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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 9

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9: El nacimiento del símbolo 9: El nacimiento del símbolo El alba despuntaba en el interior del pueblo de Refugio cuando Solas se detuvo frente a la tienda donde Leliana solía estar.

Para su sorpresa, se encontró con quien se hacía llamar Josephine, la única de aquellos que aun no había tenido el deleite de conocer.

Se trataba de una mujer de origen antivano y que ocupaba el cargo de diplomática entre este grupo de personas que habían aceptado la encomiable tarea de intentar traer orden entre medio del caos que había desencadenado la explosión de su Orbe.

Una tarea complicada, incluso para él…

Josephine se mostraba intranquila mientras intercambiaba palabras con Leliana.

La pelirroja, por su parte, sostenía documentos sobre sus manos y los apretaba.

Era cierto que hubiera sido interesante esconderse entre las sombras y oír en detalle cada palabra de aquellas dos mujeres, pero en este día su cabeza era un remolino incómodo de ideas.

Solo desea apartarse, dar una bocanada de aire en soledad y decidir cómo seguir adelante con sus planes personales.

Justo cuando se giró para apartarse casi chocó de frente a la Buscadora de la Verdad.

Que los allende al mar se lo llevara…

– Oh, Solas…

– sintió la mano de la guerrera tomarlo por uno de sus brazos como tenaza de hierro.

– ¿Tampoco has podido dormir?

– preguntó con rostro severo.

Notó que en la otra mano sostenía un libro grueso, con encuadernación magistral, aunque vieja.

¿Y ese ejemplar?

Solas desvió con rapidez su atención sobre éste, pero (quizás sin intención), ella acabó colocando su pecho en esa dirección y no le permitió divisar nada.

Maldición.

– En realidad, estaba buscando algo de aire fresco, Buscadora.

La mujer resopló y le sonrió sutilmente.

Apartó su torso de él y agregó.

– No te he agradecido por tus servicios, Solas.

Has hecho un gran trabajo con Elentari.

Y me alegra saber que hemos logrado estabilizar la Brecha.

Sí.

Eso.

La prisionera de Cassandra había despertado el día anterior y había ayudado a sellar efectivamente la gran grieta que se había formado en el interior del Templo de las Cenizas Sagradas durante la explosión en el Cónclave.

Precisamente, esta mañana eran esos eventos los que lo tenían perturbado.

Una vez liberada de su sopor, la dalishana se había presentado al grupo como Elentari, Primera del Clan Lavellan, y había demostrado compostura desde el inicio.

Había luchado sin titubear y había seguido adelante a pesar de todo.

Solas pensó que sin lugar a duda la joven elfa habría sentido temor al despertar en el interior de una celda y, sin embargo, había decidido ayudar a sus carcelarios porque era lo correcto (ella misma había revelado el motivo) y cuando él había tomado su mano y la había forzado a cerrar la primera grieta, ella meramente había obedecido.

Pero su obediencia no había sido un acto de resignación, ni por servidumbre (él podía reconocerlos incluso con los ojos cerrados), sino que había sido un acto consciente y decidido.

Una muestra de determinación inesperada…

tanto como la bondad que había mostrado a los espíritus en el Más Allá el día que la visitó mientras dormía.

– El mérito ha sido de Elentari, Buscadora.

Yo no he hecho nada.

– Solas aclaró con firme humildad.

Más le valía poner todos los ojos sobre ella y no sobre él.

Esta vez, en este mundo, no quería ser el líder de ninguna resistencia.

Muy por el contrario…

sería el espía bajo las sombras.

Notó cuando la guerrera volvió a sonreír y, acto seguido, lo tomó del brazo para dirigirlo al interior de la tienda con las otras dos mujeres.

Él reparó en la autoridad con la que manejó su cuerpo, así como la fuerza natural con la que lo dirigió.

Resultaba evidente que Cassandra estaba acostumbrada a ser oída y dirigir soldados.

Pero él era mago, no soldado.

No de ella, al menos.

Aún así, consideró prudente morderse la lengua y seguirla.

– Josephine, él es Solas.

– la morena, que había estado discutiendo con Leliana, se giró y sonrió con cortesía.

– Oh, tú eres nuestro experto en las fuerzas del Más Allá, ¿verdad?

– Solas la miró algo sorprendido.

Fue consciente de que lo había llamado “experto del Más Allá” y no “apóstata”, como Cassandra solía hacerlo.

– Es un placer.

Soy Josephine Montilyet.

– El placer es todo mío.

La Buscadora lo liberó de su agarre.

– Ella es nuestra embajadora y diplomática jefe.

– intervino Leliana, situándose frente a él.

El apóstata asintió con precaución, fingiéndose sorprendido por involucrarlo activamente con el equipo.

– Entonces…

– la pelirroja dejó la documentación que sostenía sobre una mesa y enfrentó a Solas con la mirada.

– Supones que es necesario que proveamos más poder a la Marca de Elentari para lograr cerrar efectivamente la Brecha, ¿no es así?

