Dream tamers - Capítulo 21
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21: La calma tras la tormenta 21: La calma tras la tormenta El cielo del mundo real no tenía nada de especial, pero a Bruno le costaba dejar de mirarlo.
Las nubes estaban quietas, el sol apenas alcanzaba el mediodía, y por primera vez en semanas, no sentía el peso del oni recorriéndole el cuerpo.
Solo el aire, normal.
El aire de verdad.
Lucía lo observaba desde la banca metálica del centro comercial, una bebida fría entre las manos.
A unos metros, Vania probaba zapatos deportivos frente a un espejo, moviendo los pies con curiosidad infantil.
Era una niña de no más de doce años, aunque por dentro seguía siendo la misma tamer de siempre.
—¿Qué opinas?
—preguntó Vania, girando sobre sí misma—.
¿Demasiado normales?
Lucía sonrió.
—Para alguien que no pisa el mundo real en meses, te ves bastante integrada.—El cuerpo tiene memoria —respondió Vania encogiéndose de hombros—.
La chica que me lo presta practicaba gimnasia.
Creo que se le nota.
Bruno apenas desvió la mirada del ventanal.
—¿La conoces?
—No —dijo Vania, sentándose junto a él—.
Pero sí sé su nombre.
Se llama Aleida.
Fue candidata a tamer hace años, pero su oni era débil.
Aun así, Somnia le ofreció quedarse como asistente.
Dicen que le gusta prestar su cuerpo a los que no tenemos uno.Lucía intervino, con voz suave.
—No lo hace por compasión.
Es una costumbre.
Una especie de vínculo.
Vania asintió.
—Sí.
Cuando regreso, ella sueña lo que yo vi.
Es lo justo.
Por un momento nadie habló.
Se escuchaba el eco lejano de un anuncio, el murmullo constante del aire acondicionado y los pasos de la gente.
Era un escenario imposible de imaginar en las Espirales de la Luz Rota.
Allí todo era calor, caos y rugidos.
Aquí, el único ruido era el de la vida diaria.
Lucía tomó un sorbo de su bebida.
—Han pasado solo dos semanas y aún no puedo creer que estemos de vuelta.
Bruno se acomodó en la banca.
—Dos semanas y todo parece igual.
—Eso es lo que más asusta —dijo ella—.
Que nada haya cambiado en la superficie.
—En Somnia todo sigue —agregó Vania—.
Reuniones, misiones, protocolos.
Nadie habla de lo que pasó.
Lucía dejó la bebida a un lado y bajó la voz.
—Varec está detenido, lo supe por Orryn.
A Dusk lo mantienen bajo observación.
Pero nadie menciona a James.
Bruno no respondió.
Su mirada seguía perdida en el ventanal, observando la calle que se extendía más allá del vidrio.
—James —repitió Lucía—.
Ese tipo apareció, mató a Dante y desapareció.
Como si nunca hubiera estado ahí.
—Y el nombre… —dijo Vania—, Anatema.
¿De dónde lo sacó Varec?
Lucía negó lentamente.
—Orryn dice que el Círculo está revisando los archivos antiguos.
Pero si existió, lo enterraron hace mucho.
—Entonces no hay nada que hacer —murmuró Vania—.
Esperar.
Bruno respiró hondo.
—Esperar no es algo que se me dé bien.
Vania lo miró con media sonrisa.
—Ya nos dimos cuenta.
Lucía soltó una breve risa, una de esas que alivian la tensión sin borrarla.
Luego lo miró directamente.
—¿Sigues entrenando?
Bruno asintió.
—Con Carlos.
—¿Y?
—No pasa nada —dijo él—.
Puedo controlar el flujo, moverlo, pero no es lo mismo.
Lo intento y no… no sucede.
—¿Lo de ese día?
—preguntó Vania.
Bruno asintió otra vez.
—Sí.
Lucía se inclinó hacia adelante.
—¿Y quieres que vuelva a suceder?
Bruno la miró un segundo, sin responder.
Ella continuó.
—Lo que hiciste fue… lo que necesitábamos, pero eso no significa que debas repetirlo.
—No quiero —dijo Bruno al fin—.
Solo quiero entender qué fue.
Vania jugaba con los cordones de los tenis.
—Carlos dice que cuando peleó contigo, sintió que el ambiente cambiaba, como si todo lo que te rodeaba te respondiera.
—El ambiente no responde —replicó Bruno—.
Solo… resuena.
Como si el oni vibrara distinto.
Lucía pensó un momento.
—¿Y sentiste algo antes de liberar el poder?
