Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 4
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4: Culpable 4: Culpable Interior de los Bosques de Planasene, 9:40 del Dragón La viscosidad caliente entre sus manos le impregnaba la carne con un residuo aceitoso que su cuerpo rechazaba.
No era la primera vez que el Gran Lobo derramaba sangre inocente, pero era la primera vez que lo hacía en este mundo silencioso y ajeno en el que había despertado un mes atrás.
Y él detestaba este mundo…
Solas elevó la mirada azulina para contemplar su obra: los cuerpos de un clan dalishano desparramados sobre la tierra.
Todos ellos destrozados de modo grotesco, y aunque no sentía afecto por ellos, tampoco se enorgullecía por lo que había hecho.
¿Había sido necesario matarlos, incluso después de que lo creyeran Fen’Harel?
Tal vez sí.
Tal vez no.
Solo sabía que no podía dejar cabos sueltos.
No en este mundo que lo despreciaba, donde estos elfos, primitivos y extraviados, seguían adorando a los impostores de sus tiempos, aquellos ególatras sedientos de poder que se habían llamado a sí mismos “dioses”, pero que jamás lo habían sido.
O esa era la excusa que se decía a sí mismo… – Innecesario…
– aún así murmuró el Lobo Terrible, cuando uno de los elfos emitió su último estertor, ahogándose en su propia sangre.
Lo miró con una mezcla de desdén y piedad.
La causa de la muerte había sido el insulto a Fen’Harel, Solas sólo había hecho lo correspondiente.
Y él no podía desoírlo.
Aún así… … Innecesario.
Cada cuerpo lo gritaba sin voz.
Había llevado a cabo una matanza innecesaria…
otras más que solo acrecentaban la carga sobre sus hombros, cada vez más pesados.
Solas suspiró, cerró los ojos pero, de inmediato, lo sintió como un gesto cobarde, así que se obligó a mirar el desastre acontecido.
Uno.
Dos.
Tres.
No mires más, Solas…
Diez.
Once.
No, debes hacerlo.
No debes olvidar.
Diecisiete.
Dieciocho.
Esto es tu responsabilidad.
Veintitrés.
Algunos yacían boca abajo; otros, despedazados.
Unos habían muerto con la mirada perdida en el firmamento; otros, con los ojos abiertos, con sus bocas congeladas en un último grito cuando Fen’Harel les había arrebatado hasta el último suspiro.
Algunos aún se cogían la cabeza, otros yacían encogidos como bebés en el útero materno.
Algunas heridas aún sangraban, como si se negaran a aceptar el fin.
Pero el fin los había alcanzado…
Desde cada cuerpo se extendía un hilo rojo de venas abiertas que buscaban unirse, cediendo a la voluntad de la tierra que quería escribir con ellos una sola palabra: culpable.
Veintitrés cadáveres de elfos, entre niños y ancianos con sus caras pintadas como siervos de Evanuris.
Sin diferencia, sin piedad…
Todos por igual… que habían sido asesinados…
…
por él.
Cerró los ojos con fuerza, un punzón agudo le atravesó la sien y le alertó que, de seguir así, experimentaría otra de sus ya habituales migrañas, esas que habían aparecido en los últimos tiempos de Elvhenan y que, al parecer, se negaban a abandonarlo incluso en este mundo defectuoso.
Eso casi lo hizo reír por la ironía.
Malditos fueran todos.
No, maldita fuera ésta… su consciencia, advirtiéndole que ya no podía más, pero Solas no estaba dispuesto a oírla.
No podía.
No podía, porque si lo hacía…
No.
No debía.
Sintió como si un martillo le diera de lleno en la cabeza.
La explosión le hizo ver destellos que no existían, no en verdad.
Solas sabía que los agudos dolores podían cesar cuando uno sustituía la emoción por tareas claras…
un propósito.
Una distracción capaz de engañarlo.
Y, entonces, eso hizo.
Se puso en pie con lentitud y abatimiento, y fijó su atención sobre la orilla del arroyo.
Se imaginó lo que vería… corrientes frescas y limpias, con pequeños destellos de magia saltarina evocando épocas mejores, lejos de gritos de guerra y tambores de angustia… lejos de su juramento de proteger a su pueblo… de proteger a… No.
No debía pensar en eso.
Avanzó con pasos contenidos, aún sabiendo que se estaba mintiendo.
Porque aquí no encontraría destellos luminosos, aquí no habría música tronante… aquí no encontraría nada de lo que alguna vez llamó hogar.
Una vez allí, se agachó y colocó sus manos entre las corrientes frías del lugar, mientras el movimiento del agua se llevaba las manchas rojizas de sus dedos.
Por lo menos, el agua sí que era fresca… también lo era en este mundo silencioso, al menos en eso se parecían…
Como en un estado de trance, sus ojos azulinos contemplaron las máculas carmesíes que se alejaban de su mano más rápido de lo que habría querido.
No podía pensar en nada…
No debía…
Aunque a veces, resultaba inevitable…
La Noche del Crudo Invierno.
Entonces… … la última mancha roja abandonó sus manos.
No debía pensar en el Velo.
Ni en la Ruina.
Ni en ella…
La que confió en él…
La que cayó por su culpa…
Ella…
a quien no pudo salvar…
Solas apretó los dientes.
El dolor en su cabeza comenzó a pulsar con un potente ritmo antiguo, como un tambor lejano que marcaba el inicio de otra guerra y lo arrastraba a un nuevo abismo.
Si pensaba en ella…
…
no habría retorno.
Todo se rompería…
Él se rompería…
…
como había sucedido en la noche del Crudo Invierno, antes de la creación del Velo…
Otra puntada cruel atravesó su sien, impiadosa, haciéndole temblar.
Solas cerró los ojos y contuvo un gruñido.
¿Valía la pena volver a levantarse y pelear por recuperar lo que rompió?
Estaba cansado.
No, agotado…
su espíritu quebrado.
Y no sabía si quería escribir esta historia sin ella…
Ella ya no estaba…
y eso también era su culpa.
Culpable.
Pero entonces recordó a estos seres salvajes que habitaban este mundo ensordecedor en sus silencios.
Adoradores de Elgar’nan y el resto…
tan primitivos y carentes de conocimientos como lo habían sido los tontos en sus tiempos…
Este mundo era una abominación, no debía existir.
El Velo era un error, su error…
Porque este…
este no había sido el mundo con el que ella había soñado.
Y entonces lo decidió.
Sería lo último que haría: quitar este Velo y asegurarse que los Evanuris y la ponzoña entre éstos no volvería a liberarse jamás…
Ese sería su legado para el mundo que pretendió proteger y acabó por destruir.
Ese…
sería el legado de Fen’Harel.
Solas se puso en pie y caminó con pasos indecisos, su mano aún sostenía la sien debido al intenso dolor…
Por ello, no fue capaz de notar en la lejanía a la bruja que lo había observado todo.
Una de las hijas de la infame Flemeth habitaba en el interior de estos bosques y custodiaba sus secretos.
Y, acababa ser testigo del mayor secreto de esta era: El Lobo Terrible…
había despertado…
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