– Solas asintió, aunque aún le sonaba extraño oír que se referían a “la Marca de Elentari”, cuando para él era la de Fen’Harel.

– La hipótesis es que si concentramos suficiente magia en la mano de ella podríamos lograr nuestro cometido.

Solas no agregó nada más, Leliana solo acababa de verbalizar una realidad a los presentes.

– Lamentablemente, – intervino la embajadora – los dos grupos que podrían ayudarnos a alcanzar ese cometido no desean entablar negociaciones con nosotros.

– hizo una pausa y lo miró.

– Me refiero a los magos rebeldes o los templarios.

– Solas asintió y continuó guardando prudente silencio.

– Para empeorar las cosas, la Capilla nos ha denunciado y nos declaran herejes.

– dejó escapar un suspiro de frustración.

– Debemos lograr un acercamiento con ambos grupos cuanto antes…

hay que lograr un vínculo.

– De eso nos encargaremos junto con Elentari.

– aseguró Cassandra, determinada.

– Exploraremos las Tierras Interiores y veremos cómo están las cosas.

– ¿Ya ha despertado?

– quiso saber Leliana, y Cassandra miró a Solas, esperando una respuesta.

El mago las observó algo sorprendido.

Él no había cuidado de la elfa desde que habían destinado a esa tarea al boticario Adan.

– Pues, no lo sé.

Recuerden que destinaron al boticario para esa tarea.

– la pelirroja hizo un gesto de disgusto con la boca.

– Podría…

– Cierto.

– lo interrumpió y dio otro suspiro, dejando al descubierto el cansancio que portaba.

Luego puso su atención sobre la embajadora – Bueno, supongo que es momento de reunir a todos en la Capilla, Josie…

– Y declarar renacida la Inquisición.

– agregó Cassandra con firmeza y algo de ¿orgullo?

en el tono de su voz.

Solas solo miraba a una mujer, luego a la otra.

Conocía la historia de la primera Inquisición, pero poco.

En el último año, no había tenido el gusto de tomar entre sus manos un libro que desarrollase aquel tema.

Ahora sabía que era menester hacerlo…

¿La biblioteca de las celdas inferiores tendrían algo?

Casi por casualidad, sus ojos se posaron (otra vez) sobre el grueso libro que había traído Cassandra.

Y, hora sí, reconoció inmediatamente el símbolo de la Inquisición y las ganas de solicitarlo prestado casi se atragantaron en su garganta.

Sin embargo, mantuvo la compostura.

No debía mostrar sus verdaderas intenciones a nadie en este sitio.

No los conocía, no sabía quiénes eran en verdad.

Los tiranos del pasado ya le habían demostrado una extraordinaria capacidad para fingir honradez.

– Esta fue la orden de Su Perfección, la Divina Justinia.

– dijo Leliana, interrumpiendo sus pensamientos.

– Restaurar la antigua Inquisición y buscar a quiénes se opondrán al caos.

Justinia pidió la ayuda de Elentari durante la celebración del Cónclave, ¡hemos oído cómo la llamó!

Ella es la ayuda que el Hacedor nos envió en este momento de necesidad.

Solas oía aquellas palabras siendo consciente del poder que podrían llegar a albergar en el futuro, si cada uno de los miembros de esta nueva “Inquisición” usaba estratégicamente las piezas del tablero en su favor.

Las tres mujeres parecían más que competentes.

Y una cosa era segura, ellas creían en lo que decían.

Y eso era muy significativo…

poderoso, pero también podría ser…

peligroso.

La mayoría de los relatos realmente importantes, aquellos que trascendían la historia, habían surgido como consecuencia de proyecciones emocionales y de deseos.

Los verdaderos creyentes desempeñaban un papel clave en el auge de toda ideología relevante, y eso era precisamente lo que aquí se estaba gestando.

La disputa entre magos y templarios había sumido al continente en un sentimiento conjunto de temor y la muerte de la Divina en desesperanza…

solo el tiempo sería testigo certero de lo que estas épocas harían con la figura de una mujer capaz de domar los mismos cielos…

Aunque, claro, eso no era lo verdaderamente importante.

Importaba algo mucho más urgente: el quiebre en su Velo.

Ese era el verdadero peligro.

Ellas no tenían idea de cuánto.

Aún así, sería mezquino de su parte despreciar un hecho sorprendente de estos tiempos.

Quizás, por primera vez desde que este mundo había visto luz con la formación de su Velo, una persona de su raza, es decir, una elfa, ocupaba tanta relevancia como parecía poseer la dalishana en la construcción de un relato fantástico.

¿Era posible?

¿Qué futuro sería trazado bajo la guía de aquella que portaba la Marca de Fen’Harel?

Por ello, decidió ir un poco más allá con el análisis.

– Disculpen, pero ¿son conscientes de que Elentari es una elfa dalishana?

– tanto Cassandra como Leliana lo miraron algo sorprendidas.

Solas no se inmutó, deseaba oír la respuesta, deseaba analizar la profundidad de lo que se gestaba en este sitio.

