DULCE VENENO - Capítulo 108
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108: Enojo 108: Enojo Sus ojos, que momentos antes podían estar llenos de la tensión habitual, ahora observaban la escena con una quietud que a Cristhian le resultó más insultante que cualquier arrebato de celos.
Esa calma fue el detonante.
Cristhian: (Su voz fue un susurro áspero, cargado de un veneno que solo ella podía oír, mientras su brazo se tensaba bajo el de ella) ¿Tan tranquila, mi amor?
¿Te conmueve ver cómo marca a su propiedad?
(Su agarre se hizo más fuerte, casi doloroso).
¿O quizás…
estás imaginando que deberías ser tú la que recibiera tal…
devoción?
Milagros: (No lo miró, mantuvo la vista fija en Stefanny y Lansky, pero su voz era fría como el hielo) Es un momento feliz para ellos, Cristhian.
Algunos aún somos capaces de reconocer la felicidad ajena.
Cristhian: (Una risa baja y amarga le escapó) La felicidad ajena.
Qué conmovedor.
(Se inclinó hacia su oído, su aliento caliente contra su piel).
Pero tu felicidad solo me pertenece a mí.
Y tu devoción también.
No toleraré que ni siquiera tus pensamientos vagueen hacia otra parte, Milagros.
Ni hacia el ridículo espectáculo de romance que está montando.
Hizo una pausa, su mirada ardiendo en la nuca de ella.
Cristhian: Esa calma tuya…
es un desafío.
Y ya sabes cómo respondo yo a tus desafíos.
Cuando salgamos de aquí, te aseguraré que cada rastro de esa tranquilidad desaparezca.
Hasta que lo único que quede en ti…
sea el eco de mi nombre.
Su promesa no era un arrebato, sino una sentencia.
Y en la postura rígida de Milagros, a pesar de su fachada de calma, se delataba el escalofrío que le recorría la espalda.
La paz nunca duraba mucho en su mundo, y Cristhian se encargaba de recordárselo, siempre.
El aire, que ya estaba cargado, se volvió casi irrespirable cuando Cristhian desvió su atención de Milagros y la fijó en su hija.
Stefanny, con el anillo de loto brillando en su mano como un estandarte de su nueva lealtad, sintió el peso de esa mirada y alzó la vista para enfrentarla.
Cristhian: (Su voz era suave, pero cada palabra caía como un fragmento de hielo) Qué escena tan conmovedora, Stefanny.
(Sus ojos recorrieron el anillo con desprecio antes de clavarse de nuevo en los de ella).
Parece que mi pequeña niña ha decidido jugar a ser una mujer.
Stefanny: (Con una valentía que le temblaba por dentro, pero que no cedía) No es un juego, papá.
Es mi vida.
Cristhian: (Avanzó un paso, y Lansky, aún de rodillas, giró la cabeza lentamente, como un tigre que evalúa una amenaza.
Cristhian lo ignoró, concentrado únicamente en su hija).
Tu vida…
(Hizo una pausa, dejando que el peso de su desaprobación llenara el espacio).
Tu vida es el legado que yo he construido para ti.
Cada respiro, cada comodidad, cada techo bajo el que duermes…
es mío.
Y das por sentado que puedes entregar tu mano, tu futuro, a cualquiera que te lance un brillante bonito.
Stefanny: (Su voz se quebró, pero no por el miedo, sino por la furia) ¡No es “cualquiera”!
Y no es un “brillante”.
Es un compromiso.
Es amor.
Cristhian: (Soltó una risa cortante y seca) ¿Amor?
(Pronunció la palabra como si tuviera un sabor repugnante).
El amor es un cuento para débiles.
Lo que existe es el poder.
La lealtad.
La familia.
(Su mirada se volvió gélida, posesiva hasta la médula).
Eres mi hija.
Mi sangre.
Mi creación.
Y no permitiré que te manches con las garras de un oportunista que solo ve el apellido que llevas.
Se acercó más, desafiando la presencia de Lansky, su voz bajando a un susurro lleno de una amenaza visceral.
Cristhian: Ese anillo puede estar en tu dedo, Stefanny, pero tu alma, tu obediencia…
eso aún me pertenece.
Y haré lo que sea necesario para proteger lo que es mío.
Incluso de tus propios…
caprichos infantiles.
La palabra “caprichos” resonó como un látigo.
