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Dream tamers - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Quemalo todo Bruno
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18: Quemalo todo, Bruno 18: Quemalo todo, Bruno El laboratorio seguía humeando.

Pedazos del techo caían intermitentes, chispeando entre cables rotos.En el centro del caos, Bruno respiraba con el pecho encendido.

Su oni rojo palpitaba alrededor como un fuego vivo, pero no se desbordaba.

Lo contenía.

Su mirada ya no era de furia pura: era una calma peligrosa, la de quien aún arde por dentro, pero decide cuándo incendiar.Bajó la cabeza y exhaló lentamente.

El aura comenzó a comprimirse sobre su cuerpo hasta parecer una brasa tenue, apenas un resplandor constante.

Lucía se movió en sus brazos.

Tosió, abrió los ojos y parpadeó ante la luz roja que la envolvía.

—¿Qué… qué hiciste?

—murmuró, con voz débil.

Bruno sonrió apenas.

—Llegué tarde, pero llegué.

Lucía lo miró incrédula.

—¿Estás loco?

¿Sabes lo que hiciste?

¡Pudiste morir!

—le gritó, pero la voz le tembló a mitad del reclamo.

Bruno la dejó en pie con cuidado.

—Ya no importa.

—Se inclinó un poco—.

Estás viva.

Eso sí importa.

Lucía apretó los dientes, respiró, y de pronto lo abrazó con fuerza.

—Idiota —susurró—.

Pero gracias.

Bruno no respondió.

Su aura roja volvió a vibrar un momento, como un pulso de satisfacción, antes de volver a estabilizarse.

A unos metros, los cuerpos de Vania, Carlos y Rembrandt se removían entre los restos del metal fundido.

Los esbirros que los habían dejado allí retrocedieron y se desvanecieron apenas sintieron el oni rojo de Bruno.

Carlos se levantó con esfuerzo, apoyándose en una barra doblada.

—¿Lucía…?

—Estoy bien —respondió ella, liberándose del abrazo.

El grupo se reunió alrededor, todavía aturdido.

El silencio solo se rompía por los zumbidos de las máquinas muriendo poco a poco.

De pronto, la puerta principal se abrió de golpe.

Orryn entró, cubierto de polvo pero erguido, con el hacha al hombro.

Tras él, el primer escuadrón: Mary caminaba apenas, sostenida por Damian; Albarn tenía el brazo izquierdo roto y lucia hecho pedazos.

Al ver el escenario, Orryn se detuvo.

Sus ojos fueron de Lucía a Bruno, luego al devastador aún dentro de la cúpula, respirando con calma.No dijo nada.

Solo asintió.

Había comprendido.

Bruno dio un paso hacia él.

—Llegaron justo para ver el final.

—¿Final?

—preguntó Orryn.

Bruno miró hacia el devastador.

—Sí.

Cruzó la sala hasta quedar frente al domo.

El cristal estaba resquebrajado, el oni azul pálido filtrándose por las grietas como vapor.

El devastador ya no rugía ni temblaba.

Solo lo observaba con tres ojos apagados y un cuerpo que parecía cansado de existir.

Bruno apoyó la mano sobre el cristal roto.

Su oni se encendió otra vez, extendiéndose en filamentos rojos que envolvieron la superficie.

El domo se desintegró lentamente, como ceniza.

El gigante se incorporó apenas, sin agresión.

Bruno lo miró con serenidad.

—Así que todo es por ti, amiguito —dijo, con voz baja—.

No te preocupes.

Serás libre.

Extendió la mano, y el oni rojo fluyó hacia el cuerpo del devastador.

No lo consumía; lo abrazaba, lo envolvía con calidez.

Las grietas en su piel luminosa comenzaron a cerrarse, y su respiración se volvió profunda, tranquila.

Durante un instante, todos contuvieron el aliento.

Lucía observaba en silencio.

Entendió que Bruno no estaba dominando al oni: estaba sincronizándose con él, dejándolo ir.

El devastador alzó una de sus cabezas, exhaló una nube de luz y pronunció un único sonido.

—…Gracias.

