Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

DULCE VENENO - Capítulo 101

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. DULCE VENENO
  4. Capítulo 101 - 101 Rumbo a francia
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

101: Rumbo a francia 101: Rumbo a francia El de las gafas, el cerebro; el del cigarro, la autoridad; el de blanco y negro, la ejecución.

Lansky retiró muy lentamente la mano vacía de su chaqueta y la posó sobre la mesa, palma hacia abajo.

Su mirada, un rayo láser, se clavó en el primer hombre.

—Parece que nuestra reserva fue sobrevendida —dijo Lansky, su voz apenas un susurro cargado de significado—.

Me temo que tendrán que esperar a que nosotras terminemos.

La tensión en la mesa privada del Beluga se había vuelto tan densa como la niebla sobre el Moscvá.

Milagros dejó que su mirada, cargada de una mezcla de desdén y curiosidad mórbida, recorriera a los tres ancianos.

Una sonrisa fría y perfectamente dibujada se posó en sus labios.

Milagros: —Bozhe moy…

¿Qué hacen aquí, abuelos?

Ustedes nunca se dejan ver en lugares tan…

comunes.

—Su voz era dulce como el veneno—.

¿Qué desean de nosotros?

¿O acaso el consejo de ancianos se ha extraviado buscando su geriátrico?

Konstantin Volkov, el hombre de las gafas, no se inmutó.

Apoyó sus manos sobre la mesa, entrelazando los dedos con una calma que resultaba obscena.

Konstantin: —Igry v ochered’ zakoncheny, Milagros.

Los juegos de esperar han terminado.

—Hizo una pausa, dejando que sus palabras, en un ruso perfecto, resonaran—.

Ya es hora.

My khochim, chtoby ty ty vzyala rukovodstvo sem’yoy na sebya.

Quiero que tú, Milagros, tomes las riendas de la familia.

Milagros arqueó una ceja con fingida incredulidad, pero sus ojos, de repente alerta, delataron el impacto del golpe.

Dimitri Voronin, el del cigarro, tomó la palabra, exhalando un anillo de humo que se interpuso entre ellos como un espectro.

Dimitri: —On prav.

Tы samaya sposobnaya.

Eres la más capaz.

—Su voz era un susurro ronco—.

Para tener el puesto que tu Lansky dice que mereces, pero que no reclamas.

Ty rozhdena dlya vlasti.

Naciste para el poder.

Solo necesitas dejar de jugar a ser una obra de arte y convertirte en el arquitecto.

La mirada de Milagros se volvió hacia Lansky, buscando en él una reacción, una traición, una confirmación.

Él la sostuvo, impasible.

Lansky: —Po mne net problem.

Ty mozhesh’ eto sdelat’.

Por mí no hay problema.

Puedes serlo.

—Su voz era plana, práctica, como si estuviera evaluando un cambio logístico, no el destino de un imperio criminal.

Pero en la profundidad de su mirada, Milagros pudo verlo: un desafío.

Un “¿te atreves?” silencioso.

Esa fue la chispa.

El orgullo de Milagros, ese monstruo que alimentaba con terciopelo y sangre, se irguió.

No le estaba ofreciendo el poder, se lo estaban arrojando a los pies como un guante.

Y el hombre que supuestamente era su roca, su único punto de anclaje, no la protegía de él, sino que le abría la puerta de par en par.

Milagros: —¿Crees que es una prueba, moy khranitel?

¿Mi guardián?

—preguntó, su voz ahora un filo de seda rasgada—.

¿O es una rendición?

Porque no me piden que tome el poder.

Me suplican que limpie el desorden que ustedes, stariki (viejos), han hecho.

—Se inclinó hacia adelante, el corsé de terciopelo crujiendo levemente, y su sombrero rojo proyectó una sombra que pareció devorar la luz de la mesa—.

No se lo pidan.

Exíganmelo.

Y entonces…

quizás considere si su imperio merece la gracia de mi milagro.

Alexei “El Fantasma” Petrov, quien había permanecido en silencio, se ajustó el guante con un tirón final.

Un gesto pequeño, pero que sonó como el amartillamiento de un arma en el tenso silencio.

La partida, ahora, estaba servida.

La revelación cayó en la mesa con la suavidad de una guillotina.

El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier protesta.

Los tres stariki intercambiaron una mirada cargada de siglos de intriga.

Dimitri, el del cigarro, dejó escapar una leve y ronca carcajada, más por admiración ante el desplante que por diversión.

Konstantin Volkov, el estratega, fue el primero en romper el hielo, ajustándose las gafas.