Stefanny sintió cómo el amor y la felicidad del momento se empañaban bajo la fría y tóxica posesión de su padre.
Era una batalla que acababa de declararse, y el anillo en su dedo era ahora tanto un símbolo de amor como el blanco de la guerra que se avecinaba.
La tensión entre Cristhian y Stefanny era un cable a punto de romperse.
Pero entonces, Milagros se movió.
Con una elegancia serena que contrastaba brutalmente con la ira contenida de su marido, se deslizó entre ellos, colocándose sutilmente como un escudo viviente frente a Stefanny.
Su corsé perlado brilló bajo la luz del salón.
Milagros: (Su voz era clara y calmada, dirigida a Cristhian, pero con una mirada de complicidad dirigida a Stefanny) Cristhian, basta.
(Su tono no era de súplica, sino de firmeza).
No son “caprichos infantiles”.
Es la vida de Stefanny.
Y el hombre que eligió es…
intenso.
Como ella.
Como esta familia.
Cristhian lanzó a Milagros una mirada que podría haber derretido acero, pero ella no se inmutó.
Luego, Milagros giró hacia Stefanny, y por un instante, la máscara de la dama perfecta se resquebrajó, mostrando a la mujer que sobrevivía tras ella.
Milagros: (Tomando la mano de Stefanny, la que lucía el anillo, sus dedos fríos acariciando la gema azul) Es un anillo hermoso, Stefanny.
Feroz y único.
Como el sentimiento que veo en tus ojos.
(Su voz bajó a un susurro casi inaudible, solo para la joven).
No dejes que nadie, nadie, apague ese fuego.
Ni siquiera tu padre.
Algunos de nosotros…
nunca tuvimos el valor de encender el nuestro.
Fue una confesión cargada de años de silencio y resignación.
En ese momento, Milagros no era la madrastra distante, sino una aliada inesperada que veía en la relación de Stefanny y Lansky un eco de la pasión que a ella misma le había sido arrebatada.
Milagros: (Alzando la voz de nuevo, dirigiéndose a Lansky, quien seguía arrodillado, observando la escena con ojos calculadores) Cuídala, Lansky.
Pero sobre todo, respétala.
Su fuego vale más que todo el oro de esta mansión.
Si lo apagas…
tendrás que vértelas conmigo.
Era una bendición y una advertencia.
Una muestra de un amor de madrastra que, en la oscuridad de esa familia, se manifestaba como un apoyo feroz y protector.
Stefanny sintió una oleada de gratitud tan intensa que le quemó los ojos.
No estaba sola.
En medio del campo de batalla, había encontrado una trinchera inesperada en la figura de Milagros.
Tras la partida iracunda de Cristhian, cuya furia parecía dejar una estela de frío a su paso, Milagros hizo el ademán de seguirlo, el deber de esposa sumisa grabado a fuego en sus huesos.
Pero un gesto casi imperceptible de Lansky, un leve movimiento de cabeza y una mirada intensa, la detuvo.
Ella dudó un instante, el conflicto entre el miedo y la lealtad antigua bailando en sus ojos.
Finalmente, con un suspiro silencioso, se desvió y lo siguió hasta la biblioteca privada, una habitación acolchada con el aroma de cuero y papel viejo.
Lansky cerró la puerta con un clic suave.
Sin mediar palabra, sacó de su bolsillo un pequeño estuche de terciopelo desgastado por el tiempo.
No era el estuche nuevo y lujoso de Stefanny; este tenía historia.
Se lo tendió a Milagros.
Ella lo tomó con manos que le temblaban ligeramente.
Al abrirlo, el aire escapó de sus pulmones.
Sobre el terciopelo ajado descansaba un anillo que era pura nostalgia y belleza.
Un diseño floral intrincado de metal plateado, con gemas de un azul celeste brillante como pétalos, y en el centro, una gema más grande y facetada que capturaba la tenue luz de la biblioteca, ardiendo con un fuego frío.
Lansky: (Su voz era baja, cargada de un significado que solo ellos dos podían comprender) Este anillo…
sabes que lo usaba la **** .
Lo guardé todo este tiempo.
(Hizo una pausa, sus ojos buscando los de ella).
Quiero que lo uses tú.
Te pertenece.
Milagros: (Su voz fue un susurro quebrado, sus dedos acariciando el terciotelo sin atreverse a t
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