DULCE VENENO - Capítulo 106
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106: Mansión de Stefanny 106: Mansión de Stefanny Un gruñido bajo, una mezcla de asombro y de una furia renovada pero transformada, ruge en su pecho.
La furia no es hacia ella, sino hacia la forma en que ella puede, con un solo movimiento, reducir su mundo a la sensación de su piel y el ritmo de su cuerpo.
Cristhian: (Susurrando contra su cabello, su voz áspera por el sueño y cargada de una posesión feroz) Mírate…
Durmiendo tan pacíficamente…
(Su brazo se aprieta alrededor de ella, atrayéndola más cerca, casi con brutalidad).
Como si anoche no me hubieras tenido a tu merced.
Como si no me hubieras quebrado y vuelto a armar a tu antojo.
Ella se mueve ligeramente en sueños, un suspiro escapando de sus labios.
Él siente una punzada de algo primitivo, un triunfo oscuro.
Cristhian: (Girando sobre su costado para envolverla completamente, su cuerpo una jaula de calor y músculo.
Sus labios encuentran su hombro, y el beso no es suave; es un sello, una marca).
¿Crees que por lastimarte ganaste?
(Murmura contra su piel).
Esto…
esto solo me demuestra que no puedo soltarte.
Que prefiero tu veneno a cualquier otra cosa.
Eres mía, Milagros.
Hasta en tu venganza…
me perteneces.
Los primeros rayos del sol se filtraban por las persianas, pintando líneas doradas en la penumbra de la habitación.
Stefanny despertó lentamente, y como un torrente, los recuerdos de la noche anterior inundaron su mente.
La Torre Eiffel bañada en luz.
La música de “Perfect” envolviéndolos.
La voz de Lansky cantando solo para ella.
Sus manos entrelazadas.
El baile bajo las estrellas.
La intensidad en sus ojos cuando susurró esas palabras…
“No merezco esto…
pero te amo”.
Un calor intenso le subió por el cuello hasta las mejillas.
Con un gemido entre avergonzado y dichoso, se tapó la cabeza con la colcha, como si pudiera esconderse de la abrumadora felicidad que la embargaba.
Su corazón latía con una fuerza desbocada contra sus costillas, un tambor alegre que marcaba el ritmo de un nuevo comienzo.
Era una mezcla de incredulidad, éxtasis y ese miedo delicioso que precede a algo monumental.
En medio de su ensoñación, el sonido suave de su celular la sacó de su escondite.
Sobre la mesita de noche, la pantalla se iluminaba con una notificación de WhatsApp.
Era de Lansky.
Con dedos que le temblaban ligeramente, lo tomó y desbloqueó la pantalla.
El mensaje era largo, deliberado, cada palabra elegida con cuidado.
Mensaje de Lansky: “Buenos días, mi amor.
✨ Hoy, nuestro primer día, amanece lleno de promesas y alegría.
Que cada rayo de sol te recuerde cuánto te quiero y lo feliz que me hace empezar esta aventura contiga.
¡Que tengas un día maravilloso!” Stefanny leyó el mensaje una, dos, tres veces.
“Mi amor”.
“Nuestro primer día”.
“Cuánto te quiero”.
Cada frase era un latido más en el corazón.
Una sonrisa amplia e imparable se dibujó en sus labios, barrando cualquier resto de timidez.
Ya no podía esconderse.
Ya no quería.
Apretó el teléfono contra su pecho, sintiendo el frío del cristal a través de su camisón.
Cerró los ojos, saboreando las palabras.
La oscuridad de Lansky siempre tendría ese toque posesivo, pero ahora estaba bañada en la luz más brillante: la del amor que ambos habían confesado.
La aventura, sin duda, apenas comenzaba, y ella estaba más que lista para vivirla.
El teléfono pesaba en sus manos, una puerta directa a la tormenta de sentimientos que Lansky había desatado en ella.
Con los dedos temblorosos, Stefanny abrió el chat y comenzó a escribir, borrando y volviendo a empezar, buscando las palabras perfectas que pudieran igualar la intensidad de las suyas.
Finalmente, con el corazón latiéndole tan fuerte que sentía el eco en sus oídos, envió su respuesta: Stefanny: “Buenos días…
✨ Leer tu mensaje fue como despertar dentro de un sueño.
No sabía que la felicidad podía sentirse así, tan abrumadora y…
perfecta.
