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Dragón Demoníaco: Sistema de Harén - Capítulo 405

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Capítulo 405: Baño (R-18)

Strax entró en el baño con paso silencioso, la puerta se deslizó suavemente para aislarlo del mundo exterior. La habitación era un remanso de tranquilidad, con un estilo minimalista japonés que transmitía una sensación de paz e introspección. Los suelos de madera oscura y las paredes de azulejos lisos creaban un ambiente relajante, casi meditativo. Se acercó a un taburete de madera, mientras el agua caliente comenzaba a llenar la bañera de al lado.

Se sentó, y el vapor comenzó a elevarse a su alrededor mientras el agua caliente se acercaba a su piel. El calor alivió sus músculos cansados y le ayudó a calmar la mente, pero sus pensamientos estaban lejos de cualquier sensación de consuelo. Lo que realmente lo consumía era la idea de alcanzar la etapa de Emperador, un objetivo que, aunque al alcance de la mano, parecía más lejano que nunca.

Strax miró el agua burbujeante a su alrededor, su mente todavía dando vueltas a las palabras de Scarlet. —Va a llevar un tiempo… —había dicho ella. No le importaba el tiempo; lo que realmente le molestaba era la sensación de estar estancado. Sabía que había algo en su interior, algo poderoso, pero le resultaba difícil acceder a esa fuerza de forma definitiva.

—Tengo que hacer esto. Necesito avanzar. No puedo quedarme aquí sentado esperando a que el poder llegue —murmuró Strax para sí mismo, mientras un profundo suspiro escapaba de sus labios. Ya había sentido la presencia del poder en su interior, ese algo que crecía lentamente dentro de él, pero aún no era suficiente.

Empezó a recordar las veces que había cazado monstruos, las batallas que lo habían forjado, el sabor de la sangre y la victoria. Cada confrontación lo había hecho más fuerte, más cerca del objetivo. Pero sentía que necesitaba más, algo más grande, algo que lo llevara más allá de sus propias limitaciones. Y quizás la respuesta era precisamente cazar más, luchar más, absorber más almas hasta alcanzar la etapa que tanto deseaba.

«¿Qué me falta?», se preguntó Strax, mientras el pensamiento resonaba en su mente y los músculos de su cuerpo se relajaban en el agua tibia. «¿Es un empujón final? ¿Una confrontación decisiva?». Cerró los ojos por un momento, imaginando los monstruos, las poderosas criaturas a las que podría enfrentarse para volverse aún más fuerte.

La búsqueda de poder, la necesidad de dominar, era un fuego ardiente en su interior, y sabía que no podría detenerse hasta conseguir lo que buscaba. Levantó la cabeza, sus ojos reflejando una determinación renovada.

—Voy a ir de caza. Voy a buscar monstruos, a encontrar lo que me falta. Y cuando alcance esa etapa… nadie podrá detenerme —murmuró Strax para sí, con una intensidad renovada. La búsqueda de poder no consistía solo en ser más fuerte, sino en convertirse en algo más, en algo imbatible.

Mientras el agua caliente seguía envolviéndolo, la mente de Strax comenzó a centrarse en el siguiente paso.

El sonido de la puerta al deslizarse interrumpió los pensamientos de Strax, haciéndolo enderezarse instintivamente en el taburete de madera. El agua caliente seguía envolviendo su piel, pero sintió un ligero cambio en el ambiente que lo rodeaba. La atmósfera, antes relajante y tranquila, estaba ahora cargada de una extraña tensión.

Giró la cabeza lentamente, sus ojos se encontraron con las figuras de dos mujeres que habían entrado en el baño. Las inmaculadas toallas blancas estaban cuidadosamente envueltas alrededor de sus cuerpos, pero la forma en que las sostenían —con manos temblorosas y miradas esquivas— indicaba claramente la incomodidad que sentían.

Kryssia y Xenovia estaban allí de pie, visiblemente avergonzadas, con las caras sonrojadas y los ojos evitando encontrarse con los de Strax. Habían entrado sin preguntar, impulsadas por su propio deseo de hacerlo. Habían entrado sin preguntar, impulsadas por la promesa de ayudarlo, pero ahora estaban claramente en conflicto con lo que estaba sucediendo. Sus cuerpos estaban cubiertos solo por las toallas, dejando en evidencia sus posturas rígidas y nerviosas.

