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Dream tamers - Capítulo 2

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2: La revelación 2: La revelación Capítulo 2 — La revelación Bruno despertó con un sobresalto, la imagen de Lucía flotando frente a él aún fresca en su mente.

La habitación del cubículo parecía más gris que nunca; los pasillos del campus, más largos.

Su corazón aún latía con fuerza, mezclando miedo y confusión.

Lucía estaba allí, de pie frente a su escritorio, con la misma expresión seria y concentrada que recordaba del sueño.

—Bruno —dijo ella, con un susurro casi tímido—.

Necesito que vengas conmigo.

—¿A… a dónde?

—preguntó él, con la voz ronca por el desmayo y la incredulidad.

—A caminar —respondió ella, sin dudar—.

Hay cosas que debo explicarte, y no puedo hacerlas aquí.

Necesito aire, espacio… y tiempo para que entiendas.

Bruno titubeó, pero algo en su mirada le hizo sentir que, por primera vez en su vida, estaba ante algo que no podía ignorar.

Era demasiado real para ser un sueño, y demasiado urgente para quedarse sentado.

Salieron del campus en silencio, caminando entre calles poco transitadas, bajo el sol de media tarde.

La ciudad parecía indiferente, los estudiantes y trabajadores moviéndose como fantasmas con destino fijo.

Lucía mantenía un paso firme y seguro, mientras Bruno la seguía, aún sin comprender cómo alguien tan extraña podía estar aquí, en su mundo, hablando con él con total naturalidad.

Después de unos quince minutos, llegaron a un parque cercano.

Los árboles ofrecían sombra, y el murmullo de la fuente central llenaba el aire con un sonido relajante.

Lucía se sentó en un banco, y Bruno se quedó de pie frente a ella, incómodo.

Su mirada azul penetrante lo observaba con la seriedad de alguien que está a punto de revelar un secreto imposible de ignorar.

—Bruno —comenzó ella, respirando hondo—.

Lo que te voy a contar suena imposible.

Y probablemente lo sea.

Pero debes creerme.

—…Ok —dijo Bruno, rascándose la nuca, sin poder evitar un nudo en la garganta—.

Lo he aprendido esta semana.

Nada de lo que me digas podrá sorprenderme demasiado.

Lucía sonrió débilmente y continuó: —Yo soy un dream tamer… o, como nos llamamos entre nosotros, un tamer.

Bruno frunció el ceño, dudando de si debía reír o preguntar más.

—Un… ¿tamer?

—repitió, con cautela.

—Sí —asintió ella—.

Nos encargamos de los sueños.

No todos los sueños.

Hay un mundo dentro de ellos, que llamamos el onírico, y es distinto del mundo de los sueños comunes.

Puede sonar redundante, pero es como lo conocemos: los sueños que todos tienen son el reflejo de su mente, pero el onírico… el onírico es otra cosa.

—¿Otra cosa cómo?

—preguntó Bruno, tratando de mantener la calma—.

¿Una especie de… sueño compartido?

—Algo así —dijo Lucía, inclinándose hacia él—.

En el onírico nos movemos nosotros, los tamers.

Algunos nos ocupamos de mantener el equilibrio, asegurándonos de que los sueños no se vuelvan peligrosos; otros ayudamos a personas concretas a canalizar energía onírica, que es… bueno, básicamente la energía que se genera mientras alguien sueña y que puede influir en su vida real.

Bruno parpadeó.

Había escuchado teorías de neurología y psicología sobre energía psíquica, pero nada que se acercara siquiera a esto.

—Ok —dijo finalmente—.

Esto es… demasiado para asimilar.

Pero supongo que tengo que aceptar que lo que vi no era un sueño cualquiera.

Entonces, ¿cómo se entra a ese… onírico?

Lucía suspiró, con una expresión de cansancio que parecía pesar más que la tarde misma.

—Para entrar se necesita energía onírica.

Cada persona tiene un límite, una cantidad que puede desarrollar y mantener.

Cuanto más fuerte eres, más tiempo puedes sostenerte allí.

Y si la pierdes… bueno, las consecuencias son graves.

—¿Graves?

—preguntó Bruno, inquieto—.

¿Qué tipo de consecuencias?

—Si alguien se queda sin energía mientras está en el onírico… muere —dijo ella, sin rodeos.

Su voz era firme, pero Bruno notó un matiz de miedo—.

Y no es solo morir allí, morir en el onírico significa morir en el mundo real.

El color de la piel de Bruno cambió ligeramente.

Las palabras de Lucía no eran una metáfora: eran concretas, letales, imposibles de ignorar.

—¿Y… esto te pasó a ti?

—preguntó con voz temblorosa.

Lucía asintió.

Cerró los ojos un momento, respirando hondo, como si reviviera la experiencia.

—En el sueño del pasillo… me topé con alguien llamado Dante.

Es un tamer de un gremio oscuro.

No sé exactamente qué quería, pero los gremios oscuros son… mercenarios.

Hacen trabajos por dinero, sin importar a quién dañen.

Pueden querer obstruir a alguien, manipularlo, incluso matarlo.

Bruno tragó saliva.

Lo que hasta hace un momento parecía fantasía, ahora tenía un componente mortal.

—Tuve que huir —continuó Lucía—, y en el proceso, casi me quedo sin energía.

Y, como dije, la energía es necesaria para salir del onírico.

