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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 8

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  4. Capítulo 8 - 8 El sufrimiento no se mitiga con canciones
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8: El sufrimiento no se mitiga con canciones 8: El sufrimiento no se mitiga con canciones La consciencia despejada de Solas ingresó al Más Allá con facilidad.

Sabía que encontrarla no sería difícil, puesto que ella llevaba su marca.

Los senderos informes del Reino de los Sueños fueron tomando sentido a medida que el elvhen avanzó.

Solas dominaba este sitio, el Más Allá era su amigo y no necesitaba mirar para saber hacia dónde se dirigía.

Avanzó sin prisa, dejando que el sueño se acomodara a su paso.

A lo lejos, finalmente, vislumbró la presencia de un pequeño cuerpo visiblemente perdido en este lugar.

Esa era ella.

Como no podía tomar riesgos, adoptó la forma de un gran lobo salvaje, de pelaje oscuro y presencia amenazante.

Quería saber de quién se trataba.

Quería conocer el carozo de su esencia, después de todo, esa joven mujer portaba un gran poder, su poder, y Solas no aceptaba que alguien indigno lo empuñara.

Él, que había luchado contra los tiranos de sus tiempos con el poder del que ahora esta ladrona hacía porte; él, que había vencido a sus enemigos con la fuerza de Fen’Harel, ahora en manos de la dalishana…

una elfa que, por lo que veía, parecía estar aliada a un tiránico corrupto como Corifeus…

un mago que Solas pretendió dar por muerto al momento de abrir su Orbe…

y, sin embargo, ahora ella estaba marcada con el Áncora…

El panorama fue cambiando a medida que el gran lobo gris avanzó.

Ya no se trataba de sitio informe y cambiante, sino que un bosque rico en vegetación ocupó su lugar.

A su alrededor, hombres y mujeres élficos con tatuajes sobre el rostro realizaban trabajos esclavos.

Solas iba creando el escenario que creía propicio para observarla.

Intentó que pareciera un ambiente como aquel en el que ella había crecido, algo similar a los clanes dalishanos que él había visitado durante su despertar en Thedas, pero agregó la esclavitud de sus tiempos, en un intento sombrío por mostrarle que, aunque la prisionera no lo supiera y los dalishanos se creyesen libres, portaban marcas de esclavitud sobre sus rostros con orgullo.

Sintió la furia que se arremolinó en su interior.

Él, que había visto esas marcas arder sobre pieles sometidas, ahora debía contemplarlas elevadas como estandartes de libertad.

Qué ironía atroz.

Aún así, no quiso ser agresivo, no todavía, por ello, decidió mostrar aspectos más “sensibles” de la opresión.

Ya vería más adelante si era necesario agregar mayor brutalidad a las imágenes del Más Allá.

Ahora, algunos de los siervos élficos fregaban utensilios de comida en el arroyo, otros lavaban ropas, mientras otros tantos más hilaban incansables y tejían vestimentas para sus amos.

Los callos en las manos y el aspecto áspero de la piel atestiguaban años interminables de servicios.

Lo que ninguno de ellos hacía era quejarse, Solas los mostraba sumisos y entregados a sus “destinos”, aunque él aborrecía la idea de que éste existiese.

La prisionera élfica observó a su alrededor cuando todo cambió y Solas pudo ver la sorpresa en su mirada.

No la vio asustada, eso solo podía significar que ella solía deambular por el reino onírico con frecuencia y eso era algo inusual entre los magos de este mundo silencioso.

La vio observar, curiosa, y dar unos pasos medidos hacia atrás.

Ella se chocó con un tronco y, lejos de preocuparse, decidió tomar asiento.

La naturaleza salvaje, sin duda, era hogar de la dalishana…

Ahora sentada, Solas la vio girar el rostro de un lado a otro absorbiendo todos los detalles que sus ojos le permitían.

Se otorgó el tiempo necesario para entender lo que sucedía.

Prudente e inteligente.

La elfa dejó pasar el tiempo con paciencia, asimiló aquello que sus ojos atestiguaban y, después, se puso en pie para caminar hacia un grupo de tres elfos que limpiaban los cuencos con restos de comida.

La contextura de su cuerpo era pequeña, tanto como los elfos de estos tiempos parecían serlo.

Haber perdido la unión con el Más Allá parecía haberlos acortado, volviéndolos frágiles y enfermizos.

Pudo notar que la mujer era portadora de una extensa cabellera oscura, su cabello caía hasta la cintura dibujando discretas ondas y nada lo contenía en su salvaje libertad.

Algo en las entrañas del lobo revoloteó, él conocía demasiado bien el motivo, pero no deseaba analizarlo.

Aún se encontraba bastante alterado por su último año en este mundo atroz.

No podía pensar en ella…

no debía.

La prisionera se acercó a los esclavos élficos y tomó asiento a su lado sobre la tierra ligeramente humedecida; los prisioneros la observaron algo intrigados, y la joven agarró uno de los cuencos para, casi de inmediato, compartir labor con los siervos.

– ¿Por qué limpian todo esto?

– susurró, no sin evitar ayudarlos a simplificar el trabajo.

