Dream tamers - Capítulo 1
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1: El pasillo 1: El pasillo Bruno soñó con el mismo pasillo por quinta noche consecutiva.
No había nada extraordinario en él: solo paredes grises, el zumbido leve de una lámpara que parpadeaba, y una puerta al fondo, siempre cerrada.
Cada noche caminaba hacia ella, sintiendo que algo lo observaba desde el otro lado.
Cada noche despertaba antes de alcanzarla.
Decían que los sueños eran reflejos de tus miedos, deseos y frustraciones.
Los suyos parecían una oficina vacía.
La realidad de Bruno era igual de plana.
Doctorado en historia antigua, universidad pública, cubículo en el tercer piso con vista a una azotea llena de palomas.
Su tesis —una reinterpretación de los ritos funerarios mesopotámicos— avanzaba tan lento como la burocracia que lo rodeaba.
Despertaba, desayunaba pan y cereal, revisaba correos que nunca traían nada nuevo y pasaba el resto del día leyendo textos que ya había subrayado tres veces.Sin familia cercana, sin pareja, sin sobresaltos.
El tipo de vida que no produce recuerdos.
A veces, en el silencio del archivo, pensaba que su mente estaba comenzando a oxidarse.
O quizá ya lo estaba desde antes.
El sueño volvió esa noche.
Era idéntico al anterior, pero esta vez el pasillo parecía más largo, y el aire… más espeso, como si se moviera despacio dentro de una pecera.
Sus pasos sonaban lejanos.
La luz parpadeaba, proyectando su sombra en la pared: una sombra que, por un instante, no se movió al mismo tiempo que él.
Sintió un escalofrío.
Miró hacia atrás.
Nada.
—Otra vez tú —murmuró, sin saber a quién se lo decía.
Continuó caminando, y entonces lo notó: un murmullo sordo, apenas un susurro que parecía venir del final del pasillo.
No eran palabras, más bien el eco de algo que quería ser entendido.
Bruno avanzó, más despacio.
Por primera vez, tocó la puerta.
Aunque sentía una terrible presión al acercarse no podía dejar de hacerlo.
Estaba tibia.
Despertó con la garganta seca y la cabeza latiendo.
El reloj marcaba las 3:17 a.m.
La ventana abierta dejaba entrar una corriente de aire frío.
Intentó volver a dormir, pero cada vez que cerraba los ojos, veía la puerta.
No solo en su mente, sino con la nitidez de una imagen grabada en la retina.
A la mañana siguiente, el campus seguía igual de gris que siempre.
Bruno caminó hacia su cubículo con una taza de café sin azúcar y el gesto arrastrado de quien sabe que nada nuevo pasará.
Encendió la computadora.
La pantalla tardó en prender.
Durante un instante, creyó ver el reflejo de una puerta negra en el fondo del monitor.
Parpadeó.
Nada.
Suspiró y abrió su documento de tesis.
El cursor titilaba al final de una frase inconclusa: “Los rituales de paso se interpretaban como…” Nada le venía a la mente.
El aire dentro de la oficina era pesado, casi como el del sueño.
Demasiado callado.
Esa noche, el pasillo volvió.
Más oscuro.
Más real.
Bruno intentó detenerse, pero algo —una curiosidad o una necesidad— lo empujaba a seguir.
El zumbido de la lámpara se mezclaba con un sonido leve, como si alguien respirara cerca.
Esta vez, cuando llegó al final, la puerta no estaba cerrada.
Apenas entreabierta.
El corazón le golpeó el pecho.Empujó despacio.
El interior era una habitación bañada en una luz azul difusa.En el centro, una chica lo miraba.
Joven, delgada, cabello oscuro cayendo sobre los hombros, ojos tan azules que parecían contener el mismo brillo del sueño.
Vestía un largo vestido y una mochila negra descansaba a sus pies, tirada en el piso, como lastimada, se notaba claramente incómoda.
—¿Quién eres?
—preguntó Bruno.
– Tú, puedes verme?
– dijo ella, con el rostro entre sorprendido y extrañado – Cómo que si puedo verte?
Si no pudiera no te habría preguntado eso- espetó bruno, de modo un poco burlón.
– Tiene sentido, bueno, me llamo Lucía, y no se supone que deberías ni poder verme, ni entrar a esta habitación, que reservé para recuperarme pero que me ha drenado por completo – dijo, y de pronto se tocó el vientre, como si le doliera.
-¿Que tienes?
– le preguntó Bruno, alarmado.
– Creo que subestimé a ese tipo, no lo viste, ¿verdad?
tuvimos un pequeño encuentro y tuve que huir, y ahora no tengo energía para salir de aquí.
– No estoy entendiendo ni una palabra de lo que me estás diciendo – dijo Bruno.
– No importa, cuando despiertes lo olvidarás, solo acercate – casi en tono de súplica, susurró Lucía.
Bruno se acercó, hincó rodilla en el suelo, y rapidamente Lucía lo tomó del brazo; de inmediato Bruno empezó a sentirse sumamente cansado y se “desmayó”.
Despertó.
Le dolía mucho la cabeza, así que fue a tomar un calmante.
Tomó un baño, mientras una incomodidad le rondaba la cabeza, pero no lograba saber a qué se debía.
– Siento que tuve un sueño sumamente extraño, pero no logro saber qué fue.
Al menos dejé de soñar con ese pasillo tan lugubre- pensó Bruno para si mismo, aún con dolor de cabeza, una incomodidad extraña en el brazo y la sensación de que estaba olvidando algo importante Siguió con su día: pan con cereal, transporte público, ir al campus, estar pensando en Mesopotamia y en el fastidioso asesor de tesis que lo presiona demasiado.
– Voy a avanzar cuando deba avanzar, ¡por Dios!
– pensó, mientras miraba el mensaje que Ricardo, su asesor, le había dejado en WhatsApp.
Ya un poco distraido caminaba hacia su cubiculo cuando vio que alguien estaba sentado ahí.
– Por el amor de Dios, Ricardo, qué necesidad hay de…- y a media frase, se quedó helado.
– Hey, hola, Bruno – lo saludaba una chica joven, delgada, cabello oscuro cayendo sobre los hombros, ojos azules.
– Lu-Lucía!
– De pronto todo el sueño vino de golpe, recordó cada detalle.
Esta vez el desmayo fue real.
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