DULCE VENENO - Capítulo 118
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118: Sala de Cine 118: Sala de Cine Marilu: (Una sonrisa leve y escéptica jugó en sus labios) ¿Empatía?
Quizás.
(Se inclinó ligeramente hacia adelante, bajando la voz).
Pero yo conozco a Stefanny desde que éramos niñas.
He aprendido a leer el lenguaje corporal.
Y el tuyo, Lansky, cuando Milagros está cerca…
se endurece.
Te pones en guardia.
Como si fueras su guardián, no un mero conocido.
La precisión de su observación fue como un latigazo.
Ella no especulaba; describía lo que veía con una claridad alarmante.
Lansky: (La miró fijamente, y por primera vez, una chispa de genuina peligrosidad brilló en sus ojos, desnudando la fachada civilizada) Hay líneas, Marilu, que es mejor no cruzar.
Hay secretos que no se guardan por capricho, sino por supervivencia.
(Su voz era un susurro cortante).
La curiosidad sobre ciertas dinámicas puede tener consecuencias…
indeseadas.
Para todos los involucrados.
No era una negación.
Era una advertencia.
Una amenaza velada para que dejara el tema, implicando que indagar más podría poner en peligro no solo a él, sino quizás a la propia Milagros, o incluso a Stefanny.
Marilu se recostó en su silla, habiendo obtenido la respuesta que, en el fondo, buscaba: la confirmación de que había algo enorme y peligroso oculto.
No necesitaba los detalles.
Solo necesitaba saber que su instinto no estaba equivocado.
Marilu: (Asintiendo lentamente, su expresión seria) Entiendo.
Algunos jardines, efectivamente, tienen cercas muy altas.
(Se levantó, tomando su bolso).
Solo recuerda, Lansky, que las cercas demasiado altas también pueden convertirse en jaulas para quienes están dentro.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió del restaurante, dejando a Lansky solo con la amarga certeza de que la única persona, fuera de su círculo de sangre, que parecía ver la verdad, era también la más cercana a la mujer que amaba.
Y eso la convertía en la persona más peligrosa de todas.
Marilu salió del restaurante, el aire frío de la noche chocando contra su rostro aún caliente por la tensa cena.
Caminaba con paso rápido, intentando procesar la peligrosa revelación sobre Lansky y Milagros, cuando de pronto, una mano firme envolvió la suya, deteniéndola en seco.
Era Lansky.
Había salido tras ella.
Lansky: (Su voz era más suave ahora, pero no menos cargada de intención) No te vayas tan rápido, Marilu.
Nuestra conversación…
fue iluminadora.
Él giró suavemente su mano dentro de la suya, no con fuerza, sino con una familiaridad que no correspondía.
Una sonrisa coqueta y calculada jugaba en sus labios, un intento descarado de cambiar las dinámicas, de desarmarla con un encanto que ella sabía era falso.
Marilu: (Intentó retirar su mano, pero su agarre, aunque no doloroso, era firme) Lansky, esto no es…
En ese preciso instante, un carro familiar—el Bentley color vino de Stefanny—pasaba lentamente por la calle, deteniéndose en un semáforo a escasos metros de ellos.
Dentro del coche, Stefanny giraba la cabeza distraídamente hacia el restaurante…
y se quedó paralizada.
Allí estaban.
Lansky, con su traje negro que brillaba bajo la luz de la farola, sosteniendo la mano de Marilu.
Y Marilu, con su impecable atuendo azul marino, devolviéndole la mirada.
Ambos estaban sonriendo.
O al menos, así lo parecía desde la distancia.
Para Stefanny, el mundo se detuvo.
La imagen era un puñal en el corazón: su mejor amiga y el hombre que amaba, riendo juntos, con las manos entrelazadas en la intimidad de la noche parisina.
La confianza que había empezado a construir, la verdad dolorosa que él le había compartido, todo se hizo añicos en un segundo.
Un dolor agudo y traicionero le atravesó el pecho, seguido de una ola de fría rabia.
Sin pensarlo, pisó el acelerador bruscamente cuando el semáforo cambió a verde, alejándose del lugar con el corazón destrozado y los ojos nublados por unas lágrimas de furia y traición.
En la acera, Lansky notó el carro alejarse a toda velocidad.
Reconoció el modelo y el color.
