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DULCE VENENO - Capítulo 103

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  4. Capítulo 103 - 103 Amor
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103: Amor 103: Amor Cristhian: (Al abrir la puerta, su voz es un latigazo, antes de que el chofer pueda hablar) ¡A la mansión!

¡Conduce!

(El chofer, un hombre llamado Thomas, asiente con rapidez, captando la tormenta en los ojos de su jefe.

Pisa el acelerador, el poderoso motor rugiendo en respuesta.

Pero la ciudad, indiferente a su urgencia, les presenta un semáforo en rojo.) (El auto se detiene.

Un segundo.

Dos.

Cristhian mira la luz roja como si fuera un insulto personal, un obstáculo colocado por el universo para burlarse de él.) Cristhian: (Golpea el asiento delantero con el puño, el cuero absorbe el impacto con un sonido sordo) ¡Esa maldita luz!

¡Písala, Thomas!

¡Te dije que no me detuviera!

Thomas: (Manteniendo la calma, pero con los nudillos blancos sobre el volante) Señor, es una intersección muy transitada…

sería un suicidio.

Cristhian: (Respira con furia, un sonido áspero y animal) ¡No me importa!

¡Cada segundo cuenta!

(La luz cambia.

Thomas acelera, esquivando el tráfico con una destreza que bordea lo temerario, sintiendo el calor de la mirada asesina de Cristhian en su nuca.

Las horas de vuelo se sintieron como una eternidad, pero este viaje en auto es una tortura en cámara lenta.) Finalmente, las imponentes rejas de la Mansión Tantalean aparecen.

El auto ni siquiera se detiene por completo; Cristhian abre la puerta y se lanza fuera mientras el vehículo aún se desliza por la entrada.

La gran puerta de roble se abre de golpe contra la pared, el estruendo retumba en el vestíbulo silencioso.

No grita su nombre.

No.

Su furia es demasiado profunda, demasiado afilada para el ruido.

Cristhian: (Avanzando con pasos largos y rabiosos, su voz un rugido bajo y gutural que corta la paz de la mansión) ¡Milagros!

Recorre el salón principal, volcando una silla auxiliar con un brazo.

Sube las escaleras de dos en dos.

Su respiración es un fuelle de furia y miedo.

Cristhian: (Al llegar al descanso, gira sobre sí mismo, sus ojos escaneando los corredores superiores como los de un depredador) ¡¿Dónde estás?!

¡Sal ahora mismo!

¡Esto se ha terminado!

Cada habitación que revisa y encuentra vacía añade leña a su terror y a su ira.

El silencio es su enemigo.

La posibilidad que ella plantó en su mente—la de encontrarla fría y pálida—se convierte en una obsesión que lo está enloqueciendo.

Esta no es la bienvenida de un esposo.

Es la cacería de un hombre que podría haber perdido su tesoro para siempre, y está a punto de destrozar todo a su paso para encontrarla.

Las pesadas puertas de roble de la mansión crujieron hacia adentro, un profundo y resonante suspiro que resonó en el cavernoso vestíbulo.

Cristhian cruzó el umbral, sus botas hundiéndose ligeramente en la mullida alfombra persa.

El aire dentro se sentía denso, quieto, con un tenue y dulce aroma a lirios y algo más, algo metálico y penetrante, como el ozono antes de una tormenta.

La luz de la luna, fragmentada por los vitrales, dibujaba patrones caleidoscópicos sobre el pulido suelo de mármol.

—¿Milagros?

—Su voz, generalmente una orden, se suavizó, un susurro tentativo en el vasto vacío.

No hubo respuesta.

Se adentró más, sus pasos amortiguados, el silencio oprimiéndolo.

Las lámparas de araña, cargadas de cristal, colgaban como lágrimas congeladas de los altísimos techos, con la luz apagada.

Un escalofrío le recorrió la espalda, una inquietud primigenia.

Escudriñó los arcos ornamentados, las alcobas sombrías, cada una un posible escondite, o peor aún, un lugar donde algo había salido mal.

Su corazón comenzó a latir con fuerza contra sus costillas.

Volvió a gritar, esta vez más fuerte, el nombre como una súplica desesperada.

Seguía sin obtener respuesta.

El silencio se extendió, tenso y sofocante.

Un frío terror se apoderó de él, helándole la sangre.

Imaginó mil escenarios terribles, cada uno más vívido y horripilante que el anterior.

¿Se habría marchado?

¿Se la habrían llevado?

La sola idea le provocó una descarga de puro terror.

