Dream tamers - Capítulo 30
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
30: Frecuencia cero 30: Frecuencia cero El amanecer en Lumen del Ensueño no llegó como luz.
Llegó como un cambio de temperatura en el aire.
El cielo de esa región no tenía un sol fijo: era un domo abierto que respiraba en colores pálidos, y cuando el ánimo colectivo se tensaba, el domo se volvía más frío, más alto, más distante.
Esa mañana, el domo parecía mirar desde arriba con indiferencia.
La arena ya estaba lista.
No era un coliseo de piedra, ni una explanada común.
Era una plataforma circular de cristal blanco con vetas doradas, suspendida entre jardines etéreos que flotaban en capas.
Abajo, ríos de luz se movían como corrientes lentas.
Arriba, arcos de vidrio opalescente proyectaban sombras suaves, como si el lugar quisiera “calmar” a todos… sin lograrlo.
En las gradas, los seis gremios ocupaban sectores marcados por sus símbolos.
Somnia Veritas, blanco y dorado, se veía ordenado, sobrio.Noctis Aeternum, oscuro y preciso, era un bloque inmóvil.Umbrae Lucentis brillaba con una luz naranja que parecía atardecer permanente.Custodios del Umbral eran piedra viva: quietos, austeros.Arkanum Somnii, con presencia simbólica, tenía ese aire de archivo y silencio.Lumen del Ensueño… era el lugar, y aún así parecía estar “en todas partes”.
Bruno caminó hacia la zona de ingreso de combatientes con el estómago apretado.
No tenía el tipo de nervios que te hacen temblar.
Era más simple: una incomodidad seca, como cuando sabes que todos te están midiendo.
A su lado, Carlos iba serio, contando respiraciones.
Lucía caminaba con la vista al frente, sin regalar ninguna duda.
Vania seguía con cara de “esto es una estupidez”, pero el pie le golpeaba el piso con un ritmo demasiado rápido para ser casual.
Orryn los alcanzó desde atrás.
—No se separen —dijo, sin levantar el tono—.
Y no respondan provocaciones.
—Díselo a él —murmuró Vania, señalando al frente con la barbilla.
Calem Draven acababa de entrar por la compuerta opuesta.
La mayoría del público reaccionó con un murmullo distinto, más ordenado, casi respetuoso.
No era griterío: era una aceptación silenciosa de “ahí va el favorito”.
Calem llevaba el uniforme de Noctis perfectamente ajustado.
Coleta baja, rostro limpio, mirada de quien ya se vio ganar antes de que comience.
No caminaba: avanzaba como si la arena le debiera el paso.
A unos metros, Isolde Marek se había apartado ligeramente de su grupo.
No estaba en primera fila, pero tampoco se escondía.
Su cabello rojo, contra la paleta pálida de Lumen, parecía una herida de color.
Cuando vio a Bruno, no desvió la mirada.
Sonrió apenas, como si la pelea fuera un detalle menor al lado de algo más interesante.
Bruno apartó la vista.
—Concéntrate —le dijo Lucía, seco.
Él asintió.
No discutió.
Una campana sin sonido vibró en el aire.
Era una señal de los judicadores: “comienza”.
La superficie de la arena se iluminó con líneas finas formando el círculo del combate.
Un borde de luz suave se elevó unos centímetros, marcando la zona: si salías, perdías.
Tassadar observaba desde el estrado superior junto con otros judicadores.
No hablaba.
No se movía.
Parecía una estatua con ojos.
La voz del anunciador —una proyección neutra del propio Lumen— se extendió por la arena: —Primera ronda.
Bruno Allen, Somnia Veritas.
Calem Draven, Noctis Aeternum.
Bruno cruzó el borde.
Calem cruzó el borde.
Se detuvieron a una distancia prudente.
El aire entre ambos se sintió más pesado.
Calem no saludó.
Solo ladeó la cabeza, evaluando.
Bruno levantó las manos con naturalidad.
No alzó un arma.
No tenía una técnica “presentable”.
Era lo que era: un tipo con oni y mala fama.
Calem habló, calmado.
—No te voy a humillar —dijo—.
Si cooperas, esto termina rápido.
Vania soltó una risa seca desde la zona de Somnia.
Lucía ni parpadeó.
Bruno tragó saliva, pero no bajó la mirada.
—No vine a cooperar —respondió Bruno.
