Dream tamers - Capítulo 8
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8: Ecos de si mismo 8: Ecos de si mismo El regreso a Somnia Veritas fue silencioso.El portal se cerró detrás de ellos con un sonido semejante al de una campana sumergida, y el aire cambió, tornándose espeso, como si los sueños mismos observaran su llegada.
Bruno caminaba unos pasos detrás de Lucía y Vania.Seguía con el diario del abuelo apretado entre las manos.
Sentía que aún latía.
Lucía, sin girarse, habló :—No has dicho una sola palabra desde que salimos.
Bruno levantó la vista.
—No sé qué decir.
—Entonces intenta explicarlo —insistió ella—.
Lo que pasó en la biblioteca… eso no fue un trance común.
—Lo sé.
Pero no sé qué fue.
Se detuvieron frente al vestíbulo principal del gremio.
La luz que emanaba de los vitrales hacía que las sombras parecieran moverse al ritmo de sus respiraciones.
—Cuando leí esa frase, vi cosas —dijo Bruno finalmente—.
Personas.
No como visiones… eran reales.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué tipo de personas?
—Vestían ropas antiguas.
Como de civilizaciones que solo he leído en los textos de historia.
Había templos, desiertos, símbolos en el aire.
Y uno de ellos… me vio.
—¿Te vio?
—Sí.
No era un sueño, Lucía.
Era como si realmente estuviera ahí, y él… se sorprendiera de verme.
Lucía lo observó con atención.
—¿Podrías describirlo?
—Tenía una túnica blanca, el cabello recogido.
Y en la frente, un tatuaje igual al que me apareció a mí.
Vania, que los acompañaba en silencio, soltó un leve silbido.
—Eso suena… muy mal o muy importante.
Lucía asintió con gravedad.
—¿Sentiste algo más?
—Una corriente.
Como si el oni fluyera desde mí hacia afuera.
No absorbía nada.
Lo liberaba.
Lucía se cruzó de brazos.
—Eso no tiene sentido.
—Exacto.
—Bruno suspiró—.
Todo lo que dijiste sobre canalizar oni era al revés.
Ella abrió la boca para responder, pero una voz la interrumpió.
—¿Interesante conversación, Custodios?
Carlos estaba esperándolos en el pasillo lateral, de pie, con el rostro serio y los brazos cruzados.
La luz dorada de los candelabros delineaba la cicatriz que le cruzaba el pómulo izquierdo.
Lucía se tensó.
—¿Qué pasa, Carlos?
—Orryn ya está al tanto.
Me pidió que te informara.
—Su tono era neutro, pero firme.
Bruno notó que el ambiente cambió; hasta Vania bajó la mirada.
—¿Informar qué exactamente?
—preguntó Lucía.
Carlos la observó unos segundos antes de hablar.
—Que el nuevo debe regresar al mundo humano.
De inmediato.
—¿Qué?
—exclamó Lucía—.
¡No tiene sentido!
—No estoy aquí para debatirlo.
—Carlos se mantuvo impasible—.
Orryn considera que la presencia de Bruno altera la estabilidad de tu escuadrón.
Y no solo eso… hay un incremento anómalo de nudos en varias zonas del onírico.
Necesitaremos a todos los custodios activos.
Vania levantó la cabeza.
—¿Más nudos?
—Sí.
Y más grandes.
Algunos reportes dicen que hay emanaciones que ni siquiera corresponden a zonas conocidas.
—Carlos exhaló con cansancio—.
No podemos arriesgarnos a tener a alguien que no domina su oni en medio del caos.
Lucía dio un paso adelante.
—¿Y dejarlo solo en el mundo real, sabiendo que el gremio de Luna de Sangre lo está cazando?
—Es una orden, Lucía.
—La voz de Carlos fue dura, pero no hostil—.
Yo tampoco estoy cómodo con esto.
Pero no es una decisión mía.
El silencio se hizo pesado.Bruno rompió la tensión.
—Está bien.
Si es necesario, volveré.
—Bruno, no— protestó Lucía.
—Es lo más lógico.
No quiero causarles problemas.
Carlos asintió, como si apreciara la madurez del gesto.
—Te escoltaremos hasta tu punto de enlace.
Después de eso, Lucía, tú y Vania volverán a las misiones.
Orryn los necesita.
Lucía cerró los puños.
—Entendido.
El trayecto hasta el portal fue corto y amargo.Carlos caminaba adelante, con la postura de un soldado; Vania, detrás, jugueteando nerviosamente con su aro.Lucía y Bruno iban al centro.
—No me gusta esto —murmuró ella.
—A mí tampoco —respondió él—.
Pero al menos me da tiempo para pensar.—Piensa, pero no te aísles.