Se movió con determinación, alargando el paso, con la mirada aguda, recorriendo las opulentas y vacías estancias.

Empujó las puertas de los salones, con los muebles cubiertos, y de las bibliotecas, donde los volúmenes encuadernados en cuero se alzaban como centinelas.

Cada espacio vacío intensificaba su miedo.

Llegó a la gran escalera, con su balaustrada intrincadamente tallada, que ascendía en espiral hacia la oscuridad.

Subió los escalones de dos en dos, conteniendo la respiración.

El vestíbulo superior era un reflejo del inferior, una larga galería flanqueada por retratos cuyos ojos parecían seguirlo.

Reconoció su habitación, la que tenía el balcón con vistas al mar.

Corrió hacia ella, con el miedo como un nudo frío y duro en el estómago.

Llegó a la puerta, con la mano temblando mientras apretaba el frío pomo de latón.

Empujó la puerta.

La habitación estaba oscura, salvo por un rayo de luna que se filtraba por los altos ventanales.

La cama, una inmensa isla de sábanas blancas, permanecía intacta.

Se le cayó el alma a los pies.

Ella no estaba allí.

Maldijo entre dientes, un sonido gutural de frustración y desesperación.

Se giró para irse, con la mente a mil, intentando imaginar dónde más podría estar.

Un suave clic, seguido del inconfundible sonido del agua corriendo, captó su atención.

Venía del baño contiguo.

Giró la cabeza bruscamente hacia el sonido.

Una esperanza, aguda y repentina, atravesó el terror.

Dio un paso vacilante, luego otro.

La puerta del baño, entreabierta, dejaba ver un resquicio de luz cálida y vaporosa.

Se acercó sigilosamente, conteniendo la respiración.

Entonces ella apareció.

Milagros.

Salió del vapor, con la piel brillante y resbaladiza por el agua, y el pelo oscuro pegado a los hombros en mechones húmedos.

Su cuerpo, esculpido y ágil,Estaba completamente desnuda, gloriosamente desnuda.

El agua perlaba sus pechos, recorría la curva de sus caderas, caía en cascada por sus muslos.

Sus ojos, oscuros e intensos, encontraron los de él, una chispa surgió entre ellos, disipando el frío de la mansión.

Una sonrisa lenta y cómplice curvó sus labios, una invitación silenciosa.

Se quedó paralizado un instante, la oleada de alivio lo inundó con tal fuerza que lo dejó sin aliento.

El miedo se evaporó, reemplazado por un deseo urgente e irresistible.

La miró fijamente, hipnotizado, mientras ella daba un paso decidido hacia él, y luego otro.

Su mirada no se apartó de la suya, un desafío silencioso en lo profundo de sus ojos.

Se lanzó hacia adelante, sus piernas de repente temblorosas, impacientes.

Cubrió la distancia entre ellos en dos zancadas poderosas.

Ella lo recibió a mitad de camino, rodeándole el cuello con los brazos.

«¡Cristhian!».

Su voz, un suspiro entrecortado, vibró contra su oído.

Lo besó entonces con pasión, su boca devorando la de él, su lengua una presencia ardiente e insistente.

Su cuerpo, suave y flexible, se presionó contra el suyo; la fresca humedad de su piel contrastaba de forma impactante con la fiebre repentina que lo invadía.

Su aroma, a jabón, jazmín y algo inconfundiblemente de Milagros, lo embriagó.

Sus dedos se enredaron en su cabello, atrayéndolo hacia sí, profundizando el beso hasta que le dio vueltas la cabeza.

La levantó sin esfuerzo, y sus piernas se enroscaron alrededor de su cintura.

Sus muslos desnudos, húmedos y cálidos, se aferraron a sus caderas.

La apretó contra sí, sus pechos aplanándose contra su pecho, sus pezones, firmes y erectos, rozando su piel.

El beso se intensificó, una danza frenética de lenguas y dientes, un hambre desesperada que había supurado en los momentos de calma de su miedo.

La saboreó, dulce y salvaje, una esencia primigenia que encendió cada terminación nerviosa.

Un gemido bajo retumbó en su pecho, un sonido que apenas reconoció como suyo.

Sus manos, fuertes y posesivas, encontraron la curva de sus nalgas, acariciando su carne redonda, elevándola aún más.

Sintió la suave presión de sus nalgas contra sus palmas, el calor que emanaba de su interior.

Besó su cuello, luego su mandíbula, y después sus labios, en una búsqueda frenética de más, de

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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