Dream tamers - Capítulo 15
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15: Luna Creciente 15: Luna Creciente La sala del confinamiento olía a ozono.
Las runas seguían apagadas desde la estabilización anterior, pero los técnicos habían rearmado una malla de sensores y placas de inducción alrededor del devastador.
Nadie quería admitirlo, pero lo que había funcionado con calma podía repetirse con presión.
Dante tomó el intercom.
—Lucía, necesitamos que incrementes el control.
Levanta un escudo total.
Quiero la bestia cubierta al ciento por ciento.
Lucía apretó la mandíbula.
El residuo del viejo control aún se sentía como una marca en el cuerpo, pero el monstruo seguía quieto, respirando sin bruma.
Ella dio un paso al frente y alzó la mano.
—Voy.
Se concentró.
Primero un domo parcial, luego capas.
El oni salió parejo, obediente.
La cúpula creció hasta envolver a la criatura por completo, sin tocarla.
Los monitores cambiaron de rojo a verde.
El cristal del observatorio vibró con un zumbido tenue.
—Estable —dijo alguien.
Lucía sostuvo.
En el minuto tres, algo la golpeó por dentro: un tirón seco, como si la hubieran jalado del centro del pecho.
Parpadeó.
La sala se nubló.
El domo siguió en pie, pero su conciencia se inclinó hacia atrás, sin permiso.
Dante dijo su nombre.
Ella alcanzó a responder “estoy bien”, y se desvaneció.
La mente de Lucía No cayó a negro.
Cayó a un terreno gris claro, plano, sin horizonte.
Frente a ella, el devastador no era el coloso de tres cráneos, sino una figura amorfa, grande, hecha de humo pálido y luz cansada.
Tenía voz, al fin.
—No soy lo que piensas.
Lucía no retrocedió.
Tenía la respiración controlada por oficio.
—Habla.
La figura se movió como si se acomodara en el suelo.
—No soy un monstruo.
Me formé con el miedo de muchos, el horror, la desesperanza.
Hubo un bombardeo en el mundo real.
No uno, varios.
Murieron miles; de los que no murieron, muchos huyeron.
Lo que no pudieron llorar dejó rastro.
Ese rastro se juntó, se apretó y me empujó a existir.
Lucía apretó los dedos.
Lo había presentido: cansancio antes que hambre.
—¿Que más recuerdas?
— Recuerdo hombres que rezaban sin conocer a quién.
Recuerdo un perro que ladró hasta quedarse ronco.
Todo eso me hizo.
No soy un demonio antiguo.
No soy una bestia primordial.
Solo estaba fuera de control.
La figura bajó la “cabeza”.
—Lamento la furia.
Lamento los golpes.
Quiero dormir.
Quiero que me canalicen como a otras bestias de oni, para descansar, pero si me obligan, pelearé.
Lucía respiró hondo.
El oficio estaba claro: el equilibrio pide herramientas, rituales, tiempo.
Canalizar una entidad de ese tamaño era casi imposible incluso para Somnia, pero la alternativa era peor.
—Cuando despierte, voy a cubrirte.
Que nadie te toque.
Dame permiso para eso.
—Tómalo.
Y escucha: si tratan de usarme, enloqueceré.
Si me dejan dormir, no haré daño.
—Lo intentaré —dijo ella—.
Pero sé lo que viene.
Van a forzar un ritual.
Hubo un silencio corto.
—Aceptas que te cueste —observó la figura.
—Sí.
Lucía no añadió nada más ahí.
No era momento de promesas largas.
Despertó.
El domo seguía firme y el devastador, quieto.
Los técnicos soltaban aire que no sabían que habían retenido.
Dante se inclinó hacia el vidrio.
—¿Qué fue eso?
—Conexión —dijo ella, sin adornos—.
Quiere dormir.
No pelear.
—Perfecto —replicó él—.
Entonces podemos proceder.
Que empiecen los preparativos para el ritual.
Tenemos ventana corta.
Lucía no discutió.
Sabía qué significaba “ritual” cuando una entidad no cabe en los canales existentes: un sacrificio para estabilizar, una vida para sostener el cierre.
Lo había jurado años atrás, pero jurar y llegar al momento real son cosas distintas.
Aun así, la claridad no le dio miedo.
Si hacía falta pagar, pagaría.
No con gusto, pero sin huir.
Pensó en pedir perdón.
No en voz alta.
Por dentro.
A todos en general y a alguien en particular.
Bruno cruzó limpio por su mente, sin metáforas: su risa breve en el café, su torpeza digna cuando preguntaba, el empeño con que caminaba detrás de ella aun sin comprender.
