DULCE VENENO - Capítulo 109
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109: Lencería 109: Lencería Milagros: (Su voz fue un susurro quebrado, sus dedos acariciando el terciotelo sin atreverse a tocar la joya) Pero…
Stefanny ahora es tu novia.
Deberías dárselo a ella.
Es lo…
correcto.
Lansky: (Negó lentamente, una sombra de su sonrisa peligrosa jugueteando en sus labios) A ella le puedo dar muchos anillos.
Anillos nuevos, costosos, que hablen de mi poder.
(Su mirada se volvió intensa, seria).
Pero este…
este anillo especial y único, con la historia de nuestra ***** …
este es para ti, Milagros.
Porque tú eres la única que entiende de dónde venimos.
La única que sabe el precio que hemos pagado.
Milagros alzó la vista, y por un instante, la máscara de la esposa de Cristhian se desvaneció, mostrando a la ***** que había crecido a la sombra de los mismos secretos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que no se atrevieron a caer.
Tomó el anillo y, con mano temblorosa, se lo deslizó en el dedo.
Encajaba a la perfección.
Era un vínculo de sangre y oscuridad, un recordatorio silencioso de que, sin importar los amores nuevos o los matrimonios de conveniencia, su lealtad más profunda siempre había sido, y siempre sería, el uno para el otro.
Un amor de **** forjado en las sombras, tan eterno y complejo como las gemas azules que ahora brillaban en su mano.
El anillo azul celeste, cargado de historia familiar, brillaba ahora en el dedo de Milagros, una joya secreta y un vínculo silencioso con su *** .
Pero la realidad, fría y opresiva, volvió a llamar a su puerta.
Milagros: (Con un suspiro que pretendía ser ligero pero que no lograba ocultar su peso) Gracias…
pero debo irme.
Cristhian seguro está enojado.
(Sus ojos se encontraron con los de Lansky, transmitiendo una advertencia y un ruego a la vez).
Lleva a Stefanny a pasear.
Aléjala de aquí un rato.
Era un código.
“Aléjala de la tormenta que se avecina”.
Lansky: (Asintió, comprendiendo perfectamente.
Su mirada era fría, pero en ella había un destello de preocupación por su *** ) De acuerdo.
(Su voz era un susurro grave).
Avísame si necesitas algo.
Milagros: (Una sonrisa tensa, casi un guiño de complicidad lúgubre, se dibujó en sus labios.
Enderezó los hombros, y por un momento, la mujer sumisa desapareció, revelando a la estratega que sobrevivía en la sombra) Jajaja…
no te preocupes.
Lo tengo bajo control.
Sus palabras eran una armadura.
“Bajo control” significaba que sabía cómo manejar la furia de Cristhian, cuándo ceder y cuándo fingir sumisión para evitar el daño mayor.
Significaba que cargaría sola, una vez más, con el costo de mantener las apariencias en su jaula de oro.
Sin decir nada más, giró y salió de la biblioteca, su silueta elegante desvaneciéndose en el pasillo.
El nuevo anillo en su dedo era un talismán de una lealtad que nadie más vería, un secreto que la fortalecería para enfrentar la oscuridad que la esperaba al otro lado de la puerta.
Lansky la vio marchar, y su rostro, por un instante, mostró una profunda y peligrosa frustración.
Sabía que “bajo control” nunca significaba “a salvo”.
Pero por ahora, confiaría en la fuerza de su **** .
Y, como ella le pidió, se giró para buscar a Stefanny.
Para alejarla, al menos por unas horas, del campo de batalla en el que Milagros acababa de adentrarse voluntariamente.
La pesada puerta de roble, pulida por incontables manos, crujió levemente cuando Milagros la empujó.
Un rayo de luz del pasillo se extendió sobre la mullida alfombra y se desvaneció al entrar.
El aire de la habitación era denso e inmóvil, cargado de palabras no dichas.
Cristhian estaba sentado al borde de la cama tamaño king, una silueta oscura contra el tenue resplandor de las luces de la ciudad que se filtraba a través de las cortinas transparentes.
Tenía los hombros encorvados, rígidos, la mirada fija en un punto invisible de la pared opuesta.
La ira, una fuerza palpable, emanaba de él, enroscándose en el opulento espacio como una víbora.
Milagros se movía con una gracia casi etérea, sus pies descalzos silenciosos sobre la gruesa alfombra.
