Dream tamers - Capítulo 14
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14: El juramento 14: El juramento El silencio posterior a la desactivación era engañoso.
Las runas del círculo habían dejado de brillar minutos atrás; el campo de contención se había colapsado con un suspiro de vidrio que deja de vibrar, y aun así, el aire seguía cargado, como si el laboratorio hubiese guardado dentro de sus paredes un eco químico de obediencia.
En el suelo, los trazos geométricos estaban ahora apagados —piedra inerte, sin pulso—, y sin embargo Lucía sentía su mordida en la piel.
No era una fuerza externa sujetándola, sino el residuo: el molde invisible que el control había hecho en su oni, la memoria muscular de una esclavitud reciente.
Respiró hondo.
El olor metálico del lugar se pegaba a la lengua.
Al frente, del otro lado del cristal de seguridad, técnicos sin rostro chequeaban pantallas y calibraban espectros de energía.
Dante estaba más atrás, medio perfilado por la penumbra de la sala de observación: ni triunfo ni derrota en el gesto, solo cálculo.
El devastador, inmenso, respiraba despacio.
Las tres “caras” bajo los cráneos de animales ya no golpeaban el perímetro; la bruma oscura que le caía de las fauces se había adelgazado como si alguien hubiese apagado un motor.
Se había quedado mirándola cuando el círculo murió; luego bajó la cabeza.
Eso fue todo.
Lucía flexionó los dedos.
Los notaba entumidos, como si existiera una correa todavía enrollada alrededor de sus muñecas, pero no la había.
Cerró los ojos un instante y extendió su energía hacia adentro, tanteando.
Encontró allí la forma exacta del control, no activa, pero impresa: los surcos de drenaje que las runas habían tallado para acostumbrar a su flujo a obedecer órdenes ajenas.
No podía romper nada—no había nada que romper ya—, pero sí podía resistir el hábito.
Era como reeducar un músculo después de una fractura: recordar que todavía era suyo.
«Respira», se dijo.
«Recuerda dónde empieza tu voluntad.» Abrió los ojos y la mirada se le cruzó con la del monstruo.
Dijo “monstruo” por costumbre, por la palabra disponible; lo que vio en realidad no cabía en el nombre.
Era demasiado grande, demasiado tenso, demasiado… cansado.
Algo en su respiración —larga, intermitente— se parecía a la suya después de correr sin haber comido.
No hambre de carne, no sed de mundo: agotamiento.
—Estabilización mantenida —murmuró alguien en la cabina.
—Se apagan los residuos— dijo otra voz.
Lucía no miró a Dante.
No quería darle ese reconocimiento.
Mantuvo la vista en la criatura y, como había hecho tantas veces en Somnia Veritas frente a nudos a punto de estallar, buscó el ritmo.
El oni tiene uno: sube, baja, cede, retorna.
Si lo recuerdas, deja de arrastrarte.
El músculo de la costumbre apretó.
La tentación de ceder a la marca que habían dejado las runas era casi dulce: dejarse llevar, dejar que el drenaje volviera a hacer su trabajo de máquina.
No estaba activo, pero la memoria de la succión pesaba.
Lucía se enderezó.
No.
¡No!
Y en la resistencia, en esa quietud consciente, la memoria la tomó de la nuca y la llevó hacia atrás, no por evasión, sino por fundamento.
Para sostenerse aquí, tenía que recordar quién sostendría.
La primera vez que el mundo fue un hueco tenía catorce años y llovía sobre su ciudad como si el cielo tuviera culpa.
Su madre, una enfermera —uniforme blanco apretado por el cansancio, zapatos húmedos, la trenza levemente torcida— la había besado en la frente y dicho lo de siempre: «No te duermas sin cenar, vuelvo en unas horas».
Tres pisos más abajo el mercado cerraba cortinas; el gas chillaba de un puesto que apagaban mal; un perro le ladraba a la lluvia.
La llamada entró a medianoche con la indiferencia brutal de las cosas que no están esperando permiso.
Un asalto en la avenida, a una enfermera, resistencia real o inventada, nadie supo precisar.
Un hombre corrió con la bolsa tras soltar unos tiros.
La ciudad siguió.
Nadie la detuvo.
El pavimento lavó la sangre con agua de tormenta.