“Perdóname”, dijo hacia adentro, clara.
“No alcancé a enseñarte más.” Un técnico le pasó una banda de medición.
Ella se la colocó en el antebrazo.
—Tiempo estimado: cincuenta minutos —dijo Dante—.
Quiero el domo al ciento diez por ciento cuando dé la orden.
—Lo tendrás.
–Somnia Veritas– En la Biblioteca de las Aguas Quietas, Orryn se plantó frente a un mapa proyectado sobre el piso.
A su alrededor, dos formaciones esperaban instrucciones: Mary, Damian y Albarn llevaban el emblema de escuadrón en el pecho; Carlos, Vania y Rembrandt habían terminado de limpiar las armas de oni y revisaban equipo.
—Plan —dijo Orryn—.
Dos puntas.
La ofensiva frontal la lideran Mary, Damian y Albarn.
Su tarea no es destruir, es distraer a las facciones menores y abrir pasillos.
No se separen a menos que sea imprescindible.
Mary afirmó con la cabeza.
Damian se ajustó el guante.
Albarn guardó su impaciencia tras un “recibido”.
—Segundo grupo conmigo —continuó Orryn, mirando a Carlos, Vania y Rembrandt—.
Vamos por el eje secundario, paralelo.
Objetivo: núcleo.
Donde está Lucía.
Entramos, cerramos, salimos.
Si el ritual ya está en marcha, cambiamos a protocolo de contingencia.
—¿Confirmado apoyo externo?
—preguntó Carlos.
—No contemos con él —dijo Orryn—.
A esta hora, cada gremio está mirando a otro lado.
Vania hizo girar su aro y lo detuvo en el aire con la palma, preciso.
—¿Se autoriza uso total de la fuerza?
—preguntó Rembrandt, señalándose el estuche de pinturas.
—Total pero contenido —respondió Orryn—.
Quiero control, no alardes.
La luz del salón bajó un grado.
Fue la señal.
Las dos puntas salieron en sincronía.
Nadie gritó.
No hacía falta.
En el laboratorio, Lucía elevó el domo otro tramo.
La superficie del escudo dejó de ser lisa y adoptó textura, como si añadiera “costillas de carga” invisibles.
Nunca lo había llevado tan alto.
Resistía.
El devastador no se movía.
—Funciona —dijo el técnico de consola—.
Señal limpia.
Lucía se permitió una exhalación corta.
La figura que había conocido en su desmayo, ese miedo conjunto que pedía dormir, estaba quieta bajo su cúpula.
Si todo iba bien, podría calmarlo lo suficiente como para que el ritual no fuera un martirio.
Si todo iba mal, ella absorbería la porción de dolor necesaria.
“Acepto”, dijo de nuevo, ahora sin dramatismo.
Bruno En el mundo real, Bruno despertó con el pecho caliente.
Había dormido mal, había soñado peor, y aun así se levantó con una idea fija: volver al pasillo del principio.
El brazalete ardía.
No como antes, una molestia; ahora quemaba.
“Solo es un sueño”, se dijo, sabiendo que ya no era verdad.
Se acostó de nuevo boca arriba, cerró los ojos y empujó.
El pasillo lo recibió igual que siempre: paredes grises, lámpara que parpadea, puerta al fondo.
Dio el primer paso y el brazalete se encendió más.
A la altura de la tercera losa, sintió el fuego subir por el antebrazo.
No se detuvo.
El ardor le subió al hombro, al cuello, al oído.
Siguió.
Cuando llegó a la mitad, el dolor fue pleno y lo echó fuera.
Despertó en su cama jadeando.
Volvió a intentarlo.
Una, dos, cuatro veces.
Cada vez llegaba un poco más lejos.
En la sexta, la puerta estaba a un metro y cada célula le gritaba que parara.
No paró.
Puso la mano sobre la chapa.
Abrió.
Del otro lado no estaba la habitación azul ni la sala de tránsito.
Estaba su abuelo, sentado en una mesa pequeña, con dos tazas de café humeante.
No había metáfora.
Era él, con la misma camisa a cuadros y el mismo gesto de cuando pedía que le leyeran en voz alta una nota de periódico.
—Llegaste —dijo.
Bruno cerró la puerta atrás de sí.
El dolor del brazalete bajó a un ardor manejable.
—Necesito respuestas.
—Te voy a dar las que tengo —respondió el abuelo, sin grandilocuencia—.
Son pocas, debo ser honesto.
Bruno se sentó.
El café sabía a café.
