DULCE VENENO - Capítulo 124
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124: Lágrima 124: Lágrima ¿Algo que podría destruirla si se descubre?
Cada palabra era un dardo envenenado.
Ella estaba tocando, sin saberlo, la verdad exacta: que sí había algo que, de descubrirse, la destruiría.
Pero no era un romance, era su parentesco.
Lansky: (Su respiración era pesada al otro lado de la línea.
Cuando habló, su voz era áspera, desesperada, casi un ruego) Stefanny…
basta.
Te lo suplico.
Deja esto.
Confía en mí en esto.
No es…
no es lo que crees.
Pero es peligroso.
Para ella.
Para mí…
(hizo una pausa y su voz se quebró levemente) …y sobre todo para ti.
Si Cristhian sospechara siquiera…
No terminó la frase.
La amenaza implícita era suficiente.
Era la primera vez que usaba el nombre de su padre como una advertencia tangible.
Stefanny: (Un sollozo híbrido entre la rabia y el miedo le escapó) ¿Para mí?
¿Y crees que esto no me está haciendo daño?
¡Esto me está volviendo loca!
¡Prefiero enfrentar el peligro con la verdad que vivir en esta mentira contigo!
Hubo un silencio mortal.
Lansky no respondió.
No podía.
Decir la verdad era condenar a Milagros.
Mentir era perder a Stefanny.
Su silencio era la única respuesta.
Stefanny escuchó ese silencio elocuente y supo que había perdido.
Con un grito ahogado de furia y desesperación, arrojó el teléfono contra la pared, haciéndolo añicos.
Se desplomó en el suelo, llorando sin consuelo.
Él la amaba, lo sabía, pero su lealtad a Milagros—sea cual fuera la razón—era más fuerte.
Y en ese momento, ese amor se sentía como la traición más profunda.
Las luces de la ciudad parpadeaban como neuronas de una mente ajena.
Lansky permanecía inmóvil tras su escritorio, el teléfono aún caliente en su mano, el eco de la voz destrozada de Stefanny resonando en el silencio de la oficina.
La habitación, usualmente un santuario de control, ahora se sentía como una celda.
Dejó el teléfono con suavidad, como si fuera un artefacto explosivo.
Se levantó y caminó hacia el bar, sirviéndose un whisky con mano que, para su sorpresa, le temblaba ligeramente.
Bebió un trago largo, sintiendo el fuego del alcohol bajar por su garganta, pero no pudo quemar el frío que se le había instalado en el pecho.
Lansky: (Para sí mismo, en un susurro áspero) “¿Estás enamorado de la esposa de mi papá?” La acusación, tan equivocada y a la vez tan comprensible, le ardía.
Cada grito de ella, cada lágrima que imaginaba rodando por su rostro, era un cuchillo retorciéndose en su conciencia.
Lansky: (Apretando el vaso con fuerza, sus nudillos blanqueando) Ella lo ve.
Dios, lo ve todo.
La conexión, la intensidad…
pero no la dirección.
No la verdad.
Cerró los ojos, la imagen de Milagros, su hermana, apareció en su mente.
Su infancia compartida entre la pérdida y el adoctrinamiento frío de los tres ancianos.
El pacto tácito de siempre protegerse, de esconder su lazo de sangre para mantenerla a salvo de un mundo—y de un hombre como Cristhian—que podría usar esa información para hacerle daño.
Lansky: (Golpeó la superficie del bar con el puño, un gesto de pura frustración contenida) ¡Maldita sea!
Sabía que Stefanny tenía razón.
Su silencio la estaba destruyendo.
Le estaba pidiendo que eligiera entre su lealtad a él y su propia sanidad mental.
Y él, al negarse a hablar, la estaba forzando a elegir el dolor.
Lansky: (Se recostó contra el bar, mirando el techo) “Prefiero enfrentar el peligro con la verdad…” (Repitió sus palabras, y le partió el alma).
Era la mujer más valiente que había conocido.
Y él, el hombre que supuestamente la amaba con una obsesión feroz, era la fuente de su mayor sufrimiento.
Tomó una decisión rápida y peligrosa.
No podía revelar el secreto.
No aún.
Los riesgos para Milagros eran demasiado altos.
Pero tampoco podía seguir paralizado.
Caminó de vuelta a su escritorio y tomó su teléfono personal.
Abrió el chat con Stefanny.
El cursor parpadeaba, desafiante.
Inspiró hondo y comenzó a escribir.
