Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 34
- Inicio
- Todas las novelas
- Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible
- Capítulo 34 - Capítulo 34: El Lobo Terrible seguía siendo necesario
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 34: El Lobo Terrible seguía siendo necesario
Ya en el interior de su habitación, Elentari soltó el aliento de golpe, se frotó los brazos, y volvió a tiritar. Claro, la tela del vestido era demencialmente liviana, por eso la pedrería era la que le otorgaba cuerpo, pero no protección al frío. Solas movió la mano y el calor del interior aumentó de inmediato.
Ella lo miró.
– Gracias. – murmuró, aún temblando y con sus labios todavía violáceos.
– De nada…
El silencio se extendió entre ambos.
Notó que no le dirigió la mirada, más bien se había girado a inspeccionar la habitación. La primera vez había hecho lo mismo. Vio que los ojos de Elentari se posaron sobre la cama de él, que esta vez sí que estaba destendida. Solas también la inspeccionó pero buscando rastros de sangre, por las lesiones de momentos atrás, por suerte, no encontró nada. Entonces, volvió su atención sobre la joven elfa, y la vio morder con suavidad el labio inferior como si se avergonzara por haber venido hasta aquí y el gesto solo sirvió para dejarle claro que esta actitud sorpresiva no había sido más que otro de sus arrebatos…
Solas confirmaba, inevitablemente, que había veces en las que ella actuaba por puro impulso, olvidando que tenía un cerebro racional que debía frenarla antes de hacer tonterías. Las consecuencias de buscarlo a él eran peligrosas, más que nada para Elentari… porque había en él una tendencia de destruir a todos los que se le acercaban demasiado. Y ella empezaba a confiar mucho, incluso parecía admirarlo. Solas debía protegerla del daño que podía ocasionarle.
Si tan solo no fuera él su verdadero adversario… ¿no? Oh, las ironías de la vida eran interminables, y crueles…
– Y bien… – Solas rompió con el silencio, haciendo uso de un tono bastante neutro. Elentari lo miró expectante. – ¿Vamos a fingir que no has venido hasta aquí sintiéndote molesta y vestida de una forma muy extraña? ¿Qué ha sucedido?
Elentari resopló y fue directamente hasta su cama con ímpetu, se dejó caer allí y rápidamente adoptó la posición clásica de meditación, cruzando las piernas y tirando la mano parar tomar las sábanas y tapar la piel desnuda. Bufó, peleó con la sábana un instante, hasta que alcanzó su meta de taparse. Solas no pudo evitar ser muy consciente de lo impertinente que era para manejarse con tanta soltura en el interior de su habitación, más aun para elegir su cama para relajar sus tensiones.
Entonces, él se cruzó de brazos y apoyó el hombro contra la puerta. Por alguna razón, consideró un acierto mantener cierta distancia entre los dos. ¿Por qué lo hacía? Bueno, a lo mejor porque esta noche deseaba huir de sí mismo y se conocía lo suficiente como para reconocer cuándo una situación lo empujaba a bajar la guardia, a permitirse decisiones peligrosas… por puro capricho. Fen’Harel era muy caprichoso, y a veces resultaba dificultoso manejarlo. Pero con ella no podía permitirse nada de eso. Con ella debía mantener en dominio a Solas, no al Lobo.
Elentari continuó sobre su cama, visiblemente fastidiada, pero sin decir nada. Acomodaba una y otra vez, la sábana sobre las piernas y seguía apretando los dientes.
Otra vez, tuvo que romper el silencio él.
– Vas a tener que explicármelo tú. – insistió. – No habrá modo de que yo lo descubra por mi cuenta.
– Es que, en verdad, no sé por dónde empezar… – le confesó, y sonó abatida. Aun así, iba a tener que encontrar el modo, porque ahora él quería saber qué era lo que estaba sucediendo.
– ¿Qué te parece si empiezas por el comienzo…? Como habitualmente se hace…
La provocación la obligó a soltar una carcajada seca, cargada de desdén, y por primera vez desde que había irrumpido allí hecha una furia, volvió la atención hacia él.
