Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 35
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Capítulo 35: No debe existir vínculo romántico
Apuntaban los primeros rayos de sol sobre el horizonte, cuando la pequeña ventana de la habitación de Solas iluminó el rostro de la Heraldo de Andraste y la obligó a girarlo en dirección, solo para caer en cuenta de que habían pasado la noche entera debatiendo.
Los dos se encontraban sentados sobre el suelo de la habitación, uno frente al otro. Sin mediar palabra, habían considerado inadecuado debatir sobre la cama, por lo que habían acabado aquí, con papeles esparcidos en todas sus direcciones. Ella sostenía en estos momentos un resumen que él había escrito sobre los títulos de la nobleza tanto de Ferelden como Orlais, y los nombres de algunos representantes que recordaba. El más completo era el de Ferelden, aunque Orlais contaba con varios también. Para Elentari, era fascinante ver el orden metódico en la mente de Solas. Admiraba su capacidad para recordar eventos y cómo podía enlazar cualquier tipo de información hasta encontrar una explicación lógica que todo lo encajara.
Inspirada por él, había decidido que, a partir de entonces, llevaría siempre un libro en cada misión para leer durante sus momentos libres. No iban a encontrarla con la guardia baja una vez más.
– ¿Ha amanecido? – murmuró Solas frente a ella.
– No importa. – se inclinó hasta él y lo tomó del antebrazo, sacudiéndolo con suavidad. Eso atrajo su atención. – Estabas comentándome sobre la política fereldena. – Elentari le soltó el antebrazo y llevó la mano sobre la pluma y el tintero, lo embebió para garabatear y apoyó el resumen de Solas, que yacía sobre el suelo. – Entonces, este reino se divide en provincias que son los teyrnrs. Tenemos dos, Pináculo en el norte y Gwaren en el sur.
– Podría considerarse a su capital, Denerim, también como uno por cumplir con las características necesarias, pero este es diferente… por ser sede de la monarquía. – le aclaró. – Elentari… – su tono de voz cambió a uno un poquito incómodo mientras ella anotaba el nombre de ambos sitios.
– Dime.
– No es adecuado que te vean salir de mi habitación.
– Oh, es que no pienso salir. Aún tengo que preguntarte más cosas.
Solas no agregó nada más, ella no quitó su atención de su hoja.
– Entonces, ¿qué son los arlingos? ¿Y un bannorn?
– La política Ferelden es práctica. A diferencia de la orlesiana. – él le aclaró. – A veces, este pueblo es tomado por inculto, o bárbaro, pero lo cierto es que simplemente… – hizo una extraña pausa, ella casi alzó la mirada, pero él retomó – … somos prácticos.
Ahora sí, no pudo evitar mirarlo y sonreír cuando lo oyó defendiendo a sus tierras. Después de todo, Solas había nacido en una pequeña aldea de este reino.
– Bien… – dijo él y lo vio llevar la cabeza ligeramente hacia atrás y acomodarse para estar más a gusto antes de seguir. – Los reyes encabezan la monarquía y gobiernan desde Denerim, donde se encuentra el Palacio. Eso ya lo sabes. – continuó explicándole, ella asintió y volvió la atención a sus anotaciones. – Después tenemos los teyrns, en el norte y sur.
– Sí, eso ya lo anoté.
– Después tenemos los arlingos, que fueron creados por los teyrns.
– ¿Y quién creó a los teyrns?
– Los teyrns surgieron de los banns, gracias a adalides que, en la antigüedad, se hicieron lo bastante poderosos como para impulsar a otros banns a que les juraran fidelidad.
– Ya veo… – ella estaba por anotar, pero Solas colocó la mano sobre la hoja, impidiéndoselo. Elentari levantó la vista hacia él.
– Eso no es importante. – aclaró, aunque esta vez en su voz se le escapó algo de tedio. – Es un simple detalle irrelevante. – los dos se miraron.
– Estas fastidiado porque es la mañana, ¿verdad?
– No por eso. – respondió, pero con un fastidio que no podía ocultar.
– ¿Porque no has descanso?