El silencio se apoderó del aire por un momento mientras Strax las observaba, su mirada más curiosa que sorprendida. Percibió un leve matiz de diversión en sus expresiones, aunque su incomodidad era palpable. Sabía lo que eso significaba. Estaban aquí, y ya no había vuelta atrás.

Strax se levantó sin prisa del taburete, sus pies tocando el agua caliente con un ligero movimiento. Las miró fijamente durante unos segundos, una sonrisa curvando discretamente sus labios mientras observaba a las dos mujeres, claramente fuera de su zona de confort.

—Así que… parece que de verdad han decidido venir —dijo en un tono tranquilo y relajado, aunque la sonrisa en su rostro sugería algo más travieso. La tensión que inicialmente había flotado en el aire se mezclaba ahora con una sensación de ligereza, como si de alguna manera se estuviera aprovechando de su momento incómodo para sentirse en control.

Kryssia parecía querer desaparecer, su postura aún más rígida mientras miraba a cualquier parte excepto a Strax. Xenovia, por su parte, todavía estaba en shock, como si intentara procesar lo que estaba ocurriendo. Ambas estaban extremadamente avergonzadas, pero la curiosidad de Xenovia aún la impulsaba a mirar.

—Pueden… irse, si quieren —dijo Strax con calma, manteniendo la mirada fija en ambas, como si la situación le diera igual, pero sus ojos brillaban con visible diversión.

Kryssia y Xenovia intercambiaron miradas rápidas, pareciendo preguntarse, una vez más, si de verdad estaban dispuestas a seguir adelante. Aunque quisieran irse, algo parecía detenerlas. Después de todo, habían prometido ayudar.

Kryssia dio un paso atrás, como si quisiera huir, pero entonces se detuvo, respirando hondo. Se giró hacia Xenovia, que tenía la mano apretada contra la toalla, intentando claramente mantener la compostura, pero con el rostro teñido de rojo.

—Yo… no creo que tengamos opción —dijo Kryssia en voz baja, evitando mirar directamente a Strax. Parecía tentada a ocultar el rostro tras su pelo, pero la vergüenza era tan grande que sus palabras salieron casi como un susurro. —Nosotras… lo prometimos, ¿no? Tenemos que ayudar…

Xenovia miró rápidamente a Kryssia, y luego sus ojos se posaron brevemente en Strax, como si buscara una salida, pero no la encontró. Tragó saliva, la sensación de incomodidad claramente visible en cada centímetro de su cuerpo. Sus ojos estaban fijos en el suelo, como si no se atreviera a mirarlo directamente.

—Sí… tenemos que cumplir nuestra promesa —dijo Xenovia, con la voz temblorosa pero, no obstante, decidida. Levantó un poco la cabeza, como si intentara armarse de valor. —Pero… esto no es exactamente lo que imaginábamos, Strax.

Había una vacilación en su voz, una mezcla de vergüenza y curiosidad. Aun así, el tono indicaba que, a pesar de su vergüenza, estaba dispuesta a seguir adelante, como si algo en su interior la siguiera empujando a no dar marcha atrás.

Kryssia dejó escapar un pequeño suspiro, su mirada se cruzó fugazmente con la de Strax por un momento. Parecía más tensa que nunca. —Va a ser… difícil —murmuró, con las mejillas aún sonrojadas—. Pero como tenemos que ayudarte… haremos lo que sea necesario.

Los rostros de Kryssia y Xenovia seguían sonrojados mientras miraban fijamente el miembro duro de Strax. Las toallas aún cubrían sus cuerpos, pero la mirada de Kryssia estaba fija en su miembro, mientras que la de Xenovia permanecía apartada, como si intentara ignorar la situación. A pesar de ello, todavía parecían dudar, como si no estuvieran del todo seguras de qué hacer.

Strax, aún sentado tranquilamente en el taburete, mantuvo los ojos fijos en Kryssia y Xenovia, su mirada transmitiendo una mezcla de expectación y diversión. —Bueno, pues… Dijeron que venían a ayudarme, ¿no? Jabón. Usen jabón —dijo con calma, como si fuera lo más natural del mundo.

