DULCE VENENO - Capítulo 122
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122: EE.UU 122: EE.UU He venido con una advertencia.
Lansky no es un objetivo, es una trampa.
Para usted.
Y esta unidad contiene la prueba.
(El Señor no se mueve, pero su furia se congela en una atención mortal.
Las figuras a sus lados intercambian una mirada casi imperceptible).
SEÑOR: (Voz ronca, llena de desconfianza) ¿Una trampa?Explícate.
Rápido.
MARILÚ: Lansky es un señuelo.Un fantasma creado por la inteligencia de un consorcio rival.
Cada pista que “encontré” fue plantada.
Su falta de pasado no es una omisión, es un diseño.
Quieren que lo persigamos.
Quieren que usted gaste recursos, que enfoque su atención aquí…
mientras ellos se mueven en otra parte.
Perseguirlo es caer en la trampa.
(Ella extiende el brazo, ofreciendo la memoria USB).
MARILÚ: Aquí están las anomalías.Las transferencias fantasma, los servidores espejo.
No es el informe de “quién es Lansky”.
Es el informe de “quiénes quieren que pensemos que Lansky es”, y cuál es su verdadero objetivo.
Por eso no entregué un informe convencional.
Porque la misión real no era encontrarlo a él, era descubrir el juego.
(El Señor mantiene la mirada en ella, luego en la memoria USB.
La furia en sus ojos se transforma lentamente en un cálculo frío y reassessment.
Toma la memoria con dedos lentos).
SEÑOR: (Con un tono más bajo, pragmático) Si esto es cierto…has ido más allá de tu misión.
Has pensado.
MARILÚ: Es lo que usted entrenó para hacer,señor.
No solo para seguir órdenes, sino para ver el tablero completo.
Incluso cuando la jugada maestra es no mover la ficha.
(El Señor gira la memoria USB entre sus dedos, la luz azul juguetea en el metal.
La amenaza no ha desaparecido, pero se ha transformado en una oportunidad).
SEÑOR: Analizaré esto.Cada byte.
Si tienes razón…
habrás salvado a esta organización de una emboscada costosa.
Si no…
(Su mirada se oscurece de nuevo, completando la amenaza).
MARILÚ: (Asintiendo, un destello de alivio en sus ojos) Entiendo las reglas,señor.
Siempre.
(La sala permanece en un silencio cargado, pero el equilibrio de poder ha cambiado.
De la acusación, se ha pasado a una tregua peligrosa, basada en la evidencia que Marilú ha arriesgado todo para obtener).
(La tensión, que parecía haberse disipado un grado, regresa de golpe.
El Señor guarda la memoria USB en su bolsillo, pero su mirada ya no está en el dispositivo, sino fija en Marilú.
Es una mirada que no admite réplica).
SEÑOR: (Su tono es deliberadamente suave, pero cada palabra es de acero) Has hecho un trabajo…perceptivo, Marilú.
Por eso mismo, veo cosas.
Quiero que te quedes un tiempo aquí, en la base.
Estás muy cansada.
Descansarás.
(Marilú, sintiendo la trampa invisible que se cierra, mantiene su firmeza.
Su instinto le grita que salga de allí).
MARILÚ: (Fría, directa) Aprecio su…preocupación, señor.
Pero no estoy cansada.
Puedo regresar a mi puesto y continuar el monitoreo desde allí.
(El cambio en el Señor es instantáneo.
Su mandíbula se tensa.
La suave fachada se desmorona, revelando el núcleo de hielo y amenaza.
Avanza un paso, y la luz azul proyecta su sombra para engulfirla por completo.
Su voz es un susurro cargado de violencia, tan filoso como una navaja).
SEÑOR: Hedicho…
que estás cansada.
(Hace una pausa, permitiendo que el peso de sus palabras, y el peligro que contienen, se asimilen por completo).
SEÑOR: Ve.A.
Descansar.
Es una orden.
El ala de invitados está preparada para ti.
Tus códigos de acceso temporales ya están activos.
Y desactiva tu teléfono.
El descanso debe ser…
completo.
(No es una sugerencia.
Es un arresto domiciliario elegantemente enmarcado.
La mirada que clava en ella no deja dudas: está bajo su control, y cualquier intento de desobediencia será interpretado como una traición).
