DULCE VENENO - Capítulo 102
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- Capítulo 102 - 102 El pánico del depredador
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102: El pánico del depredador 102: El pánico del depredador (Hizo una pausa y asintió, con más determinación).
Pero te apoyo.
Ve por ella, hermano.
Parece…
diferente.
Y si ella es lo que realmente quieres, entonces tienes mi bendición.
Lansky le devolvió la sonrisa, una expresión genuina y rara que iluminó su rostro.
Lansky: Gracias, Milagros.
Eso significa más de lo que crees.
Por un momento, en la cabina del jet, la complicidad fraternal superó la oscuridad que usualmente los rodeaba, sellando un nuevo frente en la guerra silenciosa que se avecinaba.
(La mansión Tantalean, otrora un símbolo de lujo y poder, ahora se sentía como un mausoleo de mármol y silencio.
Milagros, ataviada con un elegante camisón de seda, recorría la suite conyugal con pasos inquietos.
La noche había caído, luego un día, luego otro…
y el teléfono permanecía mudo.
Ni una llamada, ni un mensaje de Cristhian.
Sus propios mensajes, que oscilaban entre la preocupación y una fría exigencia, se perdían en el vacío digital, sin respuesta, sin el temido “visto”.) (La incertidumbre carcomía su orgullo y alimentaba una ansiedad que no quería admitir.
Finalmente, no pudo soportarlo más.
Cruzó el corredor y llamó a la puerta de la habitación de Stefanny.) Milagros: (Al entrar, su voz sonaba tensa, la elegancia de su atuendo en marcado contraste con la vulnerabilidad en sus ojos) Stefanny, ¿puedes…
enviarle un mensaje a tu papá?
Le he llamado pero no me contesta.
Y le escribo…
pero nada.
(Stefanny, observando la genuina angustia en el rostro de su madrastra—una angustia que ella misma había ayudado a causar con su beso secreto—asintió con pesar.
Tomó su teléfono y marcó.
Para su sorpresa, la llamada fue contestada casi de inmediato.) Cristhian: (Su voz al otro lado de la línea era un muro de hielo, distante y carente de toda emoción) ¿Qué ocurre, hija?
Stefanny: (Lanzando una mirada de disculpa a Milagros) Papi…
Milagros quiere hablar contigo.
(El silencio del otro lado se tornó pesado, cargado de una furia que podía sentirse a través de la distancia.) Cristhian: (Cada palabra fue pronunciada con una claridad cortante y deliberada) Yo no quiero hablar con ella.
(Y luego, el tono final de la llamada.
Un corte seco que resonó en la habitación silenciosa como un portazo.
Milagros se quedó paralizada, el rechazo directo, entregado a través de su propia hijastra, golpeándola con la fuerza de un puño.
No era un arrebato de ira caliente.
Era el frío calculado del abandono, un castigo diseñado para maximizar su dolor y su sensación de impotencia.
Él no solo se había ido; la estaba borrando.) (Cinco semanas.
Treinta y cinco días de un silencio que se había convertido en una tortura psicológica perfecta.
La mansión era ahora una prisión de su propio diseño, cada lujo un recordatorio de la ausencia de Cristhian.
Milagros, pálida y con los nervios al límite, ya no era la reina de terciopelo burdeos.
Era un fantasma en seda, atrapada en la jaula que su marido había abandonado.) Sentada al borde de la cama que compartían, la quietud se volvió insoportable.
Con una calma aterradora, tomó su teléfono, encendió la cámara y comenzó a grabar.
Luego, alzó la vista hacia el lente.
Sus ojos, antes llenos de fuego y desafío, ahora solo reflejaban un vacío desesperado.
Milagros: (Su voz era un hilo frágil, pero cargado de una determinación mortal) Cristhian…
(Una pausa, dejando que su nombre, una vez una caricia, ahora fuera un acusación).
Si no me llamas ahora mismo…
me cortaré las venas.
(No mostró el cuchillo, pero su mirada bajó hacia su propia muñeca, y el mensaje fue más claro que cualquier imagen).
Y no me vas a encontrar aquí cuando regreses.
Así que…
contesta.
Terminó la grabación y, con un dedo que apenas temblaba, la envió.
El mensaje voló a través de océanos y husos horarios, un misil de desesperación dirigido al corazón de su verdugo.
