Dream tamers - Capítulo 7
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7: Ecos del abuelo 7: Ecos del abuelo De vuelta en la Biblioteca de las Aguas Quietas, el aire olía a calma.Las luces flotantes se movían como luciérnagas perezosas entre los pasillos, reflejándose en el lago que sostenía toda la estructura.El escuadrón avanzaba en silencio, cubiertos aún del leve polvo azulado que quedaba tras una purificación.
Carlos fue el primero en romper la quietud.
—Voy a reportar al maestro Orryn.
—Se dio media vuelta, ajustándose el chaleco—.
Ustedes dos deberían limpiar sus armas antes de que se cristalicen.
Nadie lo detuvo.
Sabían que no hablaba de vanidad, sino de disciplina.Rembrandt, por su parte, estiró el cuello y miró hacia el techo.
—Yo… necesito ir a pintar algo antes de que se me borre de la mente.
—¿El oso?
—preguntó Vania.
—No, el cielo —respondió, ya alejándose con paso distraído.
Lucía suspiró.
—Nunca entiendo si pinta para recordar o para olvidar.
Bruno los observó marcharse, un poco perdido.Lucía se giró hacia él.
—Ven.
Hay alguien que quiero que conozcas.
Caminaron por un corredor ancho, cubierto de tapices que cambiaban sutilmente según desde dónde se miraran.El ambiente tenía un leve zumbido, como el de un reloj gigantesco que midiera no el tiempo, sino la memoria.
—¿A dónde vamos?
—preguntó Bruno.
—A ver a Calennor Kairos, instructor del segundo círculo de diagnóstico.
Si alguien puede entender tu flujo de oni, es él.
—¿Diagnóstico?—Analiza la estructura energética de los tamers, sus bloqueos y afinidades.
Algunos dicen que puede “leer el sueño” de una persona solo con tocarla.
Llegaron a una sala circular iluminada por un resplandor ámbar.En el centro, un hombre de piel oscura, cabello gris rizado y ojos dorados como arenas en movimiento los esperaba.Llevaba una túnica azul con detalles metálicos y sostenía entre las manos un reloj de arena flotante, suspendido sobre una base de cristal.La arena no caía en línea recta, sino en espirales, como si obedeciera una gravedad distinta.
—Lucía.
—Su voz era grave, pausada, con un timbre que parecía venir de lejos.
—Maestro Kairos.
—Lucía hizo una leve inclinación—.
Le presento a Bruno.
Calennor lo observó con una serenidad impenetrable.
—Así que tú eres el que entró al onírico sin llave.
Bruno tragó saliva.
—Eso dicen.
—Acércate.
El maestro colocó el reloj de arena frente a él.
—No te muevas.
Esto no dolerá.
Bruno sintió un leve cosquilleo cuando Calennor extendió su mano y tocó su frente con dos dedos.El reloj comenzó a brillar, y la arena giró más rápido, como si el tiempo se acelerara.Un hilo de luz emergió del pecho de Bruno y se unió al reloj, proyectando formas cambiantes: corrientes, círculos, nudos, fractales.
Calennor frunció el ceño.
—Curioso… —susurró.
Lucía lo observaba en silencio.
—¿Qué sucede, maestro?
—Tu flujo de oni no es irregular, Bruno.
Es… incompleto.
—¿Incompleto?
—Como si alguien hubiera trazado el cauce de un río, pero olvidado llenarlo de agua.La arena del reloj cambió de color, volviéndose momentáneamente negra.Calennor retiró la mano y el hilo de luz se cortó.
Bruno dio un paso atrás, mareado.
—¿Qué significa eso?
—Que tu oni existe, pero está fragmentado.
No está bloqueado… está sellado.
Lucía lo miró, sorprendida.
—¿Sellado?
¿Por quién?
Calennor negó con la cabeza.
—Eso no puedo saberlo.
Pero lo que sentí en tu flujo no es natural.
