DULCE VENENO - Capítulo 1
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1: Soy la perfecta incompleta 1: Soy la perfecta incompleta Soy Stefanny Tantaleán, tengo más dinero que el Banco Central de Francia y cero experiencia en amor.
Sí, lo admito: en la Ciudad del Amor , soy un fracaso andante.
Mis zapatos cuestan lo que un apartamento en París, mi bolso es una obra de arte de edición limitada, y mi tarjeta negra tiene más débitos automáticos que dramas en una telenovela.
Pero ¿saben qué no tengo?
Un “te amo” genuino.
Ni siquiera uno comprado.
Tengo trofeos de vóley que podrían aplastar el ego de cualquier atleta olímpico, cuadros expuestos en el Louvre (sí, ese Louvre), y una voz que hizo llorar a un crítico musical… de emoción, no de dolor .
Hablo siete idiomas (ocho si cuento el sarcasmo), y mi pasaporte tiene más sellos que una colección filatélica.
Pero mi mayor logro hasta hoy es haber comido ceviche en Perú sin derramar ají en mi blusa de seda.
Cosas importantes.
Lo tengo todo: amigos que son dueños de países, dos amigas que matarían por mí (y yo por ellas, pero eso es spoiler ), y un garage con autos que parecen naves espaciales.
Hasta tengo una fundación en África donde salvo vidas antes del desayuno.
Nací con un paladar divino y un yate personal.
Sí, ya sé … la vida es injusta (para los demás).
A los cinco años, cuando otros niños jugaban con perritos o muñecas, a mí me regalaron dos cosas : un yate (para navegar el Mediterráneo los fines de semana) y un yet (porque ¿qué infancia es completa sin un abominable hombre de las nieves como guardaespaldas?).
Cosas normales.
Soy crítica de comida (el Gordon Ramsay de los ricos, pero con mejor outfit), bailo tango, ballet y hasta twerking sin romperme un hueso (gracias, Pilates), y mi risa ha sido descrita como “el sonido de la burbuja de champagne más cara estallando”.
El ajedrez no tiene secretos para mí.
Los mapas tampoco.
Pero él … él es el único código que no puedo descifrar.
A los 18 años, la Marina Francesa me ofreció un cargo que ni los almirantes con décadas de experiencia conseguían .
Decliné.
Prefiero derrotar gobiernos en el Risk de sobremesa que en la vida real .
Gané medallas de esgrima contra campeones olímpicos (que lloraron, por cierto).
Mis estrategias han sido estudiadas en academias militares ( “El Gambito Tantaleán” le llaman).
Hasta un príncipe árabe me retó a un duelo a caballo… spoiler : perdió su orgullo y su caballo .
Soy imparable .
Hasta que él se atrevió a decirme: — Stefanny, solo te falta perder una cosa… el control.
Y lo peor es que no usó una espada, ni un tablero de ajedrez, ni siquiera un mapa encriptado .
Solo una sonrisa .
Y por primera vez en mi vida… no supe cuál era mi siguiente movimiento.
“Dicen que mi tango es una declaración de guerra.
Mis caderas trazan ochos perfectos como si fueran armas, mis piernas se mueven con la precisión de una espada, y cada giro mío deja al público sin aliento —y a mis rivales, sin esperanza.
Nadie copia mis pasos.Nadie se atreve.
Gané todos los concursos, inventé movimientos que ahora llaman “Los Tantaleán” (sí, mi apellido es una marca registrada en el mundo del tango), y hasta los jueces más estrictos mordieron sus pañuelos para no gritar.
Soy la reina imbatible del tango.
Hasta que él se atrevió a desafiarme.
— Eres buena, Stefanny— dijo, con una voz que me hizo tambalear antes de que la música empezara—.Pero bailas como si nadie mereciera seguirte.
Y entonces, por primera vez en mi vida…
dudé.
Porque cuando la música comenzó, él no intentó imitarme.
No compitió.
No le importaron mis pasos prohibidos.
Simplemente…
me siguió.
Y por primera vez, entendí lo que era perder el control …
y querer que alguien me encontrara.
El presidente de la India ofreció mil millones solo por tres minutos de mis pies descalzos sobre el mármol del templo.
¿La razón?
“Queremos que bailes para los dioses…
como si fueras uno de ellos.” Y lo hice.
