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DULCE VENENO - Capítulo 120

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120: Desconocido 120: Desconocido Stefanny: (Cantando con fuerza) “But mama I’m in love with a criminal!

And this type of love isn’t rational, it’s physical!

Mama please don’t cry, I will be alright…

All reason aside I just can’t deny, I love the guy!” Al terminar el estribillo, el silencio fue absoluto.

Stefanny jadeaba levemente, sus ojos brillaban con lágrimas y una convicción inquebrantable.

Stefanny: (Su voz era un susurro ronco, pero claro) No me lo estás diciendo solo como mi amiga, Mari…

me lo dices como la voz de la razón.

Como la “mamá” de la canción.

(Se llevó la mano al corazón).

Y sé que tienes razón.

Sé que es un hustler, un perdedor, un criminal para el mundo.

Lo sé aquí, en mi cabeza.

(Golpeó suavemente su sien con un dedo).

Pero aquí…

(llevó esa misma mano a su pecho, sobre el corazón)…

aquí no me importa.

Es mi villano.

Y lo amo.

Marilu la miró, y toda su argumentación, sus advertencias lógicas, se desmoronaron frente a esa verdad cruda e irracional.

No había nada que decir.

Su mejor amiga no estaba ciega; veía la oscuridad en Lansky con total claridad y, aun así, elegía sumergirse en ella.

La canción había sido su declaración de independencia, su grito de guerra.

Y Marilu supo, en ese momento, que su papel ya no era el de salvarla, sino el de estar ahí para recoger los pedazos si, o cuando, ese amor criminal finalmente estallara.

El espía, un hombre de aspecto común que pasaba desapercibido en cualquier multitud, se presentó en la oficina de Lansky.

Con precisión de informe militar, relató lo ocurrido en la heladería: la confrontación tensa, la advertencia de Marilu, y luego, la inesperada canción de Stefanny.

Mientras el hombre hablaba, la expresión de Lansky permaneció impasible, pero sus ojos, fijos en un punto lejano de la ciudad, comenzaron a cambiar.

Al mencionar los primeros versos—”He is a hustler, he’s no good at all…

He is a loser, he’s a bum…”—una chispa de algo peligroso brilló en ellos.

No era ira, sino una intensidad profunda y concentrada.

El espía continuó, citando cada línea con una exactitud perturbadora.

Cuando repitió el estribillo—”But mama I’m in love with a criminal!”—los dedos de Lansky, que estaban tamborileando sobre el ébano, se detuvieron en seco.

El hombre terminó su informe con las últimas palabras de Stefanny: “Es mi villano.

Y lo amo.” Un silencio absoluto llenó la oficina.

El espía esperó, inmóvil.

Lansky: (Sin mirarlo, su voz era un susurro grave que cortaba el aire) Salga.

El hombre asintió y se retiró sin hacer ruido.

Cuando la puerta se cerró, Lansky se levantó y caminó lentamente hacia el ventanal.

París se extendía ante él, un imperio de luces y sombras.

Ya no veía la ciudad.

Veía a Stefanny en la heladería, desafiando a su mejor amiga, cantando su verdad con lágrimas en los ojos y una fe inquebrantable en el corazón.

Una sonrisa lenta, posesiva y profundamente conmovida se dibujó en sus labios.

No era la sonrisa fría del estratega, sino la de un hombre que acababa de recibir la mayor confirmación de su vida.

Lansky: (Para sí mismo, su voz un murmullo cargado de asombro y una feroz devoción) “Mi villano”…

Ella no solo aceptaba su oscuridad; la abrazaba.

La cantaba.

La llamaba suya.

Marilu le había dado todos los argumentos lógicos para huir, y ella los había rechazado todos con una canción que era a la vez una rendición y una declaración de guerra al mundo que se atreviera a separarlos.

En ese momento, cualquier duda residual sobre Stefanny se esfumó.

Ella no era un trofeo, ni un eslabón débil.

Era su igual.

Su cómplice.

La única persona que veía al monstruo en él y, no solo no le tenía miedo, sino que lo amaba por ello.

Su sonrisa se tornó más oscura, más determinada.