La mirada de Kryssia se apartó de su miembro y se dirigió a las manos que sujetaban la toalla alrededor de su cuerpo. Parecía dudar, como si no estuviera segura de por dónde empezar. La vergüenza todavía era visible en su rostro, pero comenzó a moverse lentamente, posicionándose frente a él.

—Al menos… al menos yo le lavaré la espalda —murmuró suavemente para sí misma, más como un intento de consolarse que como un pensamiento compartido.

Kryssia cogió un poco de jabón y se lo frotó en las manos hasta que hizo espuma. Respiró hondo y empezó a lavar el pecho y el vientre de Strax con movimientos lentos y cuidadosos. La sensación de la espuma en su propia piel le resultaba extraña, pero continuó, intentando no pensar demasiado en la situación.

Xenovia, mientras tanto, también cogió un poco de jabón. Se colocó detrás de Strax y empezó a lavarle la espalda con movimientos suaves, mientras la espuma le resbalaba por los hombros. Todavía intentaba evitar mirar directamente su miembro, pero no pudo evitar darse cuenta de lo rígido que estaba.

Strax cerró los ojos por un momento, sintiendo la sensación de las manos de ellas sobre su piel, la espuma resbalando por su cuerpo. Se sentía bien, relajante de una manera casi íntima, aunque ellas no estuvieran del todo cómodas.

Kryssia continuó lavando el pecho y el vientre de Strax con movimientos cuidadosos, sus ojos evitando su miembro duro. Intentaba concentrarse solo en la tarea, ignorando el tacto de la piel de él bajo sus manos y la vergüenza que sentía.

Mientras tanto, Xenovia seguía lavando la espalda de Strax, la espuma cubriendo sus hombros y recorriendo su espalda. Intentaba no pensar demasiado en la situación, pero no pudo evitar sentir curiosidad al notar su duro miembro.

Kryssia dudó un momento, mirando sus manos manchadas de jabón. Entonces, con una decisión repentina, se acercó a Strax y envolvió su mano enguantada en espuma alrededor de su miembro rígido. Comenzó a mover la mano arriba y abajo, lentamente al principio, pero aumentando gradualmente la velocidad. Sus ojos estaban fijos en el rostro de Strax, intentando leer su reacción.

Xenovia, por su parte, se quitó la toalla que la cubría, revelando su cuerpo desnudo y curvilíneo. Se colocó detrás de Strax, presionando sus grandes y turgentes pechos contra su espalda. La espuma cubría sus pezones hinchados y empezó a frotar sus pechos arriba y abajo por la espalda de Strax, como si fueran esponjas. La sensación del jabón y los pezones duros contra su piel era deliciosa.

Strax no pudo evitar gemir de placer al sentir la mano enguantada de Kryssia moverse arriba y abajo por su miembro. La presión y la fricción eran exactamente lo que necesitaba. Al mismo tiempo, los suaves pechos de Xenovia frotándose contra su espalda le producían un placer diferente, una sensación de relajación y éxtasis. Abrió los ojos y vio a Xenovia masajeando su cuerpo con los pechos, su expresión una mezcla de incomodidad y deseo.

Kryssia siguió moviendo la mano de un lado a otro, con los ojos ahora fijos en el duro miembro de Strax. Podía sentir cómo la espuma hacía un ruido de succión con cada movimiento, lo que la excitaba aún más. Empezaba a disfrutar de la situación, aunque al principio le diera vergüenza.

Xenovia siguió frotando sus pechos contra Strax, sintiendo cómo el duro miembro de él se sacudía con cada movimiento. No podía evitar pensar en lo mucho que él deseaba que ella lo tocara, y eso la excitó aún más. Se inclinó y empezó a besar el cuello de Strax, sintiendo el sabor del jabón en su piel.

Strax gimió con fuerza al sentir la boca de Xenovia en su cuello. Su cuerpo estaba abrumado por sensaciones placenteras y no quería que parara. Cerró los ojos y dejó que las sensaciones lo abrumaran, la mano de Kryssia y los besos de Xenovia acercándolo cada vez más al clímax.