Bruno se quedó callado.
En su mente, aún veía el instante en que tocó al Devastador.
La sensación no fue furia, ni miedo.
Fue… claridad.
—Sí —dijo al fin—.
Sentí paz.
Lucía bajó la mirada.
—Eso no tiene sentido.
—Nada de esto lo tiene —respondió Bruno.
Un silencio breve se apoderó del grupo.
Afuera, un niño pasaba con un globo.
Dentro, una pareja discutía frente a una tienda.
La normalidad tenía un peso insoportable.
Vania se levantó.
—Voy por un helado.
¿Quieren algo?
—Lo de siempre —respondió Lucía.
Bruno negó con la cabeza.
Vania se alejó brincando entre la gente.
El cuerpo prestado la hacía ver diminuta, pero su voz sonaba igual cuando saludaba al dependiente del puesto.
Lucía observó a Bruno.
—Ella lo lleva bien.
—Se adapta.
—No todos podrían.
—Tampoco todos deberían —dijo él, casi en un susurro.
Lucía lo miró largo rato.
Había algo distinto en él.
No solo el poder, sino la calma con la que lo cargaba.
Antes, Bruno parecía contenerse para no romper.
Ahora, parecía contenerse para no olvidar.
—¿Te pasa algo?
—preguntó ella.
Bruno sacó del bolsillo un fragmento metálico ennegrecido, lo que quedaba del brazalete que alguna vez lo contuvo.
—A veces pienso que este pedazo de metal sabía más de mí que yo mismo.
Lucía sonrió con tristeza.
—Quizá sí.
Vania volvió con tres conos.
—Al final sí te traje uno —dijo, extendiéndole uno a Bruno—.
No seas amargado.
Bruno la miró, dudó, pero lo tomó.
—Gracias.
—De nada.
Pero si lo dejas derretirse, me lo quedo.
Lucía rió.
La escena era tan absurda que por un instante todos olvidaron de qué hablaban hacía unos minutos.
Se quedaron ahí, comiendo helado, sin decir mucho más.
La música del mall cambió a una melodía suave, una canción antigua.
En algún punto, Lucía notó algo: dos personas con ropa demasiado formal, apoyadas cerca del pasillo principal, fingiendo mirar vitrinas.
Una sensación conocida le recorrió el cuerpo.
No dijo nada.
Solo se inclinó un poco hacia Bruno.
—Nos están observando.
Él no se movió.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde que llegamos.
—¿Somnia?
—Claro.
Lucía suspiró.
—Supongo que es lo correcto.
—Supongo —repitió él.
Vania regresó con la mirada a ambos.
—¿Qué?
Lucía sonrió.
—Nada.
Solo gente curiosa.
—O aburrida —añadió Vania, encogiéndose de hombros.
El reloj del mall marcó las tres con un sonido metálico.
Lucía se levantó.
—Debo pasar por el informe para Orryn.
—¿Hoy?
—preguntó Bruno.
—Prometí entregarlo antes del atardecer.
Vania estiró los brazos.
—Entonces movámonos.
Este cuerpo se cansa más rápido que el mío.
Salieron juntos.
El aire exterior estaba tibio, cargado de sol.
A unos metros, los dos observadores se movieron también, aunque sin disimularlo tanto.
Bruno lo notó, pero no dijo nada.
Caminó entre la gente, las manos en los bolsillos, el helado ya terminado.
Lucía lo alcanzó.
—No todos confían en ti, Bruno.
—Tampoco espero que lo hagan.
Ella lo miró de reojo.
—¿Y tú confías en ellos?
—Depende de quién sea “ellos”.
Vania, unos pasos adelante, giró con una sonrisa cansada.
—¿Van a seguir con filosofía o vamos por algo de comer?
Lucía se rió.
Bruno también, apenas.
El ruido del tráfico los envolvió al cruzar la calle.
Por un momento, parecían simples personas, tres amigos saliendo de un centro comercial cualquiera.
En la distancia, una pantalla publicitaria titiló un instante —el logo de Somnia apareció y se desvaneció, como si fuera una interferencia del sistema—.Lucía lo notó, pero no dijo nada.
Bruno la miró un segundo antes de apartar la vista.
—El mundo sigue —dijo.
Lucía asintió.
—Por ahora.
Caminaron sin prisa.
El viento soplaba leve, arrastrando el eco de las risas y los autos.
Y, aunque nadie lo mencionó, todos lo sintieron: esa calma no era eterna.
Solo una pausa necesaria entre tormentas.
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