Dream tamers - Capítulo 24
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24: Uniformes y cubos 24: Uniformes y cubos El sonido de los impactos contra la arena resonaba seco, rítmico, casi monótono.
No eran golpes de vida o muerte.
Eran solo ejercicios: desplazamientos, cambios de guardia, pequeñas descargas de oni que se apagaban en el aire antes de volverse algo serio.
El tipo de entrenamiento que Somnia usaba cuando necesitaba que sus tamers sudaran… pero no se rompieran.
Bruno respiraba con calma, los puños envueltos en una capa delgada de oni rojo que apenas chispeaba alrededor de sus nudillos.
Golpeaba un muñeco de práctica una y otra vez, más preocupado por la forma que por la fuerza.
Al otro lado de la arena, Lucía probaba variaciones de su escudo básico: óvalos pequeños, luego uno más grande, luego dos al mismo tiempo, pálidos, azules, tenues.
Carlos repetía patrones de armas, creando y deshaciendo lanzas, espadas cortas y un martillo demasiado pesado que terminó deshaciéndose antes de tocar el suelo.
Vania y Rembrandt practicaban juntos.
Ella trazaba formas complejas en el aire con su aro de oni, él marcaba ritmos con los pies, midiendo tiempos de reacción.
Albarn simplemente corría en círculos con una carga ligera de oni rodeando sus piernas, acostumbrando al cuerpo al peso extra.
Orryn observaba en silencio, apoyado en su hacha, al borde de la arena.
No daba órdenes.
No corregía.
Solo miraba, como alguien que ya había dicho todo lo importante y ahora solo comprobaba si lo habían entendido.
—No está mal —murmuró por fin.
Bruno bajó el puño, sudor resbalando por su cuello.
—¿Eso es… un elogio?
—preguntó, medio en broma.
—Es… aceptable —dijo Orryn, con su tono neutro de siempre—.
No quiero que lleguen a la Copa agotados, solo aceitados.
Carlos soltó una risita.
—Entendido, maestro.
“Aceitados”, no rotos.
Orryn hizo un leve gesto con la cabeza, y entonces cambió de tema sin transición: —Es momento de entregarles sus uniformes.
El murmullo en la arena se apagó de golpe.
Hasta el oni alrededor pareció calmarse.
Lucía dejó caer el último escudo.
Vania soltó el aire de golpe.
Bruno parpadeó.
—¿Uniformes?
—preguntó.
—Los oficiales de Somnia Veritas para la Copa de los seis velos —explicó Orryn—.
Son obligatorios durante el torneo.
Tradición.
Dio una palmada leve.
A un costado de la arena, donde solo había sombras hacía un instante, aparecieron cinco percheros bajos, cada uno con un conjunto perfectamente ordenado: tela blanca, detalles dorados, partes de armadura ligera que reflejaban la luz del lugar sin cegarlos.
Bruno se acercó junto con los demás.
El uniforme era… distinto a lo que esperaba.No era una armadura pesada ni una túnica ceremonial incómoda.
Una especie de chaqueta corta blanca, reforzada en hombros y pecho con placas suaves y curvas.
Hombreras pequeñas, doradas, como garras de luz apoyadas sobre la tela.
Un peto ligero que se adaptaba al torso sin estorbar el movimiento.
Cinturón ancho, también blanco, con detalles dorados discretos.
Antebrazos cubiertos por una protección articulada, pensada para soportar golpes… y canalizar oni.
Debajo, una especie de túnica corta, abierta a los costados, y pantalones ajustados pero flexibles.
Todo en blanco marfil y oro pálido.
Nada de azules, rojos o negros.
Somnia Veritas, representado en luz.
Bruno pasó los dedos por el borde de la tela.
—¿Esto no se mancha?
—preguntó, medio serio.
—Se mancha —respondió Orryn—.
Pero Somnia considera apropiado que sus tamers regresen con la armadura marcada por la misión.
Es parte del registro.
Carlos chasqueó la lengua.
—O sea que si vuelvo todo sucio, parece que trabajé el doble.
—O que no sabes esquivar —añadió Vania, por lo bajo.
Rembrandt se rió ahogado.
—Cambien y vuelvan a la arena —ordenó Orryn—.
Quiero ver cómo se mueven con ellos puestos.
Bruno ajustó el cinturón por tercera vez.