Al otro lado del mundo, en una sala de juntas lujosa y fría, Cristhian presidía una reunión con la impasibilidad de un tiburón.
De repente, su teléfono personal vibró con un tono específico.
Ella.
Por primera vez en cinco semanas.
Una sonrisa triunfal y cruel quiso dibujarse en sus labios…
hasta que vio que era un video.
Lo abrió.
La imagen de Milagros, demacrada y con esa luz final en los ojos, lo golpeó.
Sus palabras, la amenaza serena y creíble, atravesaron su armadura de control.
“Me cortaré las venas”.
El mundo se detuvo.
El informe trimestral, los socios, el poder…
todo se volvió polvo.
Un sudor frío brotó en su nuca.
Se levantó de un salto, sin una palabra, dejando a un grupo de ejecutivos boquiabiertos.
Salió al pasillo desierto, su corazón palpitando con un pánico primitivo que no sentía desde…
nunca.
Marco el número de Milagros con dedos torpes.
Una, dos, tres veces.
La video llamada sonaba y sonaba en el vacío.
No contestaba.
El silencio del otro lado era más aterrador que cualquier grito.
La imagen de su cuerpo pálido, la sangre manchando las sábanas de seda…
se apoderó de su mente.
Cristhian: (Jadeando, apoyando una mano contra la pared fría, su voz un susurro ronco y quebrado, por primera vez, lleno de un miedo real) Contesta, maldita sea…
Milagros, ¡contesta!
El cazador, de repente, se había convertido en la presa, atrapado en la telaraña de su propio juego oscuro, enfrentando la posibilidad de que su posesión más preciada se le escapara para siempre por la única salida que él no podía controlar.
(El lujoso pasillo fuera de la sala de juntas es testigo de una transformación grotesca.
Cristhian, el arquitecto del control, se desmorona.
Su respiración es un fuelle roto, sus puños apretados tiemblan.
La pantalla de su teléfono, negra y silenciosa, se convierte en el objeto de su odio y su terror.) Cristhian: (Entre dientes, con la voz cargada de una furia rabiosa y un miedo que lo devora) ¡Contesta, maldita sea!
¡Levanta el teléfono!
Marca de nuevo a Milagros.
Nada.
La desesperación lo lleva a marcar el número de Stefanny.
Un tono interminable.
Ella tampoco contesta, ajena al drama, enredada en su propio mundo secreto con Lansky.
Cada tono de no respuesta es un clavo en su féretro de control.
La impotencia hierve dentro de él, transformando el pánico en una ira incandescente.
No puede esperar.
No puede confiar en nadie más.
Su secretario contesta al primer tono.) Cristhian: (Su voz es un rugido distorsionado por la línea, un mando que no admite discusión) ¡Prepara el jet!
¡Ahora!
Regreso a Francia.
¡INMEDIATAMENTE!
Cuelga sin esperar confirmación.
Minutos después, mientras la rabia y el terror libran una guerra en su pecho, su secretario lo llama para confirmar: el jet está listo.
No contesta, simplemente corre.
El viaje al aeropuerto es un borrón de ira y miedo.
Al subir al avión privado, su elegancia habitual se ha convertido en una caricatura de desesperación.
Su rostro está pálido, sus ojos inyectados en sangre.
El piloto, un hombre acostumbrado a la serenidad de su jefe, se queda paralizado ante la furia contenida que emana de él.
Cristhian: (Se desploma en su asiento, la voz es un silbido áspero, lleno de una urgencia mortal) Llégame a Francia.
Lo más rápido que esta maldita cosa pueda volar.
No me importa cómo.
(El jet despega, y Cristhian se reclina, mirando la oscuridad fuera de la ventana.
Pero no ve las nubes.
Ve la imagen de Milagros, pálida y silenciosa, una visión creada por su propio juego cruel.
El rey regresa a su reino, no en triunfo, sino en una tormenta de furia y un terror helado, sabiendo que esta vez, puede que haya llevado su oscuro romance demasiado lejos.) (El jet aterriza con un chirrido de llantas que refleja la tensión desgarradora dentro de Cristhian.
Sin una maleta, sin un saludo, se lanza hacia la limusina que lo espera, su figura una silueta cargada de furia contra la luz del amanecer.) Cristhian: (Al abrir la puerta, su voz es un latigazo, antes de que el chofer pued
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