Dream tamers - Capítulo 6
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6: Los nudos de Oni 6: Los nudos de Oni Capítulo 6 — Los Nudos del Oni El aire vibraba con una densidad casi líquida.Bruno apenas podía mantenerse en pie mientras la superficie del suelo —una mezcla de piedra y cristal oscuro— temblaba bajo sus pies.Del horizonte surgían criaturas que parecían estar hechas de humo y luz distorsionada: bestias espectrales, moldeadas por el oni corrupto.
Eran como lobos sin piel, con cuerpos translúcidos y fauces de energía negra.Cada vez que gruñían, el sonido se distorsionaba, como si rompiera la textura del aire.
Carlos fue el primero en moverse.Sus manos se encendieron con líneas brillantes y, con un gesto rápido, materializó una lanza etérea, una extensión sólida de su propio oni.La lanzó con precisión quirúrgica: atravesó a la primera bestia y la hizo estallar en una nube azul.
—¡Una menos!
—gritó.
Vania giraba su aro dorado alrededor del cuerpo, dejándolo trazar círculos de luz a su alrededor.Con un impulso, lo lanzó hacia una de las criaturas que se abalanzaba sobre ellos; el aro giró como un cometa, rebotando entre tres bestias y cortándolas a la mitad antes de regresar a su mano.
—Tres por uno, ¿vieron eso?
—rió, orgullosa.
Rembrandt permanecía unos pasos atrás, concentrado.Tenía en su mano una hoja de papel cubierta de trazos que parecían vivos.De pronto, sopló sobre ella.El dibujo de un cuervo emergió del papel y se alzó en vuelo, convertido en una silueta tridimensional hecha de tinta negra y oni cristalizado.El cuervo descendió con un chillido y se estrelló contra una de las bestias, desintegrándola en una explosión de sombras.
Bruno observaba con la boca entreabierta.No entendía cómo podían moverse con tanta coordinación, como si cada uno supiera de antemano qué iba a hacer el otro.
Lucía, a su lado, mantenía la calma, observando los movimientos de su equipo con ojos analíticos.Ella no intervenía todavía, pero su presencia imponía equilibrio.
—¿Qué son exactamente esas cosas?
—preguntó Bruno, intentando hacerse oír entre los rugidos.
—Manifestaciones de oni corrupto —respondió Lucía sin apartar la vista—.
No tienen conciencia ni forma fija, solo el instinto de disolverse.
—¿Y por qué aparecen?
Lucía chasqueó los dedos, proyectando un pequeño círculo de energía luminosa frente a ellos.En él, la imagen del terreno se desplegó como un mapa vivo, con líneas de oni fluyendo como ríos luminosos.Algunos puntos parpadeaban en rojo.
—El onírico es un reflejo del mundo real.
Cada emoción, cada evento, cada trauma, deja rastros de oni.
Cuando algo se desbalancea —una guerra, un desastre, incluso un cambio colectivo de ánimo—, el flujo se altera y crea nudos.
—¿Nudos?
—Sí.
Lugares donde la energía no corre como debería.
Si no se canaliza, se contamina.
Y cuando eso ocurre… —señaló a las bestias que seguían brotando del suelo— …tenemos esto.
Carlos se giró para gritar entre jadeos:—¡Lucía!
¡Tenemos una docena más por la izquierda!
Lucía extendió su mano, y un resplandor dorado salió de sus dedos formando un muro transparente frente a ellos.Las bestias chocaron contra él y se desintegraron al contacto.
—Las manifestaciones se clasifican —continuó, con tono de instructora—.
Desde categoría D, las más leves, hasta A, las más graves.
Existen categorías teóricas más altas: AA, AAA y S, pero hace siglos que nadie ha registrado algo así.
—Entonces, ¿esto es…?
—Clase D —dijo ella con una sonrisa leve—.
Ideal para principiantes.
Una de las bestias logró rodear al grupo y se abalanzó sobre Bruno.Él apenas alcanzó a girarse.
—¡Lucía!
Un destello.Entre él y la criatura apareció una barrera luminosa, una esfera translúcida que lo envolvió completamente.El monstruo chocó contra ella y se deshizo en un estallido de chispas azules.
Lucía bajó la mano, con expresión serena.—Esto es lo que hago, Bruno.
Escudar.
Bruno parpadeó, aún temblando.
—Eso fue… increíble.
—Fue necesario —respondió ella con tono seco—.
No te acostumbres a mirar, aprende a moverte.
El suelo comenzó a agrietarse.Del centro del campo surgió una masa negra que latía como un corazón enfermo.La energía del oni corrupto se condensaba en torno a ella, formando una figura cada vez más definida.
Lucía dio un paso al frente.
—Prepárense.
Está manifestándose el núcleo del nudo De la oscuridad emergió una bestia gigantesca: un oso de tres metros de altura, cubierto por una capa de humo espeso.Del lomo y el cráneo le crecían ramas retorcidas, negras y espinosas, como si la corrupción hubiera echado raíces en su carne.Sus ojos eran dos focos de luz roja vibrante, y cada respiración expulsaba una bruma tóxica que hacía crujir el aire.
Bruno sintió el impulso primitivo de huir.Lucía, en cambio, solo cerró los ojos un instante.
—Esa es la fuente.
Si destruimos el núcleo, el flujo se estabiliza.
Carlos giró su lanza.
—Yo distraigo.
Vania asintió.
—Yo busco un ángulo.
Rembrandt ya estaba dibujando algo sobre el suelo con trazos rápidos y seguros.
