Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 6
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6: El Lobo invisible 6: El Lobo invisible Durante la tarde, Solas había regresado al interior de la Capilla.
La magia creacionista resultaba útil para alterar la percepción de los espectadores sobre el entorno y la realidad; en su caso, para sostener un hechizo de invisibilidad.
Sin embargo, aquel encantamiento tenía limitaciones claras, ya que mientras durara, no podía entrar en contacto directo con el mundo físico sin arriesgarse a quebrarlo.
Para lograrlo, debía dispersar las partículas de su cuerpo hasta volverlas translúcidas, un estado que le impedía manipular objetos contundentes o abrir accesos por sí mismo.
Eso mismo le ocurría ahora.
Necesitaba que alguien abriera la puerta hacia los niveles inferiores de la Capilla, pero él no podía hacerlo, porque Cassandra ya le había negado el acceso sin una autorización formal…
y, además, el apóstata errante no era un agente de la rebelión.
Debía mantener las apariencias…
aunque, por otro lado Fen’Harel…
pues era otro cantar.
Solas llevaba un año despertado en este mundo.
Y, desde entonces, apenas había tenido tiempo para detenerse.
Su mente había absorbido información con la avidez de un erudito y, con la ayuda de sus agentes, no había dejado de observar y experimentar una y otra vez con las distintas razas y facciones de Thedas.
Aun así, no podía considerarse un “experto” ni por asomo.
Había demasiado que aún desconocía…
y aquel desconocimiento era peligroso, especialmente ahora, cuando las circunstancias lo habían forzado a infiltrarse en una organización incipiente, nacida del caos desatado por la explosión de su Orbe.
Un error de cálculo, y no iba a dedicar más tiempo al asunto.
No, de momento.
Por otro lado, esta tarde había decidido evaluar el ingenio de un soldado promedio…
y, con ello, medir el terreno en el que estaba pisando.
– Buenas tardes.
– Solas se acercó a un soldado raso que estaba de pie frente a la gran puerta de la Capilla.
El hombre lo miró sin disimular el desdén hacia el “elfo”.
¿Y si le decía que era un mago apóstata errante, anotaría puntos a su favor?
Posiblemente, no.
– ¿Eres del servicio de guardia?
El comandante Cullen me ha enviado.
– mintió con tanta naturalidad que a aquel hombre no le quedó más remedio que seguirle el juego.
– ¿Y tú quien eres?
– preguntó con el ceño fruncido.
Solas lo inspeccionó.
Este hombre parecía cualquier cosa, menos comprometido con su deber.
Lo cual era llamativo.
Una herida verdosa en el cielo debería de ser advertencia suficiente para tener a todos los creyentes en la ira del Hacedor suplicando de rodillas por piedad, pero ¿quién era él para juzgar la devoción de los hombres?
– Soy el chico de los recados.
– lo dijo con tanta seguridad y carente de cualquier pizca de ironía, que el soldado se lo tuvo que creer.
Lo miró con extrañeza, era cierto, aunque después pareció reflexionarlo y creérselo, ya que se trataba de un elfo, ¿qué otra cosa podía ser un “orejas puntiagudas” si no el chico de los recados de los shemlen?
– Por tu apariencia hace rato has dejado de ser un “chico”, elfo.
Sí, sí, él también lo sabía.
Era inmortal.
Pero ¿qué tenía que decir?
¿El “viejo elfo” de los recados?
Daba igual.
– El comandante Cullen solicita que eches una inspección en las celdas inferiores de la Capilla, señor.
– recitó Solas con solemnidad.
El soldado hizo una mueca de disgusto.
– ¿Y por qué?
¿Ahí no está LA prisionera?
Solas arqueó las cejas y se sorprendió por la insubordinación del militar.
¿Acaso el mensajero tenía que explicar los motivos de un comandante?
Aun así, aprovechó para otorgar un poco de superstición al asunto.
– No me corresponde a mí decirlo…
pero es que…
emm…
– titubeó magistralmente y se mostró muy incómodo frente al tipo.
– Creo que tiene que ver con unos eventos inusuales, señor.
– aseguró.