Solas negó con un gesto. – Es solo que… – titubeó un segundo. – Ya dirán demasiadas cosas de ti por haber asistido como una noble élfica a la reunión con nobles orlesianos… Si ahora te ven salir de mi habitación…
– Ah, pero eso no es un problema. Nos encargaremos de que no me vean. – el tono fue bromista, pero estaba diciendo una verdad. – ¿Cómo lo hacemos? – Solas sonrió cuando ella puso la responsabilidad sobre él. – ¿¡Qué!? Seguro que se te ocurre algo…
– Magia, por supuesto.
– ¿Ves? Ya tienes resuelto el problema en el interior de mente. Deja de quejarte. – ella le arrancó el papel y anotó al lado de los teyrns que habían surgido de los banns gracias a adalides. – Bueno, y entonces… ¿los bannorn?
– Tu problema es que no ordenas las ideas en tu cabeza. – lo oyó algo quejoso. – Vayamos siguiendo un orden, ¿de acuerdo? – propuso Solas, ella llevó la punta de la pluma sobre sus labios y mordisqueó mientras asentía. – Tenemos a Denerim, la capital, y sede de la monarquía. Luego los teyrns, y después los arlingos. – ella asintió, otra vez. – Los arlingos son gobernados por los arls, que son los alcaldes de estas regiones, y estos títulos fueron creados por los teyrns, al darles el mando de fortalezas estratégicas que no podían supervisar ellos mismos.
– Como es el caso de arl Teagan. – susurró, él asintió. Elentari levantó la vista hacia Solas con entusiasmo. – Oh… ¡es porque allí está el castillo de Risco Rojo!
– Exacto. – dijo y luego agregó. – A diferencia de los teryns, los arls no tienen banns juramentados y no son más que banns con prestigio.
Elentari siguió anotando en el pie de página. – Entonces, los banns solo le deben lealtad a los teyrn.
– Y a la Corona, desde luego – aclaró él. – Pero no se trata de “lealtad”. Es algo mucho más práctico.
Ella alzó la vista, atenta.
– La política en Ferelden parece caótica a ojos extranjeros porque el poder del rey no emana directamente del trono, sino del apoyo de los terratenientes. Son ellos quienes deciden a qué arl o bann rendir tributo, y esa decisión se basa, ante todo, en quién puede garantizar la defensa de sus tierras en el futuro. – Elentari asintió. Él prosiguió. – En otras palabras, los teyrn se benefician de los juramentos de arls y banns en caso de guerra o catástrofe, pero esa relación es recíproca, ellos también tienen la obligación de proteger a quienes les han jurado lealtad.
– ¿Por qué ahora no están defendiendo los campos?
– Es una buena pregunta. – dijo con sequedad. – A lo mejor lo hacen, pero nosotros no nos hemos enterado.
Solas se puso en pie, de golpe, y extendió una mano hacia ella para ayudarla a levantarse. – Hemos terminado con las lecciones, Elentari. – fue una orden, no una sugerencia. Ella aceptó la ayuda y se paró frente a él.
– Lamento ser un incordio, pero me ayuda mucho cuando me resumes todas estas cosas… Y no quiero volver a ser víctima del ridículo como lo fui en el chateau.
– No me molesta hacerlo, – respondió Solas – pero debemos ocuparnos de un detalle inmediato… que es tu presencia en mi habitación por la mañana, y vistiendo el mismo vestido que llevabas anoche.
Ella puso los ojos en blanco.
– No me preocupa que digan tonterías sobre nosotros.
– Hay muchas cosas que aún minimizas – le replicó con calma. – Tu imagen importa. Eres la Heraldo de Andraste. Yo soy un apóstata errante. – hizo una breve pausa. – Sería desastroso que nos relacionaran de un modo… inadecuado.
Solas soltó su mano y se dirigió al costado de la cama. Elentari sintió un suave calor que la atravesó al darse cuenta de que habían permanecido tomados de la mano todo este tiempo. Desvió la atención sobre su palma. Justamente, la palma izquierda. Qué tontería avergonzarse por la cercanía de él… Volvió su atención sobre Solas. Estaba agachado junto a un rincón de la habitación y rebuscaba entre sus pertenencias. Al incorporarse, lo vio cargando su capa de pieles.