Elentari lo observó, pero se demoró un segundo de más. Tal vez dos. Le recorrió la silueta casi sin darse cuenta de que lo hacía. Primero lo miró en conjunto y luego dejó que la atención ascendiera por el ancho de sus hombros, por su cuerpo, antes de volver a alzar la mirada hacia su rostro. No se sonrojó ni una sola vez en el proceso.
– ¿Estabas durmiendo?
Él negó con dos movimientos de cabeza.
– ¿Estabas acostado?
Ahora, asintió. Ella resopló.
– Ay, perdóname por ser tan inoportuna. – el tono pareció un verdadero ruego. – Sé que soy una pesada contigo… que todo el tiempo te molesto.
– No todo el tiempo. – respondió con una media sonrisa, que pretendió ejercer de aliada. Ella le sonrió también.
– ¿Y bien? – insistió desde su sitio. – Dime, Elentari… ¿Qué te trae por acá?
La vio hacer una mueca, de esas que habitualmente hacía de forma inconsciente con su boca cuando se fastidiaba. Se percató que sus labios otra vez eran rojizos. Perfecto, su temperatura corporal debía de estar dentro de los parámetros habituales.
– Acabo de tener una reunión muy desagradable con lady Vivienne. – la oyó decir. En cuanto pronunció ese nombre, Solas dejó escapar una risa breve, cargada de desdén. Él se había cruzado con esa mujer que le pareció una elitista y una racista arrogante.
Notó que Elentari lo miró un instante, pero después abrió mucho los ojos y dejó escapar una carcajada.
– Noooo… – enfatizó en la negativa, mientras cerraba dos puños sobre la sábana. – ¿Ya te has dado el lujo de ofenderla?
Solas conservó la sonrisa altanera y se limitó a defenderse.
– ¿Ofenderla? No, para nada. Tan solo he tenido el placer de conocerla.
– ¿Qué le has dicho?
– Nada de interés. Fue ella quien me enfrentó con sus prejuicios y consultó acerca de mis experiencias y mi condición de apóstata. Yo, simplemente me he visto obligado a responder.
Elentari resopló entre risas, pero después se dejó caer sobre su cama. Eso le arrancó a él una risa baja, contenida, plenamente consciente de cuánto ella bajaba la guardia en su presencia y de lo inapropiado que aquella escena podría parecer si alguien la observaba desde afuera.
Al pensar esto último y, quizás por instinto de preservación, sintió que los músculos de los brazos se tensaron con sutileza, como si le recordaran que debía permanecer allí, de pie, recostado contra la puerta y manteniendo la distancia. Su mente siempre iba un paso por delante de sus instintos en ese tipo de situaciones, y no iba a reprocharse ahora mismo el recaudo.
– Oh, Solas… si tan solo hubieras estado conmigo cuando Vivienne me atacó.
– No me necesitas a tu lado para defenderte – replicó con calma. – ¿Qué fue lo que te dijo esa mujer?
Elentari fijó la mirada en el techo. Solas la vio exhalar con profundidad, relajándose poco a poco… Notó el movimiento lento de sus piernas bajo las sábanas, el ascenso y descenso de su pecho al respirar hondo, y luego cómo estiraba los brazos, acomodándose con una familiaridad despreocupada… sobre su cama.
Así, tal como estaba, era él quien comenzaba a sentirse incómodo. ¿Por qué ella actuaba como si nada de esto fuera inapropiado?
– ¿Recuerdas nuestra última conversación privada? – la escuchó retomar el diálogo. – Aquella en la que me dijiste que la Heraldo de Andraste es, en realidad, un relato vivo que mis consejeros intentan construir para ganar la aceptación de las masas y reunir el poder necesario para enfrentar la amenaza de la Brecha.
