Dream tamers - Capítulo 31
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Capítulo 31: Ecos en el cristal
El coliseo no volvió a sonar igual después del golpe.
No hubo explosión final ni despliegue monumental. No hubo choque prolongado de técnicas ni intercambio espectacular. Solo un instante. Un cálculo. Un ataque.
Y luego Calem Draven en el suelo.
Durante los primeros segundos tras la caída, el silencio fue absoluto. El tipo de silencio que no nace del respeto, sino del desconcierto. El público no sabía si debía aplaudir, murmurar o cuestionar lo que acababa de presenciar.
Bruno tampoco.
La arena de Lumen del Ensueño, con su suelo de cristal iridiscente y sus arcos suspendidos en el aire, parecía observarlo. El flujo ambiental vibraba con una inquietud casi imperceptible, como si el propio espacio estuviera intentando reconstruir el intercambio que acababa de ocurrir.
Tassadar fue el primero en moverse.
—Combate finalizado —anunció con voz firme, sin dramatismo—. Bruno Allen, de Somnia Veritas, avanza a la siguiente ronda.
El murmullo regresó en oleadas.
“Fue un error.”“Calem subestimó.”“No activó su técnica a tiempo.”“Somnia escondía algo.”
Nadie dijo la verdad.
Porque nadie la tenía.
Bruno salió de la arena con las manos aún ligeramente tensas. No sentía gloria. Sentía algo más incómodo: una pregunta.
No había sentido resistencia.
Eso era lo que no encajaba.
Los combates continuaron ese mismo ciclo.
La Copa no podía detenerse por un desconcierto.
Carlos fue llamado poco después.
Su enfrentamiento contra Sabine Kael, de los Custodios del Umbral, fue exactamente lo que el público esperaba de un duelo técnico: precisión, lectura del terreno, intercambio calculado.
Sabine levantaba muros densos de oni gris que parecían absorber impactos como piedra húmeda. Carlos no intentó romperlos de frente. Cambió ritmo. Forzó desplazamientos. Desgastó.
Donde Sabine construía estructura, Carlos introducía variación.
El combate duró más de lo previsto. Hubo momentos donde pareció que la resistencia de la Custodia lo empujaría fuera de la plataforma. Pero Carlos encontró el ángulo, un desbalance mínimo en la distribución del peso del oni contrario, y canalizó una estocada limpia.
Sabine cayó de rodillas. Sonrió con respeto.
—Bien jugado.
Carlos respiró hondo cuando regresó al círculo de Somnia.
No hubo sorpresa. Solo aprobación.
Ese era un combate que el sistema entendía.
Lucía fue llamada más tarde.
Lyra Ventur, de Lumen del Ensueño, no atacó con violencia directa. Su estilo era emocional. Ondas suaves, cambiantes, que parecían alterar el ritmo interno del adversario más que su posición física.
El primer impacto contra el escudo de Lucía fue casi elegante.
El público vio una barrera blanca y dorada recibir la onda púrpura de Lumen. Sintieron que el choque fue absorbido.
Pero no lo fue.
La primera capa del escudo reordenó el flujo.
La segunda lo ralentizó.
En la percepción de oni, el ataque quedó suspendido entre láminas superpuestas, vibrando como si estuviera atrapado en agua espesa.
Lyra frunció el ceño.
Volvió a atacar, esta vez con mayor intensidad emocional. El aire se tornó denso. Algunos espectadores sintieron un nudo en el pecho.
El escudo de Lucía volvió a brillar.
Lo que parecía defensa pasiva era arquitectura.
Cuando la tercera capa se activó, el ataque ralentizado encontró dirección.
No fue explosión. Fue devolución.
La onda reordenada regresó hacia Lyra, no con la misma intención emocional con la que fue lanzada, sino limpia, neutra, concentrada.
Lyra intentó reconstruir su control, pero ya no tenía el mismo ritmo.
Cayó hacia atrás, desestabilizada, sin entender del todo qué había ocurrido.
—Lucía D’Alenko avanza —anunció Tassadar.
El público tardó en reaccionar. Algunos creían que había sido resistencia pura. Otros percibieron que había algo más sofisticado en juego.
Lucía bajó el escudo con respiración controlada.
Sabía exactamente lo que había hecho.
El nombre de Somnia comenzó a circular en los corredores de Lumen.
No como favorito.
Como incómodo.
Tres representantes. Tres victorias.
No era imposible.
Pero el modo en que habían ocurrido no era homogéneo.
Carlos ganó como se espera que gane un tamer disciplinado.Lucía ganó como se espera que gane alguien que entiende su técnica.Bruno ganó como nadie entendía.
En el balcón superior, Isolde Marek observaba en silencio.
Raven Holt hablaba a su lado, pero ella apenas escuchaba.
Su mirada estaba fija en Bruno.
No en su postura. No en su expresión.
En la sensación que dejaba a su paso.
—Noctis no está acostumbrado a perder en primera ronda —dijo Raven con frialdad.
Isolde no respondió de inmediato.
—Calem no perdió por soberbia —murmuró finalmente—. Perdió por error de lectura.
Raven la miró.
—¿Y qué leyó mal?
Isolde tardó unos segundos.
—Eso es lo que quiero averiguar.
Bruno salió del coliseo cuando el ciclo del día comenzaba a cerrarse.
El cielo de Lumen, siempre mutable, había adoptado un tono anaranjado suave, como si la región misma estuviera procesando la intensidad acumulada.
Caminaba sin rumbo fijo cuando escuchó pasos acercarse.
