Dream tamers - Capítulo 19
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19: Nudo de convergencia 19: Nudo de convergencia El ruido de los choques retumbaba en todo el complejo.
Bruno y Dante se enfrentaban en el corazón del laboratorio derrumbado, dos polos de fuerza opuestos, dos respiraciones que deformaban el aire.
El oni rojo de Bruno ardía como una tormenta contenida.
El oni negro de Dante reptaba por el suelo en forma de raíces y filamentos vivos, buscando envolverlo.
Cada impacto hacía vibrar los cimientos.
—¡No entiendes nada!
—rugió Dante—.
¡No sabes lo que liberas!
Bruno respondió sin elevar la voz.
—Tú tampoco.
El golpe que siguió fue seco, devastador.
Una onda de oni rojo arrasó las redes negras, rompiendo la estructura metálica y doblando las columnas.
Dante apenas alcanzó a cubrirse.
El suelo se quebró bajo sus pies.
—¡Maldito!
—bramó, extendiendo sus brazos.
De ellos brotaron espinas y venas negras cargadas de toxinas.
Las lanzó en ráfagas rápidas; los tentáculos atravesaban el aire con silbidos venenosos.
Bruno los esquivó con calma, su silueta rodeada por el resplandor rojo.
El aire a su alrededor se distorsionaba, pesado, denso.
Cada vez que liberaba energía, el espacio parecía contraerse.
Y entonces empezó a ocurrir: del techo, de las grietas, comenzaron a surgir criaturas.
Eran simples bestias de oni: deformes, erráticas, nacidas del desequilibrio.
Nudos, de esos que los tamers se encargan como tarea cotidiana.
Lucían como las mismas que habían aparecido durante sus primeros entrenamientos: sombras que apenas comprendían su forma, mitad humo, mitad carne.
Orryn, desde el otro extremo de la cámara, lo notó de inmediato.
—¡No provienen del ambiente!
—gritó—.
¡Están saliendo por la presión de su oni!
Mary encendió su fuego azul y redujo a dos de ellas.
Damian copió el movimiento, lanzando una réplica menor.
Albarn, exhausto, los cubría con fuerza bruta, arrojando escombros sobre las criaturas.
Lucía vio cómo el aire comenzaba a doblarse, las ondas de oni cruzándose en direcciones imposibles.
—¡Bruno!
—gritó—.
¡Tu flujo está generando una distorsión!
¡Si sigue así vas a formar un nudo de convergencia!
Bruno no respondió.
Seguía avanzando hacia Dante, cada paso resonando como un golpe de tambor.
El suelo se rajaba detrás de él, su oni filtrándose como lava.
Dante alzó la voz, con una mezcla de rabia y desesperación.
—¿Ves lo que eres?
¡Eres un error del onírico!
¡Una abominación que no debió existir!
Bruno levantó el puño, sin dudar.
—Entonces déjame enseñarte lo que puede hacer esta abominación.
El golpe que siguió no fue un impacto: fue una implosión.
La energía roja se expandió como un corazón latiendo, desintegrando las redes de Dante, arrancando de cuajo los tubos y rompiendo los vidrios del laboratorio.
Dante salió disparado contra una pared y cayó de rodillas, jadeando, cubierto por su propio oni que ya no obedecía, se desintegraba como polvo en el viento, ya no le quedaban fuerzas.
El negro se disolvía, fluyendo como humo, incapaz de mantener forma.
Bruno bajó el brazo.
A su alrededor, las bestias comenzaron a aparecer más lentamente, como si el onírico no soportara su presencia pero de cualquier modo seguían alimentandose de la anomalía.
Lucía respiraba agitada, todavía con los ojos encendidos de azul.
—¡Bruno, termina esto ya o vas a romper el tejido entero de las espirales!
Bruno cerró los ojos.
El resplandor rojo se concentró en torno a su pecho.
El aire se comprimió.
Un último golpe bastó.
El oni negro de Dante se fracturó, y el silencio cayó de golpe.
El maestro de Luna de Sangre quedó de rodillas, temblando, el rostro pálido.El laboratorio entero olía a metal quemado.
Bruno se acercó despacio.Su paso resonaba entre los escombros.
Dante alzó la cabeza, con los ojos vidriosos, la respiración rota.
—No entiendes… —susurró—.
Luna de Sangre no buscaba poder.
Buscábamos un escudo.
Bruno frunció el ceño.
—¿Un escudo?
—Varec lo sabía.
El Devastador no era un arma… era la única defensa que teníamos.
—¿Defensa de qué?