Calem sonrió, mínimo.
—Bien.
Y entonces, Calem hizo lo que siempre hacía primero: leer.
No era una mirada literal.
Era una escucha interna, una percepción entrenada.
Para Calem, el onírico era un sistema con reglas: todo oni útil provenía del flujo del entorno, se canalizaba, se moldeaba, se sostenía.
El combate era matemática aplicada.
Calem extendió la mano derecha, palma abierta, como si tomara el pulso del aire.
El oni alrededor de la arena respondió de inmediato: una vibración fría, silenciosa, que el público no veía pero los tamers sí sentían.
Era el inicio de su método.
No atacaba: calibraba.
“Somnia Veritas”, pensó.
“Canalización física.
Estructuras.
Objetos.
Escudos.
Armas.” Eso era fácil de apagar.
Se medía la frecuencia del flujo, se invertía el pulso, se cortaba el suministro.
El oponente quedaba con la técnica muerta en las manos.
Bruno, sin embargo… Calem apretó apenas los dedos.
“¿Qué es esto?” No era caos.
No era un flujo desordenado.
Era… raro.
Como un motor gigante funcionando en silencio.
Bruno no estaba “jalando” del ambiente con hambre.
Estaba presente… y el aire alrededor no se deformaba como debería ante un tamer que se alimenta del entorno.
Calem entrecerró los ojos.
No perdió compostura.
Solo se concentró más.
Y ahí le llegó la sensación, esa frase interna que después nunca olvidaría: Parece como si su flujo estuviera encerrado en una jaula de acero.
No era literal.
Era una impresión: un poder enorme, pero apretado, contenido, como si alguien lo hubiera metido en un recipiente imposible.
Calem sintió un destello de fastidio, casi de desafío.
“Da igual.” Si Bruno canalizaba desde el ambiente, se apagaba.
Si Bruno canalizaba “distinto”, se forzaba.
Calem siguió escuchando, midiendo.
Un patrón empezó a mostrarse: una frecuencia aparente, una respuesta mínima del entorno al “pulso” de Bruno.
Era suficiente.
Calem se permitió una seguridad más.
“Ahí estás.” Vio a Bruno mover el hombro.
Vio el ajuste de su postura.
Lo vio preparar el ataque.
Perfecto.
Calem no iba a gastar un segundo.
Su plan era simple: esperar el golpe, apagar el oni en el punto de contacto, contragolpear en el mismo movimiento y noquearlo.
Frente a todos.
Rápido.
Limpio.
Humillante, aunque lo negara.
Bruno dio un paso.
El público se tensó.
Bruno lanzó el ataque sin florituras: un avance directo, mano derecha, un golpe que no pretendía ser técnico.
Pretendía ser suficiente.
Calem no retrocedió.
Extendió la mano izquierda como quien atrapa el aire.
Y aplicó su técnica.
Para los ojos comunes, no pasó nada.
No hubo destellos.
No hubo explosión.
Pero para cualquier tamer con sensibilidad, el ambiente hizo un “corte” limpio, como si alguien apagara una lámpara invisible.
Un pulso inverso recorrió el círculo.
Calem sonrió por dentro.
“Ahora.” Esperó sentir la caída de la técnica de Bruno.
Esperó sentir el apagón.
Esperó que el poder de Somnia se hiciera nada.
No ocurrió.
No cayó.
No se apagó.
No hubo resistencia.
No hubo choque.
No hubo “batalla” de frecuencias.
Solo… nada.
Como si Calem hubiera apagado un interruptor que no estaba conectado a nada.
La mano de Bruno siguió viniendo.
El oni alrededor del puño no se extinguió.
Ni se debilitó.
Ni tembló.
El golpe llegó completo.
Calem tuvo apenas tiempo de abrir los ojos.
El impacto le partió el aire del pecho y le desordenó la mandíbula.
El cuerpo se le fue hacia atrás como si hubiera perdido el piso.
Cayó de espaldas, arrastrando los talones, y el borde de luz lo detuvo antes de que saliera del círculo.
Hubo un silencio que duró menos de un segundo… y se sintió como un minuto entero.
Bruno se quedó con el puño extendido, respirando fuerte.
No celebró.
No gritó.
Solo miró a Calem en el suelo, incrédulo.
Calem intentó incorporarse.
Un movimiento.
Luego otro.
Los brazos no respondieron bien.
