Dulce Mamá, Papá Rico: 8 Hijos Adorables - Capítulo 130
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130: ¿Quién dijo que yo morí?
130: ¿Quién dijo que yo morí?
Todos los recolectores de chatarra empobrecidos de Ciudad Imperial podían disfrutar de una comida gratis en el restaurante.
Hordas de gente pobre se abalanzaron hacia allí.
Mientras tanto, al jefe le dolía el corazón.
«¿Pero qué demonios?
¡He trabajado en vano durante el último año!».
Incluso la clienta también se sintió disgustada.
«¡Puaj!
¡Llevo un abrigo de imitación de Givenchy y casi era parte de la élite!
Ahora me he rebajado al nivel de los recolectores de chatarra y los mendigos.
¿Qué clase de mundo es este?».
…
Mientras tanto, Yolanda bajó a tirar la basura después de recoger a los niños del jardín de infancia.
Casualmente, se encontró con su vecina, pero la ignoró deliberadamente.
Yolanda no sabía si era idea suya, pero desde que Charlotte empezó a recoger chatarra, la vecina se había estado mostrando muy altanera con ella.
Cuando hablaba, dejaba ver un aire de superioridad.
Yolanda se sintió frustrada.
«¿Y esta de qué presume?
¡Mi yerno es el presidente de la Corporación Stewart!».
Claro que eso rara vez se lo decía a nadie.
Porque, aunque lo hiciera, nadie le creería.
Después de que su hija empezara a recoger chatarra, la gente le creía todavía menos.
Aunque Yolanda no saludó a la vecina, esta se acercó a propósito para saludarla.
Como no podía ser maleducada, Yolanda le respondió el saludo.
La vecina volvió a empezar con su numerito.
—Yolanda, no tienes idea de lo cansada que estoy de trabajar todos los días, sentada en la oficina —declaró—.
Aunque la silla de la oficina y el aire acondicionado son muy cómodos, ¡acabaré con achaques por el trabajo!
¿No has oído hablar de la salud subóptima?
¡Se refiere a nosotros, los oficinistas!
La vecina suspiró.
—En serio, qué envidia me da Charlotte.
Es tan liberador recoger chatarra.
Puede moverse por todas partes, no como yo, que estoy todo el día metida en la oficina y soy propensa a los achaques.
¿Por qué somos tan diferentes?
Soy un desastre.
Lo único que puedo hacer es estar sentada en la oficina, mientras que Charlotte ya se ha convertido en una trabajadora autónoma.
De verdad, Yolanda, no sabes la envidia que me da.
A Yolanda le dieron ganas de maldecir.
«¿Te estás burlando de mi hija?
¡Y encima lo haces con tanto retintín!».
—Tú también puedes recoger chatarra —replicó Yolanda, esbozando una sonrisa forzada.
La vecina se echó a reír.
—Ojalá, pero estoy acostumbrada a tanto lujo que no podría soportar ese trabajo tan duro.
Yolanda se quedó sin palabras.
«¿Pero qué insinúas?
¿Que mi hija no es refinada y está hecha para el trabajo duro?
¡Mírate a ti misma!
¿Cómo te atreves a burlarte de mi hija?».
Yolanda quiso responderle, pero se contuvo en el último momento.
No tenía confianza para hacerlo.
Al fin y al cabo, su hija estaba recogiendo chatarra.
Como madre, ¿de dónde iba a sacar la confianza?
Y es que la vecina no dejaba de tener razón.
Era un hecho innegable que su hija recogía chatarra, mientras que la vecina era una respetable oficinista.
Yolanda se sintió hundida en la tristeza.
«¡Dios mío!
¿Por qué tengo una hija tan rara?
¿Es que no le funciona bien el cerebro?».
Suspirando, Yolanda subió a su casa.
Al llegar a casa, se tiró en el sofá y se puso a llorar, lamentándose de que ya no quería vivir y de que su hija la había puesto en ridículo.
Cuando los ocho niños la oyeron, corrieron a rodear a Yolanda.
—No suspires, Abuela.
¿Por qué iba Mamá a avergonzarte?
¡Es tu mayor orgullo!
Y no solo el tuyo, ¡también es el nuestro!
