Dream tamers - Capítulo 17
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17: El peso del silencio 17: El peso del silencio El aire olía a hierro.
El primer escuadrón avanzaba a paso corto entre columnas rotas.
La luz azul de las flamas de Mary marcaba el camino.
Detrás, Damian y Albarn se mantenían alerta.
A lo lejos, un eco profundo, como un rugido ahogado, hizo vibrar el suelo.
—No es humano —murmuró Damian.
Una silueta emergió del humo.
Era alta, envuelta en capas negras que parecían moverse solas.—Soy Ibrahim —dijo el hombre con voz firme—.
Custodio del núcleo.
Su presencia bastó para que el aire se deformara.
Del suelo surgieron sombras que tomaron forma: bestias de oni, de cuatro y seis patas, algunas con cuerpos incompletos, otras con mandíbulas que se abrían en direcciones imposibles.
Mary encendió una llamarada y las criaturas retrocedieron por un instante, pero pronto se multiplicaron.
—No hay fin —dijo Albarn, endureciendo los puños.
Damian copió el movimiento de Ibrahim, intentando replicar su invocación.
Lo logró a medias: apenas dos bestias menores, que fueron destruidas de inmediato.
—No podemos seguir —dijo Mary, cubriéndose con fuego—.
Cada vez que las quemo, aparecen más.
Albarn lanzó un golpe al suelo; la onda de choque derribó a varios enemigos, pero otros tomaron su lugar.
Damian cerró los ojos, probando con nuevas técnicas, copiando destellos, combinando estilos; nada surtía efecto.
Ibrahim extendió los brazos.
—No los odio.
Pero su avance termina aquí.
El suelo entero se agrietó.
Cientos de bestias surgieron a la vez, rodeando a los tres tamers.
Mary creó una barrera de fuego azul que los cubrió en un círculo cerrado.
El calor levantó un muro luminoso.
Damian gritó sobre el estruendo: —Aunque lo crucemos, no llegaremos al núcleo.
—Lo sé —dijo ella, sin bajar la vista—.
Pero al menos sabrán que lo intentamos.
Las flamas se intensificaron hasta volverse blancas.
La cámara entera ardió en silencio.
Orryn respiraba con dificultad.
Su hombro sangraba.
Frente a él, Dusk giraba los látigos lentamente, sin prisa.
Llevaban minutos —quizá más de una hora— en un duelo que no cedía.
El hacha de Orryn vibraba con un tono grave, cada golpe dejando marcas en el piso.
—Sigues conteniéndote —dijo Orryn.
Dusk levantó una ceja.
—Y tú igual.
El maestro dio un paso al frente.
—No eres el mismo.
Antes habrías intentado matarme.
Dusk bajó los látigos un instante, sin romper guardia.
—No estamos aquí para eso.
Orryn lo miró en silencio.
Dusk continuó: —La orden no era eliminarlos.
Solo mantenerlos ocupados.
El ritual debe completarse sin interferencias.
El hacha se detuvo en el aire.
Orryn comprendió al instante.
—Así que esto es distracción.
—Exacto —respondió Dusk—.
Mientras peleamos, Dante termina su trabajo.
El maestro escupió sangre y rió apenas.
—Entonces más vale que pelees en serio.
Dusk sonrió, sin gusto.
—Ya no creo en la causa, Orryn.
Pero no tengo opción.
El siguiente choque fue el más violento.
El hacha y los látigos se cruzaron, creando una explosión de oni que hizo temblar el pasillo.
Ambos fueron lanzados hacia lados opuestos.
Orryn se incorporó de inmediato, pero Dusk no volvió a atacar.
—Ve —dijo, bajando el brazo—.
Si puedes llegar a tiempo, inténtalo.
Orryn dio un paso, pero una pared de energía se alzó entre ambos, cortando el pasillo.
Dusk lo había liberado…
y al mismo tiempo sellado el camino.
Lucía ya estaba sentada en la silla de ejecución.Los cables de oni vibraban con un zumbido constante, como una respiración mecánica.
Los técnicos ajustaban las anclas al suelo.Dante observaba los monitores desde la cabina, los ojos fijos en los indicadores.
—Flujo estable —dijo un asistente.—Nivélalo en cuarenta y seis unidades.
No quiero oscilaciones antes de la descarga.
Lucía mantenía la mirada al frente.
El devastador seguía dormido bajo la cúpula, apenas moviéndose.El ruido de las máquinas era hipnótico.
En su cabeza, la voz de la bestia resonó débil, como un pensamiento lejano:“Puedo dormir, si tú duermes.” Lucía cerró los ojos.
No sentía miedo.
No lo había sentido desde que aceptó lo inevitable.
Pensó en su juramento: proteger a los demás por encima del bienestar propio.
Ahora entendía el sentido completo de aquellas palabras.
No era un sacrificio, era una consecuencia natural.
“Si yo desaparezco, Somnia puede mantenerse entera.
El dolor se detiene aquí.” El contador en la consola marcaba tres minutos.
Dante se acercó, deteniéndose frente a ella.
—Lo lamento —dijo, sin tono.
—No lo lamentas —respondió Lucía—.