El cuerpo se deshizo sin violencia, disolviéndose en miles de partículas que ascendieron hasta el techo, cruzando las grietas abiertas hacia el cielo onírico.

El resplandor se apagó.

Bruno bajó la mano.

—Descansa.

El silencio fue total.

Incluso las máquinas dejaron de emitir ruido.

Lucía sonrió débilmente.

—Lo hiciste… —susurró.

Pero el instante no duró.

Un zumbido agudo cortó el aire, seguido por un impacto que lanzó a Bruno hacia atrás.

Se estrelló contra una columna fracturada.

Del humo surgió Dante, con los ojos encendidos y la piel surcada por líneas verdes.

De sus brazos se extendían redes de oni negro, vivas, palpitantes.

—¡Era mío!

—rugió—.

¡Mi proyecto, mi control!

Bruno se levantó despacio, con polvo cayendo de su ropa.

—Era un ser del oni, con un propósito que tú le estabas negando.

No tu trofeo.

Dante apretó el puño.

Las redes se agitaron como enredaderas con espinas, cubiertas de toxinas verdes que chispeaban en el aire.

—No sabes con quién te metes.

—Tampoco tú —respondió Bruno.

Y encendió su puño en un oni rojo intenso.

El choque fue instantáneo.

Las redes se extendieron, buscando atraparlo; Bruno giró el cuerpo y liberó una descarga que partió el piso.

El oni rojo y el negro se encontraron a mitad del laboratorio.

El impacto levantó una onda que lanzó a los demás contra las paredes.

Carlos cubrió a Lucía.

Damian sostuvo a Mary.

Orryn se ancló con el hacha para no ser arrastrado.

El resplandor se intensificó: rojo y negro, fuego y veneno entrelazados.

Ninguno cedía.

Bruno empujó con un rugido; Dante respondió con un movimiento de ambas manos, extendiendo una malla completa que lo envolvió.

El metal chispeó.

El aire se volvió pesado.

Ambos retrocedieron un paso, respirando agitados.

No era una pelea de fuerza.

Era una de convicciones.

Bruno habló primero: —Si tu idea de orden es matar lo que no entiendes, eres más anomalía que las bestias que cazas.

Dante lo miró sin parpadear.

—Tú no entiendes lo que has hecho.

Acabas de condenarnos a todos.

Una nueva ráfaga de poder se encendió, pero el golpe quedó suspendido: ambos se miraban, a centímetros de desatar una tormenta.

A unos metros, Vania fue la primera en recuperar el aliento.

—¿En verdad ese es el Bruno que conocemos?

—preguntó, todavía incrédula.

Carlos no respondió.

Observaba la escena sin entender cómo el mismo tipo que apenas dominaba el oni básico ahora era una fuerza contenida que hacía temblar ese laboratorio entero.

Rembrandt tragó saliva.

—No está solo canalizando oni del ambiente —dijo con voz baja—.

Tambien lo genera desde dentro.

El comentario hizo que todos guardaran silencio.

Lucía, aún débil, apoyó la espalda en una columna.

Miraba a Bruno con mezcla de asombro y temor.

Sabía que lo que veía no era un aumento de poder… era algo diferente.

Orryn dio un paso al frente, firme, la expresión imperturbable.

—No comprendo lo que ha pasado —dijo—, pero si está aquí, si detuvo el ritual y salvó a Lucía, eso basta por ahora.

Vania lo miró sorprendida; no acostumbraba oír gratitud en esa voz.

Lucía, sin apartar la vista de Bruno, murmuró: —Aunque todo parezca bien, algo me dice que esto no termina aquí.

Somnia no va a dejarlo pasar.

Orryn bajó el rostro un instante.

—Probablemente no.

Pero hoy, Somnia no te perdió gracias a él.

El choque entre Bruno y Dante continuaba en el fondo, su luz alternando rojo y verde, iluminando los rostros de todos.

Cada destello proyectaba la silueta de un mundo que temblaba ante un equilibrio nuevo.

Lucía cerró los ojos un segundo.

El rugido de ambos llenaba la sala.

—“Quémalo todo, Bruno” —susurró, apenas audible—.

“quemalo todo.” Y el fuego rojo volvió a encenderse.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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