– Las antorchas han estado perdiendo el fuego y ya las he encendido en seis oportunidades.
Se lo comenté al comandante y me ha pedido que busque a alguien en el rango militar que pueda ser capaz de ocuparse de este asunto.
– hizo una pausa, su voz tembló, desvió la mirada.
Solas intentó mostrarse lo más pequeño posible, como si quisiera dejar de existir en ese preciso instante.
– Habría que investigar que no hubiera alguien ocasionándolo.
– ¡Por el hálito del Hacedor!
– susurró el soldado.
– ¿El comandante te ha dicho que quiere que yo vea eso?
– Solas asintió.
– Pero, ¿y si se trata de un demonio?
– Con esa brecha…
– molestó el elfo, aunque actuando con total inocencia.
El soldado se estremeció.
– En cualquier caso, ya me he retrasado más de la cuenta, señor.
– Solas hizo una reverencia.
– Cuando verifique las antorchas, búsqueme y se lo comunicaré al Comandante.
– otra gran reverencia y salió despedido de allí para escabullirse entre árboles y arbusto, liberando un hechizo de invisibilidad.
Imbécil.
El soldado vaciló visiblemente a lo lejos.
Su mano tembló cuando tomó la espada.
Solas lo inspeccionó.
Templario no era, Buscador de la Verdad, tampoco.
Tenía un uniforme de cuero remendado, cortado y vuelto a coser en grandes puntadas.
La espada no estaba pulida, el filo parecía mas bien romo y el peto era de bronce.
Hizo una mueca…
¿de dónde había salido este soldado?
Aun así, se armó de valentía e ingresó al interior de la Capilla.
Solas corrió tras éste.
Lo oyó mascullar insultos con cada paso que dio, pero sirvió para su propósito, se adentró al interior de las celdas y Solas se vio tentado en jugarle algún truquito por el simple placer de deleitarse con su temor, pero no…
ya era un elfo “viejo”, como bien había hecho hincapié este hombre.
Ya no era el joven Lobo Terrible que se hubiera dado ese respiro en medio de una burla a sus oponentes.
O quizás, la simple verdad era que este shemlen ni siquiera era un oponente…
El soldado encendió con rapidez las tres antorchas sin fuego y salió con paso acelerado del lugar, evitando por todos los medios cruzar la celda donde la dalishana yacía dormida.
Cuando la puerta cerró con un estruendo, Solas se liberó del hechizo.
– Comandante Cullen…
tendrá un arduo trabajo con sus soldados.
Eso, se lo aseguro.
– susurró con una media sonrisa burlona y caminó hacia el lugar atestado de libros.
Se detuvo en mitad del camino, miro a la adoradora de Ghily.
Seguía igual que cuando la vio con la Buscadora, lo cual era esperable, dio un suspiro y acercó su mano sobre la cerradura de la celda con libros, la abrió con magia e ingresó.
Destinó el tiempo necesario para revisar títulos, sabía que no contaba con demasiado.
Cassandra quizás lo buscaría en la mañana siguiente para inspeccionar a la prisionera, pero no podía estar seguro.
En cualquier caso, debía mostrarse visible en todo momento por si cualquiera de las personas a cargo lo buscaban.
Ya se había enterado de que Cullen, Cassandra y Leliana parecían ser los que llevaban voz de mando en este sitio.
Pero también debía sacar del medio a ese soldado al que le había ordenado encender las antorchas.
Al comandante no le haría gracia enterarse que había un elfo calvo dando recados a los soldados en su nombre y, ¿cuántos elfos calvos de mediana edad había visto por estos sitios?
Solo él…
Asesinar aquel hombre sería algo demasiado extremo, pero un poco de magia de sangre o de los sueños…
más que suficiente para quitar el cabo suelto.
– Disertación sobre el Más Allá como manifestación física de Mareno, encantador superior del Círculo de Hechiceros de Minrathous.
– susurró uno de los títulos y tomó aquel libro en sus manos.
Serviría.
Solas deseaba conocer un poco de las creencias de estos seres en referencia a su Velo.