No eran rápidos. No eran tímidos.
—¿Te molesta si camino contigo?
La voz era clara. Directa.
Bruno giró.
Isolde estaba a su lado, sin escolta, sin dramatismo.
El uniforme oscuro de Noctis contrastaba con la luz cálida del entorno. Su cabello rojizo recogía destellos dorados del cielo artificial.
—Eh… no —respondió Bruno, algo rígido—. Claro que no.
Caminaron unos segundos en silencio.
No había tensión hostil.
Había análisis.
—Tu combate fue breve —dijo ella al fin.
—Supongo.
—No parecías sorprendido.
Bruno soltó una risa breve.
—Yo sí lo estaba.
Isolde lo miró de reojo.
No con coquetería.
Con concentración.
—Cuando Calem intentó anularte… —dijo despacio— no sentí ruptura.
Bruno frunció el ceño.
—No sentiste qué.
—Cuando alguien pierde su flujo, el espacio lo registra. Es como si una frecuencia se apagara. En tu caso… no ocurrió.
Bruno no supo qué responder.
—Se sintió —continuó Isolde— como si su intento hubiese atravesado algo sólido. No vacío. No resistencia. Algo… independiente.
Se detuvo un instante frente a una estructura flotante.
—No se siente como si tu oni fluyera —añadió—. Se siente como si existiera.
El comentario quedó suspendido entre ambos.
Bruno no sabía si debía sentirse halagado o expuesto.
—No estoy seguro de entenderlo yo mismo —admitió.
Isolde sonrió apenas.
—Eso lo hace más interesante.
El silencio volvió.
Esta vez menos analítico.
Isolde bajó la mirada por un segundo. Cuando la levantó de nuevo, su expresión era distinta. Más suave.
—Calem era fuerte —dijo—. No muchos podrían haberlo hecho caer así.
Bruno encogió un hombro.
—Creo que simplemente… fue más rápido.
Ella sostuvo su mirada unos segundos más de lo necesario.
No estaba evaluando su técnica.
Estaba intentando entenderlo a él.
Y esa diferencia era sutil, pero real.
—No vas a entenderlo solo mirandolo.
La voz llegó antes de que Bruno pudiera reaccionar.
Lucía estaba a pocos pasos, apoyada contra una columna translúcida.
Isolde giró con naturalidad.
—Lucía D’Alenko —saludó con impecable cortesía—. Buen combate.
Lucía inclinó la cabeza.
—Gracias.
El tono era neutro.
Demasiado neutro.
Bruno miró a una y luego a la otra.
—Solo estábamos hablando del combate —dijo, innecesariamente.
Isolde no lo contradijo.
—Es natural querer entender lo que no se ajusta al patrón —añadió ella con suavidad.
Lucía sostuvo su mirada.
—¿Y lo entendiste?
Una pausa leve.
Isolde negó con la cabeza.
—Aún no.
No era confrontación abierta.
Era medición.
—Somnia eligió bien a sus representantes —agregó Isolde.
La frase era ambigua.
Podía significar respeto.
Podía significar advertencia.
Lucía sonrió.
No con los ojos.
—No solemos elegir mal.
El aire entre ambas no se volvió hostil.
Se volvió definido.
Isolde inclinó levemente la cabeza.
—Nos veremos en la arena.
Y se marchó.
Bruno exhaló.
—No fue nada raro —dijo, intentando sonar casual.
Lucía lo miró.
—No dije que lo fuera.
—Solo está interesada en lo que pasó.
—Lo sé.
Silencio.
El cielo cambió a un tono más profundo.
—¿Te molesta? —preguntó Bruno, finalmente.
Lucía tardó en responder.
—No.
Otra pausa.
—Pero te vi con Isolde.
Bruno abrió la boca y la cerró.
No sabía qué defender.
Lucía se separó de la columna.
—Descansa —dijo—. Mañana seguimos.
Y se alejó.
Bruno la observó irse.
No entendía del todo lo que acababa de ocurrir.
Pero sentía que algo había cambiado.
No en el torneo.
Entre ellos.
En lo alto del coliseo, Tassadar permanecía solo.
Las plataformas ya estaban vacías. El flujo de Lumen se estabilizaba lentamente.
El judicador apoyó las manos en el barandal.
No parecía preocupado.
Parecía pensativo.
—Interesante —murmuró para sí.
No había ruptura visible.
No había alteración sistémica.
Y, sin embargo, algo no estaba funcionando como debía.
No hizo informe.
No convocó nada.
Solo observó el lugar donde Bruno había estado de pie.
El onírico no estaba reaccionando como se espera ante una anomalía.
Eso era lo verdaderamente inquietante.
Esa noche, los corredores de Lumen estuvieron más silenciosos de lo habitual.
Somnia ocupaba tres espacios en la siguiente ronda.
Noctis había perdido a su favorito.
Los Custodios recalculaban.
Umbrae estudiaba.
Y Lumen… sentía.
Bruno se acostó sin sueño inmediato.
No estaba inquieto.
No estaba eufórico.
Solo recordaba el instante en que su golpe impactó.
No sintió resistencia.
No sintió apagón.
Sintió… continuidad.
Como si nada hubiese intentado detenerlo.
Cerró los ojos.
El cielo de Lumen se oscureció en sincronía.
Mañana seguiría la Copa.
Pero algo había empezado a moverse.
No en la arena.
En las miradas.
En las preguntas.
En los silencios.
Y esos ecos, en un lugar hecho de cristal vivo, tardan mucho en apagarse.
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