—¿Por qué pasa todo esto?
—Porque nos maldijeron —dijo el abuelo—.
No sé cuándo empezó ni como.
Cientos de años, quizá más.
Desde entonces, en cada generación, algo se rompe.
A mí se me murieron todos mis hijos.
A otros se les quebró la cabeza o el corazón antes de tiempo.
Nadie explicaba por qué.
Yo sospeché del sueño.
No supe cómo pelear.
Bruno tragó saliva.
La palabra “maldición” no le gustaba, pero encajaba.
Encajaba demasiado.
—Hay una entidad que me habla —dijo—.
No tiene forma completa.
A veces es sombra.
A veces es… —La viste en otra vida —interrumpió el abuelo, con una chispa triste—.
O en otro sueño.
Puede ser el origen.
O puede ser la voz de uno de los primeros de nosotros.
—¿Sabes si esto tiene que ver con que yo no parezco poder canalizar oni?
—No—admitió—.
Lamentablemente mi conocimiento no llega ahí, y desde que partí del mundo estoy encerrado aquí, intuyendo un poco todo pero nada más.
El aire cambió de densidad.
No fue un viento.
Fue una presencia.
La sombra que lo había visitado tantas veces entró sin puertas.
No era humo.
No era luz.
Se acomodó en el espacio como si fuera su casa.
Luego, despacio, tomó forma: un hombre con vestimenta antigua, líneas firmes en la cara, ojos claros.
Un tamer.
Bruno lo reconoció antes de que hablara: era el que le había mirado en aquella visión donde no había palabras.
La sangre le hizo un nudo en la garganta y lo soltó de golpe.
—Eres de los míos —dijo.
—Soy tu ancestro —respondió el hombre—.
Y también soy la razón de la marca.
Me sellaron a mí y sellaron a los que vinieron después.
No porque fueras malo.
Porque tu flujo es contrario al onírico.
Porque no supieron qué hacer.
Para los gremios es más facil sellar que averiguar, o al menos eso era en la antigüedad.
Habló sin adornos, con una claridad de quien ha esperado siglos para ser concreto: —Tu no canalizas oni en el sentido normal, es decir que los tamers tienen que tomar del oni del ambiente concentrandose, voluntariamente, meditan y entrenan para poder absorber un poco durante los días.
Lo que hacen los nuestros es lo contrario: tu cuerpo canaliza automaticamente, y lo multiplica, genera oni.
Si no controlas esto te puedes volver loco.
Si lo dominas, ni un brazalete te detiene.
El abuelo miró a Bruno con una emoción contenida que no era orgullo ni miedo: era alivio.
—¿Puedes deshacer el sello?
—preguntó Bruno al ancestro.
—No del todo —dijo el hombre—.
Pero puedo apartarme.
El resto te toca.
La figura le puso la mano en el hombro.
Fue como si le quitara peso del cuerpo entero.
El brazalete crujió.
Una grieta fina le recorrió el borde.
La sombra retiró la mano.
—Úsalo bien.
No te confundas de enemigo —dijo—.
Y busca a quien crea antes que a quien tema.
Desapareció sin drama.
El silencio quedó denso un segundo.
Luego, el brazalete se quebró por completo, cayó a la mesa y se hizo polvo.
Bruno no se levantó.
Primero respiró.
Luego se miró las manos.
Brillaban.
No como antes, en los puños nada más.
Todo su cuerpo emitía una luz contenida, limpia.
No quemaba.
No dolía.
Era potencia sin estorbo.
El abuelo sonrió torcido.
—¿Y ahora?
Bruno se puso de pie.
No temblaba.
No exageró la escena.
Solo dijo lo necesario: —Solo hay un sitio a donde debo ir.
En Somnia, Orryn marcó el inicio de la incursión.
Los dos grupos entraron a sus corredores.
En el laboratorio, Dante recibió por fin la confirmación y levantó la mano.
—Ahora.
Lucía reforzó la cúpula.
El devastador, bajo el escudo total, no se agitó.
Por un segundo, el silencio pareció un acuerdo.
Luego las luces del techo parpadearon: alguien, en algún lugar, tocaba un tablero que no debía.
El tiempo se achicó.
Bruno abrió los ojos en su cuarto, todavía de noche.
El resplandor le cubría los brazos como una segunda piel.
No necesitó llave.
No necesitó sala de tránsito.
Tomó aire y empujó.
El onírico se abrió delante de él como una puerta que por fin reconoce al dueño.
Y Bruno, sin mirar atrás, corrió hacia el único lugar que importaba.
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