Lucía se quedó sentada en el piso de la sala, con las piernas cruzadas sobre el tapete que olía a humedad, sin llorar.
El hueco estaba tan recién hecho que todavía no entendía su forma.
A las cinco de la mañana, el sueño la dobló como una sábana.
Cayó a un lugar que no era su cuarto.
Era un patio de concreto que se parecía a la azotea del edificio, pero estaba limpio y el cielo tenía una luz azul que no existe a esa hora.
Había una puerta apoyada de pie contra la nada.
Y había un hombre.
Carlos no parecía un adulto como los demás.
Tenía la edad de los que aún no han decidido cómo será su vejez.
En sus ojos había humor triste, algo que siempre estaba listo para doblarse en broma si el momento lo exigía.
Llevaba una chamarra que no sabía si era de tela o de luz.
—Hola, Lucía —dijo como si la conociera desde antes—.
No te asustes.
—No estoy asustada —respondió con la brutalidad honesta de la adolescencia.
—Está bien.
Igual me lo repito yo cuando me tiemblan las manos.
Se sentó frente a ella y señaló el aire, que tenía densidad de agua, como una pecera sin paredes.
—¿Ves cómo vibra?
—No.
—Tú sí lo ves —corrigió con ternura—.
Nada más no tan bien como deberías.
Luego explicó lo imprescindible sin tecnicismos.
Hay energía cuando sueñas.
Hay lugares donde esa energía no se desordena.
Hay gente que aprende a caminar por esa orilla sin hundirse.
Y hay de todo eso un oficio: tamer.
—Tu oni está corriendo como si alguien le hubiera quitado de golpe todos los diques —dijo con suavidad—.
No estás “viendo a tu mamá”, pero no estás perdiéndola tampoco.
Aquí podemos trabajar para que la memoria no sea solo tormenta.
—Quiero que vuelva.
Carlos agachó la vista.
La lluvia golpeaba el concreto sin mojarlo.
—Yo quería lo mismo, pero aunque lo deseé con todas mis fuerzas, nunca volvió —confesó—.
Pero aprendí a no soltarla del todo.
Y a no dejar que el dolor me hiciera daño a mí y a otros, aprendí a vivir como ella hubiera querido.
Eso harás tú.
Le tendió la mano.
Las manos de Carlos eran cálidas y firmes, como las de quienes cargan cosas pesadas sin quejarse.
—Si cruzas por aquí —señaló la puerta apoyada en el aire—, te llevo a un lugar que no promete milagros, pero enseña a no romperte.
Lucía la tomó.
La puerta dio al lago.
La Biblioteca de las Aguas Quietas surge siempre primero como olor: papel mojado con lluvia limpia.
Luego aparece el azul profundo entre columnas, el vidrio que no corta, los techos imposibles donde cuelgan mapas que son corrientes.
A Lucía le ardieron los ojos, no por llanto, sino por la precisión de la belleza: no era lujo; era orden.
Después del hueco, el orden puede ser una forma de ternura.
Carlos la presentó con un gesto que en Somnia Veritas sustituyó por años cualquier ceremonia: una inclinación breve de cabeza a los custodios del vestíbulo, un “buenas noches” que no marca horas.
Vinieron días de aprender a respirar con el cuerpo en un mundo y la voluntad en otro.
Vinieron ejercicios para retener y no desbordar, para cerrar sin ahogar.
Vinieron esas pequeñas victorias ridículas —encender una chispa, estabilizar un peldaño de escalera dentro de un sueño ajeno— que te hacen creer que todo tiene remedio si tienes paciencia.
Pero la espina dorsal no fue una clase.
Fue el juramento.
La Sala de los Ecos está hecha de espejos líquidos.
Si te miras, te devuelve no tu cara, sino el rastro de lo que has soñado.
Lucía recuerda haber visto, por un segundo, a su madre abriendo una ventana de la cocina y riendo porque la cortina se enredaba en la maceta.
Cerró los puños.
«No la sueltes, pero no la sangres», se dijo sin saber que era la consigna.
Orryn la esperaba con esa presencia que no necesita subir la voz.
Hay maestros que mandan; él acomoda el mundo a su alrededor para que quepa lo que debe caber.
Llevaba el brazalete con el ojo semicerrado, la tela azul con hilos dorados que no hacen ruido, y una seriedad que no es fría, solo limpia.
