Dream tamers - Capítulo 4
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4: El ejercicio de soñar 4: El ejercicio de soñar El día siguiente amaneció gris, igual que todos los demás, pero para Bruno ya nada tenía la misma textura.El sonido del agua corriendo en la regadera, el vapor en el espejo, el café goteando en la máquina: todo le parecía un poco más denso, como si el mundo real se hubiera ralentizado.
Recordó las palabras de Lucía: “Cuanto más creativa es una persona, más oni puede concentrar.”Creatividad.La palabra lo perseguía desde que despertó.
En el cubículo de la universidad, frente a su computadora, el cursor parpadeaba con el mismo ritmo del día anterior.Bruno intentó avanzar en su tesis, pero solo consiguió releer la misma frase cinco veces: “Los rituales de paso en las civilizaciones antiguas reflejaban una visión trascendental de la muerte y el sueño como continuidad simbólica de la conciencia.” “Continuidad simbólica.”Era irónico: estudiaba cómo las culturas interpretaban los sueños, pero no podía entender los suyos.
Un mensaje de WhatsApp lo sacó del trance.Era Juliette.
Café a las 5 en el de siempre?
Bruno sonrió apenas.
No veía a Juliette desde hacía semanas.
Ella era una de las pocas personas con las que mantenía una relación constante, más por costumbre que por intención.
El café “de siempre” era un local pequeño frente al campus, con paredes color mostaza y olor persistente a canela y libros viejos.Juliette ya estaba ahí, sentada junto a la ventana, con un par de hojas llenas de notas y su taza de cappuccino a medio beber.
—Mira nada más quién sale de la cueva —dijo, sonriendo al verlo.
—Algunos seguimos intentando graduarnos —respondió Bruno, dejando su mochila a un lado.
Juliette tenía ese tipo de belleza tranquila que se volvía más notoria en los gestos que en los rasgos.
Cabello castaño claro, semi ondulado, recogido sin cuidado; ojos cafés, cálidos, y una expresión siempre entre la curiosidad y la ironía.
—¿Cómo va la tesis?
—preguntó, dando un sorbo a su café.
—Avanzando… como siempre —dijo Bruno.
Luego, sin poder evitarlo, añadió—: He estado pensando mucho en los sueños.
Ella arqueó una ceja.
—¿Sueños?
¿Del tipo Freud o del tipo premonición?
—Del tipo… que no sabes si son tuyos o de alguien más.
Juliette soltó una risa breve.
—Eso suena más a cansancio crónico.
—Tal vez.
Pero dime algo… —Bruno apoyó los codos en la mesa—.
¿Tú crees que los sueños tienen algún valor más allá de lo psicológico?
Juliette entrecerró los ojos, pensativa.
—¿Históricamente o personalmente?
—Ambas.
Ella dejó la taza sobre el plato con un leve tintineo.
—Bueno, si te vas atrás en el tiempo, los egipcios tenían toda una ciencia onírica.
Creían que los sueños eran mensajes del Duat, el mundo espiritual.
Algunos incluso decían que los dioses se comunicaban a través de ellos, o que uno podía recorrer el más allá mientras dormía.
—Sí, recuerdo haber leído algo así —dijo Bruno, interesado.
—Pero lo curioso —continuó ella— es que no lo veían como algo místico necesariamente.
Para ellos era… natural.
Parte de la vida.
Soñar era otra forma de estar despierto.
Bruno se quedó en silencio.
La idea le resultó incómodamente familiar.
—¿Por qué lo preguntas?
—dijo Juliette, observándolo—.
¿Tuviste un sueño raro?
—Más bien una serie de ellos —respondió él, evadiendo detalles—.
Y ahora alguien me dijo que soñar puede ser… una especie de ejercicio.
Juliette sonrió.
—Suena poético.
¿Quién te dijo eso?
—Una amiga —mintió Bruno.
Ella asintió, sin insistir.
Luego miró por la ventana, pensativa.
—Tal vez tenga razón.
Soñar también requiere práctica.
Los egipcios incluso tenían templos del sueño, donde las personas iban a buscar respuestas.
Bruno se inclinó hacia ella.
—¿Y tú?
¿Crees que en nuestra profesión hay espacio para la creatividad?
Juliette frunció el ceño, dudando.
—No lo sé.