Sí, lo recordaba. Aquella fue la primera vez que le contó una verdad de sus tiempos. Fue una analogía con el Lobo Terrible… él fue el relato que construyó en sus tiempos para no ahogarse entre mares de culpas y remordimientos. Fen’Harel fue el relato para oponerse a los falsos dioses… Fen’Harel fue la insignia de su orgullo… ese orgullo que hoy sangraba, cuando era testigo de que sus actos solo habían destruido el magnífico imperio élfico.
– Lo recuerdo, – confirmó con tono sobrio – porque dije algo que considero una realidad.
– Lo sé – respondió y se reacomodó sobre la cama, antes de continuar. – Y no he dejado de pensar en eso desde entonces. En cómo ciertos relatos compartidos pueden convertirse en realidades cuando suficientes personas creen en ellos. Conceptos, símbolos… o incluso figuras de adoración. Como la Heraldo.
Volvió la mirada al techo.
– Cuando hablamos de esto… – continuó Elen ¿De verdad ahora era “Elen” cuando pensaba en ella? – … entendí lo importante que era conectar con las sacerdotisas en Val Royeaux para otorgar legitimidad a la Inquisición. Pero ya sabes cómo terminaron las cosas allí. Poco se consiguió.
Solas asintió, aunque “Elen” no lo miraba.
– Pensé que esta reunión con el duque de Ghislain iba a darme la posibilidad de reivindicarme, pero tampoco lo he hecho bien, Solas… – rezongó. – Vivienne me lo ha hecho ver. Me preguntó a qué privilegios sirvo realmente. Si a los de los inocentes… a los de los elfos… o a los de los magos.
Gran pregunta…
– ¿A qué privilegios sirves entonces, Elentari?
Al parecer, la pregunta la descolocó, porque giró todo el cuerpo en su dirección.
Quedó recostada de costado sobre la cama, con el abdomen apoyado en el colchón y una pierna flexionada, cubierta apenas por las sábanas. Había algo involuntariamente seductor en la forma en que ocupaba el espacio, como si aquella cama le perteneciera desde siempre. Solas mantuvo un control férreo sobre su postura y su expresión, pero no pudo ignorar la soltura con la que ella se movía dentro de su habitación, ni la naturalidad con la que hacía uso de su intimidad. Ni el modo en el que él no dejaba de remarcarlo una y otra vez en el interior de sus pensamientos.
Decidió salir de su propia mente. Quizás en este momento albergaba peligros mayores que la propia “Elen”. El Lobo a veces era demasiado caprichoso… Pero Solas, no.
– La pregunta de la encantadora ha sido buena si te ha invitado a la reflexión. ¿A qué privilegios sirves?
– Esa fue la cuestión, Solas. – volvió a oírla hablar, mientras hundía el rostro sobre la almohada y dejaba escapar un suspiro sonoro. Después extendió el cuello y protestó. – No estamos sirviendo a mis privilegios, sino a los que ellos desean.
– ¿Quiénes son ellos?
Elentari volvió a mirarlo.
– ¿Mis consejeros?
– No lo sé. Dímelo, tú. Tú has traído el tema a debate.
De forma inesperada, la vio poner la atención sobre sus pechos. Solas apretó los dientes y se obligó a encontrar una explicación razonable para el gesto. Supuso que estaba observando el vestido que llevaba puesto, porque ella no dejaba de mirarse a sí misma. Esa actitud de ella no podía ser una insinuación de nada parecido a lo que solo él estaba considerando. Aun así, se comportaba de un modo muy… desprolijo.
– Por ejemplo esto, Solas – la oyó decir con fastidio. Apoyó ambos antebrazos sobre la cama y extendió el dorso, rotándolo ligeramente en su dirección para que viera su vestido apretado sobre el escote.
De acuerdo, “esto”, ¿qué tenía que ver con él? Pero antes de preguntar, ella lo rescató. – ¿Sabes por qué estoy vestida de esta forma tan ridícula?
– No.
– ¡Leliana me aconsejó que lo hiciera!
– Ah, ¿sí? – respondió él, manteniendo el tono neutro. – Y dime, ¿qué resultado has obtenido con ello?
