DULCE VENENO - Capítulo 105
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105: Torre eiffel – noche 105: Torre eiffel – noche Sintió una sensación familiar, un latido lento e insistente.
Exhaló despacio, un suspiro profundo y satisfecho.
El miedo anterior, el pánico, parecían un sueño lejano y desvanecido.
Solo quedaban su presencia, su calor, su aroma.
Sintió su aliento acariciarle el cuello, el suave vaivén de su pecho contra el suyo.
La mansión, con sus vastos espacios sombríos, ya no le intimidaba.
Era simplemente una cáscara, un grandioso telón de fondo para su mundo privado, un santuario donde sus deseos podían encenderse y arder, feroces e indomables.
Cerró los ojos de nuevo, atrayéndola aún más hacia sí, listo para caer en un sueño placentero, o tal vez, para despertar con otra sorpresa.
La noche era joven, y con Milagros, todo era posible.
París se extendía como un tapiz de diamantes bajo el manto estrellado.
La luna, llena y plateada, bañaba la estructura de hierro de la Torre Eiffel, convirtiéndola en un encaje gigante contra el cielo oscuro.
En la parte trasera, lejos de las multitudes, un coche se detuvo con suavidad.
De él bajó Stefanny.
Su silueta era una visión etérea en azul.
La blusa celeste con sus mangas abullonadas y los delicados bordados blancos parecía hecha de cielo y nieve.
La faja azul real, ceñida como un corsé y adornada con intricados bordados florales, acentuaba su cintura.
Las largas cintas del lazo caían junto a sus piernas, que parecían interminables enfundadas en las botas de terciopelo azul profundo.
En una mano llevaba un pequeño bolso a juego y en la otra, un regalo envuelto en papel plateado con un lazo azul.
Parecía un hada escapada de un cuento invernal.
Al mismo tiempo, en la parte delantera, otro coche se detenía.
De él emergió Lansky.
Su elegancia era moderna y serena.
El abrigo largo de lana en azul celeste suave, con su corte impecable y minimalista, se movía con él como una segunda piel.
Los pantalones gris claro y los zapatos negros de brillo discreto completaban un look de sofisticación tranquila.
Un delgado collar negro contrastaba con su cuello, y del bolsillo de su abrigo asomaba el lomo de un libro.
Sus caminos se unieron en la base de la torre, bajo la luz dorada que emanaba de la estructura.
Él la vio acercarse, una visión en azul y plata, y por un instante, su respiración se contuvo.
Ella lo miró, encontrando en su elegancia serena un contrapunto perfecto a su propio estilo de cuento de hadas.
Bajo la luna de París, rodeados por el susurro del viento y el brillo de las estrellas, se encontraron.
Dos mundos distintos, dos intensidades diferentes, convergiendo en un punto mágico, listos para escribir el siguiente capítulo de su historia.
El aire frío de París parecía contener su aliento.
Bajo la gigantesca estructura iluminada de la Torre Eiffel, Lansky y Stefanny se miraban, un océano de emociones sin palabras fluyendo entre sus miradas.
De la esquina, un trío de músicos callejeros, captando la electricidad del momento, comenzó a tocar.
Las primeras y conmovedoras notas de “Perfect” en una versión acústica con violín y piano se elevaron, envolviendo la noche parisina.
Un joven con una voz cristalina comenzó la introducción, y de pronto, el mundo se redujo a ellos dos.
Lansky se acercó, una sonrisa suave y genuina iluminando su rostro, una expresión que Stefanny reservaba solo para sus sueños más secretos.
Ella le correspondió con una sonrisa tímida pero llena de luz, cerrándose la distancia.
Lansky: (Inclinándose con una gracia natural, extendió su mano) ¿Me permites este baile?
Stefanny, con el corazón embargado, deslizó su mano en la de él.
Sus dedos se entrelazaron y él la atrajo suavemente hacia el centro de su pequeño universo, bajo la luz de la luna y la torre.
Comenzaron a balancearse con el ritmo, un baile íntimo y sencillo.
Entonces, Lansky, mirándola fijamente a los ojos como si fuera el único ser en el mundo, comenzó a cantar para ella con su voz grave y emotiva, la parte de Kevin: Lansky (cantando): “Creo en tu amor…
Por mí…
Solo atrévete…
Y sígueme hasta el fin…” Stefanny lo escuchaba, hechizada, sintiendo cada palabra como un latido directo a su alma.
