mucho más para decirte. Solo un nombre: Calpernia. Presta atención a ese nombre si lo oyes. Tiene algún tipo de relación directa con Corifeus.
Y, ¡por fin! he dado con la pista de Taren. Estaba investigando un culto sectario dedicado a adorar al Dragón de la Noche cuando fue asesinado. El nombre de la secta es La Última Luna. Tiene una relación profunda con la casa Krastium en Tevinter.
Algo gordo se está cociendo aquí con la magia de sangre. El nivel de corrupción es nauseabundo.
Continuaré con mi investigación.
G.
No encontraba un término preciso para nombrar el conjunto de sensaciones que lo invadían. No era miedo. Tampoco ira. Era algo más primario, más incómodo, porque aquellas palabras habían tocado un punto de su mente que era el más complicado para él, ese que conocía demasiado bien los secretos del mundo antiguo de los elfos, así como el peligro que estos albergaban. Solas, en su tiempo, había tenido la osadía de modificar aquellas fuerzas con consecuencias demenciales… por eso se sentía tan… incómodo. Era la incertidumbre de no saber qué haría Corifeus si llegaba a conocer él mismo aquellos secretos. ¿Otro dios corrupto?
Solas apretó el puño y la esfera neblinosa se cristalizó en hielo y reventó.
Se sentía desilusionado de sí mismo. ¿Cuántas veces era capaz de equivocarse?
Estaba harto.
“El Vir’abelasan ha comenzado a murmurar. Alguien lo ha estado oyendo”.
“Calpernia”.
“La Última Luna”.
¿Cómo demonios podía lograr poner toda la maquinaria de la Inquisición a buscar el nombre Calpernia sin levantar sospechas?
Otra bola neblinosa volvió sobre su mano, él volvió a destrozarla, sintió algo de dolor, pero no importó.
Sabía que, de todas, solo una palabra del mensaje lo había hecho temblar:
Vir’abelasan…
En tiempos antiguos, June había fabricado el primer eluvian a partir de un único cristal de lirio, perfectamente dividido en dos. Dos mitades resonantes, espejos que se buscaban mutuamente sin importar la distancia. Así había nacido un sistema de pares enlazados que solo podían reflejarse entre sí y que había transformado la forma de vivir de los elvhen en el Imperio de Elvhenan.
Pero Solas… Solas había sido más inteligente… y había logrado cambiar también la forma de vida de los esclavos y oprimidos, aquellos desplazados de los privilegios de clase y olvidados por los falsos dioses.
Él siempre había estudiado los límites de la magia (incluidas las obras de sus pares) y había perfeccionado el diseño de June. Había modificado los eluvians para que no dependieran de una pareja fija, sino que pudieran conectarse con cualquier otro mediante un canto capaz de alterar la melodía de la roca cantarina. Así, construyó el Vi’Revas, un eluvian capaz de conectar con las representaciones del resto de los espejos en el interior de la Encrucijada. Su Encrucijada.
Esa innovación le había permitido escapar de sus perseguidores cuando liberaba a su Pueblo. Había convertido la red en un territorio cambiante, indescifrable para los Evanuris. Había hecho de los espejos su dominio. Y del laberinto de la Encrucijada su segundo hogar.
Y Felassan acabó por otorgárselo a una mortal… traicionándolo.
La bola neblinosa se cristalizó una vez más, Solas la apretó hasta quebrarla… una vez más. El dolor golpeó como espinas. No importó. Nunca importaba…
En la versión original de June, los eluvians funcionaron por resonancia entre pares. Cada eluvian tuvo una frecuencia mágica única, como una nota en una canción. Solo podía conectarse con su “pareja”, es decir, otro espejo que resonara en la misma frecuencia exacta.
Y el eluvian de Tarasyl’an Te’las había sido construido para conectarse con el Vir’abelasan, en el interior del Templo de Mythal.
Lo habían edificado juntos, cuando aún luchaban por sostener el amor que uno sentía por el otro. Cuando todavía creían que eran dos voluntades sonando juntas, sin dominio, solo complementariedad…
La conexión entre espejos nunca había sido aleatoria… Era una danza armónica, una canción en bucle entre dos puntos. Y esos puntos, en el pasado, habían sido él y ella.
Y ahora alguien estaba oyendo los susurros provenientes del Vir’abelasan.
Y eso era… extremadamente peligroso.
¿Por qué el Vir’abelasan había empezado a susurrar? ¿Y por qué él no lo había oído?
De pronto, sintió como si alguien llamaba a su puerta, pero el sonido del hielo quebrándose (una vez más) no le permitió estar seguro. Arqueó las cejas y disipó el dolor en su palma, que ya estaba sangrando. Se giró apoyándose en el antebrazo y dirigió la atención hacia la puerta. ¿Le había parecido?
