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Dream tamers - Capítulo 10

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  4. Capítulo 10 - 10 El rapto
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10: El rapto 10: El rapto La Corriente del Olvido era uno de los lugares más extraños del onírico.Un río suspendido en el aire, hecho de fragmentos de recuerdos, luces y voces que flotaban sin dirección.Los colores se curvaban como si el tiempo se derritiera, y cada paso dejaba huellas que se desvanecían apenas se daban.

Lucía caminaba sola por esa corriente, el rostro tenso, el medallón de Bruno apretado en su mano.Cada tanto, el aire vibraba y una ráfaga azulada cruzaba su camino, como si el río respirara.

Podía sentirlo.Una serie de trazas de oni que serpenteaban entre los fragmentos de memoria, todas distintas pero familiares.Demasiado familiares.

—Esto no tiene sentido —susurró, más para sí que para el eco—.

Es como si su energía estuviera en todas partes.

Desde que Bruno desapareció, algo en ella había cambiado.

No era solo preocupación; era una conexión invisible que la jalaba hacia él.Tal vez porque ella fue quien lo llevó al onírico.

Tal vez porque su oni se mezcló con el de él aquella primera noche.

O tal vez porque ambos estaban destinados a cruzar los mismos sueños.

El viento cambió.Una sombra se proyectó en el río, deformando las luces.

Lucía se detuvo.

—¿Quién anda ahí?

De entre los remolinos apareció un rostro que conocía demasiado bien.

Dante.

El mismo que había enfrentado semanas atrás, el que huyó dejando tras de sí un rastro de oni corrupto.Pero no estaba solo.Tres figuras lo acompañaban, vestidas con ropas negras, los símbolos de Luna de Sandre brillando débilmente en sus pechos.

—Sabía que vendrías —dijo Dante, sonriendo con esa calma falsa que solo los mentirosos dominan—.

Eres predecible, Lucía.

Lucía levantó la mano, formando una esfera protectora frente a ella.

—¿Qué hiciste con Bruno?

Dante soltó una risa corta, seca.

—Ah, el chico… claro.

Él.

Lucía dio un paso adelante.

—Respóndeme.

El tamer cruzó los brazos, disfrutando de su control.

—Digamos que lo “ayudé” un poco.

Bruno no cruzó al onírico por accidente, ni por talento.

Lo traje yo.

Aunque fue francamente extraño, estaba dormido demasiado profundamente y de pronto fue que despertó.

Lucía sintió cómo el aire se le congelaba en los pulmones.

—¿Qué estás diciendo?

—Exactamente eso.

—Dante se inclinó ligeramente, su sonrisa creciendo—.

Durante días lo observé desde la Corriente.

Esperé a que durmiera profundamente, y lo transporté a Los espirales.

Lo sedé para mantenerlo en reposo mientras su cuerpo seguía dormido en el mundo real.

Así, cuando no despertara, tú sentirías su ausencia.

Lucía lo miró con incredulidad.

—¿Por qué?

—Porque te conozco.

—Su voz sonó casi tierna, aunque cada palabra estaba cargada de veneno—.

Sabía que vendrías a buscarlo.

Y para asegurarme de eso, tomé un poco de su oni residual y lo esparcí por la Corriente del Olvido.

Un truco de rastreo.Al final, funcionó.

Lucía apretó los dientes.

—Usaste su energía como carnada.

—Exacto.

Y debo admitir que fuiste más rápida de lo que pensé.

Los tres tamers de Luna de Sangre se movieron detrás de él, extendiendo el oni rojo de sus manos, formando cadenas y brumas.

Lucía entendió lo que estaba pasando.

—¿Querían atraerme?

¿Por qué?

Dante dio un paso al frente, sus ojos reluciendo como brasas.

—Porque los tamers protectores son escasos.

Muy escasos.

—¿Qué demonios quieren de mí?

—Un escudo.

—Dante extendió una mano, y de su palma brotaron hiedras negras cubiertas de espinas—.

Estamos domando algo… antiguo.

Algo más allá de las bestias comunes.

Un fragmento de lo que alguna vez fue un demonio onírico.Y para mantenerlo bajo control, necesitamos a alguien que pueda resistir su oni sin morir.

Lucía retrocedió, su barrera brillando más fuerte.

—Están locos.

—Tal vez —dijo Dante—.

Pero la locura y el poder suelen caminar juntos.

Ella levantó ambas manos, expandiendo un campo de luz que los separó momentáneamente.

—¿Y Bruno?

—gritó—.

¿Dónde está ahora?

—¿Bruno?

—repitió Dante, sonriendo—.

Ese inútil apenas puede mantener su oni encendido.

Fue perfecto para la farsa, nada más.Todo fue para ti, Lucía.

Tú eras el objetivo.

Él… un accesorio.

La rabia la impulsó.Lucía lanzó un rayo directo hacia Dante, pero las hiedras se alzaron del suelo, bloqueando el ataque.El aire se llenó del olor metálico del oni corrupto.

Las plantas se extendieron como serpientes vivas, trepando por sus piernas, envolviendo su cintura, su cuello.Lucía trató de expandir su escudo, pero la energía de Dante era densa, pegajosa, llena de toxinas que interferían con su flujo.

—¿Qué… es esto…?

—logró decir, sintiendo el calor subirle por las venas.—Un obsequio —respondió Dante suavemente—.

Mis hiedras no solo aprisionan; seducen al oni ajeno, lo adormecen, lo confunden.Tu cuerpo no tardará en rendirse.

Lucía cayó de rodillas.