Solas sintió algo extraño en su interior al comprender que aquella mujer acababa de establecer una unión con esclavos sin sentir ningún tipo de deshonra en ello; en lugar de acercarse a los demás y exigir explicaciones, prefirió descender a las labores de clase de los siervos para entablar conversaciones de igual a igual.

Quería hacerlos sentir cómodos, dignos…

no deseaba insultarlos.

La cola peluda del lobo se sacudió casi sin que pudiera controlarlo, luego, el gran lobo gris se sentó sobre sus patas traseras a lo lejos, consciente de que ella no había notado su presencia, y la siguió observando.

– Debemos limpiar todo esto para nuestros amos.

– respondió una de las mujeres como si aquello fuera una obviedad.

– Es nuestro deber.

La prisionera hizo una pequeña mueca que habló de desacuerdo.

Solas supo que aquella nunca había sido esclavizada.

Resultó irónico comprender que la “prisionera de Cassandra” había vivido en relativa libertad entre los suyos y ahora, su cuerpo dormido yacía en una fría prisión.

Algo en su interior se arremolinó, como si el espíritu rebelde de Solas deseara romper los grilletes que la sometían en Thedas y otorgarle la libertad inherente a todo ser con libre albedrío.

Pero era consciente de que no debía.

Para empezar, la dalishana era su coartada, y para seguir…

era agente de Corifeus.

– ¿Su deber?

– susurró ella mirando a los elfos siervos.

– Bien.

Los ayudaré.

– y, rápidamente, se sumó a la labor.

– No hubo sumisión en aquel gesto, sino más bien…

una especie de ¿piedad?

El lobo movió la cabeza a un costado y continuó observando a quien podría ser su enemiga en el futuro.

El tiempo transcurrió entre los elfos y la presencia de aquella mujer rápidamente se integró con el resto.

Lavó cuencos y los colocó con cuidado por encima de los otros, volvió a tomarlos y repitió el acto.

Sus manos no se encontraban callosas ni con piel áspera.

Solas podía observar un engrosamiento de la piel de su mano derecha, donde aquella maga seguramente sostenía su bastón con frecuencia, pero no había signos de labores forzados en ella.

Otra rareza.

Los elfos dalishanos, o por lo menos aquellos que él había conocido, solían mostrar manos endurecidas por el trabajo arduo, incluso los jóvenes.

Pero, la elfa no…

¿acaso nunca había sido sometida al trabajo pesado?

¿Qué clase de dalishana era?

El lobo continuó observando…

Solas la oyó entonar una melodía suave en el idioma élfico que no tardó en obrar como encantamiento en las manos de los esclavos, quienes siguieron el ritmo del canto para alivianar la carga de un trabajo forzado.

Sintió una punzada de molestia.

Esta elfa dalishana cree que el sufrimiento se mitiga con canciones.

Qué ingenua.

Y sin embargo, los rostros de los esclavos cambiaron.

Hubo sonrisas, alivio.

Algo dentro del Lobo Rebelde se estremeció con una calidez que no había pedido.

Porque la realidad era que aquellos esclavos eran entidades espirituales que habían acudido al llamado del elvhen.

Solas era el portavoz de los espíritus en este reino y ellos respondían a su voluntad, gustosos.

Eran sus amigos, los únicos que le quedaban.

Y ella los había hecho alegrar.

La melodía de la dalishana era suave, un arrullo que flotaba entre los reflejos etéreos de aquel paisaje onírico.

El lobo ladeó la cabeza.

Había visto innumerables soñadores, atrapados en pesadillas o moldeando el Más Allá con ansias de poder.

Pero esta…

esta elfa lo hacía de una manera distinta.

No buscaba controlar ni escapar.

Tampoco se rendía ante el caos.

Cantaba, e inesperadamente, conectaba con los oprimidos y sincronizaba el movimiento de éstos al compás de su voz.

Ahora, y gracias al canto, ya no había deber en las acciones de todos ellos, había goce.

La elfa había alivianado sus cargas y eso tenía más valor que un anillo de diamantes o un collar de perlas.

Había una extraña belleza en su método.

En la forma en que sus pensamientos hilaban recuerdos, no para cambiarlos, sino para sostenerlos en su propia armonía.

Como si creyera, con terquedad, que el dolor no debía ser olvidado, sino comprendido, sostenido y compartido para alivianar su carga…

Inevitablemente, y muy a pesar de sí mismo, en su mente vagó (otra vez) el recuerdo de la Gran Mythal.

El lobo dio un pequeño gruñido, no quería pensar en ella y mucho menos compararla con la salvaje dalishana.

El sonido del animal fue suficiente para que la prisionera fuera consciente de su presencia.

La mujer se giró hacia él y sonrió sin mostrar sombras de temor, aunque la melodía no se detuvo.

Los ojos de la prisionera de Cassandra legitimaron una coloración amarillenta, la tonalidad del Sol, tan común entre los nobles de los tiempos de Solas, pero algo extraño en las tierras de Thedas.

El elvhen constató el halo violáceo que bordeaba aquel iris de oro y por un instante, recordó a alguien querido de su pasado.