Su sonrisa coqueta se congeló y se desvaneció al instante, reemplazada por una expresión de fría preocupación.
Soltó la mano de Marilu.
Lansky: (Su voz recuperó toda su dureza) Parece que tenemos un problema.
Marilu, que no había visto el carro, lo miró confundida, pero la expresión en su rostro le dijo todo lo que necesitaba saber.
El juego de poder acababa de tener una consecuencia inesperada y devastadora.
La noche había caído sobre la mansión, y en la sala de cine privada, la pantalla gigante proyectaba los primeros y ominosos planos de una película de terror.
La luz parpadeante iluminaba intermitentemente a Stefanny, sentada rígidamente en el extremo del enorme sofá de terciopelo.
Llevaba un cómodo conjunto de seda, pero su postura era de pura tensión.
Lansky había llegado sin previo aviso, como solía hacerlo, con la excusa de ver una película.
Pero la atmósfera no era la de una cita cómoda.
El aire estaba cargado con el peso de lo no dicho, con la imagen de esa tarde clavada como una espina entre ellos.
Él se sentó a su lado, no demasiado cerca, respetando la barrera invisible que ella había erigido.
La película comenzó, con sus sustos baratos y sus acordes discordantes.
Un asesino enmascarado acechaba a una group de adolescentes.
Lansky: (Su voz era un susurro bajo, intentando romper el hielo sin forzarlo) El tipo de la máscara es predecible.
Se esconde en los armarios.
Los lugares más obvios son a menudo los más efectivos.
Stefanny no respondió.
Ni siquiera parpadeó.
Sus ojos estaban fijos en la pantalla, pero Lansky sabía que no estaba viendo la película.
Estaba viendo su mano tomando la de Marilu.
Estaba viendo sus sonrisas.
En la pantalla, una puerta chirrió abierta.
Un susto falso.
Stefanny ni se inmutó.
Lansky: (Girándose ligeramente hacia ella, su perfil serio recortado contra la luz de la pantalla) Stefanny.
Ella no lo miró.
Apretó los labios, negándose a ceder.
Lansky: (Su voz se suavizó, perdiendo su tono analítico) Lo que viste hoy…
no fue lo que parecía.
Eso la hizo reaccionar.
Giró la cabeza lentamente, y en la luz estroboscópica de la pantalla, él pudo ver el brillo de la rabia y el dolor en sus ojos.
Stefanny: (Su voz era fría y cortante, como el cristal) ¿Ah, no?
Porque desde mi ángulo, parecía bastante íntimo.
¿Es parte de tu “simpática” forma de ser con todas las amigas de tus…
intereses?
La palabra “intereses” la escupió con desprecio.
En ese momento, en la película, el asesino surgió finalmente de las sombras con un gruñido estridente y un cuchillo reluciente.
Fue un susto real, bien ejecutado.
Stefanny, con los nervios a flor de piel por la tensión real que vivía, dio un respingo involuntario.
Un pequeño grito ahogado escapó de sus labios antes de que pudiera contenerse.
Fue la apertura que Lansky necesitaba.
Sin decir una palabra, se deslizó sobre el sofá y la envolvió con su brazo, rodeando sus hombros y atrayéndola contra su costado.
Ella se puso rígida, resistiéndose por un segundo, pero el susto le había bajado las defensas.
Lansky: (Hablando cerca de su oído, su voz un rumor grave sobre los gritos de la película) Ella sabe cosas, Stefanny.
Cosas peligrosas.
No sobre nosotros.
Sobre…
mi pasado.
Sobre Milagros.
(Su brazo se ajustó alrededor de ella, no como una prisión, sino como un refugio).
Estaba sondeándola.
Fue un juego de poder, nada más.
Lo único real aquí…
eres tú.
Stefanny no se relajó por completo, pero permitió que su cabeza cayera lentamente sobre su hombro.
Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a caer en silencio, mojando la lana fina de su suéter.
Él no dijo nada más.
Solo la sostuvo más fuerte, mientras en la pantalla la sangre falsa salpicaba y los personajes gritaban.
El terror ficticio palidecía en comparación con el miedo real que acababan de enfrentar: el miedo a la traición, a los secretos, y a la frágil verdad de su propio amor, puesto a prueba en la acera de un restaurante.
Y allí, en la oscuridad, abrazados, comenzaron lentamente a reconstruir la confi
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