Mi corazón aún no se cree que todo esto sea real.
Que tengas tú también un día increíble.” Se mordió el labio, sintiendo que se quedaba corta.
La emoción la inundaba, haciendo que la lógica se desvaneciera.
Antes de que la duda pudiera detenerla, con un rubor que ardía en sus mejillas y un latido acelerado que le prometía que esto era lo más correcto y aterrador que había hecho, añadió una última palabra, presionando ‘enviar’ casi al instante: Stefanny: “Amor.” Esa sola palabra, pequeña e inmensa a la vez, colgando al final del mensaje.
Una confesión, una entrega, un susurro digital que sellaba lo que comenzó bajo la Torre Eiffel.
Ahora, solo quedaba esperar su respuesta, con la mezcla de vértigo y felicidad plena de quien se lanza al vacío, confiando en que caerá en los brazos correctos.
Lansky: “Amor”…
Ver esa palabra salir de ti hace que el mundo entero cobre sentido.
Eres el sueño del que nunca quiero despertar.
Y esta felicidad es solo el comienzo.
Te prometo que cada día a tu lado será más intenso.
Stefanny: Tus palabras me envuelven…
Hacen que solo quiera quedarme aquí, reviviendo cada segundo de anoche.
Eres una adicción maravillosa, Lansky.
Y no quiero encontrar la cura.
Lansky: Eso es lo que me encanta oír.
Eres mía, Stefanny.
Tan mía como yo soy tuyo.
Esta posesión es el mayor acto de libertad que he conocido.
¿A qué hora puedo verte?
Necesito tenerte en mis brazos y recordarte en persona lo perfecta que eres.
Stefanny: Cuanto antes…
❤️🔥 Mi lugar es a tu lado.
Aunque todavía me tiemblan las manos al pensarlo.
Eres la tormenta más hermosa en la que me he perdido voluntariamente.
Lansky: Y tú, mi mariposa, has encontrado por fin el jardín donde volar para siempre.
Prepárate, porque esta tormenta solo acaba de empezar…
y va a ser eterna.
Te recojo en una hora.
No podré esperar más para besarte.
Stefanny: Una hora…
Mi corazón late tan fuerte que casi lo oigo.
Será una espera dulce y agonizante.
Hasta pronto, amor mío.
Te espero.
El gran salón, con sus muros altos y muebles antiguos, parecía contener la respiración.
Stefanny caminaba de un lado a otro sobre la suave alfombra, el frufrú de su falda acampanada siendo el único sonido que rompía el silencio tenso.
Su elegante conjunto de abrigo blanco hueso y vestido crema, con sus delicados volantes y botones dorados, contrastaba con la agitación que sentía por dentro.
Se ajustó la boina blanca por enésima vez, una sonrisa nerviosa jugueteando en sus labios cada vez que repasaba mentalmente los mensajes de Lansky.
“Te recojo en una hora.” Y esa hora había llegado.
Cualquier momento, el sonido del coche en la entrada anunciaría su llegada.
La felicidad era un fuego dulce en su pecho, pero una sombra fría se cernía sobre ella, enfriándole la espina dorsal: su padre.
Cristhian.
El hombre que veía cada relación como una transacción, cada emoción como una debilidad.
¿Cómo reaccionaría al saber que su hija no solo se había enamorado, sino que lo había hecho de Lansky?
Un hombre cuya oscuridad y poder rivalizaban con los suyos, pero de una manera completamente distinta, más sutil y quizás más peligrosa.
No sería un pretendiente cualquiera.
Sería una declaración de guerra en su propio territorio.
Se detuvo frente a la ventana, mirando la larga avenida arbolada.
Sus manos, enguantadas en un suave cuero blanco, se apretaron.
¿Estaba lista para esto?
¿Para las miradas gélidas, los comentarios cortantes, la posible prohibición?
Pero entonces recordó la voz de Lansky cantando bajo las estrellas, su mano firme sosteniendo la suya, el mensaje que decía “Eres mía”.
Y supo que, por primera vez, no le importaban las consecuencias.
El miedo palidecía ante la certeza de que ese amor, tan intenso y aterrador como era, valía cualquier batalla.
Oyó el motor a lo lejos.
Un coche negro y elegante apareció al final de la avenida.
Su corazón dio un vuelco.
Respiró hondo, enderezó los hombros y se tocó el collar del osito de galaxia que llevaba escondido bajo el vestido.
Su talismán.
La
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