—preguntó Bruno.
Dante sonrió apenas, los labios manchados de sangre.
—De…
ellos.
Los que viven en la sombra de las sombras.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier explosión.
Bruno lo miró sin entender del todo, pero percibiendo algo que no era mentira en esa voz.
Dante apoyó la cabeza contra el suelo, exhalando despacio.
—Varec me recogió de la calle… me dio propósito.
No me importaba morir por él.
Vivimos en la oscuridad, pero nos importa el onírico tanto como a ustedes, no somos aceptados y está bien, pero esto solo era un mal menor.
El oni negro se extinguía.
Bruno apretó los puños, pero no lo remató.
No era lo correcto.
Lo dejó allí, exhausto, respirando entre sombras.
Entonces el aire cambió.
Una vibración distinta, limpia, cortante.
No era oni.
Era algo más puro, más preciso.
Bruno giró la cabeza.Una figura se materializó junto a Dante.
Apareció sin sonido, sin luz, como si siempre hubiera estado ahí.
Un hombre joven, de complexión ligera, rostro inexpresivo.
—Niño ignorante —dijo sin mirar a Bruno.
Antes de que nadie reaccionara, movió la mano.
Un corte de una espada.
Nada más.
Dante se arqueó, y su cuerpo se desplomó, muerto sin un sonido.
El silencio volvió a apoderarse de todo.
Lucía cubrió su boca con ambas manos.
Orryn retrocedió un paso y tomó su hacha, instintivamente.
El sujeto se inclinó y extrajo de entre los restos del cuerpo una pequeña esfera luminosa, un fragmento de oni puro, cristalizado.
Lo sostuvo entre los dedos.
—Así que esto era lo que mal llamaron “el Devastador” —murmuró.
La esfera se disolvió en su palma, absorbida por completo.
Bruno avanzó un paso.
—¿Quién eres?
El sujeto ni lo observó, impasible.
—Alguien que equilibra las piezas cuando ustedes las rompen.
—¿Por qué lo mataste?
—preguntó Bruno, tenso.
—Porque ya había cumplido su función —respondió con serenidad.
El tono era casi educativo, sin rastro de odio.
El oni rojo volvió a vibrar en torno a Bruno.
Lucía gritó: —¡Bruno, no!
Pero aquel individuo apenas levantó un dedo.
Con un chasquido, todo cambió.
Las bestias que aún rondaban se deshicieron como polvo.
Las grietas en las paredes se cerraron.
El aire se volvió limpio, puro, como si nada hubiera ocurrido.
No quedaba rastro de oni en el ambiente.
Ni rojo, ni negro, ni azul.
Solo quietud.
Orryn sintió un escalofrío.
Lucía dio un paso atrás.
El sujeto bajó la mano.
—Nos veremos más adelante, Somnia —dijo con voz neutra.
Y, sin más, desapareció.
No se disolvió.
No se desvaneció.
Simplemente dejó de estar.
Bruno permaneció inmóvil, mirando el punto donde había estado.
El silencio era absoluto.
Lucía respiró con dificultad.
Damian cayó de rodillas, agotado.
Mary apagó las brasas de su oni, el fuego azul consumiéndose en un hilo de humo.
Orryn se acercó despacio.
—¿Estás bien?
—preguntó.
Bruno no respondió de inmediato.Su oni seguía ahí, rojo oscuro, pero más estable, latiendo despacio como un corazón cansado.
—Sí —dijo finalmente—.
Pero esto no terminó.
Lucía se acercó.
—¿Qué era ese hombre?
Bruno la miró un instante, sin contestar.
Orryn habló en su lugar: —Algo que no pertenece al onírico tal como lo conocemos.
— Era James, uno de los arcontes de Anatema — intervino Varec, que se había apresurado hacia la sala, y se acercó al cuerpo inerte de Dante—.
Hijo mío, al menos ahora estás en paz — dijo abrazandolo.
Todos miraron en silencio, aunque era el enemigo, tenían respeto por su pérdida.
El nombre Anatema flotó en la mente de todos, sin explicación, sin contexto.
Solo un presentimiento pesado.
Bruno cerró los ojos y respiró profundo.
El suelo seguía caliente bajo sus pies, pero el aire ya no vibraba.
Solo quedaba la sensación de que algo había cambiado en el mundo.
A lo lejos, comenzaron a abrirse portales, el equipo restante de Somnia había llegado para apoyar, tarde pero sintieron un poco de tranquilidad.
Aunque ninguno de ellos podía decir lo mismo del futuro que parecía asomarse.
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