Kryssia aumentó aún más la velocidad, sintiendo el miembro de Strax palpitar en su mano. Sabía que estaba a punto de correrse y quería que fuera una experiencia increíble para él. Se inclinó y le besó el cuello, al mismo tiempo que aceleraba los movimientos de su mano.

Xenovia deslizó sus manos por los costados del cuerpo de Strax, sintiendo la tensión de sus músculos. Se dio cuenta de que estaba a punto de correrse y decidió que quería formar parte de ello. Se inclinó y empezó a chuparle un pezón, pasando la lengua alrededor del sensible pezón.

Strax no pudo soportarlo más. El contacto de las dos mujeres lo llevó al límite y se corrió con fuerza en la mano de Kryssia. Todo su cuerpo se estremeció con la intensidad de su orgasmo y casi perdió el aliento. Kryssia siguió masturbándolo hasta que se vació por completo, mientras Xenovia continuaba chupando y lamiendo su pecho.

Cuando todo terminó, Strax se quedó allí, jadeando y exhausto. Kryssia y Xenovia lo soltaron, pero se quedaron cerca, asegurándose de que estuviera bien. Intercambiaron miradas inciertas, sin saber qué decir o hacer a continuación.

Strax abrió los ojos… —Ahora vamos a lavarlas —dijo.

Vientos helados surcaban los cielos sobre la Cordillera de Glayrom, un lugar aislado donde el tiempo parecía congelado tanto en el clima como en la historia. Picos nevados se erigían como lanzas ancestrales contra el cielo, y entre ellos, una montaña ocultaba un secreto que solo los más ancianos conocían: el Refugio de Baskev, un Herrero Enano.

Baskev había vivido allí en soledad durante décadas, desde que decidió abandonar la política enana y dedicar su vida a su propio estilo de vida. Y bueno… había sido contratado por Scarlet para fabricar cuerpos de homúnculo; tres de ellos, de hecho, que ahora estaban en el punto de mira de dos entidades titánicas que volaban con majestuosidad y caos por los cielos del norte.

El rugido partió los cielos como una grieta. Un trueno llameante y un grito helador se entrelazaron, precediendo el devastador descenso de dos figuras colosales.

Ouroboros, girando en el aire como un tornado de escamas negras y ojos llameantes. Su risa resonaba con una demencia que podría quebrar la mente de los hombres débiles.

Tiamat era tan majestuosa como el propio firmamento, con su forma cubierta de escamas doradas que reflejaban las estrellas. Su presencia imponía respeto incluso a las montañas.

Las dos aterrizaron violentamente en el pico central, haciendo explotar la nieve a su alrededor. Las runas protectoras del refugio se iluminaron por un breve instante… y luego se desintegraron con una sola mirada de Tiamat.

—¿Has visto eso? —rio Ouroboros, girando su cuerpo en el aire y aterrizando de forma despatarrada—. ¡Las runas se asustaron tanto que implosionaron antes de que yo tocara el suelo!

—Concéntrate, zorra —dijo Tiamat, su voz profunda y resonante como un canto celestial—. Estamos aquí a petición de su marido. No lo destruyas todo antes de que oigamos lo que ese enano tiene que decir.

—Pff, siempre tan estirada —replicó Ouroboros, inspeccionando ya una piedra como si fuera un artefacto encantado y luego mordiéndola—. Mmm… me gusta la roca vieja. Sabe a secretos.

Dentro, Baskev, el viejo enano de barba bifurcada y manos callosas, se congeló. Literalmente. La temperatura bajó veinte grados cuando las dos dragonas aterrizaron, y la magia ancestral que mantenía el lugar oculto simplemente… se rindió.

El tembloroso enano corrió hacia la entrada de su cámara ritual y alzó el martillo sagrado de los Herreros Maestros, una reliquia de más de trescientos años que nunca había sido utilizada en combate. Se quedó en silencio, sudando frío a pesar del hielo que ahora formaba cristales en su barba.

La puerta de la cámara fue derribada violentamente por una pierna dracónica que ya se estaba transformando. En cuestión de segundos, donde antes había dos criaturas titánicas, ahora había dos mujeres de una belleza tan absurda como abrumadora. El cabello de Tiamat caía como un manto de plata azulada, su postura era erguida, majestuosa, regia. Ouroboros… estaba completamente desnuda, con el pelo alborotado como si acabara de salir de un vendaval y una sonrisa de quien provocaría un apocalipsis solo por diversión.