Luego, con una voz dulce y clara que temblaba levemente por la emoción, se unió a él, cantando la respuesta de Karla: Stefanny (cantando): “Y ya te encontré…
Tan dulce tú te ves…
Yo nunca pensé que fueras tú…
Lo que siempre esperé…” Era un diálogo cantado, una confesión pública y privada a la vez.
Las personas a su alrededor comenzaron a rodearlos, formando un círculo discreto.
Algunos sonreían con ternura, otros levantaban sus teléfonos para capturar la magia, y varias parejas, contagiadas por la romántica escena, se abrazaban y se unían al baile.
Lansky (cantando): “Éramos niños buscando amor…
Sin saber sentirlo…
Pero ahora no renunciaré…” Stefanny (cantando): “Bésame lento, amor…
Tengo tu corazón…
El mío en tus manos ya está…” Al llegar al estribillo, bailando lentamente, con él sosteniéndola firmemente entre sus brazos, ambos unieron sus voces, sus miradas brillando con lágrimas de felicidad que no intentaron esconder: Ambos (cantando): “Bailaré en la oscuridad…
Abrazándote, descalzos al bailar…
Nuestra favorita ya sonó…
Y dices que te ves tan mal…
Yo susurré y dije…
Eres tan bella y la más perfecta, amor…” La canción continuó, tejiendo la historia de su amor.
Lansky cantó sobre encontrar a una persona fuerte, Stefanny sobre compartir sueños y un futuro.
Juntos prometieron luchar contra el dolor, viendo su futuro en los ojos del otro.
Ambos (cantando): “Tan jóvenes, pero en eterno amor…
Luchando contra el dolor…
Todo estará muy bien, lo sé…” En el puente, sus voces se fundieron en un susurro lleno de fe y devoción, declarando su certeza en el amor que habían encontrado.
Al final, con las últimas notas del violín flotando en el aire, Lansky detuvo su baile.
Sin soltarla, alzó una mano para enmarcar su rostro, sus pulgares secando suavemente las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
Lansky: (Susurrando, con una voz cargada de una emoción tan profunda que hizo temblar a Stefanny) No merezco esto…
pero te amo.
Eres mi perfecta.
Stefanny no pudo hablar.
Solo aspiró entrecortadamente y se aferró a él, enterrando su rostro en su abrigo, sintiendo en ese abrazo la respuesta a todas sus preguntas, el hogar en medio de la tormenta, el final y el comienzo de todo.
Bajo las estrellas de París, rodeados de música y del latir de sus propios corazones, habían encontrado su canción perfecta.
(La primera luz de la mañana se filtra suavemente a través de las cortinas de seda, bañando la habitación en un resplandor dorado y polvoriento.
Cristhian despierta lentamente, la pesadez del sueño y el agotamiento de la noche anterior aún aferrándose a sus miembros.
Y entonces, la siente.) Milagros.
Acurrucada contra su costado, su cabeza en el hueco de su hombro, un brazo rodeando su torso con una posesión instintiva.
Sus piernas están entrelazadas con las de él, un nudo íntimo de piel y sábanas arrugadas.
La respiración de ella es un ritmo suave y calmado contra su cuello.
Por un momento, la furia, el miedo y la desesperación del día anterior se sienten como un sueño lejano.
Pero luego, los recuerdos regresan, no como sombras, sino con la claridad brutal de una película proyectada en su mente.
Cierra los ojos y la ve encima de él, en la oscuridad de la noche anterior.
Su silueta, recortada por la tenue luz de la luna.
Sus caderas, moviéndose con una lentitud deliberada y hipnótica, un ritmo ancestral que lo tenía completamente hechizado, rendido bajo su dominio.
Él, Cristhian, el hombre que siempre controlaba, siempre dominaba, estaba debajo, sus manos aferrándose a sus caderas no para guiarla, sino para aferrarse a la realidad mientras ella lo llevaba al borde del delirio.
Un gruñido bajo, una mezcla de asombro y de una furia renovada pero transformada, ruge en su pecho.
La furia no es hacia ella, sino hacia la forma en que ella
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