Dream tamers - Capítulo 11
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11: El reflejo de los dioses 11: El reflejo de los dioses El reloj de pared marcaba las tres con veinte cuando Bruno cerró por enésima vez el documento de su tesis.La pantalla del ordenador reflejaba su rostro cansado, los ojos enrojecidos por la falta de sueño y la mente saturada por pensamientos que no pertenecían del todo al mundo real.
Desde el encuentro con Carlos, no había pasado una sola hora sin que su mente volviera al mismo punto: Lucía estaba secuestrada.
Recordaba con claridad la conversación, el tono grave en la voz de Carlos, el peso que acompañaba cada palabra.
“Sabemos poco del rapto.
El rastro de Lucía llega profundo, hacia las Espirales.
Demasiado profundo.
Si está allí, no será sencillo traerla de vuelta.
Hay gremios oscuros y mercenarios que ni siquiera Somnia se atrevería a enfrentar, y menos por alguien del rango de Lucía.” El eco de esas frases se repetía una y otra vez, como si hubieran quedado grabadas en las paredes de su cabeza.
Ahora estaba sentado en la cafetería de la universidad, con una taza de café frío y el ruido de fondo de los estudiantes que hablaban de exámenes, tesis y congresos.
Todo seguía igual que siempre, pero él no.El brazalete plateado que Calennor le había impuesto rodeaba su muñeca izquierda.
Era discreto, apenas visible bajo la manga, pero su presencia era constante, como una atadura que pesaba más que el propio metal.Decían que serviría para estabilizar su oni y evitar “saltos accidentales” al onírico.
En la práctica, era un simple grillete Suspiró y se frotó las sienes.
La idea de que Lucía estuviera atrapada en algún rincón de las Espirales, rodeada de los mismos que casi lo matan, lo revolvía por dentro.Y, sin embargo, no podía hacer nada.El gremio había cerrado toda comunicación.
Carlos le prometió “informar cualquier novedad”, pero en el fondo sabía que era una forma elegante de mantenerlo al margen.
—¿Otra vez en tu mundo?
—dijo una voz familiar, arrancándolo de sus pensamientos.
Bruno levantó la vista.
Juliette estaba frente a él, con su taza de té de jazmín y esa sonrisa amable que siempre llevaba incluso en los días más pesados.Su cabello castaño caía en ondas suaves sobre los hombros, y los lentes le daban un aire entre intelectual y distante.Era, de todos los que conocía, la única persona que no lo juzgaba por su silencio.
—Más o menos —respondió Bruno, intentando sonar casual.
Juliette tomó asiento frente a él.
—¿Más o menos?
Eso suena a “totalmente perdido”.
Bruno sonrió con un gesto cansado.
—Digamos que estoy… escribiendo algo.
—¿Escribiendo?
—repitió ella, arqueando una ceja—.
Pensé que estabas atorado con los funerarios mesopotámicos.
—Lo estoy —admitió—.
Pero… esto es diferente.
Algo personal.
Una especie de novela.
Juliette apoyó la barbilla en la mano, interesada.—¿De qué trata?
Bruno dudó un instante.
No sabía por qué lo hacía, pero sintió la necesidad de contarlo.
No como confesión, sino como historia.Si lo presentaba como ficción, sonaría menos absurdo.Y, tal vez, podía obtener algo más: una pista.
—Trata sobre un tipo que empieza a soñar cosas extrañas —comenzó, bajando la voz—.
Al principio no le da importancia, pero luego se da cuenta de que puede entrar a esos sueños, controlarlos.
Hay gente que también puede hacerlo, se llaman… tamers.
Juliette entrecerró los ojos, divertida.
—¿Como domadores?
—Más o menos.
Domadores de sueños.
—Interesante —murmuró ella—.
¿Y cuál es el conflicto?
Bruno tragó saliva.
—El protagonista… conoce a una chica.
Ella le enseña todo sobre ese mundo, pero un día desaparece.
Es secuestrada por un grupo que usa esa energía para… bueno, para cosas malas.Y el tipo no sabe si ir tras ella o aceptar que no puede hacer nada.
Juliette lo miró fijamente.
—¿Y tú qué crees que debería hacer?
Bruno soltó una pequeña risa nerviosa.
—Eso intento averiguar.
Por eso te lo cuento.Tú sabes más de dioses y símbolos que nadie.
Quizá puedas ayudarme con… no sé, una dirección para que el protagonista siga avanzando.