– ¡Ninguno! – levantó el tono de su voz y lo miró. – Sentirme una idiota…
Se incorporó entonces y se sentó al borde de la cama. Dejó que las piernas colgaran hacia el suelo y la tela del vestido se deslizó, dejando al descubierto la piel de sus piernas que eran esbeltas. Esta vez no intentó cubrirse con las sábanas.
Y agregó con un fastidio indisimulado:
– Y que, en la reunión del castillo donde me crucé con lady Vivienne, los shemlen me miraran de un modo asqueroso – continuó. – Como si esto – sacudió la pollera del vestido dejando mucha más piel al descubierto – fuera una invitación a que me inspeccionaran…
Resultaba difícil no verla de ese modo que lo habían hecho los shemlen.
– Y, por supuesto, – siguió hablando Elentari, él se sintió tentado a reírse, pero se contuvo. Para ella era un tema serio – … ¡por supuesto que vestirme como una “princesita élfica” también consiguió molestar a Vivienne! Y ahora me detesta.
Solas no salía del asombro. Ella estaba indignada con la situación, pero la pregunta más acuciante era, ¿cómo no lo vio venir? ¡Leliana le había otorgado la receta para el desastre!
– El asunto es, Elentari, que debería haberte molestado a ti primero, antes que a nadie. – le dijo con su característica crudeza.
Ella lo miró, aceptando sus palabras.
Era obvio que tenía razón. Solas volvió a hablar. – Tú deberías haberte anticipado ante el error propuesto por Leliana. Nada bueno iba a salir de esa idea. Presentarte como una “princesa” élfica es tanto un insulto para nuestra raza como para los humanos.
– Lo sé. Lo sé, pero solo ahora. – admitió. – Pero, dime ¿por qué haría una cosa así? ¿Acaso no soy yo el vivo relato de lo que ellos intentan construir?
– Efectivamente, y Leliana tendrá sus intenciones ocultas. Pero esta vez, déjame decirte, has sido una necia al no anteponerte a las consecuencias de este acto. Eres inteligente, yo lo sé. Tienes la capacidad de anticipar el error, sin embargo, has cedido. Quizás se ha tratado de un exceso de confianza.
– Me siento una idiota.
– No ha sido grave. – la corrigió. – En cuanto a Vivienne, su opinión no será especialmente relevante para nosotros a largo plazo. Respecto a lo demás… – hizo una pausa – el impacto de que la Heraldo de Andraste se mostrara ante nobles orlesianos como una elfa poderosa, desafiando la imagen que esperan de ti, será fuerte. Pero aún estamos a tiempo de contrarrestarlo.
Elentari guardó silencio. Un segundo después, el peso pareció caerle encima, porque de golpe bufó, se inclinó hacia adelante, apoyó los codos sobre los muslos y hundió el rostro entre las manos, acompañando el gesto con quejas sonoras de lamentos. El cabello suelto la ocultó aún más.
– No soy inteligente, Solas. Soy una idiotaaa.
– No lo eres. – respondió con suavidad. – Eres ingenua. Nada más.
– No… – se quejó, aun oculta, pero sacudiendo la cabeza negándose a pensar. El tono de su voz se pareció, una vez más, a un berrinche. – Soy una idiota.
Después, apartó las manos del rostro y levantó la cabeza, sacudiendo esa cortina oscura de cabellos revueltos. Sus mejillas estaban ligeramente enrojecidas, y no era vergüenza, era furia.
– ¡Solas! ¿Sabes por qué soy una idiota?
Él se limitó a negarlo con un gesto.
– Porque tienes razón… – otra vez hundió la cabeza, se tomó los cabellos y volvió a hablar con una niña que se estaba lamentando. – ¿Te confieso algo?
– A ver… – molestó, aunque como usó un tono neutro, ella no lo percibió.
Entonces, Elentari susurró muy despacio, tanto, que casi le costó oírla.
– Es la primera vez que acudo a una reunión así… simplemente no tenía idea de qué debía o no debía hacer… nunca fui a un baile. O lo que sea que fue esto…
Su confesión le provocó un ligero resentimiento.