El cuarto estaba en penumbra, las cortinas corridas bloqueaban el sol.
Ropa usada y mullidos cojines estaban esparcidos por el suelo como testigos silenciosos de su turmoil interno.
Stefanny estaba sentada en el borde de su cama, abrazando una almohada contra su pecho.
Llevaba dos días encerrada, negándose a ver a nadie, sumergida en un torbellino de emociones.
La conversación con Marilu resonaba en su cabeza como un eco persistente.
“Tienes que alejarte de él.
Es peligroso.” Las palabras de su amiga, dichas con tanto amor y preocupación, chocaban contra un muro de sensaciones indescriptibles dentro de ella.
Cada advertencia de Marilu era lógica, sensata, la voz de la razón que cualquiera en su sano juicio escucharía.
Pero entonces recordaba.
Recordaba la seguridad del brazo de Lansky alrededor de ella en el cine, protegiéndola de un susto ficticio mientras su mundo real se desmoronaba.
Recordaba la intensidad en sus ojos cuando le confesó, a su manera rota y violenta, la verdad sobre sus padres.
Recordaba el beso bajo la Torre Eiffel, un beso que sabía a destino.
Stefanny: (Susurrando para sí, enterrando el rostro en la almohada) Es un criminal…
lo sé.
Es un villano…
lo sé.
Todo lo que Marilu dice es cierto.
Un sollozo escapó de su garganta.
Era su primer amor.
La primera vez que su corazón latía con esa fuerza bruta y desesperada.
La primera vez que alguien la miraba no como la hija de Cristhian, sino simplemente como Stefanny, y en esa mirada no había indiferencia, sino una obsesión tan profunda que casi la consumía.
Stefanny: (Alzando la cabeza, con los ojos enrojecidos pero secos ahora) Pero él es mi criminal.
Esa era la verdad irracional, física, como decía la canción.
Podía enumerar todos sus defectos, todas las banderas rojas, todos los secretos que la enfurecían.
Pero al final, cuando apagaba la voz de la razón, solo quedaba una certeza abrumadora: lo amaba.
Amar a Lansky no era fácil.
No era seguro.
Era como agarrarse a un rayo; era aterrador, doloroso y te dejaba temblando por dentro, pero era la cosa más viva que había sentido en toda su existencia.
Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana.
Corrió las cortinas de un tirón, dejando que la luz cegadora del día inundara la habitación, iluminando el desorden.
Parpadeó, los ojos le ardían.
No había resuelto nada.
Todavía estaba enojada con él, confundida por Marilu y asustada por la intensidad de sus propios sentimientos.
Pero una cosa sí sabía.
No podía seguir escondiéndose.
Tenía que enfrentarlo.
Tenía que decidir si el dolor de estar sin él era mayor que el caos de estar a su lado.
Con el corazón aún pesado, pero con una chispa de determinación renacida, tomó su teléfono.
Tenía un mensaje que enviar.
(El sol de la mañana baña las calles de una ciudad estadounidense, quizá Washington D.C.
o Nueva York.
La luz natural, tan ausente en la base, juega ahora con los pliegues de un vestido de satén color champán.
Es MARILÚ, pero transformada.
La mujer del traje burdeos y la actitud férrea se ha fundido, dando paso a una elegancia serena y casi etérea).
El vestido midi se mueve con ella, el drapeado lateral creando un juego de luces y sombras con cada paso.
El cuello alto que se cruza en el pecho dibuja una línea sofisticada, mientras las mangas abullonadas en los hombros le confieren un aire casi renacentista, contrastando con el ajuste pulcro de los puños.
En su brazo, un bolso acolchado del mismo tono crema; en sus pies, tacones nude que clican suavemente contra la acera.
El oro de su reloj de esfera cuadrada y los pendientes de lágrima captan el sol, brillando con una discreción calculada.
No mira a su alrededor con paranoia, sino con la atención relajada de quien parece pertenecer a este mundo de cristal y concreto.
Su destino es el ThreeFifty Bakery and Coffee Bar.
El contraste no podría ser más violento: de la sala de control bañada en rojo y las amenazas veladas, al aroma a pan recién horneado y el murmullo tranquilo de una mañana cualquiera.
Pero en sus ojos, tras la apariencia de calma, se oculta la aguda conciencia de que este pas
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