No era habitual que lo buscaran a esas horas. Por lo general, todos respetaban los tiempos de descanso y, la única persona que alguna vez lo había interrumpido había asistido al ducado de Ghislain por una celebración importante, así que Elentari no podía ser.
Solas se curó la mano con una sacudida, y entonces, la puerta volvió a sonar.
Extraño. Pero agradeció la distracción, incluso Leliana sería bienvenida en este momento.
De hecho, ¡mucho mejor si era la maestra espía! Esta vez iba a ser un lobo dócil, iba a responder con entusiasmo a sus preguntas arcanas y la iba a dirigir, lentamente, hacia la política de Tevinter para empujarla a buscar sobre La Última Luna y Calpernia…
Corifeus, simple y llanamente, no podía hacerse con los secretos del Vir’abelasan… la Inquisición iba a tener que adelantarse, y él iba a guiarlos… hasta Tarasyl’an Te’las si era necesario. La pregunta era cómo hacerlo sin levantar sospechas.
Se puso de pie, abotonó el pantalón que había llevado flojo por comodidad y tomó una camisa casi sin mirarla antes de ponérsela. Se acercó a la puerta, pero se detuvo un instante para inspeccionarse.
Demasiado… relajado.
Torció la boca en un gesto de descontento. Quizás a Leliana no le agradaría verlo así, pero estaba en su habitación. No iba a enfundarse la armadura ligera por ella.
Dio un suspiro, apoyó la mano en el picaporte, se echó un último vistazo, y la abrió con aparente desinterés.
Entonces se encontró con Elentari, frente a él. No se lo esperó, tuvo que admitírselo.
En el nombre de todo lo racional, ¿qué hacía ella aquí?
Porque Elentari no iba a acercarlo a Calpernia de la forma que lo hubiera hecho Leliana.
Porque Elentari simplemente no debería estar llamando a su puerta en medio de la noche. Mucho menos vistiendo como lo hacía.
Porque Elentari era una muchacha ingenua, víctima de toda esta tragedia.
Pero por sobre todo… porque esta noche la mente de Solas estaba siendo sometida al dominio de Fen’Harel, y ella nunca había tratado con el Lobo.
Dejó escapar un suspiro de fastidio, y se concentró en ella.
Llevaba un vestido elegante, ceñido al cuerpo, adornado con pedrería delicada. El escote insinuaba lo suficiente como para despertar la imaginación, pero no tanto como para resultar provocador de forma evidente. Estaba despeinada y el maquillaje, demasiado cargado, resaltaba con intensidad los rasgos de la dalishana. Hermosa, sí… pero de un modo peligroso. Un modo demasiado llamativo, e imposible de ignorar. Y eso era un error. Elentari era la Heraldo de Andraste; no debería buscar ser recordada por su apariencia. ¿Por qué se había vestido así? ¿Un error de cálculo, tal vez?
Se miraron. Ella, expectante. Él… bueno, siendo él.
Y, entonces… el silencio se extendió entre ambos. Elentari no le quitaba la mirada de encima, como si no estuviera dispuesta a retirarse. Él bajó la mirada. Estaba descalza. Los pies tocaban directamente la nieve. Volvió su atención sobre el rostro de ella, y se detuvo en sus labios, que ya mostraban una peligrosa coloración azulina. Se estaba helando.
¿Por qué no usaba magia para equilibrar las condiciones externas? ¿Acaso los magos de este mundo no lo hacían, o solo los dalishanos se restringían? ¿Acaso tenían tanto miedo al poder del Más Allá que preferían sufrir una hipotermia antes que conservar los signos vitales en equilibrio?
Solas volvió a mirar esos ojos dorados. Esos malditos ojos que le recordaban a su pasado. Un pasado demasiado doloroso, pero que no dejaba de atormentarlo.
¿Qué hacer con ella? ¿Por qué lo buscaba a él?
Elentari tembló, se llevó las manos alrededor de sus brazos y se sacudió, incómoda, pero no dijo nada. Él, como la vez anterior, cedió. Había algo en esta muchacha que lo hacía ceder, y no era solo estrategia… así que, apretó los dientes con disimulo y se preparó para representar un papel…
– ¿Apurada? – fingió soltura con una sonrisa apenas burlona mientras se hacía a un lado para permitirle el paso.
Ella pareció agradecer la invitación silenciosa y lo atravesó con prisa. Solas cerró la puerta tras ella.
Bien. Sus cavilaciones acerca del Vir’abesalan tendrían que esperar frente a las demandas de la Heraldo. No sonaba tan mal, después de todo, esta noche Fen’Harel era su peor enemigo. Mucho mejor si se veía obligado a mantener a raya al Lobo.
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