¿Era posible que los andrastinos, aquellos cuya Segunda Marcha Gloriosa había sido la responsable de la aparición de los “dalishanos”, reverenciaran a una de éstos por pura desesperación?

Quien habló fue la Buscadora de la Verdad.

– Ella es exactamente lo que necesitamos y cuándo lo necesitamos.

Es providencia, Solas.

Es la ayuda que los cielos nos han enviado en tiempos aciagos.

– en el brillo de la mirada de la guerrera hubo esperanza.

Providencia.

Qué palabra tan útil.

Entonces, se limitó a asentir y con mucha educación se excusó para dejar a las tres mujeres inmersas en sus deberes, y así retomó la marcha hacia las afuera del pueblo para poder pensar en todo lo que estaba sucediendo en estos momentos.

Estaba incómodo, intranquilo.

Era posible que Elentari, realmente, alcanzara la grandeza de un ser místico si la Inquisición tenía éxito.

Si en un futuro contaba con suficientes creyentes en su causa, el relato que se contara acerca de ella podría generar un impacto mucho mayor sobre la historia de Thedas que la misma persona que era aquella joven elfa en verdad.

Y eso le molestó mucho.

Él ya había sido testigo de la fuerza que podían tener los relatos sobre un pueblo, y de la tiranía que podían ejercer sus protagonistas.

Y eso le preocupaba.

Porque, ¿acaso no era esta mujer agente de Corifeus?

¿O se había tratado tan solo de un evento fortuito que fuera ella quien acabó con el poder de su Orbe sobre la palma de su mano?

Se preguntó qué clase de heroína elegiría ser.

Si una “elegida” por los dioses, o preferiría mantenerse separada de la divinidad.

Si iba a desear poder y devociones, o más bien, luchar por los oprimidos e inocentes…

Simplemente, no podría saberlo…

no, de momento.

Todo lo que sabía era que la dalishana portaba el poder de Fen’Harel sobre su palma…

Irónico…

por lo que había comprobado, para el pueblo salvaje de la elfa, él era el gran adversario de su mitología…

y ahora estaba marcada por su Orbe.

Apretó la mandíbula y cerró sus manos en fuertes puños.

Estaba molesto, porque no había nada que pudiera hacer, más que lo que estaba haciendo: formar parte de todo esto para intentar dirigir la narrativa de los eventos futuros a favor de su propósito.

Solas se dirigió hacia una ladera nevada que rodeaba el pueblo.

La nieve crujió bajo sus pies casi desnudos con cada paso.

El aire era helado, puro, sin la corrupción del lirio rojo ni las cicatrices del Velo desgarrado.

A veces, en las montañas o en los campos vacíos, Thedas le recordaba a lo que fueron otros tiempos.

Uno donde hubo paz…

después de todo, Solas ya había habitado estas tierras en sus tiempos.

Pero era solo una mentira.

Este mundo era un eco de lo que había sido, y sus tiempos tampoco habían sido pacíficos…

Él había guerreado durante siglos que parecieron inacabables…

y eso lo había agotado.

Tanto su espíritu como su mente…

Y, ahora, parecía encontrarse atrapado aquí, donde el silencio lo enloquecía.

Solas exhaló con desdén y, de pronto, un destello en el cielo llamó su atención.

Un cuervo cruzaba el cielo con majestad imperturbable, dibujando una silueta perfecta sobre el resplandor del amanecer.

Volaba con un dominio absoluto de las corrientes, como si el cielo le perteneciera.

Por un instante, contuvo la respiración.

Era hermoso.

Dolorosamente hermoso.

La vida, cuando estaba libre de corrupción, era un arte en movimiento.

Ese vuelo le recordó a otra época, a otro cielo, más alto, más vasto…

abarcado por melodías mágicas.

Le recordó a las tierras antiguas donde la magia danzaba en el aire, los ríos murmuraban secretos, y las montañas no eran roca muda, sino piedra viva.

A un hogar que ya no existía.

Aquí, en cambio, era un forastero.

Un fragmento fuera de lugar.

El aire era más frío.

Las hojas ya no cantaban.

Los espíritus callaban.

Thedas no era su hogar.

Nunca lo sería.

Era solo un reflejo fallido de lo que se perdió.

Y sin embargo, debía protegerlo.

Cerró los ojos.

Por un momento, dejó que el dolor se instalara.

La nostalgia no era más que una forma de castigo.

Y él la aceptaba.

Lo merecía…

Al abrirlos otra vez, el cuervo seguía allí.

Y, a lo lejos, cerca del bosque, una silueta se recortaba contra la nieve.

Pequeña, familiar.

La vibración del Áncora en el aire era inconfundible.

Ella.

Elentari.

Solas bajó la mirada, silencioso.

No necesitaba acercarse para saber lo que debía hacer.

Tenía que ganarse su confianza…

porque si el relato de esta era iba a tener a Elentari como protagonista…

Entonces él debía estar en sus márgenes desde el principio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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