Estudiamos el pasado.
Analizamos, clasificamos, interpretamos… No parece muy creativo, ¿no?
Hizo una pausa, mirando el reflejo de su taza.
—Pero supongo que elegir cómo contar lo que ya pasó… también es una forma de crear algo nuevo.
Bruno asintió lentamente.
No esperaba esa respuesta.
Juliette sonrió con suavidad.
—Tal vez solo necesitamos dejar de pensar que la historia es una tumba.
Quizá solo está dormida.
El comentario lo hizo sonreír.
Se despidieron frente al café, como siempre, con un abrazo rápido y promesas vagas de ponerse al día.Bruno caminó hacia la estación del metro con la mente llena de frases que no lograba acomodar.La tarde caía, tiñendo el cielo de un gris rojizo.
A mitad de la calle, un hombre se cruzó frente a él.Era alto, delgado, con una chamarra oscura y una sonrisa amable que parecía ensayada.
—Disculpa —dijo el hombre, tocándole el hombro—.
Casi te atropella ese ciclista.
Bruno volteó instintivamente; no había ningún ciclista.—Ah… gracias —respondió, incómodo.
—Nada que agradecer —dijo el tipo, sonriendo.
Tenía una mirada intensa, ambarina, y un tono de voz extrañamente agradable—.
Uno nunca sabe por dónde pueden venir los golpes.
Bruno sintió un escalofrío leve.
El hombre le dio una palmada amistosa en el brazo.
—Ande con más cuidado, Bruno.
Bruno se congeló.
—¿Perdón?
¿Nos conocemos?
—No todavía —respondió el hombre, con una sonrisa amplia y cortés—.
Pero seguro coincidiremos de nuevo.
Y siguió su camino entre la gente.Bruno se quedó mirándolo hasta que desapareció en la multitud, con una sensación viscosa de inquietud en el pecho.
No lo sabía, pero acababa de encontrarse con Dante.
Esa noche, Bruno no podía dejar de pensar en lo que había pasado.
Ni en Dante, ni en Juliette, ni en la idea de “soñar voluntariamente”.Se preparó un café —aunque sabía que sería contraproducente si quería dormir— y se sentó frente a la ventana abierta, observando las luces de la ciudad.
“Soñar voluntariamente.”Lucía lo había dicho con naturalidad, como si fuera algo tan simple como respirar.
Cerró los ojos.Trató de imaginar un lugar.
Cualquiera.
Pero su mente, fiel a su personalidad, solo le devolvía imágenes de bibliotecas, pasillos, salas vacías.Nada vibrante.
Nada vivo.
Entonces pensó en el onírico.
En la sala de tránsito.
En la luz flotando en el aire y el sonido de millones de voces distantes.Y algo cambió.
Sintió un leve tirón en el pecho, como un hilo invisible que lo llamaba desde dentro.El aire a su alrededor se volvió más denso.
Cuando abrió los ojos, ya no estaba en su habitación.
Se encontraba en medio de una vasta extensión gris, un espacio sin horizonte.A lo lejos, flotaban fragmentos de lugares conocidos: una puerta de su casa, una esquina del campus, el reloj del pasillo universitario.
Todos desordenados, suspendidos en la nada.
Intentó moverse, pero cada paso se hundía como si caminara en agua espesa.La luz parpadeaba débilmente.
—¿Lucía?
—llamó, sin respuesta.
Trató de concentrarse, de imaginar algo que le diera forma a ese vacío, pero nada respondía.El ambiente era opaco, agotador.Comprendió que, aunque había logrado entrar, no podía desplazarse: no tenía suficiente oni para sostener el espacio, no lograba concentrarlo.
El silencio era tan denso que terminó escuchando el propio latido de su corazón.Intentó gritar, pero su voz se disolvió sin eco.
Entonces la nada se contrajo, y todo se volvió negro.
Despertó con un sobresalto.El reloj marcaba las 3:14 a.m.El café en la mesa seguía tibio.
Se pasó una mano por la cara.Había logrado entrar… pero no avanzar.
Miró el techo, exhalando despacio.El ruido del ventilador llenó el cuarto, recordándole que, por ahora, seguía en el mundo real.
Afuera, la ciudad dormía.
Y, por primera vez, Bruno sintió que también podía empezar a despertar.
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