Otra rareza más de la prisionera.

Esa mirada parecía ocultar magia ancestral, magia de sus tiempos…

pero aquello era imposible.

La joven mujer desvió la atención puesta sobre el lobo, hacia los utensilios sucios una vez más.

Sus pestañas oscuras eran abundantes y le regalaban una expresión atrapante, dibujando unos hermosos ojos con formas de almendras.

Lejos de abandonar la labor que le correspondía, la dalishana continuó cantando y no se alejó del resto de esclavos.

Esta mujer no parecía sierva de Corifeus…

Los agentes de Solas habían tratado con aquel mago corrupto y le habían advertido que era un tirano, ególatra y megalómano.

La prisionera no parecía el tipo de persona dispuesta a trabajar con alguien como aquel.

Pero, entonces ¿por qué?

Cuando todos los cuencos yacieron limpios a su lado, la joven elfa se puso en pie y cesó el canto.

Los siervos élficos le sonrieron y agradecieron.

Entonces, ella se giró y caminó hacia él sin rasgos de temor alguno.

Otra sorpresa, la elfa no temía a los lobos.

Sabía que no debería sorprenderlo, después de todo era dalishana, pero la forma lobuna que él solía adoptar en el Más Allá era la de un amenazante lobo gris, un lobo terrible, de esos que no tienen pinta de “buenos amigos.” El lobo gris abandonó aquella postura distendida y mostró los dientes, intimidando.

Ellos no se conocían y más le valía mantener una distancia prudente entre ambos.

La mujer se detuvo y lo respetó.

Solas notó en el brillo de aquellos ojos mucha tristeza y, sin poder evitarlo, se preguntó qué era aquello que le afligía.

No debería importarle, pero ella tampoco debería haberlo sorprendido.

– ¿Te molesta si me acerco?

– susurró la prisionera élfica.

Su postura mostraba cierta tensión, ella no temía a las bestias, pero este lobo acababa de advertirle que no era amigable.

Entonces, la vio desviar la mirada sobre su mano izquierda, la que brillaba con aquellas tonalidades verdosas.

Solas se le acercó, ella se mostró sorprendida, pero no intimidada.

Él olfateó su mano en búsqueda de alguna pista.

Ella se la ofreció para su examen.

– Hay algo extraño en mí, lobo.

– le confesó.

– No recuerdo qué fue lo que sucedió y no sé cómo salir de aquí.

Pero esta cosa que tengo en mi palma…

no es mía.

No, era de él.

El lobo la observó y Solas comprendió que estaba perdida en el Más Allá.

Para él, quien había sido el portavoz de los espíritus, requirió tan solo un rápido olfateo para percibir vestigios de poder de un espíritu del Terror.

A la mujer le habían arrebatado los recuerdos, poco podría decirle a Cassandra o Leliana si despertaba.

Intentar comprender a través de la joven mujer qué era lo que había sucedido durante la celebración del Cónclave, no tenía sentido.

Solo una visita al reino de aquella entidad espiritual podría devolverle los recuerdos arrebatados, pero aquella era una misión compleja y carente de sentido en estos momentos.

Más importante era ocuparse de la gran grieta que se iba expandiendo.

Y para hacerlo, ella necesitaría dominar el poder de Fen’Harel sobre su palma.

El lobo sacudió la cola.

Solas había decidido que tenía que sacarla de aquí.

La joven elfa que portaba la vallaslin de Ghilan’nain sonrió al ver que la bestia aceptaba su presencia.

Entonces, se agachó a su lado y acarició entre los ojos azulinos del animal.

El gran lobo lo permitió, solo porque debía despertarla.

– Tienes unos ojos hermosos, gran lobo.

– susurró y Solas maldijo para sus adentros por haber sido tan distraído y olvidar cambiar la coloración de sus iris.

Era peligroso que ella llegara a relacionar su forma élfica con el Gran Lobo.

Después de todo, la última vez que los dalishanos lo reconocieron por quien era realmente lo habían atacado.

Y habían pagado el precio por ofenderlo.

Sin embargo, con ella era diferente, porque su palma portaba el poder que él codiciaba.

La prisionera debía confiar en Solas, no temerle.

Jamás sabría que se trataba de Fen’Harel.

Entonces, el lobo gris se giró sobre sus patas y comenzó a recorrer un camino con pasos lentos, invitándola a seguirlo.

La mujer así lo hizo.

Y justo cuando había estado dispuesto a sacarla de allí, Solas abrió los ojos en el mundo vigil.

La Buscadora se removió, y él supo que debía salir.

No debía encontrarlo dentro de la mente de su prisionera.

Abandonó abruptamente el Más Allá y observó a la joven mujer que yacía dormida en este mundo, pero perdida entre sueños.

– Descansa, dalishana.

Te sacaré de allí…

Poco tiempo después, la guerrera se situó a su lado, su mirada agotada y somnolienta.

– Perdóname, Solas.

Me he quedado dormida.

– No hay nada por perdonar, Buscadora.

– ¿Has descubierto algo?

– No.

Necesitaré más tiempo para examinar a la prisionera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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