Si ella estaba dispuesta a amar a un criminal, entonces él se aseguraría de ser el criminal más poderoso que existiera, para que ese amor nunca, nunca, le costara una lágrima.

El mundo podría juzgarlos, pero ahora sabía que su lugar estaba a su lado, en las sombras que ella misma había elegido como suyo.

En algún lugar recóndito del mundo, aislada del ritmo de la vida común, existía una sala que era la encarnación misma del poder.

No era un lugar abierto, sino un santuario secreto donde se urdían destinos.

El aire, estático y frío, estaba impregnado de una atmósfera de control absoluto, teñida por los tonos sangrientos del rojo y la oscuridad eterna del negro.

Esos colores no eran una elección estética; eran una declaración de intenciones, creando un ambiente tan tenso como misterioso, donde cada susurro parecía contener el peso de un secreto de estado.

En el epicentro de este dominio, anclado al suelo como una fortaleza, se alzaba un trono imponente.

Sobre él, la silueta de un hombre calvo, vestido con un negro tan profundo que absorbía la luz a su alrededor, permanecía en una quietud soberana.

De lo alto, un haz de luz azul gélido e intenso descendía como un rayo divino, bañando su figura.

Este único foco de color contrastante no suavizaba su presencia, sino que la resaltaba contra la penumbra carmesí, acentuando su autoridad como el núcleo incuestionable de aquel universo.

Las paredes no estaban decoradas con cuadros, sino con el latido del mundo.

Inmensas pantallas mostraban mapas continentales bañados en un rojo brillante, como venas de un organismo global bajo observación.

Gráficos que se actualizaban en silencio y símbolos indescifrables para un ojo profano sugerían una operación de alcance planetario en plena marcha.

La iluminación ambiental, de un rojo siniestro, se reflejaba en cada superficie metálica y pulida, intensificando una sensación palpable de peligro y urgencia.

A los lados, como acólitos en la penumbra, figuras sombrías con uniformes oscuros se movían con eficiencia robótica frente a sus consolas.

Sus rostros eran apenas esbozos en la media luz, deliberadamente borrados para que solo importara su función.

Era el coro silencioso que sostenía el monólogo del poder.

Un contraste perturbador lo aportaban varias plantas en macetas, un intento fallido de introducir un soplo de vida orgánica en un espacio dominado por el metal y la luz artificial.

Su verdor parecía pálido, resignado, incapaz de suavizar la frialdad gélida que emanaba de cada centímetro de la estancia.

Completaba la escena, en el centro del suelo, un símbolo rojo brillante y estilizado, como un ojo que todo lo ve.

Era el sello final, la firma de aquella organización que operaba desde las sombras.

Cada detalle, desde la disposición estratégica de las pantallas hasta el corte preciso de la luz, estaba milimétricamente calculado para contribuir a una sensación de dominio total y de una amenaza latente que, aunque invisible, era tan tangible como el frío del aire.

Aquel no era solo un cuartel; era el cerebro de una bestia dormida, y en su centro, en el trono, reposaba su voluntad.

(La atmósfera en la sala de control es densa, solo interrumpida por el zumbido leve de las supercomputadoras.

El Secretario se acerca al trono con pasos silenciosos, conteniendo el aliento.) Secretario: (Con voz baja, respetuosa) Señor, hay noticias de nuestros oficiales.

(El hombre del trono no se inmuta, sus dedos golpean lentamente el brazo del trono.

Los mapas rojos en las pantallas reflejan un destello frío en sus ojos.) Secretario: La mayoría ha completado sus misiones.

Pero…

hay un agente que aún no ha enviado el informe.

(El aire se congela de repente.

El hombre del trono gira lentamente la cabeza, y su mirada penetrante cae sobre el Secretario, cargada de una presión silenciosa pero mortal.) Señor: (Voz baja, pero cortante como una cuchilla) ¿De quién se trata?

(El Secretario extiende un expediente negro.

Bajo la luz azul, el nombre en la portada brumba con un tono metálico.) Secretario: Es el agente **** , señor.

Su expediente…

está limpio.

Demasiado limpio.

No hay rastro de su informe.

(Una sombra de

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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