Elentari tenía razón. Ella era una elfa dalishana. ¡Por supuesto que nunca se había codeado entre nobles! ¿Qué estaba pensando Leliana al hacerle una cosa como esta?
– Más pruebas a mi favor. – dijo. Ella levantó la vista hacia él, pero todavía sosteniéndose la cabeza. – No eres idiota. No estabas preparada, Elentari.
– No me consuela, ¿sabes? Ya me he mostrado como una idiota frente a todos esos shemlen despreciables.
– Bueno, eso es innegable. – molestó, pero esta vez con un tono abiertamente burlón. Ella se obligó a sonreírle, pero estaba frustrada.
– ¿Te puedo decir otra cosa que me va a hacer ver como una idiota frente a ti… también?
Él asintió. Ella se sonrojó, pero con valentía, lo compartió de todas formas.
– Ni siquiera sabía cuál era la forma correcta en la que tenía que dirigirme a cada persona en esa sala, ¿sabes? Me esforcé por escuchar a todos mientras hablaban, para decirlo de forma adecuada, pero no siempre lo logré. – esta vez al sonrojo de sus mejillas, se le sumó el brillo en sus ojos. Estaba triste. Ella escondió la cabeza entre sus muslos, otra vez. – No soy inteligente.
No quiso racionalizar el origen de su gesto. Pero, de pronto, se encontró a sí mismo avanzando hacia ella, y agachándose frente a la heroína de estos tiempos. Solas se arrodilló y apoyó su mano sobre la cama, justo al costado del muslo desnudo. Elentari levantó la vista, y no pareció incómoda con su cercanía.
– Te diré algo… – él murmuró. – Yo puedo explicarte estas cosas, si así lo deseas. – ella no dijo nada. – No eres idiota, y no te falta inteligencia. Todo lo contrario. – la vio tensar la mandíbula, sus ojos aún brillaban.
– Lady Vivienne asesinó a un hombre con hielo… – murmuró en voz muy baja, ahora las lágrimas se acumularon, amenazando con desbordarse. – Ella me preguntó si debía matarlo por la ofensa y yo dije que sí porque me sentía tan… – las lágrimas cayeron. – Ay, Solas. Dije que sí y lo mató. – sollozó solo una vez, pero rápidamente se arrancó las lágrimas con brusquedad. – Perdón.
– No pasa nada…
– Es exactamente eso, Solas… “Sí pasa algo”… – ella desvió la vista y vio que sus labios temblaron, pero se obligó a hablar. – No alcanza con no haber tenido la intención cuando mis actos tuvieron un impacto tan fuerte como la muerte de una persona…
No sabía cómo consolarla sin cualquier acto que facilitara un puente a la intimidad entre los dos. Solo le quedaba la posibilidad de guiarla en el aprendizaje. Lo mejor que podía darle era conocimiento… esa, era el arma más fuerte de todas.
– Déjame decirte algo, Elentari… – murmuró él. Ella lo miró, una lágrima más resbaló, y esta vez, no se preocupó en ocultarla. – En muy pocas ocasiones decir la verdad sobre algo… o sobre alguien… es la forma más eficaz de imponer orden entre muchas personas. La mayoría de las veces, la ficción resulta mucho más eficiente.
Ella frunció el ceño, confundida. Era esperable, aún no había terminado.
– Cuando se trata de unir a la gente, la ficción tiene dos ventajas que la verdad no posee – continuó. – La primera es que la ficción puede simplificarse tanto como sea necesario. La verdad, en cambio, suele ser compleja, porque también lo es la realidad que intenta describir.
– ¿Y la segunda? – preguntó ella en voz baja.
– Que la verdad suele ser dolorosa e inquietante – respondió. – Y en el momento en que intentamos volverla reconfortante… deja de ser verdad. Si quieres vivir con la verdad, debes aprender a convivir con el dolor.
Elentari lo observó con atención.