El oso rugió, levantando una ola de energía oscura que arrasó parte del terreno.Carlos saltó hacia un lado, clavando su lanza en el aire.
Esta se duplicó en tres copias luminosas que arrojó directamente al pecho del monstruo.Las lanzas se incrustaron y se disolvieron, dejando grietas azules en su cuerpo.
Vania aprovechó la distracción.Su aro giró a velocidad imposible, rodeando al oso y lanzando destellos de luz dorada que cortaban las ramas espinosas.Pero cada vez que una se rompía, otra crecía.
—¡No basta con cortarlas!
—gritó.
Rembrandt levantó la vista.Su dibujo estaba completo: una figura humana alada, de trazos negros y ojos blancos, emergió del suelo y se elevó por encima del oso.Con un gesto, la pintura dejó caer una lanza de tinta que atravesó el cráneo del monstruo.El rugido sacudió todo el campo, pero la criatura seguía moviéndose, ahora con un hueco brillante en la frente.
Lucía avanzó, extendiendo las manos.—¡Retrocedan!
Una barrera en forma de domo los envolvió a todos.El oso golpeó la superficie con una garra colosal; el impacto generó una onda que hizo vibrar el aire y lanzó chispas de luz por todas partes.
Bruno, dentro del domo, sintió la presión como si le aplastaran el pecho.Lucía apretó los dientes.
—Solo un poco más… Carlos, desde el interior, canalizó su energía en un último ataque.Su lanza se encendió con un tono blanco intenso.
—¡Ahora!
Lucía liberó la barrera en el momento exacto en que Carlos arrojó la lanza.El proyectil atravesó el pecho del oso y, por un instante, todo se quedó en silencio.Luego, la criatura estalló en una explosión de luz azul y humo negro que se disipó lentamente.
El terreno comenzó a transformarse: las grietas se cerraron, el aire perdió su tono violáceo, y el cielo adoptó un matiz suave de turquesa.
El oni volvía a fluir con normalidad.
Bruno se dejó caer al suelo, exhausto aunque apenas había hecho algo.
—¿Ya terminó?
Lucía asintió.
—Por ahora.
—¿Dónde… estamos exactamente?
—preguntó él, mirando el paisaje que se había vuelto sereno, casi bello.
Lucía se agachó junto a él.
—En el sector occidental, como dijo Orryn.
Pero “sector” es solo una forma práctica de hablar.
—¿Práctica?
—El onírico no tiene geografía como la entienden ustedes.
No hay norte, sur, ni coordenadas.
Los lugares existen por afinidad energética.
—O sea… que no hay mapa.
—Exacto.
Solo referencias.
Con el tiempo aprenderás a orientarte.
Bruno miró a su alrededor.
El campo, antes oscuro, ahora estaba cubierto por hierba luminosa.
En el horizonte flotaban fragmentos de cristal que emitían un suave resplandor.Todo parecía respirar.
—Es hermoso —dijo.
—Así debería ser —respondió Lucía, poniéndose de pie.
Ella extendió una mano hacia el aire, y una corriente de energía fluyó desde el suelo hasta el cielo.
—Cuando purificamos una zona, el oni vuelve a su forma natural.
Es importante mantener el equilibrio, porque cada espacio del onírico está conectado con el sueño de alguien en el mundo real.
Bruno la miró, intrigado.
—¿Quieres decir que… lo que pasa aquí afecta los sueños de la gente?
—Exacto.
Y al revés también.
Si una zona se contamina, las personas que sueñan a través de ella tienen pesadillas, ansiedad, desequilibrio.
Es un círculo vicioso.
—Entonces mantener esto limpio es… ¿mantener sana la mente humana?Lucía sonrió.
—Podría decirse que sí.
Si el onírico cae, el mundo real lo haría después.
El aire alrededor se volvió cálido, sereno.Las últimas partículas oscuras desaparecieron.
Carlos estiró los brazos con un gruñido.
—Listo.
Otra zona establecida.
Vania guardó su aro con un chasquido de dedos.
—Y sin bajas, para variar.
Rembrandt simplemente observó el paisaje, como si quisiera recordarlo antes de que se desvaneciera.
Lucía giró hacia Bruno.
—¿Ves?
Esto es el trabajo de un tamer.
No somos guerreros, somos restauradores.
Bruno asintió lentamente.
—Empiezo a entender.
Ella se acercó y le colocó una mano en el hombro.
—Eso es suficiente por hoy.
Vamos de vuelta.
Abrió una puerta luminosa en el aire.El equipo comenzó a cruzar, uno por uno.Antes de hacerlo, Bruno se detuvo un momento y miró hacia atrás.El paisaje, ahora brillante y pacífico, reflejaba su propia silueta distorsionada.Por primera vez sintió algo distinto a miedo o desconcierto: una conexión.
Lucía lo observó en silencio.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió él—.
Solo… quería verlo un poco más.
Volvieron al gremio.En la Biblioteca de las Aguas Quietas, el ambiente era tan tranquilo que parecía otro mundo.
Bruno respiró hondo.
—Creo que debería volver al mundo real.
Lucía asintió.
—Es lo mejor.
Tu oni aún está inestable.
Él sonrió con un cansancio tranquilo.
—Nos vemos pronto, ¿no?
—Muy pronto.
—Lucía le devolvió la sonrisa—.
Y la próxima vez, traerás tu propio escudo.
La puerta de salida se abrió, bañándolo con la luz tenue del amanecer real.Bruno cruzó.Por un instante, sintió que la frontera entre ambos mundos se volvía delgada, casi inexistente.
Y supo que ya no habría vuelta atrás.
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