Baskev abrió la boca.

No dijo ni una palabra.

Simplemente cayó de rodillas.

Tiamat suspiró y miró a su hermana. —¿Podrías al menos ponerte algo de ropa?

—¿Por qué? —respondió Ouroboros, alzando las manos—. La perfección no se esconde. Si este enanito explota de la emoción, es porque soy demasiado para este plano de existencia.

—¿Vas a dejar que un hombre que no es nuestro marido te vea así? —murmuró Tiamat, y luego miró directamente al enano—. Enano, cierra los ojos…

Ouroboros invocó rápidamente energía negra y se cubrió con un vestido. —Tienes razón.

—Tú eres Baskev, ¿verdad? Ya puedes abrir los ojos. —Él se limitó a asentir, sudando tanto que el hielo de su piel se derretía antes siquiera de formar gotas.

—Bueno, Scarlet nos ha enviado a recoger los homúnculos que se intercambiaron —la voz de Tiamat resonó como una trompeta de guerra—. Los tres cuerpos ya deberían estar listos, ¿correcto?

El enano abrió la boca, como para protestar, pero solo salió un gruñido ahogado.

—Nada de dramas, enano —dijo Ouroboros, que ahora estaba sentada en el altar ritual, mordisqueando un hueso con interés culinario—. No vamos a comerte. Nuestro paladar es mucho más refinado, y no eres nuestro marido, así que estate quieto antes de que te calcine.

—Basta. —Tiamat se acercó a él; cada paso hacía vibrar ligeramente el suelo—. Tienes dos segundos para recomponerte, levantarte y llevarnos a los cuerpos.

El enano, presa del pánico, intentó hablar. —S-sí…

«¡¡¡Esa loca!!! ¿¡Envió Dragones Reales aquí!? ¿¡En qué estaba pensando!?»

—Por aquí… —dijo, mientras murmuraba un hechizo de apertura. La puerta de piedra tras el altar se movió, revelando un antiguo pasillo tallado a mano, iluminado por cristales etéreos.

Mientras caminaban tras él, Tiamat mantenía la mirada fija, analizando el lugar con frialdad. —Este refugio está mal protegido. Deberías preocuparte más por las runas y el equipamiento, son muy débiles.

—Ustedes son dragonas. Cualquier cosa que hagan destruye lo más resistente de este mundo —replicó Baskev, un poco molesto, pero recuperándose poco a poco de sus miedos más profundos.

—Es tu culpa por ser débil —sonrió Ouroboros.

Tiamat soltó un suspiro paciente. —¿Por qué habré aceptado venir contigo?

—Porque nadie te entiende como yo, obvio.

La sala de los cuerpos era vasta y circular, con tres pilares de piedra que sostenían sarcófagos encantados.

Tiamat se acercó. —Esos son.

—¡Genial! —exclamó Ouroboros, chasqueando los dedos con entusiasmo—. ¡Llevemos estos hermosos cadáveres a nuestra casa! Tenemos que terminar pronto… ¡Quiero mi recompensa de mi marido!

Rio con un brillo travieso en los ojos, mientras se estiraba como un gato satisfecho a punto de devorar un canario.

Tiamat, por su parte, solo soltó un largo suspiro de paciencia y se arrodilló frente a los sarcófagos. Extendió la mano con elegancia, y el anillo negro con un núcleo azul ígneo en su dedo corazón brilló con intensidad; un anillo dimensional que originalmente había pertenecido a Strax, hasta que este lo consideró innecesario tras descubrir el sistema de [Inventario].

Un tirón repentino de energía hizo vibrar el aire circundante y, entonces, en un único y silencioso vórtice, los tres sarcófagos fueron engullidos por el espacio dentro del anillo. Ni siquiera el polvo quedó en su lugar.

Tiamat se levantó lentamente, haciendo crujir sus hombros con una ligera incomodidad.