—Lucía Rivera —dijo su nombre como quien hace sonar una campana para que algo despierte—, ¿sabes por qué estás aquí?
—Porque no quiero que alguien como yo vuelva a estar solo —contestó sin planearlo.
Fue verdad antes de volverse frase.
Orryn inclinó apenas la cabeza.
La daga de cristal azul que usan en la ceremonia no corta carne: traza memoria.
Al rozar la palma, no dolió; brilló.
El brillo se metió por la línea de vida como agua tibia.
—Repite conmigo —pidió—.
«No soy dueña del sueño; soy su guardian.» Lucía repitió.
—«No tomaré de otro lo que el equilibrio no me permita.» Repitió.
—«Protegeré antes de poseer, aun al precio más alto.» La garganta duela cuando dices algo que en el fondo ya habías decidido y no sabías.
Lucía sintió que su respiración cambiaba de tamaño, como si su pecho tuviese ahora lugar para una ciudad.
—El juramento no te vuelve mártir —añadió Orryn, rompiendo la rigidez litúrgica con humanidad—.
Te vuelve responsable, te vuelve generoso, compasivo y una luz de esperanza.
A veces eso se parece al sacrificio.
Nuestro trabajo es que no se convierta en espectáculo.
Carlos estaba atrás, apoyado en una columna, con esa media sonrisa de los que no celebran en voz alta.
Cuando todo terminó, le chocó el puño como hacen los que prefieren el gesto chico al discurso.
—Bienvenida, tamer —dijo.
Y por primera vez la palabra no sonó a etiqueta, sino a oficio.
El recuerdo se plegó solo, como una carta que vuelve al sobre sin dejar de oler a tinta.
La sala del laboratorio reapareció con su fluorescencia falta de amor.
Lucía respiró por la nariz.
Sintió todavía la huella del drenaje como si estuviera hecha de tiza sobre su piel: bastaba un paso en falso para que el hábito se impusiera.
No había runas activas; había inercia.
Oponerse no era luchar contra un hechizo, sino reeducar el cuerpo para obedecerse.
—Niveles en meseta —anotó alguien.
—Que nadie toque el panel —dijo Dante.
La bestia levantó apenas la cabeza.
La bruma negra le cayó de los flancos en hilos finos que se deshacían antes de tocar el suelo.
Las tres máscaras de hueso estaban quietas; el centro, donde lo que fuera su mirada se alojaba, apuntaba a Lucía con un interés sin afán.
«No quiere tragarme», pensó, con la extrañeza humilde de admitir que había leído mal la primera vez.
«Quiere parar.» Alzó la mano despacio.
No para hacer nada visible, sino para declararse.
En Somnia Veritas, en campo, se aprende que los gestos dicen al oni lo que piensas antes de que lo pienses.
La palma abierta significa “no vengo a tomar”.
El puño significa “no suelto”.
Eligió la palma abierta y la sostuvo unos segundos en el aire.
Por dentro se oyó repetir la última línea del juramento, no como obediencia a una institución, sino como promesa íntima: proteger antes de poseer, aun si me cuesta.
Ahí la alcanzó otra memoria, más pequeña, más doméstica: su madre en la noche de apagón, buscando velas en la alacena, riendo entre dientes porque una vela siempre rompe el miedo pero deja hollín en la pared.
«La luz también mancha», bromeó aquella vez.
Lucía se sorprendió de recordar la frase justo ahora.
Quizá por eso eligió no encender nada.
Ni barrera, ni filo, ni foco.
Solo respiró al ritmo del devastador.
La sala se aflojó un poco.
Los técnicos se miraron extrañados: en el tablero, los registros dejaron de saltar.
Era como si alguien hubiese pasado la mano sobre un animal asustado sin tocarlo.
—¿Qué estás haciendo?
—preguntó Dante al intercom, el filo controlado.
—Nada —dijo ella, y por primera vez esa palabra fue un acto.
El nada de no invadir, el nada de no acelerar, el nada de permitir que la inercia se deshaga a su propio ritmo cuando tienes tiempo y paciencia.
Hacer nada puede ser la tarea más extenuante si te formaron para lo contrario.
El devastador emitió un sonido que no era rugido.