Una sonrisa fría y calculadora se dibujó en sus labios.

Konstantin: — **** …

Brat i sestra.

Interesante.

Eso explica muchas cosas.

La lealtad…

y la distancia.

—Su mirada escrutó a Lansky, buscando una grieta, pero solo encontró la misma pared impasible de siempre—.

No era la pieza que faltaba en el tablero, era la que sostenía el tablero mismo.

Dimitri Voronin apagó su cigarro con deliberada lentitud, aplastándolo en el cenicero de cristal como si estuviera sellando un destino.

Dimitri: —Un presidente leal y una heredera con…

ambición.

—Sus ojos penetrantes se clavaron en Milagros—.

Quizás no sea la combinación más loca.

Khorosho.

De acuerdo.

Él mantiene el timón.

Por ahora.

—La advertencia flotó en el aire, no dicha pero entendida por todos.

Fue entonces cuando Alexei “El Fantasma” Petrov, quien no había pronunciado palabra, se inclinó ligeramente hacia adelante.

Con sus dedos aún enguantados, extrajo no una, sino dos tarjetas de platino opaco de un fino portatarjetas de cuero.

Las deslizó sobre el mantel blanco hasta que quedaron frente a Milagros.

No tenían nombre ni número, solo un código de barras grabado en relieve.

Alexei: —Ot menya.

Y ot Konstantina.

—dijo, su voz un susurro de lápidas—.

De mí.

Y de Konstantin.

S dnyom rozhdeniya.

Feliz cumpleaños.

Considera que la de Dimitri…

es la carga que acabas de aceptar.

Milagros tomó las tarjetas con la punta de sus dedos, como si estuvieran contaminadas, pero un brillo de triunfo absoluto iluminó sus ojos.

Las deslizó dentro de su bolso de YSL sin siquiera mirarlas.

El gesto era lo importante.

Ellos habían obedecido.

Milagros: —Spasibo, dyedushki.

Gracias, abuelitos.

—Su voz era dulce como el vino envenenado—.

Siempre supe que, en el fondo, tenían corazón.

O al menos, una billetera lo suficientemente profunda como para compensarlo.

Ahora, si me disculpan, mi ***** y yo tenemos un imperio que dirigir.

Y ustedes…

creo que tienen un geriátrico que atender.

Se levantó con una elegancia felina, el terciopelo burdeos y el charol rojo convirtiéndose en el estandarte de su victoria.

Lansky se puso de pie al instante, su presencia una sombra protectora y, ahora, cómplice.

Sin una palabra más, ni una mirada atrás, la pareja se alejó de la mesa, dejando a los tres hombres más poderosos de Moscú contemplando el vacío que dejaba a su paso no una mujer, sino una zarina.

El suave zumbido de los motores llenaba la cabina.

Lansky, con un whisky en la mano, observaba a su hermana, que miraba fijamente por la ventanilla las nubes que pasaban.

Lansky: (Con un tono ligeramente burlón, pero con una chispa de curiosidad) Milagros, y dime…

¿qué le dijiste a Cristhian?

¿O le diste una…

“buena noche de pasión” para que te dejara venir conmigo tan fácilmente?

Milagros giró lentamente la cabeza.

Su expresión era seria, sin rastro de la alegría fingida de la fiesta.

Milagros: Ayer en la fiesta…

te vi besando a Stefanny.

(Su voz era plana, pero sus ojos delataban la herida).

Y me enojé.

Cristhian lo notó, se puso celoso, posesivo…

y hoy en la mañana se fue a un viaje a los Estados Unidos para firmar un contrato.

Aparentemente, los negocios son más importantes que vigilar su tesoro personal.

Lansky dejó el vaso a un lado, su rostro burlón se suavizó.

Se inclinó hacia adelante, captando la mirada de su hermana.

Lansky: Es entendible.

Pero hermana…

sé que crecimos juntos.

Entiendo que te pongas así.

(Su voz se volvió más baja, más sincera).

Pero sabes que siempre estoy contigo.

Siempre.

Y ahora…

sabes que estoy enamorado de ella.

De verdad.

Quiero que me apoyes, así como yo he…

soportado tu relación con Cristhian.

Milagros lo miró fijamente, viendo por primera vez en mucho tiempo no al temible hombre de negocios, sino al hermano con el que había compartido una infancia complicada.

Un suspiro escapó de sus labios, derritiendo parte de la tensión.

Milagros: (Con una sonrisa pequeña y resignada) Sí…

es que ver a mi hermano con alguien más…

me puse celosa.

Es estúpido, lo sé.

(Hizo una pausa y asintió, con más determinación).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo