DULCE VENENO - Capítulo 111
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111: Propuesta 111: Propuesta El sujetador de múltiples tiras, con su intrincado diseño, parecía enmarcar sus pechos a la perfección, invitándolo a tocarlo, a besarlo.
La pequeña falda de tul de su liguero se mecía con sus movimientos, una danza juguetona, pero a la vez seductora, de sombras y luces.
La resolución de Cristhian se quebró.
Con un sonido gutural, la atrajo hacia sí, sentándola en su regazo, con las piernas de ella abiertas a horcajadas sobre sus muslos.
El encaje negro de su tanga, ahora presionado íntimamente contra su miembro erecto, era apenas un susurro de tela, sin ofrecer ninguna barrera real.
La sensación era exquisita, insoportable.
Su boca descendió, reclamando la de ella en un beso salvaje y exigente.
Su lengua se hundió entre sus labios, una invasión hambrienta, saboreándola, explorando cada rincón.
Su lengua se encontró con la de él, un duelo apasionado, sus salivas mezclándose, un intercambio cálido y dulce.
Él succionó su lengua, introduciéndola profundamente en su boca, un gesto posesivo que le provocó escalofríos.
Sus manos, ya no suaves, la sujetaron por la cintura, sus dedos hundiéndose en la suave carne sobre el liguero, atrayéndola aún más hacia sí, presionándola contra su miembro palpitante.
Los delicados tirantes de su sujetador se clavaron en sus hombros mientras él apretaba su agarre, una presión deliciosa.
La pequeña falda de tul del liguero se subió, revelando más de sus muslos, la suave piel que prometía más placeres.
“Ah, Milagros”, gimió contra sus labios, su voz cargada de deseo, su aliento caliente contra su piel.
“Vas a matarme”.Su boca se separó de la de ella, dejando un rastro de besos húmedos y ardientes por su mandíbula, a lo largo de la curva de su cuello, hasta el delicado hueco de su clavícula, justo encima del intrincado encaje de su sujetador.
Sus dientes rozaron su piel, una mordida suave que la hizo jadear.
El diseño de múltiples tiras de su sujetador, un tentador laberinto de encaje negro, se encontraba ahora justo bajo su mirada hambrienta.
Ella arqueó la espalda, sus dedos enredándose en su cabello, atrayéndolo hacia sí, incitándolo.
El encaje negro, las delicadas tiras, la pura audacia del liguero y la tanga, todo estaba diseñado para volverlo loco, y lo estaban consiguiendo.
Sus pezones, ya erectos, presionaban contra el suave encaje de su sujetador, anhelando su contacto.
La pequeña falda de tul de su liguero, ahora recogida alrededor de sus muslos, proporcionaba una fricción tentadora contra sus pantalones.
Él besó su cuello, dejando una marca roja, la señal de su posesión.
Sus manos se deslizaron desde su cintura, recorriendo la curva de sus caderas, encontrando el delicado encaje de su tanga, sus dedos rozando la suave y cálida piel de sus muslos.
Las tiras del liguero, una delicada jaula de encaje, se sentían exquisitas contra sus dedos exploradores.
Se movió ligeramente, la dura punta de su miembro presionando con más fuerza contra el fino encaje de su tanga, una caricia tortuosa.
El aroma de su excitación, dulce y almizclado, le llenó la cabeza, embriagándolo, sumergiéndolo aún más en las profundidades de su deseo.
El intrincado diseño de su sujetador, testimonio de su atractivo, parecía palpitar con cada respiración.
La pequeña falda de tul de su liguero, ahora apartada, le permitió ver con mayor claridad los oscuros secretos que se escondían debajo.
«Cristhian», jadeó ella, con la voz ronca de anhelo, su cuerpo temblando contra el suyo.
El encaje negro, ahora húmedo por el sudor de ambos, se adhería a ella como una segunda piel.
El sujetador de múltiples tiras, el liguero, la tanga: cada pieza un susurro de tentación, una promesa del exquisito placer que estaba por venir.
Sus manos descendieron, sus dedos finalmente encontraron los suaves y húmedos pliegues bajo el encaje.
Un suave jadeo escapó de sus labios cuando su pulgar rozó su clítoris, un rayo de placer la recorrió.
La pequeña falda de tul de su liguero, ahora completamente apartada, ya no ofrecía ningún ocultamiento.