Tenía algo de metal enfriándose en agua, algo de carreta que por fin baja la cuesta y deja de rechinar.
Las tres cabezas bajaron un grado más.
La bruma negra se volvió gris, luego traslúcida.
En el centro, detrás de las máscaras, brilló algo que no era luz sino descanso.
Lucía sintió ganas de llorar sin lágrimas.
El alivio del otro te alivia si estás abierto; te rompe si estás vacío.
Entonces entendió lo que hasta ese momento había sido presentimiento: aquello no deseaba consumirlo todo.
Quería silencio.
El problema de los monstruos no siempre es su hambre; a veces es la exigencia de quienes los miran, la maquinaria que insistimos en activar alrededor, las bestias pueden solo querer estar tranquilas y en los suyo, somos nosotros los que las alteramos.
Bajó la mano.
Su brazo temblaba, no de miedo sino de fatiga.
Sentía la bilis dulce en la lengua, ese sabor a esfuerzo sostenido que deja un entrenamiento bien hecho.
Dio un paso.
El cuerpo obedeció.
—No cruces la línea, tamer —advirtió Dante con cierta aspereza, y al usar la palabra “tamer” dijo sin querer que la reconocía.
Ella se detuvo a un metro de la primera marca apagada del círculo.
Ahí, cuidadosamente, inclinó la cabeza.
No el saludo guerrero de Somnia, no el gesto de mando de los instructores: una reverencia mínima, la que se hace ante un animal herido para que sepa que no le vas a tocar sin avisar.
—Ya está —susurró, pero no a Dante ni a sí misma.
A la bestia.
Algo dentro del coloso cambió de postura.
No podría jurar que lo vio mover nada, pero sintió el peso desplazarse como cuando alguien se sienta por fin en una cama después de estar de pie demasiado tiempo.
La bruma se apagó.
El cuerpo entero respiró más hondo.
El laboratorio, acostumbrado al sobresalto, se quedó sin oficio.
Había demasiado silencio para que el protocolo tuviera papel.
Los técnicos aguardaron instrucciones que no llegaban; Dante calculó otro ángulo, trató de encerrar el fenómeno en un nombre.
Alguien tosió, y el sonido fue grosero por ordinario.
Lucía cerró los ojos un segundo.
El recuerdo de Orryn calzó justo: “El oni recuerda su forma.
Escúchalo.” Había obedecido.
No al maestro; a la frase que ella había hecho suya.
El agotamiento le subió como fiebre.
Las piernas enviaron señales de protesta.
El músculo acostumbrado a tensarse pedía ahora temblar.
Antes de caer, recordó otra vez la promesa: proteger antes de poseer.
Se permitió balancear el peso hacia atrás y apoyarse en la columna.
No era rendición.
Era cuidado.
—Se estabilizó —dijo una voz.
Nadie celebró.
Dante abrió el intercom, esta vez sin filo: —¿Qué percibiste?
Lucía giró el cuello, mínimamente, para no romper el hilo de quietud con el devastador.
—Cansancio —contestó—.
No quiere comer.
Quiere paz.
La palabra quedó flotando, impropia en ese laboratorio de comandos, pero verdadera.
Paz.
A veces los sistemas más complejos solo están pidiendo eso y nosotros parecemos no tener la gramática.
—La paz no es un parámetro —replicó alguien, en automático.
—Apréndanlo —dijo ella sin mirar—.
Si no, van a seguir leyendo hambre donde hay agotamiento.
No hubo respuesta.
No tenía por qué haberla.
Lucía volvió a la criatura y, por un momento, lo vio.
No con ojos de catálogo —tres cabezas, piel de torbellino—, sino con la mirada que Somnia ejercita: la que identifica forma dentro del caos.
Lo vio como se reconocen las piedras en el cauce: por cómo desvían el agua.
Una imagen cruzó su mente con la precisión de las memorias que no mienten: la noche del juramento.
“Proteger antes de poseer, aun al precio más alto.” En ese momento supo que la frase tenía ahora un pliegue nuevo.
A veces proteger es no hacer nada, no alterar, solo mirar.
El cuerpo le pidió sentarse.
Lo obedeció.
Se dejó caer al piso, fuera del círculo muerto, espalda a la columna, y dejó que la respiración encontrara síncopa con la del devastador.
Dos ritmos torpes que de pronto, por instinto, hacen secuencia.