No la verdad completa, sino la única verdad que podía darle en ese momento: una promesa.
Una rendición parcial.
Mensaje de Lansky: “No estoy enamorado de Milagros.
Te lo juro por lo que más quiero en este mundo, que eres tú.
El secreto que guardo no es una traición a nuestro amor, sino una cadena de un pasado que no puedo romper sin hacer daño a alguien más.
No te pido que lo entiendas.
Solo te pido…
que confíes en que mi corazón es tuyo.
Completamente.
Dame tiempo.” Al presionar enviar, sintió una mezcla de alivio y de una vulnerabilidad aterradora.
No era la respuesta que ella quería, pero era toda la verdad que él podía ofrecer.
Ahora, el poder estaba en sus manos.
Ella decidiría si su amor era suficiente para navegar en la oscuridad, incluso sin un mapa.
Stefanny yacía en la cama, agotada por el llanto, los ojos hinchados y el corazón hecho trizas.
El sonido de su teléfono, que había recuperado después de su rabieta, la hizo estremecer.
Con desgana, lo tomó y vio el nombre de Lansky en la pantalla.
Un nuevo acceso de rabia la recorrió.
¿Qué más podía decir?
¿Más evasivas?
¿Más mentiras?
Con los dedos temblorosos, abrió el mensaje.
Sus ojos recorrieron las palabras una, dos veces.
“No estoy enamorado de Milagros.
Te lo juro por lo que más quiero en este mundo, que eres tú.” Un sollozo de alivio, inmediato y abrumador, escapó de sus labios.
La punzada de celos más venenosa, la que le había taladrado la mente durante días, se disolvió un poco.
Él no la amaba a ella.
No de esa manera.
Stefanny: (Susurrando para sí, una mano en su pecho) Lo sabía…
Lo sabía aquí…
Siguió leyendo.
“El secreto que guardo no es una traición a nuestro amor, sino una cadena de un pasado que no puedo romper sin hacer daño a alguien más.” La emoción del alivio comenzó a mezclarse con la frustración que regresaba.
La misma pared.
El mismo muro.
Stefanny: (Su voz, antes quebrada, recuperó un tono de amargura) ¿Una cadena?
¿Hacer daño a alguien más?
¿Quién, Lansky?
¿Quién es más importante que nosotros?
La última parte del mensaje la golpeó con fuerza.
“No te pido que lo entiendas.
Solo te pido…
que confíes en que mi corazón es tuyo.
Completamente.
Dame tiempo.” Stefanny: (Se levantó de la cama, caminando de un lado a otro, el teléneo apretado en su mano) “Confía”…
“Dame tiempo”.
(Se rió, un sonido seco y sin humor).
¡Siempre es lo mismo!
La montaña rusa de emociones era agotadora.
Un momento de puro alivio, seguido por la cruda realidad: él seguía eligiendo el secreto.
Seguía pidiéndole que viviera en la penumbra de su confianza, sin darle la luz de la verdad.
Dejó caer el teléfono en la cama otra vez, pero esta vez sin violencia.
Con una fatiga profunda.
Stefanny: (Hablando al cuarto vacío, su voz cargada de una resignación dolorosa) Tu corazón es mío…
pero tu verdad no.
¿Cómo se supone que construyamos algo sobre eso?
El mensaje había calmado la tormenta inmediata, había apagado el fuego de los celos.
Pero en su lugar, dejaba un campo de cenizas y una pregunta persistente: ¿cuánto tiempo puede durar el amor cuando la confianza se construye sobre un abismo de silencio?
La habitación estaba impecable, ordenada de una manera obsesiva que delataba la ansiedad que consumía a Stefanny.
Habían pasado catorce días.
Catorce amaneceres y anocheceres de un silencio absoluto.
No había flores.
No había mensajes.
No había llamadas.
No había coche negro esperando en la entrada.
Lansky había desaparecido de su vida tan completamente como había irrumpido en ella.
Stefanny: (Paseando por la habitación, mordiéndose una uña hasta hacerla sangrar.
Se detiene frente al espejo y se mira) ¿Qué hice?
¿Fue demasiado?
¿Lo alejé para siempre?
Su reflexión no le responde.
Solo ve a una mujer pálida, con ojeras, envuelta en un silencio ensordecedor.
Stefanny: (Se agarra del lavabo, los nudillos blancos) Me pidió tiempo.
¿Y esto es?
¿Darme t
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