El material no era como nada del mundo real.
No picaba, no pesaba, no apretaba.
Se sentía más como… intención sólida que como tela.
Se adaptaba a su cuerpo en cuanto dejaba de pensar en él.
—Te ves bien, Allen —dijo Carlos, acercándose, ya completamente vestido—.
Todo blanco y serio, casi pareces alguien responsable.
Bruno le lanzó una mirada.
—Lo dice el que se acomodó el cabello frente a un reflejo inexistente.
—Hay superficies brillantes —se defendió Carlos—.
Cuentan como espejo.
Lucía apareció en ese momento.
Hasta entonces, a Bruno el uniforme le había parecido elegante, funcional, incluso bonito.
Luego la vio a ella con el mismo diseño… y la palabra “bonito” se quedó corta.
La chaqueta blanca se ajustaba a sus hombros de una forma que la hacía ver más alta.
Las hombreras doradas le daban una presencia distinta, más marcada, sin restarle nada a su aire habitual de… no supo definirlo.
El peto seguía la línea de su torso con exactitud impecable, ni exagerando ni escondiendo nada y finalizaba con una falda apenas sobre la rodilla, con protecciones moviles para no entorpecer el combate.
Las protecciones de los antebrazos enmarcaban sus manos, siempre listas para levantar un escudo.
Pero lo que más lo golpeó no fue el uniforme.
Fue que Lucía, sin pensarlo demasiado, se recogió el cabello.
Lo tomó con ambas manos y lo enroscó en una coleta alta improvisada, usando una cinta blanca que alguien había dejado sobre uno de los percheros.
Algunos mechones se escaparon y cayeron por los lados, pero el rostro quedó completamente despejado.
Bruno se dio cuenta de que casi siempre la había visto con el cabello suelto, cubriéndole en parte las mejillas, la frente, la mirada.
Ahora la veía de frente, sin nada que ocultara sus ojos azules ni las pequeñas líneas de cansancio en las comisuras.
Lucía notó su mirada un segundo.
—¿Qué?
—preguntó.
Bruno parpadeó.
—Nada —respondió demasiado rápido—.
Es solo que… te queda bien el uniforme.
Ella bajó un poco la vista, y durante un instante algo casi parecido a un rubor cruzó por su rostro.
—Tu pareces tonto —dijo, seca, pero sin poder ocultar del todo la sonrisa.
Ambos rieron.
A unos pasos, Vania los miraba sin participar.
El uniforme le quedaba perfecto: la tela blanca hacía resaltar su postura segura, pero sus ojos no tenían la chispa habitual.
Sus labios estaban apretados, y sus manos, aunque quietas, parecían contener un movimiento que no terminaba de ocurrir.
—¿Listos?
—preguntó Orryn, al centro de la arena.
Todos asintieron.
—Bien.
Vamos a hacer una pequeña práctica de desplazamiento.
Solo quiero ver cómo fluye su oni con el nuevo equipo.
Comenzaron a moverse.
Pasos en círculo, cambios de dirección, fintas suaves.
Lucía levantaba pequeños escudos que se adaptaban bien a las protecciones de sus brazos.
Carlos creaba armas más cortas, probando el agarre.
Bruno dejaba que una película mínima de oni rodeara el peto para sentir cómo respondía la armadura.
A simple vista, todo iba bien.
Hasta que Vania explotó.
—Claro —dijo, en voz alta, justo después de esquivar un movimiento de Rembrandt—.
Todo perfecto.
Los tres representantes, todos brillosos, todos listos para lucirse en la Copa.
Carlos se detuvo.
—Vania… —No, en serio —continuó ella, levantando una mano como si quisiera detener cualquier intento de calmarlas cosas—.
Felicidades, ¿no?
Bruno, el chico de oni raro.
Lucía, la protegida de media Somnia después de lo del Devastador.
Carlos… bueno, Carlos siempre cae bien —lo miró de reojo—.
Y los demás, pues… aplaudimos desde la banca.
Rembrandt se removió incómodo.
—Vania, esto no es— —Tú no estás en la banca —lo cortó—.
Técnicamente vas como representante de Arkanum, ¿recuerdas?
El silencio se volvió espeso.
Lucía entrecerró los ojos.
—Vania, nadie está diciendo que— —No tienen que decirlo —soltó ella—.