Se acercó a ella y, con movimientos firmes, la acomodó sobre sus hombros. De inmediato, un aroma a hierba fresca la envolvió, seguido de otro leve cosquilleo que le recorrió la piel. El aroma era extraño, uno que no lograba dilucidar, como si le perteneciera tan solo a él. Porque era fresco, por eso ella pensaba en hierbas, pero no lo había sentido nunca en ninguna, y además, la hacía evocar colores, como un azul intenso y oscuro, casi como el mar en marea alta durante la noche, aunque en lugar de llevarla a las costas marítimas, su mente viajaba a las costas del misterio.
Ese aroma era el de Solas. Un fresco azul intenso de misterios. Y así de difícil era de nombrarlo. Elentari alzó la mirada. Él estaba frente a ella, con las manos aún apoyadas en sus hombros, terminando de ajustar la capa.
– ¿Lista? – ella asintió y, de golpe, notó cómo una sensación fría la rodeó y ya no pudo ver nada de su cuerpo.
– ¡Me has invisibilizado!
Ahora él asintió.
– No es necesario que te lo recuerde, pero no debes chocar a nadie ni nada, no interactúes con nadie y no lances hechizos, o romperás mi conjunto.
– Lo sé, Solas. Soy maga… – se quejó.
– La prudencia nunca es suficiente, Elentari. – ella sonrió, pero él ya no la vio. – Cuando llegues a tu habitación, llama a alguien de confianza y pídeles que te preparen un baño. O, mejor… hazlo sola. Y quítate el maquillaje. Será difícil convencer a cualquiera que te lo has dejado por puro placer.
– No me verá nadie…
– Y lo primero que debes hacer al llegar, aun manteniendo el hechizo de invisibilidad, es quitarte ese vestido…
– Solas… – ella tomó sus brazos y el hechizo se rompió. – Descuida, nadie me verá… No soy tonta. Luego, cuando nos volvamos a ver… te lo confirmaré, pero nadie me verá. – el apóstata asintió. – Ahora, vuelve a lanzar el hechizo.
Solas volvió a asentir e hizo como lo solicitó. Otra vez la envolvió esa frescura helada.
Cuando ella estuvo invisible, el mago se acercó a la puerta y apoyó la mano sobre el picaporte, pero no la abrió. Elentari supo que los consejos aun no habían acabado.
– Mientras te alejas, pero eres visible para mí, borraré las huellas de tus pasos en la nieve. Sin embargo, cerca de la Capilla, no seré capaz de verte, ni borrar tus huellas. Debes apresurarte.
– Podrías ir hasta la Capilla conmigo, de ese modo, no dejaría ninguna huella. – pero él se negó en seco.
– No, demasiado arriesgado. Si algo sale mal… habrá demasiados rumores y nada bueno recaerá sobre el relato de la Heraldo si se te vincula de modo… romántico… con el apóstata del grupo. – Solas apretó la mano sobre el picaporte, pareció ligeramente incómodo al mencionar un vínculo romántico entre los dos. Pero se recuperó de inmediato. – ¿Lista? – esperó unos segundos. – Asumo que sí.
Cuando él abrió la puerta, lo vio dirigir la mirada al cielo. Era una mañana celeste y despejada. Elentari supuso que aquella era una actitud habitual en él… eso de mirar al cielo por las mañanas, porque, de seguro, no correría riesgos innecesarios.
Solas dejó su mano sobre el picaporte, su cuerpo apoyado sobre la madera de la puerta para darle el espacio suficiente al salir. Elentari cruzó, y justo entonces…
– ¡Eh, Solas! – ambos oyeron la voz del boticario. Ella lo vio tensar su mandíbula con mucho disimulo y, sin alejarse de la puerta miró al hombre.
– Adan… buen día… – susurró.
El fastidio, lo disimuló con excelencia, eso le sacó una sonrisita a ella.
– Pensé que estabas con alguien… me pareció oír que estabas hablando…
Elentari dio unos pasos al frente, se alejó de Solas para evitar que la tocara, miró las huellas de su andar, pero no vio ninguna. Era fascinante la capacidad que tenía para controlar su ambiente. No había conocido a nadie tan excepcional.
– A veces, cuando tengo sueño, pero necesito terminar ciertas cuestiones teóricas, leo en voz alta. Lamento si te he incomodado. – Solas mintió con rapidez. Ella volvió a sonreír mientras lo miraba.
– Oh, no, para nada. Por lo general eres muy silencioso. Por eso me llamó la atención escuchar la voz de una mujer. – respondió, insinuante, y sonriéndole con complicidad.