—Ah… agotador. Quiero ir a casa pronto —murmuró, pasándose los dedos por el pelo antes de volver a mirar al enano. Había algo amable —y ligeramente sádico— en su sonrisa—. Pero primero… voy a arreglar tus runas.

Baskev parpadeó, confundido.

—¿Arreglar… mis runas?

—No solo arreglarlas. Voy a mejorarlas —explicó Tiamat, levantando la mano y trazando símbolos en el aire con pura esencia dracónica—. Considera esto tu recompensa por haber cumplido tu parte del contrato. Mucho más valioso que el oro… o cualquier material raro que pudieras desear.

Runas etéreas aparecieron en el techo y comenzaron a extenderse por las paredes, impregnando la estructura misma de la montaña. Líneas arcanas pulsaban con un brillo azulado y antiguos símbolos Dracónicos se formaban con una precisión divina.

Los ojos del enano se abrieron de par en par, con la mandíbula desencajada.

—¿Runas de Dragón…? ¿Del tipo… del antiguo lenguaje dracónico…? —Dio un paso adelante, casi tropezando consigo mismo—. Y-yo… ¿eso… es real?

—Totalmente —respondió Tiamat con una sonrisa irónica—. No todos los días un mortal tiene el honor de albergar nuestros tesoros. Considérate bendecido.

—¡Sí! ¡Totalmente! —gritó Baskev, casi con desesperación—. ¡Esto es… más de lo que podría haber soñado!

—Entonces disfrútalo antes de que cambie de opinión —murmuró Ouroboros, girando en el aire como una niña hiperactiva—. ¡Hora de irse, vieja! Si me quedo aquí un minuto más, convertiré este lugar en un parque temático de magma.

Tiamat rodó los ojos, divertida. —Ya voy. —Siguió a la mujer hacia el exterior.

Con una última mirada de aprobación a la obra recién hecha, ella y Ouroboros se transformaron de nuevo en sus titánicas formas dracónicas y, con un rugido que sacudió los cielos, despegaron hacia el horizonte helado, dejando tras de sí una montaña ahora protegida por runas milenarias… y a un enano de rodillas, riendo y llorando al mismo tiempo, completamente extasiado.

…[Mundo Espiritual dentro de Strax]

La inmensidad del Mundo Espiritual dentro de Strax era un mar de sombras, estrellas y ecos ancestrales. Un vacío que pulsaba sutilmente con la energía de su alma: viva, caótica, indomable.

Allí, flotando en el espacio etéreo, estaban Kallamus y Lithara. Dos fragmentos de poder, dos conciencias ancestrales que esperaban pacientemente su regreso al mundo físico.

Kallamus estaba sentada en un fragmento de memoria cristalina que flotaba como una isla a la deriva en el vacío. Tenía la mirada baja, las manos entrelazadas sobre las rodillas, y su cuerpo estaba cubierto por túnicas translúcidas hechas de humo estelar. Un aura de silenciosa tristeza la rodeaba.

—Él… no me recuerda —murmuró, su voz rompiendo el silencio con la delicadeza de un lamento—. Ni siquiera ha dudado en no volver a venir aquí…

Hubo un largo silencio antes de que Lithara hablara, emergiendo de detrás de una rendija de luz púrpura en el vacío. Su cuerpo parecía hecho de espejos fragmentados y sombras líquidas, sus ojos como rendijas doradas que brillaban con una sabiduría ancestral.

—Deja el drama —dijo ella con calma—. Solo espera un poco, les pidió a Ouroboros y a Tiamat que recuperaran nuestros cuerpos, deja de deprimirte.

Kallamus levantó la vista, con los ojos brillantes de un dolor contenido.

—Entonces, ¿por qué duele tanto? ¿Por qué me siento como… como una pieza olvidada de un juego que ya ha terminado?

Lithara se acercó y se sentó a su lado, con las piernas cruzadas y la mirada fija en el vacío estrellado que tenían delante.

—Pero lo sabrá muy pronto. Pronto tendremos cuerpos, no te preocupes.

Kallamus se mordió el labio inferior, intentando contener sus emociones.

—Ay, tanto drama, ¿estás segura de que eres una dragona? ¿Dónde está tu orgullo? —dijo Lithara, dándole una palmada en la espalda…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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