Se siente.
Y ya.
No pasa nada.
Claro que pasaba.
Bruno lo notó en el modo en que apretaba la mandíbula, en cómo su oni no terminaba de encenderse del todo, en esa mezcla de orgullo herido y algo más que no alcanzaba a descifrar.
Orryn observó la escena desde un poco más atrás.
No intervino.
No soltó un “basta” ni un regaño.
Solo la dejó salir.
Cuando terminaron la ronda de movimientos y él les dio permiso de descanso, Vania salió de la arena sin mirar a nadie.
Bruno la siguió unos segundos después.
La encontró sentada en uno de los corredores laterales, con la espalda contra una columna blanca y las piernas estiradas.
Tenía el casco ceremonial sobre las rodillas y lo giraba entre las manos, sin mirar nada en particular.
Bruno se apoyó en la columna de enfrente.
—Te quedó bien el uniforme —dijo, porque no se le ocurrió nada más.
—No empieces —respondió ella, sin levantar la vista.
—No estoy empezando nada.
Silencio.
El oni del lugar era tan tenue ahí que casi se olvidaba de que estaban en el onírico y no en algún pasillo de edificio viejo en el mundo real.
Vania suspiró.
—Sé que me comporté como una idiota —admitió al final—.
No hace falta que vengas a darme un sermón.
—No vengo a eso —dijo Bruno—.
Solo… te vi salir como si hubieras perdido algo.
Ella apretó más el casco entre las manos.
—Es que lo perdí —murmuró.
Bruno frunció el ceño.
—No estás perdiendo nada.
Vas a estar ahí.
Solo que no en la arena principal.
—No entiendes.
Lo miró por fin.
—Carlos y yo siempre hemos entrenado juntos.
Siempre hemos ido a las mismas misiones, siempre nos han mandado en el mismo grupo.
Cuando nos dividen, es por unas horas.
Nunca por algo como esto.
Bruno se quedó callado.
—No es solo la Copa —continuó ella—.
Es… verlo allá, frente a todos, y yo en las gradas.
Es la primera vez que siento que me quedo atrás.
Y sí, sé que suena infantil.
No hace falta que lo digas.
Bruno pensó en cómo hablaba de Carlos: sin nombrar nada concreto, pero cargando cada “siempre” con más peso del necesario.
—No lo voy a decir —contestó—.
Porque entiendo un poco.
—¿Ah, sí?
—arqueó una ceja.
—Sí.
No soy precisamente el tipo que acompaña a la gente desde el principio —se encogió de hombros—.
Pero sé lo que es ver a alguien avanzar y preguntarte si tú estás fallando o si simplemente las cosas son así.
Vania soltó una carcajada breve, sin alegría.
—Suena a que lo pensaste mucho.
—Lo suficiente.
Ella bajó la vista.
—Solo quería estar ahí —confesó—.
No por la gloria, ni por el Consejo, ni por la reliquia del campeón.
Solo… porque es Carlos.
Y porque siempre hemos sido una dupla.
La palabra “dupla” cargó más de lo que ella pretendía.
Bruno la dejó caer sin señalarlo.
—Lo vas a estar —dijo—.
No desde la arena, pero vas a estar.
Y él va a saberlo.
Carlos no es precisamente ciego.
Vania apretó los labios, como si quisiera replicar, pero no encontró una respuesta adecuada.
—Además —añadió Bruno, levantando un poco una ceja—, alguien tiene que estar listo para arreglar el desastre que armemos allá abajo.
Ella lo miró, evaluándolo.
—Eres muy malo dando consuelo —sentenció.
—Lo sé.
—Pero… gracias —añadió, casi en susurro.
Bruno asintió.
—¿Regresamos?
Si seguimos aquí, Orryn va a aparecer de la nada con un discurso sobre disciplina.
—Y no quiero llorar dos veces en el mismo día —bromeó Vania, levantándose.
Volvieron juntos a la arena.
Cuando llegaron, el ambiente estaba más ligero.
Carlos hablaba con Rembrandt sobre posibles llaves del torneo.
Lucía practicaba pequeños escudos mientras caminaba, como si fuera un tic.
Albarn, sentado, hacía rodar una piedra entre los dedos, concentrado en no romperla con la fuerza.