Si no tienes suficiente, no hay salida.

Y morir allí es morir aquí.

—Entonces… —Balbuceó Bruno—, ¿eso explica la habitación?

La que estaba en mi sueño… Lucía asintió, con un gesto serio.

—Exacto.

Para salvarme, creé esa habitación sellada.

Debía absorber energía de personas soñando, lentamente, de varios individuos, para poder recargarme lo suficiente y salir.

Y ahí fue donde te encontré.

Aún no entiendo del todo por qué pudiste entrar a la habitación, Bruno… por eso te busqué en el mundo real.

Necesitaba encontrar a alguien que pudiera ayudarme, aunque no sepa cómo ni por qué eres capaz de entrar.

Bruno se quedó mirando la fuente, tratando de procesar cada palabra.

La tarde avanzaba y el cielo comenzaba a teñirse de naranja.

El sonido de los niños jugando y las aves gorjeando parecía una escena normal, pero para él todo era irreal.

Lucía, sentada frente a él, era la prueba viva de que lo imposible podía existir.

—¿Y qué esperas que haga?

—preguntó finalmente—.

Quiero decir… ¿cómo puedo ayudarte si ni siquiera sé cómo esto funciona?

Lucía inclinó la cabeza, observándolo con esa seriedad que lo incomodaba y lo tranquilizaba al mismo tiempo.

—Solo necesito que confíes en mí y me ayudes a mantener mi energía estable mientras averiguamos cómo liberarme del todo.

Si muero en el onírico, Bruno… tú no me verías aquí.

No podrías ayudarme después.

—¿Y eso implica que podría morir también?

—preguntó él, consciente del peligro que parecía rodear cada palabra de ella.

—No, no si seguimos las reglas —dijo Lucía, intentando suavizar la tensión—.

Por ahora, tu único papel es… ser tú.

No debes interferir con las fuerzas que existen allí, solo… sostenerme, entender y aprender.

Bruno se recostó en el banco, sintiendo cómo su corazón todavía golpeaba en su pecho.

La sensación de peligro era real, pero también lo era una extraña fascinación.

No podía mirar a Lucía y no sentir que su vida acababa de abrirse a un mundo que jamás habría imaginado.

—Entonces… —dijo finalmente—.

¿Qué sigue?

¿Simplemente caminamos y hablamos de esto todo el día?

Lucía sonrió, aunque débil, como un rayo de luz entre la confusión.

—Para empezar… sí.

Pero luego tendrás que entrar conmigo al onírico.

Necesito que estés ahí.

No puedes simplemente observar desde fuera.

Y sí, puede ser peligroso, pero si trabajamos juntos… podremos manejarlo.

Bruno suspiró.

Nunca había imaginado que su vida gris y rutinaria pudiera transformarse en algo así.

Ni en sus sueños más salvajes habría concebido un mundo donde la muerte, los sueños y la energía se entrelazaran de manera tan tangible.

—De acuerdo —dijo finalmente—.

Confío en ti.

Pero necesito que me expliques todo… desde el principio.

Lucía asintió.

—Lo haremos.

Te contaré sobre los tamers, los gremios oscuros, el onírico, la energía… todo.

Y también sobre Dante.

Pero antes, necesito que entiendas lo fundamental: el onírico no es un juego.

Cada acción tiene consecuencias, y no solo allí.

Aquí, en la vida real, también.

Bruno asintió lentamente, consciente de que lo que estaba a punto de vivir cambiaría para siempre su existencia.

Mientras el sol caía detrás de los árboles y la fuente seguía murmurando, una nueva sensación surgió en su pecho: anticipación.

Por primera vez en mucho tiempo, la monotonía de su vida parecía romperse, y frente a él, Lucía era la puerta que lo llevaría a algo que no podía comprender, pero que sabía que debía seguir.

Se quedaron en silencio por un momento, observando cómo el parque se llenaba de sombras largas y naranjas.

Bruno sentía que cada fibra de su cuerpo se tensaba y relajaba al mismo tiempo, como si el mundo real y el onírico comenzaran a mezclarse, apenas perceptibles.

Lucía lo miró con intensidad.

—Bruno… —dijo finalmente—.

Cuando entres al onírico, no habrá vuelta atrás hasta que salgamos.

Y si algo sale mal… ambos podríamos morir.

Él la miró, sintiendo que su vida gris y rutinaria se desmoronaba, y aun así, algo dentro de él estaba emocionado.

Por primera vez, algo importaba de verdad.

—Estoy listo —dijo.

Lucía asintió y se levantó, extendiendo la mano hacia él.

Bruno la tomó, y por un instante, todo el mundo pareció detenerse.

El aire alrededor de ellos vibró con una energía que no podía identificar, pero que sentía en cada nervio, cada músculo.

—Entonces vamos —susurró Lucía—.

Te explicaré todo mientras caminamos hacia mi… habitación.

Allí, será más seguro.

Y allí, finalmente, empezarás a comprender lo que significa ser un tamer.

Bruno asintió de nuevo, con el corazón latiendo a un ritmo que jamás había sentido.

La tarde avanzaba, y con cada paso hacia el parque, hacia lo desconocido, sabía que su vida estaba cambiando de manera irrevocable.

Por primera vez, el mundo gris y monótono que conocía se había abierto a algo imposible y fascinante, y él no tenía intención de retroceder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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