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DULCE VENENO - Capítulo 100

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100: Desconocidos 100: Desconocidos No hay vacilación en ella, solo una resolución fría que ha solidificado el dolor y la ira de la noche anterior.

Milagros: (Su voz es clara, cortando el bullicio a su alrededor) Vayamos a Rusia de una vez.

Para ver qué desean esas personas de nosotros.

Lansky: (Asiente, su expresión es grave pero sus ojos reflejan un acuerdo absoluto.

Hay un destello de anticipación en ellos, la de un hombre que también ha decidido romper sus cadenas).

Sí.

Veamos qué cosas nos tienen.

Ya quiero saber.

(Gira la cabeza hacia la ventana que da a la pista).

El jet ya está listo.

Vamos, hay que subir.

(No es una sugerencia.

Es un hecho.

La maquinaria se ha puesto en marcha.

Él extiende un brazo, un gesto de protección y guía que ya no es profesional, sino personal.

Milagros lo acepta, y juntos cruzan la pasarela hacia el avión privado.) Al subir, no mira atrás.

No hacia la ciudad que deja, ni hacia la mansión que fue su jaula, ni hacia el hombre cuya posesividad la ahogaba.

Mira hacia adelante, hacia la incertidumbre de Rusia, hacia el misterio de “esas personas”.

Es un vuelo hacia lo desconocido, pero por primera vez en mucho tiempo, es un vuelo que ella ha elegido.

Y en su interior, la herida de los celos y el abandono se transforma en el combustible de una peligosa libertad recién encontrada.

El tablero ha sido sacudido, y la reina ha decidido jugar su propia partida.

El aire gélido de Moscú golpeó a Milagros en cuanto bajó del jet privado, pero ella estaba perfectamente aislada en su burbuja de terciopelo y charol.

Lansky, a su lado, la observaba con una mezcla de admiración y exasperación.

Nunca viajaba ligera, ni siquiera en el equipaje emocional, y mucho menos en el vestuario.

La ayudó a subir al lujoso sedán negro que los aguardaba, moviéndose con la eficiencia silenciosa de un hombre acostumbrado a manejar tesoros frágiles y de alto valor.

Dentro del coche, el contraste era absoluto: la austeridad rusa del exterior frente al espectáculo de color y textura que era Milagros.

El conjunto que lucía era una declaración de moda audaz y elegante, una obra de arte que combinaba elementos vintage con toques modernos.

Sobre su melena, un sombrero de ala ancha de color rojo intenso, adornado con una cinta y un broche, añadía un toque de glamour y dramatismo, proyectando una sombra que enmarcaba sus ojos maquillados con precisión.

Sobre los hombros, una estola de piel sintética blanca proporcionaba calidez y una textura lujosa contra el frío que se filtraba por las ventanillas.

Su torso estaba ceñido por un corsé de terciopelo burdeos con delicados tirantes y detalles de lazo, una prenda que realzaba su silueta y añadía un toque sensual y un tanto anacrónico.

A juego, unos pantalones acampanados del mismo terciopelo burdeos se ajustaban a su cintura para ensancharse hacia el bajo, creando una forma favorecedora y alargada que le daba el aspecto de una estrella de cine de los años setenta.

De su hombro colgaba un pequeño bolso de charol burdeos con el icónico logotogo de YSL en dorado, el toque final de lujo y sofisticación.

Y, como firma inconfundible, unos zapatos de plataforma de charol rojo con tacones gruesos que, incluso sentada, prometían altura y un atrevimiento moderno.

El coche se detuvo frente al Restaurante Beluga, un lugar de líneas puras y luces tenues.

Al entrar, todas las miradas se volvieron hacia ellos.

Milagros no pasaba desapercibida; era su naturaleza, su escudo.

“Por aquí, señor,” murmuró un maître con rostro esculpido en hielo, dirigiéndose a Lansky con una leve inclinación.

Lansky, con una mano firme en la espalda de Milagros, la guió no hacia la sala principal, rebosante de susurros y copas de cristal, sino por un pasillo discreto.

Su mirada escrutaba cada rincón, cada sombra.

Finalmente, llegaron a un nicho apartado, una mesa privada oculta tras un semi-biombo, con una vista lateral a la sala pero protegida de miradas indiscretas.