– Pues, no hay ninguna mujer conmigo… así que, eso no tiene sentido alguno. – le cortó en seco.
A ella le habría encantado continuar viendo cómo se las arreglaba para sonar completamente seguro de sus mentiras, pero debía apartarse. Así lo hizo. Oyó que el boticario continuaba hablando con Solas, pero ya no fue capaz de comprender las palabras. Y, mientras pudo ver a Solas en la distancia, casi que corrió hacia la Capilla, confiando ciegamente en que sus huellas no serían descubiertas.
Cuando comenzó a vislumbrar las grandes puertas de la Capilla, las cuales permanecían cerradas, se preguntó cómo demonios haría para abrirlas sin que nadie la viera. Interactuar de ese modo con un objeto rompería el hechizo de invisibilidad.
Se detuvo, sabía que Solas aún la veía en la distancia, el asunto de sus huellas no era un inconveniente… Y justo cuando aún buscaba una solución al problema, vio pasar al boticario a su lado, inconsciente de su presencia. Iba tatareando una cancioncilla alegre y su camino, casi por milagro del Hacedor (entiéndase la ironía de la Heraldo), parecía dirigirse directamente hacia donde ella requería ingresar.
Bien.
Elentari lo siguió con cautela, disminuyendo la velocidad de sus pasos. Luego, Adan, abrió las puertas de la Capilla, ella aprovechó la situación para casi correr del modo más liviano posible y agradeció a la Elentari del pasado que había cometido la insensatez de visitar a Solas sin calzado, porque ahora era una ventaja.
Adan caminó hasta la madre Giselle y le preguntó qué era lo que había necesitado de él, pero la mujer le dijo que no sabía a qué se refería y Elentari lo comprendió casi de inmediato… Solas… le había dicho que fuera a ver a la sacerdotisa para facilitarle el acceso. No pudo evitar reír y sentir un calor cálido sobre sus mejillas.
Sin tiempo que perder, caminó con prisa y ligereza hacia la habitación de la Capilla que de tanto en tanto ella usaba como propia. Prefería esta habitación que la casita que la Inquisición le había otorgado. Ella nunca tuvo una casa para ella sola, le resultaba súper raro habitarla…
Eso daba igual ahora…
Miró a la religiosa y el boticario, se acercó al picaporte de su puerta cerrada, apoyó la mano, la abrió, agradeció la capa de piel que Solas había puesto sobre sus hombros, porque a pesar de que el hechizo se rompió, la cubría por completo (a excepción de los pies), y eso evitaba que vieran el vestido.
Empujó la puerta con rapidez, oyó los saludos de aquellos dos, levantó una mano aún de espalda a ellos, simuló haber olvidado algo en el interior de su habitación (los calzados, ¿quizás?). Volvió a cerrar la puerta, pero esta vez, con ella a resguardo. Casi de inmediato, dejó que su cuerpo reposara contra ésta y fue testigo de los latidos acelerados de su corazón.
Perfecto. Todo había salido bien.
Rompió en carcajadas cómplices, ¿de qué? ¡Pues de que lo había logrado!
Sin perder tiempo, dejó la capa de Solas sobre su cama. Sin ser capaz de evitarlo, extrañó el aroma de él en el atuendo (por tonto que fuera aquello, pero no podía negar que era un aroma muy rico); se acercó al baúl con sus ropas y se quitó el vestido como si se tratase de algo que le quemaba la piel. Mientras elegía qué ponerse encima, pateó por debajo de la cama la prueba del delito con una actitud apresurada, tal como se lo había aconsejado Solas. Si alguien ingresaba (cosa poco probable, pero al parecer… la prudencia nunca era suficiente), la encontrarían en ropa interior y sería un bochorno, sí, pero nadie podría decirle que había pasado la noche en la habitación con él.
Se colocó entonces unas ropas livianas para dormir.
Perfecto. Lo había logrado.
Fue en ese momento cuando notó que no había dejado de sonreír. El corazón le latía aún acelerado y una sensación extraña le revoloteaba en el estómago, pero se sentía radiante. ¡Lo había logrado! Cerró las manos en dos puños y dejó escapar un pequeño chillido de entusiasmo, mientras sacudió los pies sobre el suelo.
No había decepcionado a Solas.
Y, más aún, le había demostrado que ella también podía ser astuta y eficiente.
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