Se deslizó hacia la ornamentada cómoda de caoba, sus dedos recorriendo la fría superficie pulida.
Una pequeña radio antigua, una reliquia de otra época, descansaba entre decantadores de cristal.
Su mano, delgada y deliberada, se extendió, encontrando el dial.
Un suave clic resonó en la silenciosa habitación, seguido del zumbido de la estática.
Giró el mando y un ritmo vibrante y pulsante llenó el silencio, disipando la opresiva quietud.
La voz de Anitta, un susurro sensual, luego una orden poderosa, irrumpió desde los altavoces: «Paradinha» .
La bata de seda, una cascada de zafiro profundo, se deslizó de sus hombros, acumulándose a sus pies como un cielo desechado.
Debajo, una revelación.
Encaje negro, intrincado como una telaraña, se ceñía a sus curvas, un marcado contraste con su piel.
El sujetador, de copa completa y delicado, con sus finos tirantes entrecruzándose sobre sus clavículas, presentaba un atrevido diseño de múltiples tiras que atraía la mirada hacia la plenitud de sus pechos.
Debajo, un liguero de talle alto, una delicia de encaje y un susurro de tul, ceñía sus caderas, con sus tiras descendiendo hasta desaparecer bajo el borde de unas medias invisibles.
Un mero hilo de encaje, la tanga, se deslizaba bajo sobre sus caderas, su fina tira una sugerencia tentadora.
Cristhian levantó la cabeza de golpe, sus ojos, oscuros pozos en la penumbra, la encontraron.
Su mandíbula permanecía apretada, pero un destello, una fugaz ruptura en su impasible fachada, cruzó su rostro.
Milagros sostuvo su mirada, una sonrisa lenta y cómplice floreciendo en sus labios.
El ritmo palpitaba en su interior, una invitación insistente.
Sus caderas comenzaron a balancearse, una ondulación lánguida y serpentina que atraía cada molécula de aire de la habitación hacia ella.
«Yo te quiero ver enloquecer», cantó, su voz un murmullo ronco, apenas audible sobre la música, pero con un profundo peso.
Sus manos se alzaron, trazando las líneas de su cuerpo, enfatizando el delicado encaje, la curva de su cintura, la desafiante inclinación de su barbilla.
«Quiero provocarte».
Cada palabra era una caricia, un desafío.
Sus movimientos se volvieron más audaces, más fluidos, su cuerpo un instrumento vivo que respondía al ritmo contagioso.
“Vas a ver que cuando quiero algo, yo lo puedo hacer.” Cristhian contuvo el aliento.
Sus ojos, antes duros e implacables, ahora seguían cada uno de sus movimientos, como un depredador atrapado en la hipnótica danza de su presa.
La ira no había desaparecido del todo, pero una nueva emoción, más primitiva, surgía bajo ella, luchando por el dominio.
«Si no me conoces, no dudes de mí pues», continuó Milagros, con la voz cada vez más fuerte, una provocación juguetona entretejida en la melodía.
Recorrió el espacio entre la cómoda y la cama, sus pies descalzos apenas rozaban la alfombra.
El liguero, con su delicada falda de tul, se mecía con cada giro de su torso, una nube negra alrededor de sus caderas.
«Yo te quiero ver enloquecer.
Quiero provocarte, yo ya sé que tú no lo admites, pero puedo ver».
Hizo una pausa, clavando sus ojos en los de él, una pregunta silenciosa, un desafío descarado.
«Muérete de ganas».
Un gruñido sordo retumbó en el pecho de Cristhian.
Sus manos se apretaron en puños, luego, lenta y casi imperceptiblemente, se relajaron.
La ira no se había disipado, sino que se había transformado, retorciéndose en algo mucho más peligroso, más absorbente.
Su mirada descendió, deteniéndose en el delicado encaje de su tanga, el oscuro triángulo de su sexo apenas oculto, para luego elevarse hasta la plenitud y el orgullo de sus pechos, enmarcados por los intrincados tirantes de su sujetador.
«Quieres verme hacer aquella paradinha ah ah», susurró ella, su voz como un hilo de seda que se enroscaba alrededor de su cuerpo rígido.
Se detuvo justo frente a él, a un suspiro de distancia, sus caderas continuando su lento y deliberado roce.
El diseño de múltiples tiras de su sujetador parecía palpitar con cada movimiento, atrayendo
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