Si notas algo raro, cualquier cosa, usa el medallón que te di.
Te permitirá abrir un canal de emergencia.Bruno asintió.
—Gracias, Lucía.
Cuando llegaron al portal, Carlos se giró hacia él.
—Escucha, chico.
Orryn no es injusto.
Si te manda fuera, es porque cree que ahí estarás más seguro.
No es una expulsión.
Es una pausa.Su voz era firme, pero en sus ojos había algo de compasión.—Y… si realmente tienes lo que parece tenerte sellado, tarde o temprano volveremos a encontrarnos.
Bruno asintió en silencio.Lucía apretó el medallón en su mano y abrió la puerta al mundo real.La luz blanca los envolvió.
La habitación de Bruno lo recibió con un silencio pesado.Por un momento, dudó si realmente había vuelto.El aire olía distinto, más denso, más “real”.
Dejó el medallón sobre la mesa y se dejó caer en la silla frente a la biblioteca.El diario del abuelo seguía allí, cerrado, como si nada hubiera ocurrido.
Las palabras de Calennor y las imágenes del trance se mezclaban en su mente: los templos, los rostros antiguos, el tatuaje, el flujo inverso del oni.Nada tenía sentido.
Abrió el diario otra vez, buscando alguna pista.Las páginas seguían mudas, inertes, sin símbolos ni letras.Solo líneas de tinta seca.
Apoyó la cabeza entre las manos.
—¿Qué me estás escondiendo, abuelo?
Las horas pasaron sin respuestas.Cerca de la medianoche, exhausto, se recostó en el sillón.Las luces del pasillo se filtraban por la rendija de la puerta, tiñendo el suelo de un color dorado pálido.
—Solo un poco de descanso —murmuró.
Cuando abrió los ojos, el mundo ya no era su habitación.Estaba de pie en una vasta extensión blanca, sin horizonte ni techo.El suelo parecía líquido, pero sus pasos no dejaban huella.
—¿Dónde…?
Reconoció el lugar.Era la antesala del onírico, el canal de entrada que Lucía le había mostrado en su primera visita controlada.Pero esta vez, no había puertas, ni luces, ni guía.
Solo una silueta blanca al frente.No tenía rostro, ni rasgos definidos, solo la forma de un cuerpo humano delineado por un resplandor tenue.
Bruno sintió un escalofrío.
—¿Quién eres?
La figura se volvió lentamente.Y aunque no tenía rostro, Bruno sintió que lo miraba directamente.Una sonrisa imperceptible, hecha de pura intención, se dibujó en su no-rostro.
—Probablemente soy tú.
—La voz sonó en su mente, no en el aire—.
Pero no lo sabemos… aún.
—¿Qué… qué significa eso?
—balbuceó Bruno.
La figura inclinó la cabeza, casi con ternura.—Despierta cuando estés listo.
O deja que el sueño despierte por ti.
Y se desvaneció.
Bruno corrió hacia donde estaba, instintivamente.
—¡Espera!
Pero al extender la mano, el espacio frente a él se abrió como si rasgara una tela invisible.Un remolino de luz y sombra surgió, formando un túnel ondulante, lleno de destellos azules y fragmentos de memoria flotando.
El aire vibraba con un zumbido grave, casi doloroso.
—¿Qué… hice?
—susurró Bruno, mirando el túnel girar sobre sí mismo.
Sintió un tirón en el pecho, una fuerza familiar.Sin pensarlo, dio un paso al frente.
El túnel lo absorbió.
Cayó de pie sobre un suelo de cristal fracturado.A su alrededor, torres imposibles se curvaban en el aire como espirales retorcidas de piedra y fuego.El cielo era un torbellino de luces rojas y violetas, y las sombras parecían arrastrarse entre las grietas.
Había llegado a un lugar distinto del onírico.Uno que Lucía nunca le había mostrado.
Bruno alzó la vista y leyó, en un arco derruido, una inscripción tallada que brillaba con oni corrupto: “Espirales de la Luz Rota.” Una ráfaga caliente cruzó el aire, trayendo consigo murmullos y risas distorsionadas.Bruno sintió que el suelo temblaba, como si el lugar respirara.
Dio un paso atrás, pero el túnel por el que había entrado ya había desaparecido.
Bruno tragó saliva, girando sobre sí mismo.Las sombras se movían entre los restos de las torres, acercándose.
Y mientras la oscuridad lo rodeaba, comprendió algo con un nudo en el estómago:no había canalizado oni, ni usado una llave.El portal se había abierto solo.
El aire se fracturó de nuevo, y una carcajada, profunda y lejana, resonó en el horizonte.
Así comenzó su primer paso dentro de las Espirales de la luz rota, el territorio prohibido donde los gremios oscuros caminaban libres.
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