“Esta está bien,” dijo Lansky, su voz un bajo ronco.

Con un movimiento protector, casi coreografiado, Lansky ayudó a Milagros a sentarse.

Ella se dejó hacer, permitiendo que él deslizara la silla mientras ella se acomodaba con el fru-fru del terciopelo.

Él tomó asiento frente a ella, de espaldas a la pared, con los ojos barriendo el entorno en un barrido constante de 180 grados.

Su traje oscuro y funcional era el negativo exacto del despliegue vibrante de ella.

Milagros apoyó el bolso de YSL sobre la mesa, el charol brillando bajo la luz baja.

—¿Crees que fue demasiado?

—preguntó ella, con un dejo de ironía, alisando uno de los lazos del corsé.

Lansky esbozó una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—Nunca.

Pero aquí, en este lugar, la gente recordará el vestido.

No nuestros rostros.

A veces, la mejor forma de esconderse es a plena luz.

Y tú, Milagros, eres la luz más deslumbrante.

Ella sonrió, satisfecha, y en ese momento, bajo la tenue luz del Beluga, la obra de arte y el guardaespaldas se fundieron en una sola sombra, un pacto tácito entre la belleza y la vigilancia.

El aire en el restaurante Beluga, ya de por sí cargado de una elegancia opresiva, pareció solidificarse por completo cuando las altas puertas de roble se abrieron de par en par.

Un hombre entró con una precisión de metrónomo.

Su pelo, corto y peinado hacia atrás con esmero, y las gafas que enmarcaban una mirada centrada, delataban una inteligencia fría.

Vestía un traje de tres piezas impecable, con una corbata de color oscuro que añadía un toque de severidad.

Su expresión era serena, pero detrás de esa calma se percibía la confianza de un estratega.

Sin titubear, cruzó la sala y se sentó directamente frente a Milagros, en la silla que Lansky había dejado vacía para mantener su campo de visión.

Se ajustó los puños de la chaqueta con un gesto mecánico, un movimiento que indicaba preparación.

—Disculpen la interrupción —dijo su voz, un hilo de seda sobre acero—.

El lugar es el correcto, pero el momento es mío.

Lansky, que no había parpadeado, tenía la mano ya dentro de su chaqueta.

Su cuerpo era un resorte tensado, listo para actuar.

Milagros, por su parte, no se inmutó.

Solo inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara un cuadro en un museo.

Antes de que alguien pudiera pronunciar una palabra, las puertas volvieron a abrirse.

Un segundo hombre hizo su entrada, poseyendo el espacio con la autoridad tranquila de quien está acostumbrado a ser obedecido.

Su pelo canoso, peinado hacia atrás, y su barba recortada le daban un aire distinguido.

Sus ojos penetrantes escanearon la estancia antes de posarse en la mesa.

Vestía un traje verde oscuro, una camisa blanca inmaculada y una corbata a juego.

Un reloj de pulsera dorado y un anillo llamativo destellaban con tenue arrogancia.

En su mano, un cigarro despedía un aroma amaderado.

Se sentó con calma junto al primer hombre, cruzó una pierna sobre la otra y tomó una lenta calada.

—La paciencia no es una virtud, es un recurso —comentó, exhalando el humo—.

Y parece que el nuestro se ha agotado.

La escena estaba casi completa.

Pero fue la tercera entrada la que selló la atmósfera de irrevocable destino.

Un caballero de pelo blanco, con un desorden estudiado en el flequillo y un bigote impecable, avanzó.

Sus gafas reflejaron la luz ocultando sus ojos por un instante.

Iba vestido con un austero y perfecto traje de tres piezas negro, un chaleco abrochado, una corbata gris pálido y un abrigo largo.

Guantes de cuero negro cubrían sus manos.

Se detuvo frente a la mesa y, con meticulosidad, comenzó a ajustarse la corbata con sus dedos enguantados, un gesto de pulcritud suprema antes de la tormenta.

Los tres hombres formaban un trío de poder silencioso, un contrapunto brutal a la exuberancia de Milagros.

El de las gafas, el cerebro; el del cigarro, la autoridad; el de blanco y neg

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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