Ella se acomodó el cabello, pensativa.
—Entonces hay energía de sueños involucrada.
¿no?
El corazón de Bruno dio un salto.
—¿Cómo… cómo sabes eso?
Juliette sonrió.
—Leí algo parecido hace tiempo.
En algunos textos egipcios se hablaba de la “materia del duat”, la sustancia que conecta el mundo de los vivos con el de los sueños.En teoría, quien dominaba esa sustancia podía entrar al duat sin morir.
Es parecido a lo que describes.
—Interesante… —murmuró Bruno, intentando mantener el tono casual.
—Si fuera mi novela —continuó ella—, diría que el protagonista debería buscar una figura que represente la sabiduría entre los sueños.
En Egipto, ese sería Thot, el dios de la escritura y el conocimiento oculto.
Era quien mediaba entre el mundo de los dioses y los hombres, y, según algunos textos, quien revelaba los secretos de los sueños.
Bruno frunció el ceño, intrigado.
—¿Crees que esa figura… podría estar intentando comunicarse con él?
Juliette asintió.
—Si la energía de los sueños existe en tu historia, las deidades oníricas también lo harían.
Thot podría estar enviándole mensajes o pruebas.
Tal vez la figura sin rostro que ve en sus sueños es una manifestación suya.
—Una clave —dijo Bruno, casi para sí mismo—.
Una guía.
Juliette sonrió.
—Exacto.
Tal vez el protagonista no está perdiendo el control.
Tal vez está siendo guiado para algo mayor.
El silencio se instaló unos segundos.Bruno la observó, intentando disimular la oleada de ideas que acababa de desatar en su mente.Thot, mediador entre mundos.El flujo de oni que salía de su cuerpo.La figura blanca que decía ser él mismo.
—O… —añadió Juliette, jugueteando con la taza—, si prefieres algo más de tu campo, podrías usar una deidad mesopotámica.
Los sumerios también tenían su parte oscura.
Ereshkigal, por ejemplo.
Bruno levantó la vista.
—¿La reina del inframundo?
—La misma.
Representa la parte oculta del alma.
Podrías hacer que el protagonista descubra que el poder que busca no viene de fuera, sino de dentro.
Que lo que teme es en realidad una parte de sí mismo.
—Eso suena… bien —respondió él, sorprendido por lo preciso que sonaba todo.
Juliette sonrió satisfecha.
—Ves, deberías escribir más seguido.
Tienes ideas potentes, Bruno.
Solo necesitas atreverte a desarrollarlas.
Él asintió lentamente.
—Sí… creo que lo haré.
Pero en su mente, la conversación tenía otro significado.No era su protagonista el que buscaba una deidad onírica.
Era él.
Miró de reojo el brazalete.Su superficie parecía absorber la luz, como si se alimentara de ella.¿Y si ese artefacto no solo sellaba su oni, sino que lo ocultaba de algo?¿De alguien?
Juliette revisó su reloj.
—Tengo que irme, mi clase empieza en diez minutos.
Pero me cuentas luego cómo avanza tu historia, ¿sí?
Bruno sonrió con sinceridad.
—Claro.
Gracias, Juliette.
En serio.
—De nada, soñador —respondió ella, guiñándole un ojo antes de marcharse.
Bruno quedó solo, observando el reflejo de su taza.El café estaba frío, pero algo dentro de él ardía.Las piezas encajaban, aunque de un modo que lo asustaba.
“Thot o Ereshkigal… mediadores, custodios del conocimiento oculto, del alma y del sueño”, pensó.Tal vez la figura que había visto —esa silueta blanca que decía ser él— no era un simple reflejo.Tal vez era la voz de algo antiguo que se comunicaba con él o a través de él.
Guardó sus cosas, se puso de pie y caminó hacia la salida, con una resolución nueva en los ojos.
Mientras cruzaba el patio central del campus, el viento agitó las hojas de los árboles.Por un instante, creyó ver una sombra blanca moverse entre los reflejos del vidrio.No supo si era su imaginación o una señal.
Sonrió apenas.
—Quizá no estás tratando de asustarme —susurró—.
Quizá solo intentas despertarme.
Y con esa idea en la cabeza, Bruno se perdió entre la multitud, sin notar que el brazalete en su muñeca emitía un resplandor apenas perceptible, como si algo dentro de él hubiera comenzado a responder.
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