Le volvió el rostro de su madre con una claridad que no dolió.
La vio escribir la lista del mandado en el reverso de una receta vieja, cambiar el de “jitomate” por “tomate” según el puesto, y reír en la cocina con una risa corta que decía “ven, mira esto”.
No era fantasía; era memoria bien puesta.
Gracias, pensó—no supo a quién—, por devolverla así.
Cuando levantó la vista, se encontró con la sombra de Dante en el vidrio.
No podía leerle la expresión.
Mejor.
No necesitaba su interpretación.
Lo único que importaba era que el monstruo había bajado los hombros.
—Quiero registrarlo —dijo él por fin—.
Todo.
—Registra el silencio —propuso Lucía con suavidad—.
Y no lo rompas.
Nadie tocó los paneles.
Nadie encendió nada.
Durante un tramo largo —minutos, horas, qué importa— la sala practicó una ciencia vieja: no intervenir.
La fatiga ganó por la vía natural.
Lucía dejó caer la cabeza contra la columna y, desde esa orilla, la conciencia se le fue aflojando.
No se desmayó: eligió dormir, que es otra manera de quedarse y, a veces, la única.
Antes de cruzar la frontera, pensó en quién la había traído: Carlos con la puerta apoyada en la nada, Orryn con la daga que no corta, su madre con la vela bromeando sobre el hollín.
Pensó también en Bruno —aunque el laboratorio no lo supiera—, en cómo debería estarse muriendo de la preocupación.
La última sensación fue limpia: el devastador devolvía paz a la sala en la misma medida que la recibía.
Intercambio.
Nadie tomó de nadie lo que no tocaba.
Era el equilibrio, ahí, palpable, sin adjetivo.
Cuando abrió los ojos, el laboratorio seguía en penumbra.
Le habían puesto una manta sobre los hombros; alguien había acercado una jarra de agua.
No preguntó.
Se incorporó con lentitud y volvió a mirar al coloso.
Esta vez no fue presentimiento ni deseo.
Lo vio de verdad, nítido: en lo hondo de ese conjunto imposible de huesos y niebla había una voluntad chiquita, testaruda, negándose a devorar.
No porque fuera “buena”, sino porque estaba harta.
Lo que quiere comérselo todo no descansa; eso buscaba reposo.
Lucía bajó la cabeza en agradecimiento.
No por el éxito —palabra fea para lo que ocurre cuando la vida no empeora—, sino por la claridad.
El residuo del control seguía inscrito en su oni como cicatriz luminosa, pero ya no mandaba.
Y en ese margen, ese centímetro de libertad recién ganado, volvió a escuchar el juramento con la textura nueva que la vigilia nunca le había dado: no es que “los tamers existen para el bien común” como lema seco; es que no hay oficio si no vas primero a donde duele y te niegas a sangrar al otro para calmarte.
—Gracias —dijo al aire, y el aire no hizo alarde de responder.
Detrás del vidrio, Dante bajó la vista a sus notas.
Los técnicos, discretos, retomaron respiraciones normales.
Nadie aplaudió.
Mejor así.
Lucía se puso de pie.
Sintió el cuerpo pesado, pero propio.
La inercia cedía paso a otra cosa: habito nuevo, todavía tierno.
Cruzó la sala lenta, evitó pisar las marcas del círculo apagado por pura cortesía y, antes de salir, miró una última vez.
No supo si volvería a ver al devastador así de quieto.
Tal vez no.
No todo tiene continuidad.
A veces basta con una noche en paz para que algo cambie de forma para siempre.
Salió sin pedir autorización.
En los pasillos, la iluminación menos agresiva le quitó el ceño de guerra.
Caminó con la sensación —no triunfal, no exhausta— de quien recuerda que puede obedecerse.
En la curva que conduce a la salida, el aire del onírico rozó el del mundo real con ese crujido tan particular, y Lucía supo que, en algún lugar, esa calma recién nacida iba a caer como lluvia en la mente de alguien que por fin dormiría sin sobresaltos.
Se detuvo ahí, entre planos, para no olvidar.
Lo que había hecho no era hazaña.
Era fidelidad al juramento.
Proteger.
Aun si el precio es el más alto.Y, cuando se pueda, sin encender más luz de la necesaria.
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