Se apartó lo justo para mirarla a los ojos, los suyos ardían con un hambre oscura y primitiva.
«Tú pediste esto», gruñó, con una voz grave y peligrosa.
Sus dedos, explorando ahora los pliegues resbaladizos y húmedos de su vulva a través del delicado encaje de la tanga, la estremecieron.
Sintió el rápido pulso de su clítoris bajo su pulgar, la humedad floreciendo bajo su tacto.
Las intrincadas tiras de su sujetador, la forma en que enmarcaban sus pechos, eran una invitación silenciosa.
La pequeña falda de tul de su liguero, ahora un amasijo arrugado alrededor de sus caderas, era un detalle olvidado.
—Y tú la quieres —replicó ella, con la voz entrecortada por un susurro.Su cuerpo se arqueó ante su tacto.«Más que nada».
El encaje negro, ahora empapado, era un delicioso tormento.
El sujetador de múltiples tiras, el liguero, la tanga: cada pieza un testimonio silencioso del deseo crudo e indomable que ahora los consumía a ambos.
(El aire en la habitación es pesado, cargado del olor a sexo y piel caliente.
Los cuerpos de Cristhian y Milagros están entrelazados en la cama, un cuadro de intimidad salvaje y agotamiento.
Él yace boca arriba, su torso musculoso marcado por roces y uñas, el sudor secándose en su piel.
Milagros descansa sobre él, su mejilla apoyada en el centro de su pecho, sobre el latido que aún late acelerado.
Su pierna derecha está arrojada sobre su cintura, una posesión casual y profunda.) Milagros: (Su voz es un susurro ronco, adormecido, su aliento caliente contra su piel) Amor…
no te enojes.
(Su mano traza círculos lentos en su abdomen).
Lansky es solo un amigo.
Soy tu esposa…
y nunca te dejaría.
(Cristhian permanece en silencio por un momento, sus ojos fijos en el dosel de la cama.
La tensión no se ha disipado por completo.) Cristhian: (Su voz es grave, con un dejo de amargura que no logra ocultar su vulnerabilidad) Soy un hombre viejo…
y él es joven.
(Es la primera vez que admite en voz alta una inseguridad.
La confesión cuelga en el aire, frágil y peligrosa.) Milagros: (Levanta la cabeza ligeramente para mirarlo.
Sus ojos brillan con una mezcla de ternura y picardía.
Una sonrisa juguetona se dibuja en sus labios hinchados).
No me importa.
Soy tu esposa y me gusta estar contigo…
(hace una pausa dramática, sus ojos brillan con travesura)…
y tu dinero.
(Una risa baja y seductora le escapa, vibrando contra su pecho).
Jajaja…
Pero te amo.
(La declaración, entregada entre una broma y una verdad profunda, atraviesa la armadura de Cristhian.
No es la sumisión lo que lo desarma, sino esta combinación de crudeza y devoción.
Él, que puede comprar ciudades, se siente comprado y reclamado por esta confesión que no perdona sus faltas, pero que elige quedarse.) Cristhian: (Un gruñido ronco surge de su garganta.
Su mano, que estaba inmóvil a su lado, se eleva para enterrarse en su cabello, sujetando su nuca con una mezcla de deseo y posesión desesperada).
Bruja…
(murmura, pero no hay ira en su voz, solo una rendición fascinada).
Me envenenas con tu verdad.
(Se gira sobre ella, un movimiento fluido y predatorio, invirtiendo sus posiciones.
La mira desde arriba, su sombra cubriéndola.) Cristhian: (Su voz es un susurro áspero, lleno de una promesa oscura) Pues bien, esposa mía…
si es por mi dinero y por mí que te quedas…
(baja la cabeza hasta que sus labios rozan los de ella) entonces me aseguraré de que nunca te falte ninguna de las dos cosas.
Porque lo que es mío…
(el beso se profundiza, lento y devorador)…
lo conservo para siempre.
Y en ese beso, hay una tregua frágil.
No basada en la confianza, sino en una posesión más profunda, tejida con hilos de deseo, verdad y la peligrosa aceptación de que, en su oscuro romance, ambos son al mismo tiempo el veneno y el antídoto del otro.
(El aire en la habitación aún espeso por la pasión reciente, Milagros se convierte en la depredadora.
Con un
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