…
—Abuela, recoger chatarra no es ninguna vergüenza.
Mamá nos dijo que todos los trabajos son dignos.
—¡Sí!
Dijo que está limpiando la Madre Tierra y aportando su granito de arena.
Yolanda negó con la cabeza.
—¡Tonterías!
Mirad a la vecina.
Trabaja en una oficina y es un gran orgullo para su suegra.
Y yo, en cambio…
¡Agh!
Los niños siguieron consolando a Yolanda y alabando el trabajo de su madre.
Solo las palabras de Quinto dieron en el clavo.
—Abuela —dijo—, cuando su suegra la critica, ella le grita.
Hasta nosotros oímos los gritos desde aquí.
Pero eso no pasa cuando tú le das la lata a Mamá.
Por mucho que la regañes, os seguís llevando bien.
Entonces, ¿quién crees que es mejor?
Yolanda se quedó sin palabras un instante, y luego se le iluminaron los ojos.
«Oye, pues tiene bastante razón.
No solo pasa con la vecina, sino también en otras familias.
Cuando los mayores critican a sus hijos, estos siempre arman un escándalo.
Mi hija no es como ellos, y eso es una gran suerte.
Es buena conmigo todos los días y nunca se ha enfadado conmigo.
Pese a todo, mi hija también tiene sus cosas buenas».
El humor de Yolanda mejoró al instante.
En ese momento, alguien llamó a la puerta.
Cuando Yolanda abrió la puerta, un desconocido estaba de pie en la entrada.
Era el subordinado de Nia.
Sin andarse con rodeos, fue directo al grano: —Su hija ya no está.
Durante su investigación, descubrió que Charlotte tenía una madre que la ayudaba a cuidar de sus hijos.
Por eso, al ver a Yolanda, dedujo inmediatamente quién era.
Yolanda guardó silencio un instante antes de gritar: —¿Qué ha dicho?
—¡Su hija ya no está viva!
—repitió el subordinado.
—¿Me está tomando el pelo?
—replicó Yolanda—.
A mi hija no se le da nada bien.
Es muy especialita para comer y tampoco es que sea muy lista.
Al contrario, lo que se le da de maravilla es hacer el ridículo.
¿Cómo va a estar muerta?
Ni Dios querría llevársela.
¡Esa seguro que vive hasta los cien años!
El subordinado se quedó de piedra.
«¿Por qué esto no es como me lo esperaba?
Pensaba que la madre de Charlotte rompería a llorar en cuanto le dijera que su hija había muerto.
Pero esto…».
Tras respirar hondo, el subordinado repitió: —De verdad que su hija ya no está.
—Se ha equivocado de persona —respondió Yolanda—.
Mi hija sigue viva.
—¡Que no!
¡Ha saltado por los aires hecha pedazos!
—El subordinado miró por detrás de Yolanda—.
He venido a llevarlos a ver el cuerpo de su madre.
—¡Tonterías!
—saltó Primo—.
¡Nuestra Mamá es la mamá más increíble del mundo!
¡Ella nunca morirá!
—¡Sí!
—convino Segundo—.
¡Tiene que haberse equivocado!
—¿Qué explosión?
—terció Yolanda—.
No he oído nada de eso en Ciudad Imperial.
—Acaba de pasar —respondió el subordinado.
—¡Pero ella tiene que seguir viva!
—replicó Yolanda—.
Aunque es simplona y un poco débil, quiere mucho su vida.
Si hubiera una explosión, habría salido corriendo más rápido que nadie.
¿Cómo va a volar por los aires hecha pedazos?
—¡Sí!
—Primo levantó el puño en el aire—.
¡Nuestra Mamá es una campeona de carreras de fondo!
El subordinado, sin palabras, sintió que estaba al borde de un ataque de nervios.
«¿Por qué esta familia es tan diferente de como la había imaginado?».
El subordinado carraspeó con fuerza y declaró: —¡No les miento!
¡Charlotte está muerta de verdad!
—¿Quién ha dicho que estoy muerta?
—se oyó una voz de repente.
Cuando se dio la vuelta, se llevó el susto de su vida.
Era nada más y nada menos que Charlotte, de pie detrás de él.
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