Abrió su índice, leyó los títulos y buscó una de las páginas que llamó su atención.
En este mundo había comprendido que, gracias a la presencia de su Velo, no existía la energía mágica “constante”, a diferencia de lo que había sido Elvhenan.
Aun así, incluso en su mundo, los flujos energéticos nunca habían sido invariables.
La magia había fluido más (o menos) según alineaciones…
como el Sol, la Luna, constelaciones, puntos cardinales de rotación (como los solsticios o equinoccios) y fenómenos raros como los eclipses.
Precisamente de esto se habían valido Elgar’nan y Mythal para ser los Evanuris más poderosos de sus tiempos.
Y, de ello, se había valido él la Noche del Crudo Invierno.
La noche que creó su Velo.
– “Detesto esa noción de que el Velo es una especie de ‘telón’ invisible que separa el mundo de los vivos del de los espíritus” – recitó y sonrió con desdén.
– Excelente observación encantador tevinterano.
– se burló.
– “No hay ‘este lado’ y ‘ese lado’ en lo relativo al Velo.
Uno no puede pensar en él como en una cosa física o una barrera, y menos en un ‘Muro reluciente de luz sagrada’ – el elfo creador del Velo dio un gruñido.
No podía ponerse a leer esta disertación a fondo si quería estar “visible” para los líderes de este sitio en todo momento.
Tendría que otorgarle el tiempo necesario.
Se vio obligado a cerrar el gran libro y llevárselo prestado.
Se giró sobre sus pies, miró una vez más a la dalishana, sus ojos estudiaron la vallaslin en su rostro, hizo otra mueca y recordó la grandeza de Ghilan’nain en tiempos mejores.
Lástima todo lo que llegó después.
Sacudió la cabeza en negativa y se dispuso a retirarse de aquel lugar.
Mientras caminaba hacia las escaleras húmedas, pensaba que el Velo lo había creado durante la noche más larga del año del calendario élfico de sus tiempos.
No solo había sido la noche más larga, sino el invierno más cruel.
Ese había sido el punto de mínima fuerza solar, y la ventana de oportunidad para que Elgar’nan no pudiera contrarrestar la magia de su ritual.
Revas y Felassan no habían estado de acuerdo.
Le habían dicho que era conveniente esperar hasta el próximo Crudo Invierno.
Habían apelado a lo inestable que él se había encontrado por la muerte de Mythal.
Solas no había mostrado la sabiduría necesaria para escucharlos.
Y había pagado el precio.
La condena al mundo entero.
Llegó al final de las escaleras.
Abrió la puerta, se protegió con el hechizo de invisibilidad.
El sonido de la vieja madera irrumpió en el silencio del lugar.
Solas avanzó.
El soldado de guardia giró el rostro y empalideció al notar la puerta abierta.
Corrió a cerrarla, luego se dirigió a su puesto.
Solas escondió el tomo detrás de una de las columnas de la Capilla y rompió el hechizo al hacerlo.
Con paso medido, se acercó al hombre.
– ¿Y bien?
– el mensajero élfico habló sobre su espalda e hizo dar un salto de sorpresa al soldado.
– ¿Algo para informar al comandante?
– ¡Por el culo de Maferath, elfo!
– levantó un brazo y golpeó a Solas sobre la mejilla.
Fen’Harel sintió cómo su maná se arremolinó en su interior por la ira.
– ¡¡No me asustes de ese modo!!
– Lo siento, señor.
– se obligó a responder.
– Ya he encendido las antorchas y todo se encuentra en orden.
Eso ve a informarle al comandante.
– Sí, señor.
Solas apretó la mandíbula y se retiró.
¿Eso era todo?
Era un pésimo trabajo intentando descubrir si había una persona detrás de los acontecimientos que él le había comentado.
Ya lejos del campo de visión del hombre, se tornó invisible y volvió por su libro.
Lo tomó, perdió su hechizo, volvió a dotarse de transparencia y se retiró hacia la casita que Leliana le había otorgado para acomodarse.
Un lugar excelente para seguir con sus estudios.
Más tarde se ocuparía de este hombre en el Reino de los durmientes.
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