El maestro caminó hacia una mesa y dejó el reloj de arena sobre ella.
—Aun así, hay algo en ti que responde de manera distinta.
Como si el oni no fluyera, sino que recordara su forma.
—¿Recordara?
—El oni no solo es energía, Bruno.
También es memoria.
Y el tuyo está lleno de ecos antiguos.
Bruno intentó procesarlo.
—¿Qué puedo hacer?
Calennor sonrió, casi paternal.
—A veces, la respuesta no está en aprender algo nuevo, sino en recordar lo que ya fue olvidado.
Sus ojos dorados se iluminaron un instante.
—Busca tus raíces, muchacho.
El oni no miente sobre su origen.
Salieron de la sala sin hablar.Bruno seguía pensando en las palabras del maestro.
Lucía, intentando aligerar el ambiente, comentó: —Bueno, eso fue… críptico, incluso para él.
—Dijo que mi oni está sellado.
¿Qué significa eso, Lucía?
—Que alguien o algo impidió que fluyera con normalidad.
Tal vez un trauma, un accidente, o… —se detuvo— un propósito.
Bruno la miró.
—¿Propósito?
—Sí.
Hay sellos que se colocan para proteger algo, no para ocultarlo.
Antes de que pudiera responder, el aire a su alrededor se volvió pesado.Una ráfaga helada recorrió el bosque onírico por el que caminaban, haciendo que las hojas —hechas de luz— se sacudieran como si sintieran miedo.
Lucía se detuvo.
—¿Sentiste eso?—Sí.
De entre los árboles comenzaron a aparecer figuras humanoides, cubiertas con capas oscuras.Sus ropas estaban marcadas con un símbolo rojo en forma de media luna invertida.Luna de Sangre, el gremio oscuro —Tamer, de Somnia Veritas —dijo uno de ellos con voz rasposa—.
Deja tus reservas de oni y podrás irte con vida.
Lucía levantó una mano, creando una barrera parcial frente a Bruno.
—Retrocedan.
No saben con quién se meten.
El que parecía el líder sonrió.
—Justo al revés.
Sabemos exactamente.
Cuatro atacantes, moviéndose con rapidez inhumana.Vania giró su aro, lanzándolo con precisión quirúrgica; el anillo cortó el aire y derribó a uno, pero dos más se abalanzaron sobre ella.Lucía desplegó una barrera en forma de cúpula, pero los enemigos comenzaron a golpearla con cuchillas de oni rojo que dejaban chispas negras en el aire.
Bruno retrocedió, sin saber dónde ponerse.
Lucía gruñó.
—¡Vania, derecha!
—¡Estoy en eso!
Uno de los atacantes rompió la defensa lateral y se lanzó hacia Bruno.Antes de que Lucía pudiera reaccionar, el hombre lo golpeó en el pecho con una descarga de oni corrupto.Bruno cayó de espaldas, sin aire.
Lucía gritó algo, pero fue contenida por otro ataque.El líder de los agresores se acercó a Bruno, levantándolo del suelo.
—No pareces valer mucho.
Pero el oni… lo siento dentro de ti.
Será suficiente.
Bruno sintió la mano del hombre sobre su pecho, drenándole energía.El dolor fue insoportable, como si le arrancaran los recuerdos.
En ese instante, la voz de Calennor resonó en su mente, suave pero firme:“El oni no fluye, recuerda.
Si olvidas quién eres, deja que él te lo recuerde.” Bruno apretó los dientes.Algo dentro de él, profundo, se encendió.Su mano tembló y, sin entender cómo, su puño comenzó a brillar con una luz azul pálida.
—¡Aléjate de mí!
—gritó.
El golpe fue instintivo.Su puño chocó con el pecho del atacante, y un destello cegador los envolvió a ambos.El hombre salió volando, cayendo varios metros atrás.Cuando intentó levantarse, su cuerpo se tambaleó: su piel se tornaba gris, y la luz roja de su oni se apagaba.