– ¿Por eso eres tan brutal cuando me señalas cosas que no había visto antes? – susurró.
– ¿Te resulto brutal?
– A veces…
¿Cómo le explicaba las motivaciones escondidas detrás de los juegos de máscaras de Orlais sin que ella sospechara? ¿Cómo compartir con ella sus conocimientos sin que le preguntaba, finalmente, por qué sabía tanto?
– Pero prefiero la verdad, Solas. – dijo, limpiándose la última lágrima. – Incluso cuando es brutal. Prefiero que me digas las cosas como son, y tener la oportunidad de decidir por mí, sin mentiras.
Aquellas palabras lo golpearon con contundencia. Porque la verdad que él podía ofrecerle, la única, era aterradora. Mucho más de lo que estaba dispuesto a aceptar.
Solas tragó saliva y se recompuso de inmediato.
– La fidelidad rigurosa a la verdad no es una estrategia política ganadora. – afirmó, retomando una distancia segura. Se alejó de ella. – Y permíteme añadir algo más, tanto lady Vivienne como Leliana y Josephine son plenamente conscientes de ello.
– Tú también – lo señaló.
– Y ahora, tú también…
Deseaba protegerla, guiarla, que fuera capaz de ver aquello que todos a su alrededor veían… y deliberadamente no le advertían. Por el momento, la Heraldo no era más que una pieza en el tablero de todos ellos (él incluido). Y aunque resultara estúpido incluso para su propio juego, quería arrancarle la venda de los ojos.
– Elentari… – continuó. – Contar un relato ficticio solo es mentir cuando lo que se pretende es que el relato sea una representación fiel de la realidad. – Hablaba con calma, pero no con ligereza. – Cualquier persona con habilidad política lo sabe. Un relato no es una mentira cuando no pretende describir la realidad tal como es, sino cuando se asume que busca crear una nueva realidad compartida. Y eso… tus consejeros lo entienden muy bien.
– ¿Me usan? – preguntó ella en voz baja.
Solas negó con un leve movimiento de cabeza.
– No. Así es como se construye una organización. Una identidad. Así es como se mueven las masas. Es el juego inevitable de la manipulación colectiva.
– ¿Para ellos soy un juego?
Solas volvió a negar. No solo para ellos lo era. También para él. O, al menos, debería serlo.
– No te conocen, Elentari. Eso es todo. Cuando lo hagan, no jugarán con una pieza, sino junto a una estratega. Mientras seas consciente de estas verdades, podrás actuar de forma deliberada dentro de la Inquisición. – la miró con seriedad. – Piensa por ti misma. Eso es lo único que busco al contarte todo esto.
Elentari respiró hondo, como si algo finalmente encajara en su mente. Se humedeció los labios, dubitativa.
– Solas… – susurró.
Él la miró en silencio.
– Si contar un relato ficticio no es mentir, sino construir una nueva realidad… – preguntó – ¿qué historia estás construyendo tú?
Por primera vez en toda la conversación, Solas sintió algo de vergüenza. Apretó la mandíbula con suavidad y, en ese gesto mínimo, todo se le vino encima… porque la historia que él estaba construyendo se escribía sobre un sendero de muerte. Y lo avergonzaba admitir en quién se había convertido… y que ella sería una más de sus víctimas.
La certeza lo atravesó como una puntada brutal y contundente.
“El Vir’abelasan ha comenzado a murmurar. Alguien lo ha estado oyendo”.
¡Por todos los cielos!, Corifeus estaba buscando el saber ancestral de la Gran Mythal. Estaba buscando su Templo Sagrado y ya contaba con el poder de su Orbe. Era capaz de encontrarlo. No podía permitirlo. No podía. No podía.
Fen’Harel era necesario, incluso en Thedas.
– No construyo ningún relato. – respondió el Lobo Terrible. – Solo comparto contigo mi punto de vista.
Yo no construyo, Elentari. Destruyo los relatos. Y voy a destruir también el tuyo, Heraldo… voy a destruir también el tuyo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com