El golpe lo había desconectado de su propio cuerpo por un instante.
La vista se le nubló.
Escuchó voces, como desde el fondo de un túnel.
—¿Eso fue… todo?—¿Calem… cayó?—¿Cometió un error?—¿Cómo diablos…?
En la zona de Noctis, nadie se movía.
Raven Holt tenía la mandíbula tensa.
Isolde, en cambio, no parecía sorprendida.
Parecía… interesada.
En Somnia, Vania abrió la boca y luego la cerró.
Carlos estaba congelado, mirando el centro de la arena como si no le cuadraran las cuentas.
Lucía no festejó.
Dio un paso hacia adelante, ojos fijos, como si intentara entender qué acababa de pasar.
No el resultado: la razón.
Tassadar se incorporó apenas en su asiento.
No fue dramático.
Fue un cambio mínimo de postura, pero los que conocían a los judicadores supieron leerlo: atención real.
Una figura de soporte de Lumen —un árbitro con túnica clara— entró al círculo y se arrodilló junto a Calem.
Tocó su cuello, revisó respiración.
Calem seguía consciente, pero aturdido.
Intentó hablar y solo le salió aire.
El árbitro alzó la mano.
—Calem Draven no puede continuar —anunció la voz neutra—.
Ganador: Bruno Allen.
El silencio se rompió en murmullos, pero no en celebración.
Era más bien confusión colectiva.
El público esperaba una pelea larga.
Esperaba técnica.
Esperaba espectáculo.
Recibieron un golpe.
Bruno bajó el puño lentamente, como si el cuerpo le pidiera disculpas por haber funcionado sin permiso.
Calem, en el suelo, giró la cabeza un poco.
Sus ojos encontraron a Bruno por un segundo.
No había odio.
Había incredulidad… y algo más bajo.
Miedo, pero no al golpe.
A la idea de que su método, su seguridad, su “certeza” de cómo funcionaba el onírico… había fallado.
Isolde, desde su lado, levantó apenas la mano en un gesto casi imperceptible, como si dijera “te lo dije” sin haberlo dicho.
Lucía apretó los dientes.
Vania exhaló por la nariz, por fin.
—Qué tontería… —susurró, sin ocultar la sorpresa.
Carlos soltó un “wow” muy bajo, sin querer.
Bruno salió del círculo sin mirar a nadie.
No por humildad.
Por necesidad de aire.
Cuando cruzó el borde, Lucía se acercó de inmediato.
—¿Estás bien?
—le preguntó.
Bruno asintió, todavía con la adrenalina pegada en la garganta.
—Sí… creo.
—¿Como que “creo”?
—dijo Lucía, seria—.
Algo pasó ahí, y nadie parece saber qué.
Bruno intentó una sonrisa, pero no le salió.
—No sé qué hice —admitió—.
Cuando ataqué a Calem sentí que hizo algo, pensé que esquivaría, o lanzaría un contraataque, pero al final…
nada.
Lucía lo miró con dureza breve, y luego bajó la voz.
—Calem corta el flujo de oni —dijo—.
Eso es lo que sentiste.
Hizo una pausa.
—Lo demás… no debería haber ocurrido así.
Vania llegó por el otro lado, cruzada de brazos.
—Te dije que no hicieras el ridículo —soltó.
—¿Eso fue ridículo?
—preguntó Bruno, cansado.
Vania lo miró un segundo, como si quisiera decirle algo más humano y no le saliera.
—Fue… raro —concedió—.
Pero funcionó.
Más arriba, Tassadar seguía observando.
No hizo gesto alguno.
Pero su mirada se quedó un poco más tiempo sobre Bruno que sobre el resto.
Cuando los retiraron hacia la zona de competidores, Bruno sintió el cuerpo pesado, como si el golpe lo hubiera dado alguien más y él solo lo hubiera permitido.
Esa noche, cuando intentó dormir, el onírico no le respondió como siempre.
No hubo senderos de luz.
No hubo mar.
No hubo transición suave.
Solo oscuridad, respiración y el recuerdo del instante exacto en que Calem intentó apagarlo… y no pudo.
Bruno cerró los ojos con fuerza.
—Mañana… —murmuró para sí—.
Solo quiero que mañana sea normal.
Pero el onírico ya había visto su nombre derribar al favorito con un solo golpe.
Y lo normal, para Bruno Allen, se estaba volviendo un lujo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com