—¡Mi oni… se está drenando!
—gritó, horrorizado.
El resto de los atacantes se detuvo.Lucía aprovechó el momento para expandir una onda de energía protectora que los alejó a todos.
—¡Fuera de aquí, carroñeros!
—rugió.
Los miembros de Luna de Sangre dudaron unos segundos y luego se desvanecieron en la bruma del bosque, arrastrando a su líder inconsciente.
El silencio volvió.Lucía bajó la guardia y corrió hacia Bruno.—¿Estás bien?Él respiraba con dificultad, observando su propia mano aún brillante.—Yo… no sé qué hice.
Vania se acercó, limpiándose la frente.
—Eso no fue suerte.
Casi lo drenaste por completo.
Lucía lo observó con una mezcla de asombro y preocupación.
—Bruno… usaste oni.
De manera pura.
—¿Eso es bueno?
—Eso es imposible —respondió ella, con una sonrisa nerviosa—.
¿Cómo lo hiciste?
Bruno recordó las palabras de Calennor, aún resonando como un eco.
—No lo sé.
Pero creo que… tenemos que visitar la biblioteca de mi abuelo.
El cambio de escenario fue casi inmediato.Lucía abrió una puerta luminosa y los llevó a una habitación familiar para Bruno: la biblioteca del abuelo, pero en su reflejo onírico.
El lugar estaba suspendido en una penumbra azulada.Los libros flotaban a medias, las páginas se movían solas, y las sombras se estiraban como si respiraran.Cada rincón tenía una vibración distinta, como si la memoria del abuelo aún caminara por ahí.
—Aquí pasé media infancia —dijo Bruno, recorriendo con los dedos los lomos de los libros—.
Mi abuelo era mi héroe.
Podía pasarse horas hablando de historia antigua.
Lucía lo observaba con respeto.
—¿Dijiste que tenía un diario?
—Sí.
Lo leí cientos de veces.
Caminaron hasta una vitrina al fondo.
Dentro, el diario descansaba, igual que en el mundo real: una libreta de cuero desgastado con una hebilla dorada.Bruno la tomó con cuidado y la abrió.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Esto no… esto no es lo que recuerdo.
Lucía se acercó.
—¿Qué quieres decir?
—Las páginas… están llenas de símbolos, no de texto.
Como si el contenido fuera diferente aquí.
Lucía frunció el ceño.
—Tal vez el diario tiene una doble lectura.
Algo escrito para verse distinto en cada plano.
Abrió una de las páginas al azar.Los símbolos parecían moverse, como tinta viva.
—Lee algo —pidió Lucía.
—¿Qué?
—Lo primero que veas.
Bruno tragó saliva y leyó en voz alta: “La memoria no se crea ni se destruye.
Solo se reencarna en forma de sueño.” El aire se volvió pesado.Un resplandor azul surgió del suelo y lo envolvió.Bruno se quedó paralizado, con la mirada perdida.
Lucía dio un paso atrás.
—¿Bruno?
Un patrón de líneas luminosas comenzó a dibujarse en su rostro: runas, espirales, símbolos.Por un instante, Lucía juró ver las mismas marcas reflejadas en las paredes.
Luego, todo se apagó.Bruno cayó de rodillas, jadeando.
Lucía se acercó, arrodillándose frente a él.
—¿Qué fue eso?
¿Qué viste?
Bruno levantó la mirada.
Sus ojos tenían un leve brillo, como si aún reflejaran aquel resplandor.
—Creo que ya sé por qué no puedo usar oni con facilidad.
Lucía lo miró en silencio, sin atreverse a preguntar.
Bruno cerró el diario con suavidad.
—Porque no es que no pueda… —dijo despacio—, es que no debo.
Y la biblioteca onírica se estremeció levemente, como si una parte del pasado acabara de despertar.
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