Orryn estaba de pie, al final de la arena, con los brazos cruzados y el hacha apoyada en el hombro.
A unos pasos detrás de él, en la penumbra que formaba uno de los arcos, Bruno alcanzó a distinguir una silueta apoyada en su bastón.
Krynn.
No interviniendo.
Solo mirando.
—Bien —dijo Orryn cuando los vio entrar—.
Ya se vieron con la armadura puesta.
Ya discutieron lo suficiente.
Ahora quiero que se rían un poco antes de que la Copa les recuerde que esto no es un juego.
Lucía giró sobre sí misma, dejando que la túnica blanca se moviera.
—¿Cómo propone eso, maestro?
—preguntó.
Orryn miró a Bruno.
—Allen.
Mala señal.
—¿Sí?
—respondió, alerta.
—Tengo entendido que Krynn hizo… ajustes a tu control del oni —dijo el maestro—.
Tus compañeros no lo vieron.
Deberías mostrarles lo que lograste.
Lucía y Carlos se volvieron hacia él de inmediato, con ojos brillando por curiosidad.
—¡Sí, enséñanos!
—dijo Lucía.
—A ver, fenómeno —añadió Carlos—.
¿Qué te dio el Guardián del Deseo?
¿Alas?
¿Una transformación dramática?
¿Fuego más rojo?
Bruno levantó las manos.
—No es nada espectacular —advirtió.
—Eso dicen todos antes de hacer explotar algo —comentó Vania, ya más tranquila, pero con media sonrisa.
Orryn no dijo nada.
Solo observaba, serio, aunque el brillo en su mirada delataba cierta expectativa.
Bruno respiró hondo.
Sintió el oni fluir desde el pecho hacia los brazos, obediente, más definido que antes.
Recordó el toque del bastón de Krynn, la ira canalizada, la explosión contenida.
No iba a repetir eso.
Solo quería algo simple.
Algo concreto.
Extendió una mano.
El oni rojo se concentró en la palma, primero como humo, luego como una esfera compacta.
La esfera comenzó a aplanarse en los extremos, a formar aristas.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Seis caras perfectas.
Un cubo.
Rojo, transparente, perfectamente definido, flotando sobre su mano como una pieza de cristal encendido.
Hubo un silencio absoluto.
Bruno sintió que todos contenían la respiración esperando que el cubo explotara, creciera, se convirtiera en algo descomunal.
No lo hizo.
El cubo siguió ahí.
Quieto.
Perfecto.
Absurdo.
Bruno se encogió ligeramente de hombros.
—Pues… esto.
Bajó la mano y dejó que el cubo creciera un poco, lo justo para convertirlo en un asiento improvisado.
Luego se dejó caer sobre él, como si fuera un banco cualquiera.
El cubo soportó su peso sin crujir ni deformarse.
El silencio duró un segundo más.
Y entonces Carlos se llevó una mano a la cara.
—No lo puedo creer —dijo—.
El gran milagro del oni inverso: ¡una silla cuadrada!
Lucía se dobló de risa.
—Bruno… ¿de todas las formas posibles, un cubo?
—Es sólido —se defendió él, dando un ligero golpecito al borde—.
No me caí.
Eso ya es progreso.
—Es… extremadamente congruente —añadió Rembrandt, aguantando la risa.
Vania ya no intentó contenerse.
Se carcajeó abiertamente.
Bruno sonrió también, resignado.
En el fondo de la arena, Orryn dejó escapar un sonido que casi nunca se le oía: una risa breve, grave, auténtica.
Se volvió apenas hacia la sombra donde estaba Krynn.
—Es bueno que estén relajados —murmuró—.
Mañana dejarán de reírse.
Del arco en penumbra, la silueta del Guardián del Deseo inclinó un poco la cabeza, como aceptando el comentario.
Bruno, todavía sentado en su cubo rojo de oni, no escuchó esa frase.
Solo sintió, por primera vez en días, que el peso en el pecho era un poco más ligero.Que sus amigos se reían con él, no de él.Que, aunque su poder siguiera siendo un misterio, por ahora bastaba con no caerse de su propia creación.
La Copa estaba cerca.La tormenta, en camino.
Pero ese día, en Somnia, solo había risas, uniformes nuevos…y un cubo rojo sosteniendo el peso de un futuro que nadie terminaba de entender.
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