Pero está bien.
No esperaba que lo hicieras.
Dante giró el interruptor principal.
La energía comenzó a concentrarse en la base de la silla.
Un temblor leve recorrió la sala.
—Dos minutos —informó el técnico.
Lucía respiró hondo.
Cerró los ojos.
Pensó en el fuego azul de Mary, en el eco del hacha de Orryn, en la sonrisa de Bruno.“Todo vale la pena si sirve para cerrar el círculo.” Afuera, en el pasillo que conducía al laboratorio, un grupo de sombras se arrastraba por el suelo.
Eran Vania, Carlos y Rembrandt, arrastrados por los esbirros creados por Ibrahim, que Varec solía usar como ayudantes .Sus cuerpos mostraban heridas y marcas de oni seco.
Habían perdido la pelea.
Los arrojaron a los pies de la entrada del laboratorio.
Uno de los técnicos giró al escuchar el golpe.
—¿Qué es esto?
—Intrusos —respondió un esbirro, antes de disolverse.
Dante no se molestó en mirarlos.
—Déjenlos ahí.
No importan.
Carlos levantó la cabeza con esfuerzo.
A través del cristal vio a Lucía en la silla, los cables conectados, la luz azul palpitando.
—No… —murmuró—.
No puede ser… Vania intentó levantarse.
Rembrandt la ayudó, tambaleándose.
El técnico principal anunció: —Noventa segundos para la ejecución.
Lucía los vio.
Sus labios se movieron, apenas audible tras el vidrio.
—Váyanse.
Carlos golpeó el cristal.
—¡Detén esto, Dante!
¡No tienes idea de lo que haces!
Dante no respondió.
El flujo de energía aumentó; los indicadores pasaron de azul a rojo.
El sonido se volvió ensordecedor.
Lucía bajó la mirada.“Un último favor.
Que no me recuerden así.” El contador marcó treinta segundos.
Dante respiró profundo y colocó la mano sobre el panel de activación.
En la superficie del vidrio, las luces reflejaban la silueta de Lucía: tranquila, serena, con la cabeza erguida.
Carlos volvió a golpear.
—¡No!
¡Dante!
El ingeniero giró levemente la cabeza.
—Guarda silencio mientras trabajamos —dijo con frialdad—.
Ella está cumpliendo solamente su deber.
El sonido aumentó.
El suelo comenzó a vibrar.Rembrandt intentó trazar un sello, pero su tinta no se adhería al metal.
Vania se cubrió los oídos.
Cinco segundos.
Lucía levantó la vista una última vez.
La luz azul del oni reflejada en sus ojos era tranquila, casi bella.
“Por fin paz.” El panel emitió un sonido agudo.Una columna de energía descendió sobre la silla.
El resplandor llenó toda la sala.
Vania gritó.
Carlos cayó de rodillas.
Rembrandt apartó la vista.
La luz lo consumió todo.
Solo quedó el silencio.
El aire estaba inmóvil.
Las pantallas en blanco.
El pulso del oni se detuvo.
Entonces, el suelo tembló.
Un zumbido grave recorrió el metal de las paredes, seguido de un rugido imposible, como si el cielo mismo se partiera.
El resplandor regresó, más brillante, más violento, teñido de rojo.
Pero provenía de la silla.
—¡Danteeeee!
—rugió una voz.
Una fracción de segundo después, algo simplemente estalló.
Un impacto ensordecedor destrozó la cúpula del laboratorio, arrancando cables, rompiendo la estructura y lanzando a los técnicos por los aires.
La silla de ejecución explotó en pedazos de metal incandescente.
En medio del polvo y los fragmentos, una figura se alzó entre la luz.
Bruno.
Su cuerpo emanaba oni rojo, vivo, pulsante, como fuego contenido a punto de estallar.
Lo rodeaba una corriente furiosa que doblaba el aire y hacía vibrar el suelo bajo sus pies.
Tenía a Lucía en brazos, inconsciente, pero viva.
Su respiración era agitada.
El resplandor se reflejaba en el metal fundido del suelo.
Alzó la vista hacia el observatorio, donde Dante lo observaba inmóvil, atónito.
—¡Dante, vine por ti!
—rugió.
El grito no fue humano.
Fue una descarga de ira y energía que hizo temblar las luces, desvió los flujos de oni y resquebrajó los monitores del laboratorio.
El rojo de su aura se expandió hasta cubrir toda la sala, mezclándose con los restos del azul de Lucía, formando una tormenta de poder incontrolable.
Los técnicos huyeron.
Vania, Carlos y Rembrandt apenas alcanzaron a cubrirse tras una consola rota.
Los esbirros de Ibrahim se disolvieron al instante por el oni.
El aire olía a electricidad y furia.
Bruno dio un paso adelante, aún sosteniendo a Lucía con una mano, mientras su oni rugía alrededor de ambos como una criatura viva.
El metal del suelo se derritió bajo sus pies.
Dante no se movió.
No podía.Por primera vez, comprendió que el sacrificio no sería el de Lucía.
El rugido del oni llenó la cámara.
Somnia entera pareció despertar.
Y así terminó el silencio.
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