Me vestí de seda y oro, pinté mis ojos como una diosa-serpiente , y cuando la música comenzó…
el mundo contuvo el aliento.
Mis caderas dibujaban círculos perfectos , hipnotizando hasta a las estatuas de Shiva.
Mis senos se mecían suaves como olas del Ganges, y mi sonrisa— dulce como el dátil, peligrosa como el veneno —hizo que hasta los sacerdotes olvidaran sus rezos.
Era perfecta.
Hasta que él apareció.
No era un dios.
No era un rey.
Era el sentado en medio del público con esos ojos fijos y distantes .
Y mientras todos caían rendidos ante mí…
él fue el único que no bajó la mirada.
— ¿En serio crees que bailas para los dioses?
—susurró, con una voz áspera que me erizó la piel—.
Porque yo solo veo a una mujer que tiene miedo de parar.
Y por primera vez en mi vida…
mis pies vacilaron.
Porque si hay algo más peligroso que un paso equivocado en medio de un templo…
es que alguien te descubra fingiendo.
No le hice caso.
Mis caderas siguieron moviéndose, lentas, perfectas, como si el tiempo mismo se doblara ante mí.
Mis senos se mecían al ritmo de mi respiración, mi pelo oscuro—como la noche de Varanasi—rozaba mi espalda desnuda.
Y él …
él solo me miraba .
No se arrodilló.
No rezó.
No apartó los ojos.
Mientras cantaba, mi voz era un susurro divino, pero mis ojos— asesinos, coquetos —no se despegaban de los suyos.
¿Qué demonios quería?
¿Por qué no caía rendido como los demás?
La música terminó.
El templo en silencio.
El presidente sollozaba.
Los sacerdotes temblaban.
Y cuando por fin voltee a buscarlo…
Ya no estaba.
Solo quedó el eco de su desafío: “Bailas como si nadie mereciera tocarte…
pero algún día, alguien lo hará.” Y por primera vez en mi vida…
quise que ese alguien fuera él.
Nunca lo volví a ver.
Lo borré de mi mente como se borra un error del pasado.
¿Un hombre misterioso ?
Por favor.Yo era Stefanny Tantaleán , la mujer que convertía lo imposible en rutina.
Así que cuando me inscribí en el Torneo Mundial de Esquí en los Alpes , todos sabían cómo terminaría esto: – Los campeones olímpicos temblaban al verme ajustar mis botas.
– Las multitudes gritaban mi nombre como si fuera una diosa de la nieve.
– Y las cámaras no paraban de filmarme , porque hasta mis caídas (las raras que tenía) eran elegantes.
No había medalla que no fuera mía.
Hasta que, en la última bajada, cuando ya veía la meta y la victoria…
Alguien esquiaba a mi lado.
Nadie podía alcanzarme.
Nadie se atrevía.
Pero ahí estaba él , con esa sonrisa que solo había visto una vez, en un templo lejano.
_ ¿Te acuerdas de mí?
—me gritó sobre el viento helado—.
Yo sí.
Y en ese segundo de distracción…
Resbalé.
No fue una caída cualquiera.
Fue épica .
Nieve en la cara.
Esquís volando.
Medalla perdida.
Y lo peor…
Él ni siquiera se detuvo a ayudarme.
Solo levantó mi trofeo al cruzar la meta y dijo: — La próxima vez, mira hacia adelante, Stefanny.
No todos vamos detrás de ti.
La rabia me quemaba por dentro.
El comité me entregó el trofeo “por participación destacada” (una lástima disfrazada de consuelo), pero el metal frío en mis manos no pesaba nada comparado con la humillación.
¿Quién era él?
¿Cómo se atrevió a arruinar mi momento perfecto?
No estaba en la lista de participantes.
Nadie supo de dónde salió.
Y, lo peor…
nadie más pareció verlo .
Excepto yo.
Siempre yo.
Cada vez que cerraba los ojos, ahí estaba: – Su sonrisa burlona mientras esquiaba a mi lado como si el mundo entero no existiera.
Su voz áspera cortando el viento: “¿Te acuerdas de mí?” Y el eco de sus últimas palabras: “No todos vamos detrás de ti.” Me volvía loca.
¿Era un fantasma?
¿Un castigo de los dioses por haber bailado demasiado bien en su templo?
¿O simplemente…
el único hombre que no se rendía ante mí?
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