Las luces del río se distorsionaron frente a ella.Antes de perder el sentido, alcanzó a ver la sonrisa de Dante, distorsionada por el reflejo.

Y luego, nada.

——————–o————————- El reloj despertador sonó tres veces antes de que Bruno se moviera.El día era igual de gris que los anteriores.Los últimos acontecimientos se sentían lejanos, como si hubieran pasado en otra vida.

El brazalete seguía brillando débilmente en su muñeca.Cada intento por canalizar oni en el mundo real terminaba con un zumbido desagradable y una sensación de vacío.

—Genial —murmuró, lanzando una mirada al techo—.

Encadenado incluso en mis sueños.

Habían pasado días desde su regreso.Nadie del gremio se había comunicado.Ninguna señal de Lucía, ni de Vania, ni de Carlos.

Había intentado distraerse, volver a su tesis, pero todo parecía un eco sin sentido.El asesor, Ricardo, lo había citado esa mañana en su oficina.

—Bruno, me preocupa tu cambio de enfoque —le había dicho, cruzando las manos sobre el escritorio—.

Tu trabajo era sobre los ritos funerarios mesopotámicos, no sobre “sueños lúcidos y conciencia simbólica”.

—Solo intento ver las conexiones culturales —había respondido él, evitando su mirada.

—Conexiones o no, esto no tiene base histórica.

—Ricardo suspiró—.

Te estás desviando.

Desviando.Esa palabra había resonado en su cabeza todo el día.Porque tenía razón.Bruno estaba completamente desviado.

Esa noche volvió a la biblioteca de su abuelo.Revisó los libros antiguos, los márgenes donde solía anotar teorías sobre las almas y la memoria.Nada.

El diario seguía en la mesa, inmóvil.El brazalete en su muñeca pulsaba con un brillo intermitente, como si se burlara de su impotencia.

Se dejó caer en el sillón, cubriéndose el rostro.

—Lucía… ¿dónde estás?

El sonido de la puerta lo hizo levantarse de golpe.Alguien estaba entrando.Pero no era ruido de cerradura, sino de aire moviéndose, un crujido seco, una presencia.

Bruno se puso de pie.La figura que apareció frente a él no era la que esperaba.

Un hombre alto, de cabello corto y mirada firme, con una chaqueta civil.Pero su voz, cuando habló, era inconfundible.

—Tranquilo, Bruno.

Soy yo.

—¿Carlos?

—preguntó Bruno, incrédulo.

El hombre asintió, con una leve sonrisa.

—Supongo que no esperabas verme así.

—¿Qué… haces aquí?

—balbuceó Bruno—.

Y… ¿qué te pasó?

Carlos caminó lentamente por la habitación, observando los libros.—No exactamente “pasó”.

Lo que ves es solo una forma prestada.

—¿Una forma…?

—Las personas del onírico no siempre tienen un cuerpo real en el mundo humano —explicó—.

Algunos lo tuvieron una vez, pero murieron hace mucho.

Su esencia se conserva, y cuando necesitamos actuar aquí, tomamos prestadas formas.

—¿De quién es esa?

—De un aprendiz que nunca llegó a completar su entrenamiento.

Murió joven.

Ahora su cuerpo me sirve como receptáculo.

Bruno lo miró, atónito.

—Entonces… ¿ustedes pueden cruzar libremente?Carlos negó con la cabeza.

—No libremente.

Hay rituales.

Riesgos.

Y un precio.

Cada vez que cruzamos, algo se pierde.

Memoria, oni, tiempo.

Pero esta vez era necesario.

Su tono cambió.El aire se volvió grave.

—Vine porque necesitabas saberlo.

Bruno sintió un nudo en el estómago.

—¿Saber qué?

Carlos lo miró directo a los ojos.

—Lucía ha sido secuestrada.

El silencio que siguió fue total.

Solo el tic-tac del reloj llenó la habitación.

—¿Qué… dijiste?

—preguntó Bruno, con la voz quebrada.

—Luna de Sangre la capturó en la Corriente del Olvido.

—Carlos bajó la mirada—.

No sabemos exactamente cuándo, pero el rastro se cortó hace horas.

Bruno dio un paso atrás, tambaleándose.

—No… no puede ser.

—Lo siento, Bruno.

—Carlos puso una mano en su hombro—.

Orryn está movilizando custodios, pero es complicado.

La Corriente cambia constantemente.

Bruno lo apartó, respirando con dificultad.

—Tienen que dejarme ir.

Puedo ayudar.

—No —dijo Carlos con firmeza—.

El brazalete te ata al mundo real por una razón.

Si intentas forzarlo, podrías destruir el enlace.

Bruno cerró los puños.

—No me importa.

—Debería importarte —replicó Carlos—.

Si mueres en el intento, el onírico podría fragmentarse.

Tu oni no es estable.

Bruno no respondió.Miró el brazalete, el reflejo azul en el metal.

Carlos suspiró, dirigiéndose a la puerta.

—Encuentra respuestas, Bruno.

Pero no te atrevas a cruzar sin nosotros.

La puerta se cerró tras él.

Bruno se quedó solo, el pecho latiendo como si algo dentro quisiera romperse.

Caminó hasta la ventana, mirando el cielo oscuro del mundo real.

Su reflejo le devolvía la mirada, pero por un instante juró ver otra figura tras él:una silueta blanca, observándolo desde la profundidad del vidrio.

—Lucía… —susurró.

—Aún no —dijo la voz en su cabeza, la misma del sueño—.

Pero pronto.

El brillo del brazalete pulsó una vez más.

Como si respondiera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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